ANTOLOGÍA O EL ENIGMA DEL PÉNDULO

EDITORIAL

 

Eppur si muove (atribuido a) Galileo Galilei

En tiempos acusados de líquidos por el filósofo polaco Zygmunt Bauman, descifrando el actual compendio de incerteza que experimentamos, bien vale la pena detenerse a cavilar sobre qué se entiende por tiempo.
Máxime cuando la fluctuación epocal hace transparente como el agua la obscenidad del aparato político de representación, provocándonos oscilantes efectos alienados.
¿Quién no siente al leer noticias políticas un cínico resentimiento por la idiocia humana imperante oponiéndose al desinterés de quien excedió su límite de tolerancia a la penuria de la raza.

Porque la liquidez del tiempo, que no cotiza en bolsa como las divisas, parece empecinada en licuar principios, creencias, convicciones, dogmas y teorías por igual, dejándonos, como señalara el benemérito héroe de la patria, nuestro glorioso Don José de San Martín, en pelota, y no libres, como él lo detallara entonces, sino cautivos de un frenético acelere sin rumbo certero ni sentido inteligible.
Por el contrario, en un tiempo pretérito, si es que admitimos la existencia misma del tiempo, otro era el cantar. Leámoslo del mismo general.
El 27 de julio de 1819, el general José de San Martín escribió en la orden general al Ejército de los Andes:
«La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos: si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mujeres, y si no, andaremos en pelota, como nuestros paisanos los indios. Seamos libres, y lo demás no importa nada»

Consintiendo que nuestro héroe máximo por la eternidad toda –  siempre predilecto, convencidos como fuimos de su decencia estoica – vivió en el diverso marco socio-político decimonónico, y aún así ¿Qué inzanjable diferencias existen entre precariedades antiguas y presentes?
Además… ¿Hay diferenciaciones válidas entre la decencia y la indecencia, la sana convicción del patriota digno opuesta a la corrupta indignidad del mercenario tanto en aquel tiempo como en la actualidad?
¿En qué difiere el sentir de un iraní amenazado de aniquilación  por los buitres colonialistas de hoy del de un criollo apaisanado al  indio aborigen, oprimidos ambos por los buitres colonialistas de entonces?
¿O se nos ha licuado también la condición humana junto a nuestra percepción relativa del tiempo?

Si de guerras y sicarios hablamos, tal vez quepa mencionar la renovada piratería inglesa al interceptar ilegalmente en estos días  una carga de petróleo destinada a Siria – para que, en todo caso, niños sirios puedan bañarse con agua caliente, comer, tener acceso a provisiones básicas, alimentos u otros enseres vitales – detalles que a los corsarios de costumbre no les ha hecho mella moral alguna, retrotrayéndonos así a las invasiones inglesas o a la más reciente guerra de Malvinas.

No resulta entonces extraño que en esta cultura carnívora de hoy, la impronta sea una perplejidad desquiciada, donde el decadente imperio estadounidense impone la potestad bélica como discurso unívoco, humillando al diálogo entre naciones.
Tal plan de supremacía o muerte exige, además, siguiendo al buen decir de Aldous Huxley, que se nos programe para ahogarnos en “un mar de irrelevancias”.
Hundirnos en el troche y moche de un desconcierto alucinógeno a través de falacias, falsedad mediática,  manipulación informativa y propaganda.

Hoy por hoy se confunde la ciencia con sabiduría, el encanto del sexo con pornografía, la humildad con ignorancia, la gentileza con debilidad, la cautela con cobardía, la mentira con astucia, el fraude con maestría, la brutalidad con poder y, trágicamente, la verdad con rebelión.
Para mantener vigente tal constructo ideológica basada en el engaño, el control sobre las masas debe ser inexorable.
Al momento mismo de escribir, la autora está siendo vigilada durante horas por un empeñoso helicóptero que merodea asiduamente el centro financiero de la ciudad de Londres, conocida como la ‘City’.
Porque un elemento importante en la programación de masas es que haya pánico constante, una sospecha paranoide del otro, un miedo físico al contacto humano, una pandemia de horror de la alteridad.
Acaso como reflejo del pánico que los mercados sufren ante la ausencia de conflicto y la pavorosa amenaza de una paz que les prive de su obsceno enriquecimiento.

En momentos en que la nueva presidente de la unión europea, la alemana Úrsula von der Leyen inaugura su mandato anunciando una inminente coordinación para crear un ejército europeo conjunto que responda al mando central de Bruselas, las memorias europeas se agitan y las noches se desvelan en el viejo continente.
Las que no se agitan son las conciencias de los financistas, banqueros y capos de la industria militar global, que se frotan las manos al ver a la emérita Señora von der Leyen, anterior ministro de defensa de Alemania, susurrarle al péndulo que se remita al pasado, se arroje luego intrépido hacia el futuro para ganarle de mano a la diplomacia haciendo espionaje y se inmovilice en el presente hasta nueva orden.  
Mientras ella implica con el ceño fruncido estropeando su natural belleza que Europa tiene que alistarse ante el intolerable avance de Rusia, agitando patriotismos reminiscentes de gloria en los jóvenes europeos, principales menesterosos económicos del ajuste generalizado.
¿Qué significa, después de todo,  un estimado de setenta y cinco millones de muertos en la segunda guerra mundial, entre carne de cañón y población de los países en conflicto?
Si hoy por hoy, tenemos la posibilidad de vencer al enemigo tracción a drone.
¿Será una humorada lingüística que le hayan puesto el nombre zángano – en su traducción al español – o el desliz de un milico trasnochado?

Dicho lo cual, al volver a la inevitable vulnerabilidad del péndulo, cabe inquirir si el tiempo en verdad transcurre.
Porque al acelerarnos hoy hacia la advertencia bíblica de ‘guerras y rumores de guerras’ que acompañaron a nuestra raza desde siempre, la existencia del tiempo aparece no sólo ilusoria sino delirante.
En este nuevo casus belli prefabricado por la codicia de  banqueros, financistas, militares e industrialistas en armas de guerra capitaneando a la élite de inútiles que dicen gobernarnos, los malignos pasarían a ser los iraníes y los benignos aquellos occidentales que anhelan esclavizarlos, deponer su gobierno para instalar a un títere de turno que no le provoque nervios al asesino de lesa humanidad que gobierna ‘israel’ bajo un nombre artístico que oculta su verdadero origen europeo, y de paso, saquearles todas las riquezas naturales hasta dejarlos diezmados al nivel del paleozoico, eón más, eón menos.

Cabría entonces aquí una pregunta que acaso caiga de su peso.
¿Será la insoportable iniquidad del ser la que impulsa en nosotros humanos de la tercera dimensión, el asociar el tiempo al movimiento inventando un hipotético orden lineal de millonésimos o milésimos de segundos, nanosegundos, segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, centurias, milenios, adjudicándole una materialidad quimérica a una enigmática entidad invisible, inasible, incolora, inodora e insípida?
Para acompañarla a espejismos tales como “todo tiempo pasado fue mejor o ya vendrán tiempos mejores”.
Hasta alcanzar el paroxismo de, no contentos con tamaño despropósito, adjudicarle la habilidad de demorarse o acelerarse, de detenerse o congelarse de por sí, humanizando lo inmaterial para permitirnos mitos y leyendas.
Sobre todo en literatura, cuando nos complacemos en  clichés  de tiempos “amargos, tristes, placenteros, difíciles, buenos, malos, felices, de lucha, de guerra, de paz”, adjudicándole a una abstracción direccionalidad emocional y vivencial atributivas de la existencia.

Pero el hacerlo no es novedad.
Ya el honorable Heráclito, apodado el Oscuro de Éfeso dado su carácter fermentado en hubris – que lo incitaba a manifestar desprecio a la humanidad toda – reconoció la liminal importancia del cambio como único factor inalterable, diciendo que “todo fluye y nada permanece”.
Frente a la armonía del cosmos pitagórico y la inmutabilidad del ser de Parménides, Heráclito concibió un universo en perpetuo devenir.

No obstante el extemporáneo carácter del  persa, que hoy por hoy sería turco – por otro azaroso devenir de las barbaries de la raza – adherimos a su conjetura, acercando la siguiente especulación.

Al mencionar el todo y la nada, es indudable que el Oscuro alude  al universo. Y al invocar la inmensidad de lo absoluto, refiere tanto a la materia como la antimateria, que en la interacción, se aniquilan.
A este punto la especulación se complica al preguntarnos ¿Se tratará acaso de un arcano ritual sagrado de la inaccesible Sabiduría Última entre el Ser y la Nada aquello que da origen a nuestras vanas cavilaciones?

Más aún,  adentrándonos en el tema de vanaglorias vanas, si todas las tragedias, con diversas máscaras que alimentan nuestras dilucidaciones, se vienen repitiendo extendidamente en los archivos de la historia universal ¿No será plausible que el tiempo no exista sino como una fútil especulación de nuestra raza incapaz de aprehender el Último Misterio?
¿Y que, por añadidura, hayamos tenido que recurrir a la torpeza de inventar el péndulo para aplacar nuestro estupor y alardear de sabiduría?
Es decir, idear un cuerpo sólido que, desde un punto fijo del que está suspendido situado por encima de su centro de gravedad, pueda oscilar libremente, primero hacia un lado y luego hacia el contrario.
Quizá para descubrir el enigma de la libertad de movimiento.
La procura última de tan ingeniosa invención sería, por cierto, ejercer control – acto que puede desplegarse desde la vulgaridad de arruinarle la vida a un hijo, padre, amigo, pareja, vecino o cualquier otro desdichado cercano, hasta el espanto de efectuar la invasión ilegal de otro país en una catástrofe destructora de millones de seres a la vez que arrasadora de innúmeros recursos para la supervivencia del planeta y quienes lo habitan.

Si bien en base al genio de su creador, el péndulo nos aporta la fantasía de dominio y control de lo estable, lo inestable y también del equilibrio. ¿Nos ha servido acaso como modelo de aprendizaje aplicable a la dinámica social y a las relaciones humanas?
Dado que, tal cual lo indica la etimología del término, en general vivimos pendientes de un hilo en un mundo devenido alucinatorio.
Sea como fuere, cabe reconocer que el péndulo es un elemento hechicero. Al punto de que se lo utiliza en rituales de hipnotismo.
Su cadencia oscilatoria nos augura la existencia concreta de un factor abstracto. Cuando en movimiento, resulta apaciguador como una canción de cuna. Cuando en reposo, nos incrementa la ilusión de estabilidad.

¿Cómo no admirarlo, nosotros humanos, apenas púberes de una raza involucionada que aún se da el lujo de destruirse haciendo la guerra, que se permite y justifica el suprimir brutalmente a sus congéneres amenazándolos, secuestrándolos, torturándolos, encarcelándolos, despojándolos de sus bienes, privándolos de sus recursos primarios, esclavizándolos en funciones indignas hasta su misma muerte?
En fin, que vivimos colgados de sofismas políticos enmascarados de discurso girando en torno de silogismos estériles disfrazados de raciocinio.
Siendo la resultante este cruento mundo creado por todos donde son más presumibles de falsedad el amor al prójimo que la guerra, la solidaridad humana que la fuerza bruta.
¿O no, estimados lectores? ¿O no?

Ahora bien, cualquiera sea la réplica a tan errática disquisición, aliviaremos el pesar de la distopía con un toque de vitalismo.
Pues quizá la fascinación por el péndulo se explique como la metáfora extendida de una eterna inquisición metafísica.
Y su encantamiento contribuya a aceptar que la vida que nos ha tocado en suerte consiste en fluctuar, fluir, devenir, y abrazar su natural movimiento hasta que como en el péndulo, todo se detenga.
Permitiéndonos tal vez descubrir que en ese detente se revela el misterio de la eternidad.

Nos despedimos advirtiendo que la ditirámbica arenga anterior no tiene más propósito que anunciar la inminente publicación de un cuento bilingüe perteneciente al archivo de AZAhAR literario, bajo el rótulo genérico de ANTOLOGÍA BILINGÜE.
Si la locuacidad de estas líneas logra crear una interlocución atrayente entre quienes leen y quien escribe,  solamente restaría celebrarlo.