SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto Viviana Lombardi

 

GUSTAVO AKAMURA - SUDAKA - BORDE DIN

Capítulo uno de alguna semana a-posteriori

If it be now, ‘tis not to come; if it be not to come, it will be now”

“Sea: Mi patrística personal me permite el presente histórico del tiempo bergsoniano. Procrastinaré como el Príncipe y el  mismísimo Gustave. Papaíto Gustavo no traicionará a Gustave. No voy a rendirme a esta vieja ciudad puta que se cotiza al precio de la sangre en un mundo en guerra permanente con la vida y el deseo, mi querido idiota del bucólico hogar burgués. Resistiremos juntos tu espectro y yo, para que ya nunca más un mono sabio que le vio la cara al éxito de la literatura bastarda te quiebre la muñeca de tejer la intrincada red de tus épicos desvelos. Pacto de sangre con mi pusilánime zurdo contrariado, tan afecto a la mascarada del afecto, mi niño bobo contrahecho a fuerza de bovarismo basal.
Y me complaceré como te complacías en mortificar a cualquier mujer que tuvieses a mano para esquivar el goce de Sodoma tan deliciosamente lacerante en tu imaginación violenta. Madre, amante, vieja o joven, pagándote los favores con desdicha como a un macró de la literatura. Esta vez ninguno de nosotros dos se rendirá a la apariencia “.
Se sentó a escribir en la computadora robada por el argelino que le había prestado Charles.
“Voy a escribir para mis amigos, esas negras bestias salvajes, almas gemelas que me abandonaron a tiempo. Que se tomaron el trabajo de ser todo lo hijosdeputa que son, sin bajar línea ética, tracción a terror puro, A  Mariana le debe estar gustando.”
Sonó el teléfono pero esta vez no le importó atender a alguien o a nadie.
“Para Puppi en especial, que tuvo la decencia de rechazarme frontalmente sin dobleces, casi con repulsión. Es a ella a quien tendría que violar primero. Imaginarla mi heroína y desarticularla penetrándola hasta la entraña para removerle las tripas hasta hacerla aullar de desasosiego.  Someterla a mi verticalidad de déspota cautivo en este cuerpo obsceno y sacarle hasta el último aliento de cada palmo de su carne.  Cuartearla con el arte de un carnicero Zen, juntura por juntura. Y arrancarle la coyuntura. Y encontrarle el meollo en los goznes que nos articulan para que actuemos como marionetas. Y hacerla exudar linfa. Sin íntimas manchas de sangre. Cogerla como un tigre de la Malasia monta a su hembra: con las cerdas  punzantes en la pija  y ambos dos erectos hasta el límite de la explosión. O la implosión. Un acto. Fálico hasta la repugnancia.  Mi literatura será un acto.  Bujinga. Y la bautizaré a mi antojo porque Puppi es un nombre de fantasía norteamericana, de loro embalsamado. De cotorrita de hogar apacible decorado con la estética tesorito del rococó exasperante y seductor y destructor como todo lo políticamente correcto”.
Vociferaba pero era tarde y los vecinos dormían la mona del sábado.
“¡¡Hablame,  Gustave para decirme si tomé la buena senda! Y, entonces, bendecime.  Por favor “.
Volvió a insistir el aparato. Los chirridos lo complacieron como si anticiparan los gritos de Puppi. Tomó el cable y lo arrancó.
“El librito era de tapas de tela. Verdosas o grises – la memoria es esquiva para los tonos.” – se dijo, melodramático,  nuestro héroe,  cultivando el kitsch onírico-delirante.
“Me parece que tenía el señalador de Hachette.”
Buscó inútilmente. Caminó por el cuarto como un puma acorralado. Se le habían terminado los cigarrillos. Salió a comprar de fiado. Si se encontraba con Bernadette seguro que le daba un par.  Negros. “Si fueran negros sería bingo.” Se subió el cuello del gabán. ¿Qué fecha era?  ¿Otoño?
“La naturaleza es una forma de libertad imperdonable.”– ¡Cómo estamos hoy!

Bernadette se había ido pero su hermano  Pierre estaba de buen humor y le regaló un atado. Había que aprovechar la suerte. Corrió escaleras arriba. La pava hervía a la temperatura justa para un té.  No había té. Nada es perfecto. Rascó un fondito de yerba y se hizo mate cocido dulce. Bien dulce y con pan duro para mojar.  Como lo hacía Arata en las madrugadas frías del sur.
Se sentó frente a la ventana cubierta con sus nuevos paneles de plástico transparente. Las bolsas del supermercado se henchían hacia adentro como hembras preñadas de gemelos.
“Augurio de fecundidad “.
Le gustó estar un poco idiota.  Es el mejor estado para la contienda. “Idiota o borracho”.
Al acercarse la mano a la boca con el pan chorreando migas verdosas sintió el olor fuerte de punto G del pescado bajo las uñas. Ni un atisbo de quiebre. Era un buen momento para empuñar el instrumento. Prendió la computadora. Algo tambaleó por debajo de la pantalla y la apagó de un golpe. Un enchufe mal colocado. Se inclinó por detrás de la máquina sin permitirse la protesta. Un librito encuadernado en tela pardusca y gastada hacía las veces de sostén.
“La memoria engaña, puta vieja”. Recordó que lo había usado de base para que el monitor que tenía un fusible flojo no hiciera lluvia al encenderse.
Una ráfaga abombó hasta el exceso los vientres de las euménides del viento. Aka abrió la página que indicaba el señalador de Hachette.

“Siempre hay un verdugo presente con su hacha urgida de dolor cuando se habla. Hay quienes hablan para no morir y, acaso, sean los culpables. El verdugo y el tirano han comprendido que se habla  para no matar. Acaso sólo ellos lo sepan.
El destino del creador es morir cortado a hachazos. Sus miembros de buey ofrecidos al altar del sacrificio es el único tributo que aceptan los dioses. Y los hombres. – Alguien hablará, algún día, de este modo (y no sé quién hable, y si lo supiese, me estaría vedado revelar el saber de los arcanos) –   La verdad es un monstruo hecho de ojos. Inalcanzable como un cielo nocturno  de verano donde fulgura toda la galaxia. Mírala cómo se complace en provocar adentrándose en los ojos de los otros. Hasta vaciarlos de sentido.”

Fragmentos de “Acerca de la compasión”
de Vita Thomas-Rowley,
Chattertown, Inglaterra, 1881- 1919

Al releerlo no le pareció inspirador. “Frívolo y pretencioso “. No tenía más referencias de la autora para enmarcarlo en un corpus. “Tal vez  me atrajo lo cruento de la propuesta. ¿Art Brut?  No. Una   ilustre desconocida que no le tiene miedo a la sensiblería. Una personita aburrida y necia como Emma con ínfulas de literata. Una señora Pisani decimonónica; una histérica hechizada de melancolía finisecular. – ¿Por qué tanto fastidio? Yo también soy un desconocido y ni siquiera ilustre. Al menos la señora Thomas-Rowley se las ingenió para que le publicaran algo.”
Dos paneles de plástico reventaron con la siguiente ráfaga.  El ruido lo aturdió.
“Como cuando le partieron la cara al Moncho en la manifestación “–  un segmento de lo innombrable violentó la entrada con sus imágenes invadiendo el presente como un ejército de saqueadores.

Se vio corriendo con el Moncho en brazos,  liviano como una pluma para sus veinte años, extendido como un pájaro con las alas quebradas, retorcido de daño, ahogándose en  la sangre que le brotaba de la boca como un surtidor. Y sintió la camisa blanca empastada con un chorro gelatinoso que le mojaba el pecho alimentándole el corazón para que no perdiera pie en el tumulto desbandado. Y la horda de caballos bufando a sus espaldas con las manos enhiestas, echando coces como los cachiporrazos de bestia asesina de sus jinetes de la montada. Y el Moncho desfalleciendo en sus brazos y los alaridos de él pidiéndole por la madre que no aflojara que iban a llegar a algún lugar donde curarlo. Y las lágrimas como un torrente lavando la sangre hasta diluirla en una acuarela tenue como un pimpollo. Esas lágrimas que no se sabía de quién eran porque los gases caían en nubes compactas como ladrillos sobre los fugitivos y todos lloraban.
“El mismo ahogo, carajo“. Se sirvió una ginebra antes de encender el primer negro.  El viento decidió apiadarse de los otros dos paneles. Aka respiró hondo y se sentó a escribir.

Capítulo siguiente

El lunes extravió el camino a la pescadería y lo sorprendió un atajo que lo condujo a encontrarla esperándolo en su sitio habitual.
“Mis sobresaltos siempre son siniestros. Me usurpan el reino en la noche para vaciarme mientras duermo.”
El pensamiento lo hizo detenerse.  Iba al trabajo medio dormido, habiéndose otorgado una escasa hora de vigilia embotada entre el sueño y el despertar, un subterfugio para no darle tiempo a la reflexión antes de emprender la semana. Un terror subterráneo y perdurable asolaba su corazón silencioso, apaciguado por la distancia que mantenía entre él y el mundo y los otros.

“Cuando me contó de las violaciones en el internado y que a los guardias les decían las ratas por el color del uniforme gris pardusco casi siempre planchado con almidón que lo hacía duro como un cuero. Y llorando con ojos rojos ya no de gases sino de furia compactada y restregándose la nariz chorreada de mocos gritó como una bestia amenazada de violencia más que de muerte porque la muerte es a veces la única cuna que un ser humano puede anhelar.”

Quiso deshacerse de esos fragmentos atormentados.  Quiso silbar un tanguito antes de entrar a la pescadería. Quiso ponerse el delantal limpio mientras saludaba al patrón con una sonrisa. Quiso afilar el cuchillo sin desear matar. Entonces pensó que acaso la heroína no debía ser Puppi, tan instalada en su banalidad indiferente. Acaso fuera el Moncho – ser deconstruído en todos sus átomos – quien le diera sosiego en la escritura.  “Mi florcita blanca en la bosta”.

Ese día trabajó mejor que nunca.  Sus manos fueron artistas sin gloria mientras la imaginación construía la historia que acaso no fuese capaz de escribir al llegar a casa, exhausto y vaciado,   bien cerrada la noche.
Cada espinazo arrancado con destreza y sin sangre era una eximia obra de arte efímero. Quiso preservar el tejido, la red hilada, serena, naturalmente, hasta convertirla en materia sana. Quiso salvar el lienzo de ese lenguaje consolador que lo acompañaba en la precisión de los actos. Quiso dedicarle a cada pescado un párrafo, una metáfora feliz, una comparación ineludible.Cuando el patrón estaba apagando las luces advirtió que todo había terminado y él seguía en la lucha, librando su batalla sin fama ni posteridad, batiéndose de cuerpo presente como nunca antes.
Allons, Jap. Il est très tard 
La voz del patrón sonó lejana con sus profundidades de bajo. Hizo un gesto. Cuando lavaba la cuchilla se detuvo en los destellos del acero plateados como un sendero abierto por la luna. Hora de terminar.  La jornada ya no aportaría más sobresaltos.

……………………………………………………………….

No fue el tumulto lo que lo detuvo sino el griterío.  Antes de doblar la esquina severos espectros recurrentes le robaron la vigilia tal como le expoliaban el sueño.  No pudo o no quiso evitar la escena y se apresuró a correr hacia el lugar de la lucha.
Expoliación. Expolición. Bujinga. ¿Cuáles son el lugar y la hora de la lucha? O la espada o la pluma o la palabra. O la palabra mediatizada por la pluma con la ferocidad de la espada. La palabra en acto igual lucha.”
Se le golpeaban las cuestiones como una avalancha de piedras volcánicas en la hecatombe del corazón forzado a dispararse hacia ese límite donde algo vorazmente humano estaba sucediendo. Acaso llegó tarde.  Acaso llegó a tiempo para ver mirando.  Un Moncho árabe también de unos veinte livianos años estaba tendido en el suelo plateado del empedrado. La boca destrozada. El mismo fluir marrón de sangre viscosa. La misma exasperación de Goya en el agujero negro abierto a lo inexplicable y rogando por una razón al escupir los jóvenes dientes. El mismo temblor de rodillas cobardes que superan lo abominable. El mismo gesto automático que lo alza para llevarlo a no se sabe dónde para hacer no se sabe qué. Los mismos borceguíes policíacos persiguiendo a los condenados a vivir huyendo.  Siempre en fuga. Como el aire. Como el agua.

Esa noche

Le fue inútil la sobriedad ancestral para disciplinar a su argentinidad. Se entregó sin vueltas a la sobre interpretación.
“Paranoia de sudaca que trama estrategias de rebelión contra la iniquidad del sistema y sus maniobras macabras. Creativos,  inmaduros,  imprevisibles,  egocéntricos hasta el cretinismo – ¿O la malicia?  Casi una definición de identidad.” – el gauchito estaba cabrero.
Esa noche se permitiría ser exclusivamente argentino.  La duda golpeaba a la puerta para dejar entrar a la idiosincrasia.
“El exilio también es un país, acaso el único posible. Texto puro. Puro verso “– el gauchito estaba jodón.
“Tal vez la patria sea un lenguaje que nos haga humanos. La palabra bella por decreto para que la vida no sea  sólo comer y coger y dormir y morir. Para que Julianne no necesite decorar la angustia con decoro, maquillar el solipsismo con los colores del amor, apilar sinsentido para soñar con el sentido. Ni ponerle cortinitas almidonadas al ansia  como hizo con mi ventana quebrada como la boca abierta del árabe apaleado por extranjeridad. Esa boca de esclavo a la que hay que escarmentar para que no muestre la otra lengua. Las lenguas de la alteridad son sospechosas en todas partes. También aquí donde vine a buscar ventanas abiertas para  encontrarme con mirillas tapiadas contra la humanidad de una mirada”.
Irrumpió en escena la náusea recurrente.
“Siempre de noche. Siempre para no poder dormir en paz. – Inhalar profundamente. Dos o tres veces –…….Ni siquiera poder dormir aunque sea sin paz porque para tenerla hay que estar anestesiado por la negación pagada en cuotas. Y secuestrado por la ficción del éxito que trae el progreso.”
Estaba, por sobre todo,  asqueado de sí mismo.
“No tener un amanecer, nunca.  El grado cero de la ontología sólo sirve para morir en cada milésima de segundo sin haber vivido.”
Ya ni siquiera llamaba a Julianne para aliviar el desencanto mediante el pacto sexual. Algo se colaba y convertía el roce de las pieles ávidas en un experimento de laboratorio. Los vasos comunicantes interactivados dejaban a Julianne exhausta de negrura y sin satisfacción carnal.  Era como envenenar sistemáticamente a una mascota.
“Quizás soy repulsivo, letal, aborrecible”.
Se sintió infectado con la podredumbre de la cual trató de huir con el destierro. Un espectro analizando su propia fauna cadavérica.
“Descubrir dónde está la vida. Sin viajes. Sin trayectorias fallidas. Sin puertos definitivos. Poder escribir algo respetable.”
Sólo se dio cuenta que había estado llorando cuando se vio en el espejo colonizado por la humedad.  Primero prefirió pensar que eran gotas ajenas a él. Pero no. Era un llanto acuñado por la compasión cuando, allá lejos, descubrió que el Moncho era mujer, cuando, allí cerca, se repitió la escena de su  fuga alzando a un inocente desdentado por el odio desbocado en el acto tribal donde nadie tiene rostro. Donde sólo conserva el rasgo humano el condenado que pierde parte de una cara sólo reconocible en la alteridad.

La región del lenguaje de la luz.
(también conocida como la mañana siguiente)

Tal vez debería comer más pescado. Tal vez debería aceptar la bouillabaisse del patrón para recuperarse. Se le presentó la cara apacible de Sayuri haciéndole recomendaciones.
”Sanar el cuerpo. Ponerle néctar a la  vida”.
Tomó la decisión de invertir unas monedas en bañarse con agua caliente y mientras ponía el cambio exacto en la ranura se le escapó una mueca involuntaria.
“¿Cómo se puede ser  agnóstico y suplicar  fe, esperanza y caridad con la pasión de un anacoreta?¨”
La sonrisa se hizo franca en los dientes blancos a pesar del tabaco.
“Cóctel de dogma marxista y Saramago mal leído.”
El frío irrumpió sin pedir permiso.

“Las monjas ayudaban.  Venían a enseñarnos a bordar, a cocinar. A veces, a leer. Yo aprendí a leer con el catecismo. Siempre hicieron la vista gorda a los consoladores con que las celadoras nos violaban. Una vez me animé a decírselo a una monja y me insultó hasta hacerme llorar. Me llamó degenerada y me puso a rezar dos horas por día para que se me fuera el demonio del cuerpo. Arrodillada sobre una bolsa de maíz.”
Recordó la sonrisa cavernosa del Moncho en el relato.  Abría la boca orgullosa de la falta.  Como si la desgracia le hubiera hecho expiar todas sus culpas. Aka sintió cómo ese retazo del lienzo infinito quedaba registrado en algún lugar del corazón. – A Mariana iba a gustarle.
Recordó de repente que se había estado olvidando de Mariana mientras controlaba distraídamente la temperatura del agua. Tal vez había sido para preservarla. Tal vez intoxicara el cuerpo de Julianne para preservar a Mariana.  Se despreció al descubrirlo.
“Por algo no encuentro mi nombre de escritor.  Pienso y hago cosas que no tienen nombre.” – Casi se complació en castigarse.
Cerró el grifo y se metió en la bañera de agua caliente.
“Pascasio Arata siempre decía, en los peores fríos del sur, que no debía ser demasiado caliente para que el cuerpo produzca su propia fuente de calor”.
Sopló un viento tempestuoso y Aka hundió la cabeza para lavar su pensamiento de todo recuerdo.

Vivir con la lengua ajena

La radio encendida muy temprano y olvidada después deformó las voces en ecos estrafalarios. .
“Otra vez el cable, carajo. A fin de mes me compro otra”.
Le sorprendió entender lo que el locutor decía con estridente entusiasmo a pesar del ruido a fritura.
A fin de cuentas, ese nuevo idioma que lo alejaba cada vez más de su origen, también le ofrecía un texto y un refugio.
“No estuvo tan mal el haber elegido París.”
En París sentía el alivio del huérfano que ya no busca antepasados. Era un personaje sin reminiscencia; nadie salvo Julianne se interesaba por su vida.
“Hablar el idioma extraño es aceptar la máscara de la apariencia que me puse por desesperación”.  Podía mostrarse liviano, locuaz o lacónico. Sin antecedentes, nadie lo percibiría en su médula. Nadie sospecharía el tamaño de su cicatriz.
De pronto sintió la necesidad del alcohol. Hacía demasiado que se prohibía tomar antes del mediodía. Se cubrió con un toallón y se entregó a la ácida compañía del aguardiente de turno. El patrón le había suspendido dos días de trabajo. Los hipermercados estaban haciendo su labor de devastación silenciosa.
“Siempre oscilando en los bordes, apostando a perderlo todo “– se rió de su suerte.
Le causaba  gracia el haber vivido siempre en la incertidumbre mientras perseguía con locura al espectro de la Verdad. Levantó la copa en un brindis con la idea: –“À  votre  santé Vérité” – ¨”Vieja desdentada”. Volvió a reír con ganas, acaso alentado por el licor.
Decidió entregarse al juego de la filosofía etílica.
“¿Cuál es el riesgo del parresiasta ultra? ¿Que sus especulaciones más impiadosas son las que desnudan el chantaje oculto en el revés del espejo? ¿Y que lo atroz no se oculta agazapado en los entuertos de la tripa existencial sino al lado nuestro, compartiendo una copa como un amigo, listo a travestirse en ternuras, en el amor de una mujer, en las caricias de la amante y en el abrazo del compañero?”
Todo lo que necesito es un cabriolé con las cortinas cerradas y una hembra fogosa viajando conmigo al infinito por un itinerario aleatorio, hasta el fin de los días,  papaíto Gustave. Brindo por eso”.
Sonó el timbre.
“Está abierto.”
Entró Julianne y la costumbre se dedicó a montar las escenas siguientes hasta el fin del día.

Pensado después de haberlo sentido
(Acontecimiento al que no fue ajena la piel dorada y tibia de Julianne)

Varios días se encontró meditando sobre su exilio lingüístico. Quería embarazarse de un relato fresco. Inscribirlo sobre una tabula rasa y sin dedicatoria. Preñarse de fluido airoso en cada entonación, cada misterio gutural, cada enunciación parida de su mente.
“El ojo del alma, Mariana”.
Transitar diestramente esa nueva vía con aceptación asombrada e ingenua. Acuñar cada palabra como magia, dilema, enigma.  Someterse a la colonización cultural voluntaria que le re–presentaba la primicia y la aporía. Regocijarse en el rescate asombroso del pasado celebrando la inhumación de la lengua materna y darle voz a la tradición recuperada. Entonces un deseo larvado se le hizo carne: enterrar al ser amado respetando el arcano ritual de los ancestros. Incendiaría el hogar del muerto para facilitarle el acceso a su nueva morada.  Él, Gustavo Akamura,  tendría que reconstruirse sobre los desechos de esa hoguera.

Interludio amoroso
(¿O kitsch onírico?)

A Julianne le sorprendió que se dejara amar dócilmente.  Cantó una vieja canción francesa mientras él preparaba una sopa. No habría segundas intenciones, por esa noche. Julianne percibió una hendija desconocida en una puerta siempre trabada con cerrojo.  Ambos compartieron ese apetito nuevo que acaso sintieran por primera vez, desde aquella primera mirada de ojos oblicuos que la atravesó como  la  lanza de un salvaje clavada en el núcleo de su vientre.

El día

Que tuvo en la mano la cabeza de un bacalao azul hipertrófico descubrió que el lenguaje tiene una autarquía que burla los propósitos de cualquier hablante. Y que fisiona, dispersa y divaga en redes de energía acústica que se la pasan muy bien sin nosotros.  Y que no es un trazado lineal hacia ninguna parte. “Es sólo un brocado veleidoso bordado por alcahuetes para consumo de los idiotas que buscamos la verdad. “
El ojo de pescado lo miraba, brillante y desafectado, libre de cualquier necesidad de sentido.
Ergo  es  esclavo de una intención criminal. Se lo domina para comerle la entraña. Para destrozarlo a nuestro antojo, como yo al pescado y tapar el crimen con una envoltura plástica, hacerlo presentable y ponerlo en venta”.
La furia lo proyectó al patio trasero para fumar y bajar el nivel de asfixia emocional.
Pero esa noche, al fin, escribió textos frescos en el agua, entre nubes de vapor.

El tren bala lo elevaba por sobre sus pies. – “El vientre de la serpiente.” –   Jonás en travesía hacia un espacio virtual donde al final lo esperaba la ciudad imperial. Edo. – Le mot juste.  Destinos miméticos. Él y le mot juste. “Fatalidad de puta o proxeneta de fingir la palabra justa. Sin dobleces.  Directa a la carne,  como un puñal.   El íntimo cuchillo en la garganta…  Words, words, words. ¿Sin dobleces?” – Al final de la travesía aparecería en la boca del túnel infinito la luminosa atemporalidad manifiesta.  Kyoto de Sayuri. Ciudad–madre.
Las casas de madera, el diseño usurpador de la cultura dominante para refundarse autóctona. –  China toda transplantada.
“Quemar las casas de los muertos.” Todo madera. Toda China imperial.  Todo el pasado remoto envuelto en anillos de fuego purificador. Las casas minuciosas diseñadas para una existencia sosegada. El comercio proveedor del oro material aliado a la íntima la morada que mira a un jardín familiar donde honrar al Shinto, abrazando a un galpón para almacenar la supervivencia.  Madera ofrecida al sendero de los dioses como una escena prometida al sacrificio.  Un valle dócil rendido a la impetuosidad de tres montañas volcánicas. Los templos poblados de capullos de cerezo exaltando la vida inaprensible. Presas fáciles del viento divino.
El tren corría a velocidad meteórica.  Así lo hacía sentir en el cuerpo. La huída transportaba el dolor de abandonar a un padre enfermo. Para siempre. Habiendo dicho la palabra última. La impiadosa. La que se vomita cuando se derrotó al miedo. La palabra salvaje que atravesó  todas las fronteras hasta alcanzar el confín del que no se vuelve llamándose inocente. Sin dobleces. ¿Sin dobleces? Si somos libres todo nos sobra.  Escenas del mundo flotante. El templo del agua pura. Kyoto. Edo. Le mot juste. Magnificada por la lente de Galileo. Por los cristales de Spinoza. Por los sueños de Dahlman padre.  Un caleidoscopio que se acomoda al trepidante ritmo del cuerpo en el tren y del tren en el cuerpo. Fugitivo. Como el aire y el agua.  El cambio es voraz.  Pide muertos. Pide el sacrificio en la hoguera. Pide pureza. Pide seguir. Sin dobleces.  Mariana es las úlceras de Mariana. Pasión hecha estigma. Los capullos ya habrán florecido y cuando llegue habrán muerto. Amor radical.  Vida de un solo día. Aleteo fugaz. Las uñas clavadas en la carne. De mariposa. Esperándome con sus huesos roídos. Mariana Butterfly.  Fe de amor carnal que ama el despojo de una carne rota. Se abrió la luz al final del túnel.  No pudo ver Kyoto. Despertó con fiebre. Corrió hacia la mesa. Se puso a escribir.

Apócrifa

Antes que nada, antes que nadie. Construir para destruir. Mi nomenclatura de pensamientos inservibles.  El despojo de mis intenciones fallidas  Escombro entregado al fuego antes de capturar el ojo de nadie. Muriendo como una vela que se extingue en un cuarto vacío. Hecha ceniza en la casa de los muertos.  Bujinga. ¿Cuántos textos se quemaron en la hoguera del rencor? Está todo dicho. Los textos quemados son el metal valioso. Y los tomamos como sobras. Los vomitamos antes de comérnoslos. Podremos reinventarlos. Podremos creer que son el secreto faltante: podremos adorar ese misterio. No podremos comernos lo que dejamos pudrir. ¿No será la apócrifa la verdadera?  Leemos los des-hechos. Quemados la sabiduría.

Lista de tópicos a no publicar.  Desarrollo de ideas inconducentes

 De la denuncia y otras inutilidades:

No denunciar  la ferocidad. Ni la negligencia.  Ni la pandemia de la indiferencia. Ni ceder a la náusea. Corazón impenetrable,  como el durazno.  Imperturbable,  fluyendo en la razón de ser con latidos silenciosos.  Dar vida a la textura suave, jugosa, maleable, de la substancia poética. Dejarse morder sin lamentar la herida.  Perdu dans la bouche d´un enfant.  ¿Qué mejor destino?

Niños:

En la Quiaca, los kollas viven en cuevas de piedra incrustadas en la ladera de los Andes. Sólo ellos y las llamas resisten la altura y la cría de ganado es su único sustento. Un pozo de agua cavado a 1.200 metros de profundidad los provee de agua potable y sana.  El resto es hostilidad que comulga con cinco siglos de imposición de un destino indígena-indigente. Un día el pozo se seca.  Simplemente se extingue el agua. A diez kilómetros una compañía petrolera primermundista explora pozos de petróleo. La comunidad indígena acude pidiendo ayuda. Los trépanos profundizarán el pozo en busca de una napa inferior y la vida volverá a verterse en su forma más primaria. El ingeniero a cargo es amable. Da consejos y sugiere soluciones expeditivas. A mil doscientos metros de las plantas de los pies descalzos endurecidas como cuero palpita la vida líquida indispensable. (Los niños somos criaturas esperanzadas que pretendemos habitar ingenuamente la existencia). La comunidad festeja. La solución está a la mano. Pero, aclara el ingeniero, mover el trépano diez kilómetros y realizar la obra tiene precio. (Los niños no entendemos de oferta y demanda, sólo necesitamos respirar y admirar al mundo como maravilla y esperar que este paraíso que vamos descubriendo sea todo lo generoso que imaginamos) Diez mil dólares.  La comunidad delibera.  No está el dinero. (Son sólo diez kilómetros, señor ingeniero. Nosotros estamos dispuestos a transportarlo. A ayudar en lo que haga falta, a retribuir con trabajo) Eso es cosa de niños. El mercado tiene sus reglas. Me encantaría ayudarlos,  pero comprendan mi posición. Yo no decido estas cosas. (Es grave, señor ingeniero,  los animales están enloqueciendo de sed.  Ya no queda agua casi.  Estamos reservando el remanente para los chicos) Les prometo consultarlo con los directivos. Lo veo difícil. Ustedes saben cómo se manejan estas cosas. (No, no sabemos. Pero entendemos la idea.  Acá el patrón les entregó la tierra y él cobra por eso. Nosotros sólo queremos agua) Las excavaciones terminan. La compañía se traslada a otra área cercana. El clima se hace voraz en sus extremos. Cuarenta grados de día. De noche cinco grados bajo cero. La coca ya no sacia la carencia.  Ni de hambre. Ni de sed. (Podríamos haberle cambiado agua por llamas. Agua por vicuñas. Ya se fueron. Y no supimos negociar) Las llamas amamantan a sus crías. Las madres enloquecen, de sed,  de falta. Las crías enloquecen. Rabia. Muerden a los niños más pequeños. Cincuenta niños kollas que apenas caminan mueren atados a sus camas. Con los padres y hermanos rogando que el martirio no se prolongue. Que la Pacha Mama y San La Muerte se los lleven. Las criaturas, llamas y niños, aúllan de rabia, los pelos,  las crines, erizados como cables,  atados a los postes, atados a las camas, babeando espuma, los ojos saltados de privación. Cincuenta niños kollas y otras tantas llamas. Hay que quemar todo. Las casas con sus muertos. Los huesos,  los pelos dejan un hedor que se elevará al cosmos. Nadie paga la deuda eterna de la iniquidad.

“Otro sueño perdido, otra florcita blanca en la bosta que deja caer sus pétalos sin que yo la haya olido,  prematuramente muerta,  como los capullos de cerezo del templo,  que han muerto sin mi, que los necesitaba. – A Mariana  le va a gustar. “

Niños 2:

El  cielo morado es  terciopelo.  Esta vez el ala de cóndor se ha diseñado en ocre,  las transparencias texturadas como espuma de mar atravesada por el sol del ocaso. Y las piedras, monolitos moldeados por el viento artesano de la Puna,  esperan,  pacientes,  a sus estatuas vivientes. Ángeles sin alas. Sin lengua que escriba la memoria. Esfinges descalzas, las plantas desnudas acorazadas de callos cincelados por lava ardiente hecha suelo, una hilera simétrica de memoria silenciosa que se extiende al infinito en perspectiva, confundiéndose con la línea invisible donde el mundo se precipita al vacío. Salen, silentes, la mirada fija hacia un objetivo lejano, fugada más allá del cuerpo desangrado de todo deseo,  y se sientan,  a mirar allá, más allá de lo que todos vemos. Atë, atë de la tragedia humana,  Mariana, más allá de lo que acaso nunca podamos ver. Veinticuatro horas, todos los días del resto de sus vidas veinte niños kollas sobrevivientes de la rabia de las llamas, veinte niños que velaron hermanos rabiosos cuando aún no habían podido entender qué era un hermano, recordando acaso para siempre la espuma de sus bocas como el borde nacarado de las olas de un mar que nunca verán,  interrogan al horizonte del mundo, un lugar inalcanzable donde nadie llegará.

Niños 3 ( A Mariana va a gustarle )

Se nace para mirar el universo,  para que el día nuevo signifique un nuevo mundo, o, acaso,  para descubrir que no significa nada. Entonces, la palabra pide vida. Entonces, la poesía nos sucede,  mientras permanecemos inocentes. Se desangra con nosotros en nuestro laberinto pero no brota para sobrevivir al pensamiento, al eco que no ha sido pronunciado: la palabra nunca tiene la prerrogativa del capullo de cerezo.  La mágica palabra impronunciada pierde aliento divino mientras trepa pujando la garganta y se ensucia con la bosta sin llegar blanca a hacerse flor. Se la pierde como el paisaje detrás de las ventanillas de un tren que avanza en la lluvia, desfigurado por los designios del agua sobre el paño deformante del cristal que la acoge. Las gotas atormentan a las imágenes con el rigor de una lupa: tal vez  todo se trate sólo de pulir cristales y callar y pensar la poesía y dejarla morir en los rizomas de la entraña.  El cristal se hace laberinto móvil por donde se fuga la materia. El agua es el orfebre.  El agua que nos hace,  el agua que nos falta,  el agua que nos inunda, el agua que nos bendice, el agua que nos atormenta en una tempestad.  El agua.  Siempre el agua. Tallando este mundo de cristal.

“¿Cómo se descansa de la fatiga espiritual? No hay un Sabbath programado que me asista en este duelo.  ¿Que me capture un rapto de poesía me hace humano? Extraño el cuerpo tibio de Mariana apoyado en mi costado como la hembra de un puma alerta en el reposo, naciendo nueva de mi flanco,  pariendo el verbo que me manifiesta.”

(advertencia)

–  “¿No estaremos cediendo, Mariana y yo y nuestros doppelgängers, a la estética del sufrimiento? “–

 

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