SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto  Viviana LombardiGUSTAVO AKAMURA - SUDAKA - BORDE DIN

La mañana siguiente.

Salió desaliñado porque se empezó a sentir de entrecasa. Tomó la ducha matinal y no se afeitó para pasear por la ciudad.  Un alivio que, descubrió, hacía mucho no sentía. Otra vez las calles marcaban el destino, ocupando el lugar de parcas que les había autorizado desde su llegada.

 “SI EL HAMBRE ES LEY, LA REBELIÓN ES JUSTICIA”

¿Por qué, cómo seguía existiendo la lucidez en esa nacioncita moribunda yaciendo sobre ese país interminable?
“¿Cómo se conserva la dignidad en la indigencia?”
¿Quién de los miles de mutantes callejeros que había visto escarbar basura desde su llegada había inscrito tamaña síntesis de sabiduría? –
“¿A dónde te llevo,  dónde te pongo matria vaca?  Mujer abandonada por mí buscando al  padre extranjero y errante  como mi yo fugitivo de tu amor húmedo con olor a tierra y bosta. Yo, que me fui sin susurrarte al oído un nombre secreto que te bendijera. Para hacerte mía del todo. Del todo mía mujer de la luna en cáncer. Artemisa de la plata india. Mina de oro fundada sin sus pies por bárbaros que no te dieron ni la sabiduría ni la cifra. Dejándote a merced de mercenarios que te quieren hacer puta. Matria con color de virgen y sin ningún apóstol.”
Se tuvo que sentar en el primer banco de plaza que se le cruzó.  El sol resplandeciente lo abrigó del viento helado.
Vio gorriones buscando el sustento diario.
Un cartonero se le acercó a pedirle fuego. Era un pibe lindo, de ojos de avellana, cabeza de pastizal del color del mate amargo.
Le ofreció un negro francés y hablaron en argentino criollo entre volutas. No quiso saturar el encuentro de ternurismo fácil y sin epicentro.
Él se había fugado. Ese chico se quedó y se quedaría – “¿Pronto sabré quién soy?” –   No era perdón lo que buscaba. Era consejo.
¿Cómo se encuentra dignidad en la basura?
Todo el tiempo tuvo ganas de llorar. Acaso de alegría. Podría ser su hijo. Podría hacerse su padre, coraje mediante. Quería conservarlo de algún modo, cercano.
Pero no supo. No encontró cómo pedírselo sin violentar la esencia libertaria,  el mundo por crear que ese pibe tenía en los ojos. Se sintió viejo de amor, de compasión, de consuelo humano frente a tanta valentía.
“Ladrón no me voy a hacer. Es lo que quieren ellos, para matarme o algo peor: guardarme para siempre.  Pero acá    –  y  se tocó la frente de ángel  –  yo la tengo bien clara. Soy una persona. Y voy a ser un hombre, cueste lo que cueste”.
No se puede tener la insolencia de llorar frente a alguien así. Se privó, con esfuerzo.  Lo invitó a comer un choripán y juntos, silentes y voraces, se comieron tres cada uno. Luego lo vio partir a juntar su pan de cartón y sintió que antes y después existen.

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No pudo más que entregarse a la neura en el cuerpo en los días sucesivos. Algo  disfrazado de gripe lo tumbó en la cama solitaria que le tragaba la energía como una hembra voraz.
Pidió que no le pasaran las llamadas. Sabía que en un par de días estaría en pie, previo exorcismo de los espectros habituales. Tampoco podía comer sin sentir náusea  –   tenía el estómago avergonzado  –   así que no comía.
Parecía ser que los choripanes compartidos con el pibe de vida de cartón y voluntad de hierro serían su última cena.
Algo nuevo sucedió que lo apartó de los hábitos. No se entretenía ya brindando con sus fantasmas como en París porque rechazó al placebo de la botella. Quería vaciarse de deseo para comprender la carencia.
Algo inefable se movía en su nave escorada de rumbo incierto.
Así es que hoy, Aka, el que nunca encuentra al héroe de sí mismo, tembloroso y arropado, saca una libretita y escribe en lápiz lo que el corazón le grita.
Empeñado en traducir la maraña de su imaginario, se hace escriba registrando cada hora de su derrotero e incluyendo gozos y desvelos.
Y así es que ese gran hombrecito aterido, sabiéndose prematuro eterno,  nos deja su legado en el borrador de la inmadurez.
Escribiendo fervoroso sus mil noches y una para que lo visiten sus bellas furias etéreas con el abandono asegurado.
La interpretación silvestre está a la mano pero… ¿Hay que ser tan predecibles? Entreguémonos a la poiesis de este individuo a ver qué (nos) pasa. ¡Coràggio!   (Avanti bersagliàre  sería una hipérbole groseramente forzada)

 …………miedo del encuentro con el pasado que vuelve 

Un vecino escuchaba la radio a voz en cuello. Tal vez fuese domingo.
“¿Todavía será el día del ritual de mate y tango? “

Si el hambre es ley la rebelión es justicia.”

Sabía que ese texto fatídico lo había enfermado. “Esa verdad del famélico hecha carne; sintetizada como paradigma del desamparo” – se dejó capturar por los versos del tango.
“Miedo al encuentro con el Buenos Aires de los aires malos”. Abrió la libretita para iniciar un poema……

¨…buenos aires eterna /como el agua y el aire /viciado de carencia…¨

“Malísimo” – reprochó. Por sobre la cadencia tanguera, se impuso la voz de la Puppi gloriosa de los tiempos de abundancia y desenfreno. Una voz engolada y perentoria que  parecía hoy responder a otro nombre. Decidió escribir el posible diálogo de la memoria.

“Dejate de joder, Ponja, con la revolución”  Puppi dixit chupando un pirulín. “Los ricos no tenemos necesidad del ideal.  Ni corremos detrás de ningún sueño. Ya hay demasiados infelices que lo hacen porque es lo único que tienen.¨
Puppi siempre mordisqueaba un pirulín cuando se enojaba. Esa vez lo dio vuelta con brío y le trituró el culito.
“Lo que me gusta de vos, Ponja – y a tal confesión le seguiría un honesto arrebato – es que no sos el típico héroe de mirada esperanzada para el ícono.  Vos vas a rifar el pellejo sin pena ni gloria.  Sos el pelotudo más auténtico que conocí en mi reputísima vida”.
Le partió la boca con un beso de tarántula y se fue con esas caderas infernales que hacían sentir la vida fácil.

Puppi solía utilizar a las palabras como a cosas que el tiempo desluce, como a baratijas de verano que se usan por apariencia y diversión. Nunca las conservaría por avaricia: sólo las explotaba hasta dejarlas sin esencia.
Las victimizaba con el hedonismo del vampiro que desangra con encanto. Y luego las arrojaba a las sombras, condenándolas a reaparecer en la noche, furtivas como ladrones de almas, en busca de su substancia en la substancia ajena.
¨Res non verba – pontificaba Puppi – es el motto que mi padre me colgó sobre la cuna. Nada de estampitas ni crucifijos.  Así aprendí que siempre hay alguien a quien le puedo endosar mi cuota de sacrificio”.
Y entonces reía, convencida de la legitimidad de su malicia y su carisma se hacía irreprochable. La impunidad con que podía malograr lascivamente la utopía con un texto, envilecer la más bella obsesión con su lenguaje – cuando no su silencio acompañado de un mohín perverso –  la hacían la dueña de un circo minado de trampas cazabobos.
Gustavo era la presa  más preciada de su fascinación,  aunque él,  obviamente,  lo ignoraba:

(¿Tan ingenuo se puede ser aunque se trabaje de héroe?)

Al releer el texto un violento fastidio le dibujó un rictus en la frente tomándolo por asalto.
¿“Por qué poner Gustavo en el lugar de la victima?” – Mordió el culito del lápiz con furia – ¡“Hay tanto otro en el medio”! – se  dijo casi escandalizado.
Borró apresurado el nombre dejando el lugar en blanco. Miró el papel afinado por el borrón con intención aviesa.
Su propia carcajada le hizo cosquillas en el estómago.
¡“Qué pedazo de pelotudo soy…..no puedo poner a ningún otro!”

La alegría le regaló un nuevo rapto.

Desde entonces, y sólo desde entonces, nuestro héroe en sesgo comenzó a mirar a todas las mujeres a los ojos.
Desde allí las penetraba para siempre; volcándoseles dentro, palmo a palmo,  codiciando con ansia esas vivas vías de escape donde se cobijan sus Pandoras y Casandras.
Nunca dijo tener amigas. Aka es de los hombres que tienen hembra o no tienen nada.
El anillo danzante de las ninfas de Monet se convirtió en una vocación de destino circunvalado, apresado y liberado por la danza desnuda de libertinas en sinfín.

Se tocó la frente. Volaba de fiebre. Escribió Aka en el lugar cedido por Gustavo y se acostó a dormir.

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Capítulo Dahlman

Dahlman también se había metido en su regreso. No ya como espectro sino como reminiscencia.
Cuando Aka se refugió en el remanso del malestar que lo cobijaba del esfuerzo de vivir, se hizo presente sin compasión. Tan  inmortal e inmune a segundas muertes como lo había sido a las pequeñas.
Así  fue que en ese estar lejos de la vida que exige decisiones,  se le apareció en un sueño arduo, verosímil e improbable como todos los sueños.
La estasis lo había fortalecido. Los fluidos biológicos habían reencontrado sus cauces y recobraban su función en armonía leibziniana.
Ya era dueño de su cuerpo y de su alma substanciales como para afrontar lo que viniese de ese viejo sabio y zorro que lo tenía agarrado de los cojones.
No obstante, no le fue nada fácil recuperar las reliquias del rescate.

Retazos o, acaso, restos de aquel reto

Hacia un rato apenas habían estado leyendo a Virgilio para discutir la importancia de la adjetivación. Sus ojos cerrados a la luz  descorrieron los párpados como un velo húmedo dejando ver las inanes pupilas.  Dahlman aproximó la silla, autorizando el abrirse  a la confidencia.  Gustavo apagó la lámpara con cariño.  

Dahlman: Yo despegué desde las orillas porque el centro enceguece – dijo pausadamente el Maestro.

¿Sería un reto?
Hubo un silencio corto.

Gustavo: Siempre lo admiré por su genio inimitable para la ironía. No se si alguna vez me atreveré a tanto. 

Dahlman: Tómelo con calma.

La serena indulgencia de Dahlman lo desarmó.

Gustavo: Le soy sincero, Dahlman, mi problema radica en que no sé a qué atreverme. Trato de hacer una literatura personal y termino maniatado por una cuerda obscura que me aleja de la verdad humana.

Dahlman: La verdad, Akamura, es como las mujeres. Una metáfora. Nace para escapársenos. Se mantiene a una distancia inaccesible que nos cautiva y nos hace sentir impotentes.

Por primera vez Dahlman le sonrió con cálida condescendencia.

Dahlman: Es auspiciosa su carrera detrás de las mujeres. La ausencia enigmática de una mujer es un vacío que anhela palabras, no importa cuán torpes, pidiendo ser fugazmente capturado.
Por eso me relacioné con cada palabra como con una mujer deseable – dijo, y soltó una tos seca.
Cada una de ellas fue para mí un diamante que, ventura mediante, habría de dispensarme la osadía de pulirlo con el fervor de mi admiración y de mi asombro.
Es ése el secreto de mi poiesis. Y de toda la literatura que me justificó la existencia.
Acaso el destino sea sólo nombrar para aceptar la ignorancia. La perplejidad es siempre la más entretenida de las causas. ¿No le parece?”

Volvió a cerrar los párpados fatigados y Gustavo se entregó a sus pensamientos.

 

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