SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto  Viviana Lombardi

GUSTAVO AKAMURA - SUDAKA - BORDE DIN

                                          Compartimento Puppi:

El Pequeño Ben estaba por dar la hora. Una procesión apresurada enfilaba hacia el mismo rumbo: la estación de trenes. Las ráfagas provenientes del río le sacaban alas al impermeable. Las alas flotaron empeñosas como aquella vez que intentara levantar vuelo en el Bois de Boulogne.
Retiro tiene una irreverencia gringa.”
Allá iban él y sus alas, impermeables, al encuentro con Puppi.
Caminaba atrevidamente despacio. Al fin y al cabo Buenos Aires había sido suya, alguna vez.  Y la faz maquillada seguía siendo bella. Parecía pertenecer al mundo hospitalario. Era la cara de fiesta de la patria, la máscara risueña del furor indomable de la pampa.  El destino provisorio de un país que captura a quien se quiere ir y expulsa al que se quiere quedar.
Nostalgia endémica de la idiosincrasia fundada por ladrones que se soñaron señores y engendraron más ladrones. Todos robándole savia a esta tierra y a sus hijos indios como vampiros sin alma ni sangre, pura linfa.”
Se detuvo un  instante para rogarle al reloj inglés de sus pesadillas un poco de cordura. El viejo zorro le concedió siete campanadas jubilosas.
Tanta bronca me suena más a paúra que a otra cosa.”
Se subió el cuello.  Empezaba a caer una llovizna helada.
El compartimento lo había abierto Puppi con chillidos. Pero no de dolor sino de teléfono. Había algo importante que saber. Le dio la excusa servida. Él  no habría tenido jamás el coraje de hacerlo sólo por las suyas.
Después de todo se tomó el trabajo de ubicarme.”
Sabía que cuando se sentía opresivamente solo se ponía insufrible.
Invocó al Maestro:
Quedan el hombre y su alma….Mis amigos ya no tienen cara…….Llego a mi centro: a mi álgebra y mi clave,  a mi espejo. Pronto sabré quién soy”.
Con sus ecos se manifestó el sosiego. Estaba preparado. Aunque con el pensamiento atormentado de presagios.
Pre- sagesse”–  inventó.
“¿Por qué hay que saber antes de saber? ¿No es suficiente tormento la avalancha de recuerdos?”– Que se le aparecían con la luminiscencia de la visión completa de los epilépticos –
Me estoy encegueciendo de memoria”.
Ya llegaba.
La carne tenue…Casandra se defiende de la grosera premura de los labios de ese dios perfecto e impiadoso…………”

El pensar  futuros versos no acalló la voz de Puppi en aquella despedida:
Estoy embarazada, Ponja. Conseguí convertirme en una caja mágica. Mi cuerpo y mi cabeza se están proyectando hacia adelante. Encontré, al fin,  dónde está el futuro”.
Recordó cómo lo había besado en la boca.
Ya no soy agua dormida, Gustavo. Ya no.
Fue la única vez que lo llamó por su nombre.

Aka rogó que ella no hubiese conservado esa mirada de gorrión herido que se le filtraba a veces desde la ironía.
Basta de melancolía  – censuró –  Me voy a encontrar con una señora gorda insoportable”.

¿Es necesario advertir que se demoró ociosamente?
¿Que se aferró a cualquier excusa de la curiosidad para deambular por los pasadizos de la isla parisina que la jactancia porteña había injertado en Buenos Aires?
Nada extrañaría alguien recién llegado de París en esa dimensión paralela de la vida dorada en un país hundido en un naufragio.
Algo cambió”.
Había demasiados carteles de venta de pisos de mil metros cuadrados.
“¿Los ricos también se estarán rajando?” – De ese lugar donde los cartoneros se esfumaban y no se veía un solo tacho de basura revuelto por manos comandadas por un hambre de tres días – La basura no existía en  La Isla.
No de la que hiede”.
Las sobras del festín se la comían los perros de raza. Nada quedaba para la raza  subhumana de los indigentes.
Ni los huesos.
A ver si se acostumbran mal” – retomó fuerzas para no desviarse.
“¡Mal pronóstico tiene mi humor para este encuentro!” – se advirtió.

Se miró frente al vidrio de un ventanal de la nueva era, un adefesio de la inmigración de los pragmáticos al Edén de la paquetería: mucho cristal espejado dándose de codazos con la antigua estirpe rapaz pero discreta.
Melanomas de la estética impúdica de los cuervos nuevos en el corazón de la prestancia susurrante de una elite más vieja.
Me encanta que socios de la misma calaña pero sin estilo les hayan estropeado la fiesta” – celebró, resentido.
Se arregló el pelo rebelado por el viento y silbó un tango para cambiar de aire.
Puppi lo miraba desde lejos.

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¿”Siempre seguís viendo todos los semáforos en verde?”  – Puppi sonreía triste –“Estás….”
“Más viejo” – Aka apresuró la respuesta, quizá por timidez.
El bastión de los Amorín Zabala se había adaptado a la decadencia mediante un apéndice en el garaje: un barcito límpido entre tanta begonia insolente de los parvenus.
Puppi lo miraba, distinta.
“¿Así que te casaste?”  Aka esperó cauto.
Ella indicó que se sentara con un gesto.
“¿Con un político?”
Ella negó.
“Con un milico”.
Tampoco.
“Con un sicópata”
¿No era lo mismo?
Se impuso un breve silencio.

La callecita asomada a  Las Heras se dejó ganar por el crepúsculo.

“Mi marido es sicoanalista y escritor. Un arribista que aparece en la televisión y piensa y dice y escribe mierda”.
Puppi  fue a la barra a servir algo.
“Es una celebridad”.
Se acercó con dos martinis secos.
“El vodka es importado”.
Aka mordió la aceituna.
“Me casé embarazada”.
Los ojos de ella brillaban con el reflejo de una velita flotando en un cuenco de cristal facetado, centrado en la mesa.
“Siempre le pongo pétalos al agua. Huele bien, acercate”.
Puppi se distraía mojándose los dedos. El cristal chispeaba luces tornasoladas.
“Mi hijo Iván ya cumplió veintidós años.”
Aka apuró el trago sin saber por qué.
“Ganaron ustedes”–  dijo involuntariamente.
Puppi  le clavó los ojos mansos.
“Perdoname, ya estoy mamado”.
Ella se levantó a servirle otro.
“Siempre me pregunté qué parte mía había ganado” –  le puso la copa campana en la mano – “Creo que fue mi mamá que compra tiempo haciéndose cirugías plásticas”.
Agitó el agua suavemente. Los pétalos se mecieron como botecitos huérfanos.
“Cuando me despierto entre los gritos de una pesadilla siento siempre lo mismo: que soy un protozoo con el alma de cobre”.
Aka le tomó la mano húmeda como sus ojos.
“Iván es igual a mí,  por suerte.”
“Es lindo.”
“No lo digo por eso,  sino porque no es de mi marido.”
Aka le besó la mano tan involuntariamente como antes había hablado.

Pasó un tombo de civil que cuidaba de la expoliación a los vecinos ricos expoliándolos con la prevención de los secuestros extorsivos de los grupos de tareas de la vieja era.
Lejos de asegurar protección, la cuota obligada les recordaba que los muchachos seguían al comando.
El cana miró de reojo por la ventana y entró. Puppi fue a la caja y le salió al encuentro para darle los doscientos cincuenta  pesos de la semana.

“No sé si es del  Kabra o es tuyo”– inhaló antes de terminar el trago – “no había modo de averiguarlo”.
“Tendría cara de japonés” – Aka se arrepintió tarde de haber hablado.
Ella acercó la silla.
“No duermo de tanto pensar. No estoy para atender a los excesos de tu narcisismo”.
Aka encendió un negro y se lo puso a ella en la boca,  como antes.
La vio bella otra vez. Con la antigua hermosura altiva.
“No te hagas ilusiones, el pibe es un creído, igual que mi marido. Prácticamente lo crió él” – el humo le cercó el rostro con un velo.
“La incerteza es una rata que te opera en las entrañas y te congela el corazón.
Siempre le tuve un desapego que mi hijo no merece. Es doblemente huérfano. Pero yo lo quiero con el alma. Y quiero saber quién es el padre.
Por eso te mandé ese mensaje cifrado. Para atraerte.”
“¿No te parece peligroso?”
Puppi extravió la mirada. Estaba ofendida.
Acaso por eso la voz salió sibilante de los labios tiernos de siempre, enmarcados por líneas empecinadas de dolor.
“¿Para quién?”
“Para  todos,  menos para mí.  Soy el único que  saldría ganando.”
Aka  le sacó el cigarrillo para compartir una pitada.
“Quise decírtelo antes de que me hablases de ella.”
El llanto de Puppi brotó inmediato,  inesperado para ambos.
“Gustavo,  ésta es la única renuncia de la que soy capaz. Y creo que es por amor. Necesito que me ayudes a soportarla”.

Era la segunda vez que lo llamaba por su nombre. Se abrazaron fuerte sin querer abandonarse por segunda vez.

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La noche se cerró sobre el regreso como un puño en su pecho.
Necesitó desandar el mismo camino que lo había llevado a Puppi como quien busca algo perdido en la senda. No habían podido hablar de nada más.
La imago de Mariana, tan amenazadora para Puppi, había quedado resguardada en la dimensión de la leyenda.
Se imaginó a Paris regresando a Troya rumbo a una lucha vacía, abrazando a su Helena fantasmática, con la mente rendida a lo sublime antes de entregar su cuerpo al polvo.
“¿Será siempre así?” –  Aka,  quienquiera que yo sea en esta historia, estoy de tu lado.

Buenos Aires olía a malos aires,  traspuesto el umbral del privilegio.
Calles cautivas del frío y la degradación lo acercaban a su hotel barato.
Será que nunca la bendijeron dándole un nombre cifrado. Nació huérfana del bautismo enigmático que invoca a los dioses.
Así está,  condenada a su único nombre público, mujer de paso como una cabaretera, presa de la voracidad de atorrantes e impotentes.
Obscena y resentida como toda carne mal pagada
.”– pensó loco como un cornudo recién informado.
No hubo mundus ni ara en tu vientre, mi querida Santa María del Buen Ayre.  Ni la Santa te reconoce suya.” – chasqueó la lengua.
Algo lo atravesó muy hondo en ese arrebato de cólera roja.
Basta de furor mortis”– ¡Al fin una pizca de vitalismo! –“Basta ya de traicionarme” – comprendió.
Entró en una pizzería de la calle Corrientes y pidió dos porciones de doble muzzarella con fainá y un moscato de la casa.

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Tal como lo recordara siempre en París, las vidrieras de La Paz se ensanchan  hacia el amanecer.
La escasez de habitués a esa hora  – habitada sólo por los trasnochados de Corrientes cortejando a sus fantasmas  –  abre las ventanas a la tarda noche con una grandeza que el ajetreo diurno no estimula.
Llovía torrencialmente cuando una súbita inspiración lo llevó dentro para pedirse una ginebra con hielo sentado a una mesa donde ponerla en palabras. No tenía suficiente papel.  Le preguntó al mozo.
“Imposible conseguir una librería abierta ¿No?”
“¿Qué necesita?”
“Papel para escribir”
El hombre lo miró como si lo conociese de una vida, hizo un gesto y marchó solemne, arrastrando los pies hinchados hacia una puerta.
Salió con un bloc de notas en la mano.
“Tenga” – dijo sin aspaviento.
“Los poetas siempre se iluminan de madrugada. Aquí ya estamos acostumbrados. Invitación de la casa”
Le tembló la mano de hermandad agradecida.
Y escribió su nota dedicándola secretamente a ese amigo ocasional que, sin saberlo, le respondió por qué extrañó tanto a Buenos Aires.

No existe narrador omnisciente que justifique lo que sucedió entrada la noche. Entre llamas como rubíes de lava ejecutando la voracidad del elemento que resplandece en los límites, sólo se avizoraba un frontis diseñado con las manos del arte que une la verdad con la belleza. Y una inscripción
“Remedio para el alma.”
Y un viejo desquiciado pisaba el polvo de la derrota del sentido, corriendo alucinado con libros en las manos, como quien salva al único retoño.
Até, até.
¿Es Casandra o Antígona quien brama?¨ – presagiando con su clamor el fin de los fines,  el rey de reyes de la obscuridad ganando la batalla terminal, la que asesina al pensamiento.
Un río compasivo intentaba aplacar la catástrofe con sus aguas tibias. Y si alguien recordara, sabría que Diodoro Sículo honraba los despojos del naufragio del verbo,  arrojando enardecido sus ardientes tesoros a la secta de los inocentes, los que dan la vida por la sombra de un sonido que pueda ser escrito, los que se arriesgan ávidos a la búsqueda del hálito genético que todo lo comprende, y encontraría que los rostros se conocen a la luz de la simultaneidad, que une a Flavio Magno Casiodoro con Godofredo implorándole al águila celeste, reflejados en la especularidad de la substancia recobrada de Spinoza, y a esa mujer que recibió sabiduría y fue la emperatriz del Nilo sufriendo la pérdida como quien aborta un hijo,  con el duque de Borgoña a la cabeza de la legión de Lorenzaccio sosteniendo a Michelagniolo que llora la tristeza de los puros, hincados todos ante el ara del odio donde un río incandescente devora los manuscritos de Alejandría.
Todo eso vieron el Maestro y su discípulo mientras se contemplaban acompañándose en el duelo, montados ambos sobre un tren fantástico en esa dimensión mental que se les revela sólo a quienes aman.
Se encendió el mármol de Pharos para alumbrar la escena. Se detuvo algo, quizás fuese  el tiempo. Ya nadie recordará por qué. Y si lo recordase, sólo es literatura.

 

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Se volvió para mirar fuera.  El amanecer se hacia día. Regresó al hotel como quien vuelve a casa.

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                  Puppi nos abre otra vez la puerta de su compartimento

La penumbra lo obligó a ser cuidadoso. El interior parecía más cálido y amplio que la noche anterior. Quizás el haber fijado tanto la atención en el cuenco y sus reflejos le había hecho perder  noción de la totalidad. Solía sucederle.
Al fondo, de espaldas a la puerta,  estaba ella.  Le acarició la nuca suave.
“Hola Ponja”.
“Ah, volvimos.”
“Un poco”.
Ella seguía inmóvil. Su voz,  serena.
“¿Dónde pongo algo de música?”
Ella señaló a la izquierda.
Aka puso el CD y se acercó a cubrirle los ojos. La música desgarró el silencio.
“¿Es una ironía o un homenaje?” – dijo entre halagada y tímida.
“Un poco de ambas cosas”.
“Pero yo no soy la gélida princesa virgen y misántropa”.
“Virgen ya sé que no.”
Aka estaba emocionado.
“¿Te gusta la versión del tano? “.
“Dicen que es la mejor”.
“Y vos ¿Qué decís?”
Ella se levantó y le tomó las manos y las apoyó sobre sus mejillas mojadas.
“Desde ayer que no paro de llorar”.
Aka la ayudó a sentarse.
“Algo se abrió. La caja sellada de los secretos, no sé. Me siento tan desvalida y contenta que no sé. No sé qué decir. De nada”.

La voz de Luciano desvelado se apoderó de ellos por un rato.

Ella rió –“Lo voy a escuchar cuando no pueda dormir. Y ya no voy a querer dormir.”– Y  suspiró;  bien podemos comprenderlo  –
“¿Lo trajiste de allá?”
¿Había que ilusionarla?
Aka le tomó la mano.
“Recién ayer me enteré de que no dormías”.
“Quiere decir que nunca pensaste más que en ella”.
“Si.¨ – a él le costó seguir hablando –
“En todas las formas de ella. También las que te  incluyen.
Mariana es la trama de un enigma. Se teje y se desteje contra mi voluntad. Es un argumento que no me pertenece pero del que no me puedo liberar. Un dilema que no consigo descifrar sin deshacerme.
Se resiste a cualquier comprensión posible de sus actos, de sus propósitos, de su lugar en mi historia. Del mío en la suya. Me manda a una tierra de nadie empantanada. Ya ni siquiera se si hubo ruptura,  separación o muerte entre nosotros.  Lo que si se es que no hay olvido.  La recupero y la pierdo todos los días de mi vida”.
‘Te sentís culpable.”
“Si.”. La  voz de Aka fue casi un graznido.  “Si”.
“Pobrecito. Nunca podrás soportar la verdad”.

Hubo una pausa en la que se espesaron los respiros.

“La verdad es que estamos vivos y que tal vez tenemos un hijo de los dos.”
“¿Vas a hacer algo?”
“Lo que haya que hacer. Ni siquiera me pregunto qué es. Haré lo que sea. ¿Alguna vez voy a verlo?”
Ella demoró la respuesta.
“Pienso que eso es parte de lo que hay que hacer.  Pero no se cómo hay que hacerlo.
Y qué viene después”.

Reapareció la vieja punzada en el estómago. Pero venía del costado opuesto al habitual.

“Nunca se sabe qué viene después”.

Salieron a la noche fría y clara. La luna parecía una cimitarra. Curva, brillosa, desafiante. Caminaron sin hablar. No sabían si buscaban qué decirse. Parecían necesitar sólo ese deambular juntos. Había tanto pasado en esos pasos sobre tierra propia que no podía nombrarse.
Se dejaron llevar por calles que ordenaban el rumbo, palpitando al ritmo de sus pisadas, urdiendo retazos de memoria,  apropiándose de los recuerdos.
Ninguno se animó a denunciar al pensamiento. Estaban desolados. No pudieron separarse. Ella siguió llorando todo el tiempo. Dijo sólo una cosa:

“Ya ni Brahms me consuela”.

Esa noche Puppi  fue la reina de todas las aguas.

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