SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto  Viviana Lombardi

GUSTAVO AKAMURA - SUDAKA - BORDE DIN

Allegro bárbaro

Que bien se sabe no es siempre sólo allegro.
Se había estado privando de Puppi hasta tanto la carne tuviese algo que decirle al hálito.
El romance se iba edificando, clandestino, con palabras laboriosas, con catedrales de poesía efímera de la inspiración arrojada al loco ardor de hablar sin máscara.
El agua de la ducha le acarició la espalda. La fluida caricia elemental era el único toque de amor que recibía desde su autosecuestro y se entregó confiado.
El líquido fluyó en ostinato sobre la piel seca y vulnerable llegando a los bajos en severos tonos graves, lavándole los pies sin pedir ni reciprocidad ni confesión de culpa.
Las voces no demoraron la visita, como sucede siempre que se entrega el cuerpo.
“El cuerpo del delito, el maldito corpus y me cago en Aristóteles”.
Buscó al pilar de la literatura entre las manchas del cielorraso escarado por la humedad y clamó en el pensamiento sin que el agua lograse apagar tanto fuego.
“Puro argumento de clausura. ¡Por algo ese viejo mentor de urbanidad tildaba a la poesía de  mariconeada!..”

Dadas así las cosas ¿Se le puede también pedir abstinencia a Arata?
Akamura, sólo un tirano olfatea al déspota. Compadre, si usté mesmo agarrota al mundo de tiesura cuando abre la hociquera. Esos versos suyos los rasguea el ladino desprecio  disfrazao ‘e geisha.”
¿Era una carcajada la que oyó?

Probablemente.
“Estoy perdido, ahora van a entrar todos en tropel”.
Saltó de la bañera. Quizás así podría acallarlos.
Pero un último reclamo se coló desde el ayer por una ventana inopinadamente abierta.

¨Yo soy sólo un buen colchón para vos Ponja; nuestros encuentros no dan más que para la cama.¨

Tenía que salir, a toda costa. Y esa costa implicaba verla a Puppi, cuando pudiese; él y ella también.
“Podamos,  entonces ¡La puntada carajo!” – inspiró hondo.“Por fin alguien me hace pensar en plural”.
Esta vez el chillido lo produjo él.
“Puppi se va a asombrar de que yo haya tomado la iniciativa”.
No contestó ella. Contestó un hombre. ¿Joven?
La trama se tejió alrededor de una voz,  una vez más.

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¨Siempre te admiré por cómo decías pero entonces no podía comprender ni compartir lo que decías.¨
“Ese texto reciente de Puppi también tiene su lugar.  Es un texto fresco, sin  suspicacias”.

No se había animado a insistir con el teléfono. Se consoló a si mismo dominando a la impaciencia.
Aligerado por la tolerancia trotó todo el camino al colectivo. Iba a tomar cualquiera, a confiar otra vez. La numerología incierta del trayecto del 21,  El Mundo, lo sumió en un placer misterioso.
Estaba vacío porque lo tomó en la deshora de la urgencia. Era una limusina pública con un chofer enloquecido acelerándose hacia ningún destino previsible.
“Perfecto. La vida es siempre más viva que uno”.

los colectivos 21 auspician diálogos afónos
                                                          el 21 es El Mundo
                                                               El Mundo es un colectivo dialogando sin voz

“Estoy asustadísimo. Es un tipo de miedo que nunca sentí antes; ni en mi captura, ni cuando supe que desaparecieron a Mariana, ni cuando me enteré de la traición. ¿Cómo me enfrento a un muchacho que no sé por qué me empeciné en que me adopte de padre resucitado? ¿Qué se le dice a un pendejo indiferente y fatuo al que se quiere conocer a pesar de uno mismo?– ensayó  mentalmente un tono ridículo con la mirada empañada.
Hola, bienvenido al mundo real, ahora te voy a contar toda la negrura junta,  mi mundo verdadero de tortura e injusticia. Despedite de la alegría que aquí llegó tu papá putativo para ponerte al tanto de lo que es vivir sin privilegio” –  el colectivero miraba impávido por el espejo.
Le había parecido que el japonés hablaba solo.
Y además lo hago para protegerte, para que sepas que el mundo que te contaron no es el mundo, es un doble maquillado con plata y poder. Que la gente que come de los tachos de basura tiene sangre y vos tendrías que haberlo notado si no fueses tan negador y tan jodido” – tuvo que inspirar hondísimo.
Estás incubando a un garca como tu viejo y te vas a cagar en todos como él. Ahhh, y además, cuando encuentres el sendero de la virtud despedite de pasarla bien porque vas a ser un pobre diablo fracasado por el resto de tu vida”.

La paranoia arreció como una catarata de estricnina.

“¿Qué me mira sin hablar, ese boludo?” – relojeó al chofer furtivamente.
El colectivero se limitó a morderse la pielcita de un panadizo y a escupirla hacia un costado.
Tanta inercia empecinada en un silencio contumaz e intencional lo desaforó.
Había gritado todo el tiempo en sordina sin darse cuenta.
El chofer controlaba el costado de su dedo sin inmutarse.
Luego habló casi por condescendencia….
“Oiga don. ¿Está perdido?”
Carraspeó antes de hablar para ganar tiempo:
“No, gracias. Voy hasta la terminal”

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Los caminos del Mundo eran pulcros. Devoto. Villa del Parque. Casas bajas y cuidadas. Otra escenografía a gusto del consumidor de clase media con ínfulas de superación. Alguna que otra desventura de viejas mansiones arruinadas le daban vitalidad al resto,  de a ratos violentado por la cosmética de un chalet californiano.
La brusquedad de un hedor de flores podridas traspasó la ventanilla cerrada a la inclemencia. Se volvió a mirar el punto de fuga del recuerdo como un títere comandado ex–machina.
“Saporiti. El velorio de Saporiti.” – esta vez no intentó detener la avalancha de memoria.
“La calle Cuenca. La ligustrina aún presente enmarcando la cerca y el portal. La misma lóbrega intimidad velada con cortinas de crochet, el mismo escándalo de mediocridad moral, la misma muerte cotidiana de lo vivo en el ritual hipócrita del mate amargo del alba mientras se riegan las plantas” – ahora chasqueaba la lengua sin pudor.

El chofer lo miró por el espejo retrovisor.

“Sin solución de continuidad la pequeña historia de la Historia. El Sapo asolando vidas como Atila pero sin asumirse en la ferocidad de ser un carnicero de destinos.
El  Sapo amante de la mujer del enemigo y amigo por codicia; un Yago sin los recursos hechiceros de la retórica. Un Macbeth sin insomnio,  sin un equivocator redentor que le anuncie que la última víctima será él mismo. El río de sangre sin rastro de hamartía, sin el gesto heroico de entregar la esencia derrotada en cada crimen, sin reconocerse asesino de la propia hombría al gozar cruelmente agujereando un pecho.
Todo eso fue Saporiti en su saga de pena sin gloria. El sapo envenenado que no besa princesas; el sapo lascivo que las aniquila” – miró a un costado para que el chofer no le descubriese las lágrimas.

“Loco sin corazón. Un perfecto oxímoron circulante.”

El  mundano 21 lo acercaba a la memoria sin regalarle olvido.

“Él  y la Pisani deben ser lo único real que hubo en la utopía. Nuestra revolución fue heroica sólo en el relato. La acción derrumbó al edificio de verdades innegables con el hierro de las armas. Nadie podía dudar,  nadie podía sufrir,  nadie podía elegir sus actos. Nadie pudo amar más que al ideal. ¿Cómo se sostiene un ideal que envidia el poder del déspota? Quizá Dahlman tenga razón al decir que la antiutopía explica a la utopía.”

Durante el resto del día hasta orillar el alba se entregó al azar de las encrucijadas y los perversos desvaríos de los colectivos de la ciudad más indescifrable de su vida.  El último tramo lo refugió en el barcito de La Isla. Amanecía.

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Puppi desentraña la melodía de las aguas

“La cosa misma es siempre diferente, cuando no opuesta,  a la idea de la cosa. Saporiti fue el más coherente con la realidad. Era el tipo que eructaba comiendo pan y salame picado grueso en las reuniones de la “orga” mientras nosotros delirábamos sobre un destino latinoamericano sin haber cruzado el charco al Uruguay. Bueno, ustedes, porque yo veraneaba en Punta del Este”  – agregó, con intencionada gracia.
“No veo por qué te asombra que nos traicionara sin remordimiento por la urgencia de la acción superadora, ese leitmotiv tan caro a los muchachos” –  suspiró ¿Contrita? – antes de continuar.
“Saporiti fue un tipo del sentimiento popular. Se creía zurdo porque las vidalitas lo hacían llorar. Pensaba en los villeros como en sus perros. Quería alimentarlos para que le cuiden la casa,  no le roben la comida y no le caguen el jardín. Igual que mi mamá y las damas de la parroquia que le besan el anillo al cardenal”. – rió casi alocada.
“Para el Sapo del dicho al hecho siempre fue corto el trecho.”
Siguió riendo como atontada por un rato.
“Creo que estaba más vivo que ninguno de nosotros, que a veces parecíamos fantasmas de película. Era natural que se cagara en todo.”

Puppi solía preparar un té que sabía a afrodisíaco. Y cuando se sumergía en la ceremonia le brillaba en la frente un talento creador que la hacía prometedora,  apaciguante.
La voz se le acomodaba a la delicadeza del ritual.
Aka no pudo evitar imaginarse amándola, cantando ambos una melodía sin palabras, con sonidos puros e inventados. Lo capturó la imagen y se dejó vencer por una incierta tristeza.
“No te hace bien escuchar lo que te digo”
Se le acercó,  maternógena como nunca y le acomodó el pelo rebelde.
“Hace mucho que elijo las palabras para ser franca o no abrir la boca. No es en contra de nadie.  Es lo único que me quedó del pasado. De nuestro pasado”.
Aka le abrazó la cintura.
“Y tal vez un hijo de los dos.”
Lo dijo él aunque ella lo estuviese pensando.
“La próxima semana me hago el ADN.”
“Ah, qué bueno”. La voz de ella sonó quebrada. “Así que ya te dieron turno” – Se apartó para alcanzar el servicio a la mesa. La tetera y las tazas se inquietaron cuando habló.
“Entonces tenemos que decírnoslo todo hoy.” –  apoyó el servicio con gesto brusco.
“Decirnos ¿Qué?” – Aka  la sostuvo en un abrazo amplio – “Lo que tenemos que hacer es tomar el té y después amarnos. Para saber que nos queremos mucho,  que no todo fue inútil, que algo de lo que soñábamos aún está aquí” – estaba tan afectado que se tocó el pecho – “y  que,  sea lo que sea,  es nuestro. Como puede serlo tu hijo.”

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La manifestación de Isis Miriádica.

Nunca se sabrá a ciencia cierta cuándo se produjo el encuentro. Sabemos que fue real,  casi más real que si hubiese sido imaginado.
Los días transcurrieron por su cuenta porque el embeleso no sabe de plazos. Esa tarde había sido inventada para amar.
Todo fue, entonces, inevitable.

Habían llegado con tiempo suficiente como para sortear al impulso de desvivirse que nos causa la premura. Así que se sentaron en las hamacas del jardín y se dejaron acariciar por el silencio de las voces y el canto de los pájaros.
En esa quietud Aka descubrió que Puppi  tenía distintos discursos según las horas del día, como los mirlos. El lenguaje del atardecer la favorecía en cadencia y pausa. Mucho más la apreció, entonces, al observar su calma concentrada en respirar el aire húmedo de los sauces y la bruma del río Tigre.

En silencio entraron y en silencio dispusieron la comida. Aka aportó la masculina formalidad del vino, noblesse oblige. Ella había llevado un canasto con víveres  –  ¿Acaso había que privarse de la mise en scène?
Ninguno de los dos recordará qué comieron,  pero sí que lo disfrutaron.
Al caer la noche sólo persistían el canto de algún grillo y el trémulo golpe del agua sobre el muelle de madera.
Mosquitos,  miríadas. Molestos y  tenaces.
Un tenue tul amarilleado cubrió los cuerpos desnudos del embate de los aguijones ávidos de sangre.
La envoltura los convertía en un solo cuerpo amalgamado en la misma intención.  Rieron del enredo entre sinuosidades del velo que los capturaba vedando las distancias.
Aka sentó a Puppi sobre su sexo,  después de abrirle las piernas con delicadeza, rodeándose todo de ella en la cintura. Puppi abría los ojos como una niña cuando él  intentó el primer beso. Ella se deshizo en llanto. Retiró contrariada la boca y se cubrió la cara con las manos, sin poder dejar de sollozar. Luego, como quien se confiesa ante un juez implacable, abrió la boca y le mostró el secreto de sus llagas. Retiró una hilera blanca de dientes postizos, abrió la mano y  la exhibió en su palma.
“No voy a poder.  Mirá lo que quedó de mí.”
Y,  luchando con su entuerto de dolor y  tul,  volvió su aún hermoso cuerpo desnudo, dándole la espalda.
“No se qué pasó conmigo. Los fui perdiendo uno a uno y no podía hacer nada. A veces pienso que muy dentro sentía que era cada uno de nosotros que se iba. Que nada podría mitigar ninguna falta de mi historia con un doble falso. Que estas pérdidas eran mi único homenaje posible a la desaparición de tanto amor querido.”

Aka sintió que una flecha le atravesaba el centro de la vida. Una flecha de fuego y compasión. Y sentir esa pasión con ella lo paralizó por largo rato.
Trataba de ponerse en orden mientras el torbellino de una  marejada lo atraía hacia un punto interior desconocido. Sintió hasta lo incomprensible por primera vez en muchos años. Y no pudo nombrar ese sentir. Tampoco quiso hacerlo.
El tiempo se le detuvo como tantas veces antes. Pero esta vez no tenía verbo. Estaba completado por lo que le sucedía; no cabían palabras. Tampoco pensó, actuó su cuerpo en la penumbra, acompañando a quién sabe qué esencia humana.
Comenzó a restregar su piel contra la piel de ella para magnetizarse con los pulsos de la vida que restaba en ambos,  con la incesante mutación invisible de los organismos, con el roce de los argumentos que abrían los agujeros negros del pasado, los que habían clausurado el sufrimiento en recovecos, los que habían amordazado gritos para dejarlos en el camino de los abandonos. Como a cautivos mudos  muriendo de inanición en una guerra donde ya no se rescata ni a compañeros ni a enemigos porque no se sabe quién respira todavía y qué haremos con nuestros despojos.
Nunca sabremos qué pasó después ni cuánto tiempo duró la ceremonia. ¿Importa? Aka amó otra vez a alguien.

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“Me siento gastado”. Dio una pitada gozosa a su negro fuerte. “Me critiqué tanto para no tener prejuicios, para no cristalizar a los recuerdos, para despertarlos a la movilidad del cambio y  me reencuentro con un país congelado. Me escucho pensando las mismas preguntas todavía sin  respuesta.”
Volvió a refugiarse en el fumar.
“Y ya no sé si hay que preguntarse lo mismo de hace treinta años para encontrarle solución a la miseria de sociedad que somos. O si hay que dejar esas preguntas colgadas del péndulo de la negligencia eterna.”
Volvió a pitar, casi rabioso, antes de apagar.
“Veo cada día la misma desigualdad insuperada, los mismos patrones del privilegio con el mismo goce sádico de antes pero ahora sepultado bajo una montaña de palabras.” – Se detuvo para tomar aliento –  “¿Nadie,  me  digo, necesita decir basta?”
Puppi lo miraba. Aka se sintió acusado.
“Ya sé que no tengo derecho a decir esto. Yo huí.”
Ella sonrió.
“Estaba pensando. ¿Necesitás que te juzgue? Ni pienso. Cada uno sabe qué hacer con sus cadáveres. O tiene que descubrirlo solo.”
Le rozó los labios tenuemente.
“Quisimos injertar el socialismo en el jardín  de un padre astuto, oportunista,  seductor y cobarde. ¡Un viejo que le admiraba a Mussolini el arte de hacerse desear  la manija! Cuando nos vio grandes y molestos hizo lo que todo padre déspota: nos cagó a trompadas y nos mandó a la mierda porque lo hacíamos sentir decrépito.” – dijo con convicción inusitada.
Aka rió con muchas ganas.
“Ya sé que suena reduccionista.”
“Gorilaza,  como siempre.”
Ella lo acompañó con una carcajada.
“¿Qué esperabas de mí?”
Aka le pellizcó la nariz.
“Tenés razón, mona mía. Toda la razón.  Podrías haber sido la hija dilecta de ese viejo gorila que soñamos revolucionario.”
Ella se le sentó en la falda.
“¿Te acordás de la facha de héroe olímpico del Kabra cuando arengaba posando para la posteridad cual  lúcido revolucionario argentino de exportación con más pinta que el Ché? “
Puppi reía sin parar. “…Y cuando me dijo,  compañera, para mí una mina es parte del proyecto político. Buen lomo, polenta al mango y ovarios para matar.”
Ahora Puppi reía hasta las lágrimas pero se detuvo en las lágrimas.
La voz le bajó dos octavas e hizo disfrutar a Aka de un arpegio sincero y sostenido.
“Qué jodido…. ¿No? Si los ovarios son para hacer vivir.”

Se le apoyó en el hombro desnudo refregándole la nariz dulcemente, oliéndolo como una mascota que homenajea a su dueño.
“¿Nos batió él, no? “
Ella  advirtió cuánto le había costado preguntar.
“La verdad, no estoy segura. A él ni siquiera lo chuparon”.
Se le arrugó la frente en la pregunta.
“¿No es un detalle sugestivo?”.
Encendió ella antes de seguir.
“Siempre te tuvo envidia – inhaló con placer – y celos. Estaba muy caliente con Mariana. No entendía cómo un ponja intelectual y tierno le había ganado la mina al gran macho cabrío de la lucha armada. Se hacía el duro pero era el más débil de todos. Incluyéndome a mí, mirá cómo habrá sido. Para mí que transó con medio mundo para salir entero. Tenía un cura amigo del padre que era un entregador. Siempre pensé que nos había buchoneado él, lista completa. Y que el Kabra se había rajado al exterior. Hasta que un día prendo la televisión y lo veo jetoneando detrás del presidente campeón de los demócratas que supimos conseguir. Apagué el aparato, furiosa. Tendría que haber mirado para sacar algún dato y seguirle el rastro. Pero no pude aguantármelo.”
Sacó un pañuelito de linón bordado del bolsillo de la bata y se sonó fuerte la nariz.
“Creo que tuve miedo de verlo parecido a Iván. Algún gesto. Alguna maldición de la genética.”
Se abrazó a los hombros de su compañero del alma y le habló al oído.
“Yo  estaba muy loca, confundía mi deseo con la realidad, quería inaugurar la vida libre para siempre, transformarlo todo. Me salvó mi instinto de concheta que quería ponerle el cuerpo al placer y no al sufrimiento. Tuve mucha suerte. Más de la que merezco.”
Aka le acarició la espalda desnuda con las manos, subiendo y bajando suavemente por la columna, disfrutando del provocarle ligeros temblores.
“En unos días me dan el resultado.”
Se intensificó el estremecimiento de ella.
“Tengo miedo, Gustavo, de que no sea tuyo.”
Él le besó las dos mejillas. Le sostuvo la cara para mirarla hondo.
“Ya lo sé, Puppi. Yo también. Estoy aterrado de que no lo sea y de que pueda serlo.¨
Las comisuras de la boca de Puppi envejecieron repentinamente.
“Tampoco le dije nada todavía. Y me engaño cuando critico al Kabra. Soy yo la más cobarde.”
Gustavo le dibujó una sonrisa con dos dedos.
“No te castigues Poupée Puppi muñeca. Nunca te gustó sufrir. Eso te hace bella y te hace buena. Yo te quiero así.”

Y comenzó a caer la lluvia, como siempre, sin pedir permiso.

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Nostoi para nadie
O
                                         El regreso del otro

“Estoy metido en un vértigo infernal, Puppi.”
Se lo veía escindido. Esquizofrénico.
“Me pienso desde adentro y desde afuera. Así estoy pensando todo, con todas las perspectivas cruzadas y simultáneas. Veo cómo el huevo de la serpiente se abre y disemina clones de violencia incubada en el paleolítico. Parecen inéditos, insólitos, inconcebibles, inauditos, pero estaban allí, esperando su resurrección en otras guerras que son nuevas máscaras del eterno claroscuro.
¿Vivir es cobijarse en la curva del claroscuro?
El oro del  imperio degradado nos ofrece un  metal cada vez más vil.  La guerra siempre la inicia un perdedor. Ya no sé si me duele el país, París, la presencia, la ausencia, el mundo o vos y yo. Me sobreviene una avalancha y quedo sepultado en una asfixia ígnea.
Siento que el mundo entero se atomiza lentamente en la entropía, que desaparecieron los saberes fundantes y que los reemplazamos por la inmediatez letal.  La del deseo de desear.
De improviso mutando a la barbarie, del oro al hierro sin que a nadie le importe o lo que es peor, sin que nadie lo detenga. La vía rápida sólo para matar y así sentir la vida sólo porque falta.
La psiquis del mundo se convirtió en la pantalla de la CNN. No hay fantasía ni pausa. Todo se saturó de significantes del narcótico. Nuestros dobles nos capturaron el alma y dejaron a los negativos circulando en la pantalla ansiando reencarnarse.
El presagio horrendo es que la histeria tribal venga a ocupar el lugar del sentido en una cadena de muerte sin epopeya humana. Puro Tánatos desatado en su impaciencia. Eros murió. Lo desenterramos unos pocos delirantes que vivimos en la leyenda para no morir aplastados por el misil del cretinismo.
Ya todos somos esos fantasmas de película que vos decías que éramos en la construcción de la utopía. Pero ahora el argumento lo escribe un esquizoide – paranoico sin imaginación.
Y yo sigo sumido en una desesperación estéril: soy el infeliz que se detiene a pensar por qué nuestra patria no fue bendecida.  Por qué nunca construimos la leyenda conjunta del mito fundante. Por qué no lo hicimos cuando nos arrojamos al volcán de la revolución.  Por qué copiamos simulacros de otros y los adaptamos, como quien se arregla un traje viejo. Por qué nos miramos tanto como Narciso deleitado en el espejo sin obrar otra acción que la puesta en escena para quienes nos tiran monedas al final. Por qué nuestro goce de ser Hamlet cumpliendo el destino eterno de la vindicación de un padre vulgar e ignorante.
Y me pienso a mí mismo aquí y me quiero pensar en el mundo y cada día tengo que soportar verme como el último de los imbéciles frente a un espejo.”

Por suerte para ella,  Puppi no estaba presente más que en su sueño.
La zozobra de un sollozo le sacudió el pecho.
Abrió los ojos al cuarto del hotelucho como nunca decadente con sus cortinas de náilon en marrones prosaicos como una paleta de mierda y la planta de plástico verde calipso como una naturaleza muerta parodiada por un daltónico.
Se apresuró a escribir para recordar lo más posible sin dejarse traicionar por la razón.

“Ahora sí  creo saber qué decirle a Iván.”

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