SUD–AKA (Una larga nouvelle)

Texto  Viviana Lombardi

GUSTAVO AKAMURA - SUDAKA - BORDE DIN

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“Nunca antes pude compartir con un hombre este dolor de madre.”
Habían elegido un parque que los cobijara de toda intrusión del mundo.
El cielo acababa de cerrar el ocaso.
“Nunca confié en los hombres que me enamoraron. No compartí nada con ellos. Mucho menos a mi hijo”.
El farol cercano no alcanzaba a interrumpir la privacidad de la noche.
“Vi tanta vida muerta inútilmente por la soberbia de los machos que me prometí aprender a preservarme y preservarlo de la ferocidad. A no dejarme atrapar por la impostura de este mundo fálico que nos piensa hasta la ética materna.”
Le tomó la mano fría y la puso entre las de ella para acariciarla.
“La mujer pensada por hombres no es una mujer. Es su sueño de placer y de reposo. La savia que se chupa para crecer en competencia y fuerza. No nos ven como a personas: somos dones que se toman como frutas del Edén para alimentarse en el camino.”
Aka miraba la luna asomándose por detrás de la espesura. Tenía cara. Se podían distinguir los cuencos de los ojos y una suerte de sonrisa airosa.
“El deseo de Ernesto de apoderarse de mi libertad me hechizó; era galante sentirse admirada por estar en fuga” – alzó la mirada hacia la luna.
“Urdimos esa  trampa entre los dos,  creyendo que así era el color de la pasión” – en un impulso le besó la mano ahora tibia.
“Para mantenerme en clausura se apropió de mi hijo,  invirtió sádicamente el rol para que yo no lo sobreprotegiera, según él, y se hizo de la voluntad de Iván: ahora mi hijo es el trofeo. Y Ernesto mi guardián y yo su presa.
Creo que sabe perfectamente que no es de él. Y lo sostiene y lo disfruta porque le da un poder irrevocable sobre mí”
Ahora se atrevió a escrutarle la mirada.
“Hasta que apareciste teníamos buena cama, nos buscábamos para robarnos el tesoro, cada encuentro nos ponía al borde de la muerte.”
El viento se hizo helado y se levantaron para caminar.
“Todavía guardo su primer mechón de pelo: era del color del de mi padre, un negro azabache que lo hacía gracioso de chiquito. Parecía una peluca de arlequín. Ahora se le aclaró un poco con tanto verano al sol. Y no, no tiene cara de japonés.”
Aka le tomó la mano.
“Escapé de un sicópata para entregárselo a otro. El Kabra y Ernesto en algo son idénticos: hacen una lectura paranoica de la vida y la confunden con tener coraje. Creo que mi hijo sería igual de arrogante si lo hubiese criado con él.”
Se le agitó el corazón. Se masajeó el pecho con la mano libre.
“Siempre siento esto cuando pienso en Iván. Es un dolor amplio, agudo, que se extiende desde el centro y me abarca toda.”
Aka la arropó con su bufanda y le cerró el abrigo hasta el mentón.
“Quiero conocerlo.”
Entraron a un bar y tomaron un vino caliente.

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Rómpete corazón  pues debo frenar la lengua”

                  (Hamlet, Acto I, Escena II)

Caminó despacio hacia el sitio al que tanto le costaba llegar. El tiempo no era ya materia controlable.
“¿Qué se le explica un chico que es un hijo deseado y quizás no propio? ¿Que uno va perdiéndose en lágrimas secas por el dolor de amar más allá de las propias fuerzas?
¿Para qué endosarle esa verdad desesperada que describe pero no descifra una forma de sentir la vida?”
Encendió un negro porque faltaba poco.
“¡¿Es ésta la mejor tarjeta de presentación de un padre que se ofrece en adopción?!” – criticó, risueño.
Aspiró el aire entibiado por el sol de invierno.
“Puede ser que esto signifique tener patria.”
Apuró la marcha porque no lo quería hacer esperar a Iván. Llegó temprano, demasiado temprano. Y no tuvo que esperar horas sino días porque Iván nunca acudió a la primera cita.

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“Creo que todo vino mal parido. Saturado de idealismo irreflexivo que pujó para adelante forzando a la voluntad a parir un feto malformado.”
El tono de exasperación  alertó una señal de alarma.
“El hijo de un padre fascista al que le pusimos un arma en la mano para matar a todos los fascistas que no fueran él. Y nos mimetizamos tanto con el rival odiado que nunca pudimos despegarnos. Y nos seguimos pegando para no liberarnos del que nos castiga.”
Ahora Puppi sí estaba en cuerpo y alma.
“Gustavo,  me estás quebrando la cabeza. ¿Qué pasa? Estás  re-mal ¿No?”
Si algo era inesperado para ella fue la reacción de él.
Repentinamente se le derrotó la espalda como si Atlas se le hubiese incorporado.
El peso del mundo lo abatió y se dejó vencer cayendo de rodillas y, cubriéndose la frente con los brazos cruzados, subía y bajaba la cabeza emitiendo un gemido estremecedor como el lamento de un héroe postrado ante el error trágico.
La escena duró interminablemente para Puppi, paralizada por el estupor.
Tan repentina como la manifestación de Aka irrumpió Puppi en un canto extraño que se le abrió paso por la garganta para habitar todo el ámbito. No se articulaba en palabras sino en sonidos atonales. Estaba sostenido por una lógica enigmática que lo hacía elemental y necesario.
Se alzaba la luna llena sobre Buenos Aires cuando ambos se miraron.
Ella lo ayudó a incorporarse y él se volvió a sentar.
Tomó las manos de ella con la avidez de un náufrago que pide rescate y le puso un papel estrujado entre las manos. Puppi lo abrió paulatinamente porque supo del desconsuelo que le iba a causar.
“Porcentaje de compatibilidad: cero”. – leyó como si se tratase de una sentencia.

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 diáfanos signos visitaron la mente de Aka.

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la respuesta silenciosa de ella los acogió serenamente

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…………………….  ¡cómo son largas las semanas!!!

                               O tango suplicante de esperanza

“Ya encontré la respuesta. No me voy a dejar derrotar por la carrera darwiniana del espermatozoide. Yo vine a buscar un hijo y puedo tenerlo aunque los adeenes no coincidan.”
“Gustavo vos mudaste definitivamente loco”
No había ironía ni preocupación en Puppi. – ¡Cuánto ayuda el controlar las emociones para detener a quien se asoma al precipicio!
Ella servía su té estilizado con británica prudencia.
“¿Qué pensás decirle al chico?” – la boca tierna dibujó una sonrisita.
“Tu mamá y yo estamos recuperando nuestros hilos sueltos y como sos el bastardo de un sicópata devenido demócrata y ese hombre al que amás y admirás creyendo que es tu padre es otro sicópata y además cornudo, decidimos concretar la obra de amor de ofrecerte un padre putativo que es sensible y te enseñará lo que es la vida con otra mirada sobre el mundo, hijito nuestro tan querido ¿Te parece bien?”

Durante quince minutos sólo salieron carcajadas desde dentro del bar. Los caminantes espiaban por las ventanas buscando un televisor encendido para ubicar el programa que aportaba tanto júbilo a esa hora triste. Pero ella había decidido hacía mucho no mirar  televisión.
La alegría se enfrió junto con el tercer té y la tarde plácida cuando después de tres horas decidieron que la espera del hijo en fuga había perdido propósito y pasión.

Adelante….potros de mi tropa
(fragmento de valsecito gaucho)

“Puppi me dijo que va a la iglesia. Que pidió el bautismo y la comunión. Algo está buscando. Algo del orden de la ética. Algo que lo ayude a seguir respirando oxígeno.”
Ensayó diálogos.
“Mirá Iván, para mí leer es como rezar” –  Monumental sensación de fracaso.
“Me va a mirar como a un pelotudo reblandecido por la decadencia.”
Encendió el cuarto negro de la mañana.
“Mirá Iván, el lenguaje tiene un misterio sagrado. Por eso el fascismo envilece la palabra operando no sólo como régimen de persecución de cuerpos; también persigue almas para desvanecerlas en el embrutecimiento y la indiferencia” –  Peor.  Peor aún.
“Mirá Iván, la verdad es oscura y duele. Pero es la única posibilidad de conectarnos con nuestra esencia, con el espejo que desde dentro nos devuelve una sonrisa irónica y nos pregunta. ¿Quién soy?”
Se sentó en el primer banco de plaza que encontró.
“Ahora vemos como por espejo,  en obscuridad.  Pero entonces veremos cara a cara. Conoceremos como somos conocidos.”
Sólo pudo dejar llorar al corazón. Nunca antes una prueba de vida le había resultado más inalcanzable que esas montañas de ideogramas inexplicables soñados como mapa de ruta en la niñez de la pampa.

Desde lejos una escena lo solicitó desde el pasado. La guardia de infantería y la montada perseguían a un grupo de manifestantes enmascarados con pasamontañas y pañuelos árabes. Por la destreza y la velocidad de la carrera eran muchachos y muchachas jóvenes. Los pelos largos al viento alentando al propósito y a la insurrección.
Sintió un escalofrío y luego de una breve parálisis el cuerpo lo llevó al lugar con igual urgencia de reparación inmediata que la de los paramédicos ante un accidente.
Los pensamientos se apropiaron de su libertad en la carrera.
“La verdad siempre está relacionada al amor, Iván. Sólo se la acalla por amor y se la dice por amor. Por amor se la protege poniéndole una máscara para no traicionar. Aunque el dolor insoportable nos reduzca a un despojo aún se puede encontrar en la esencia del ser el fulgor humano.”
Llegó cuando la infantería apaleaba a dos chicos tendidos en el suelo. Extendió los brazos como aquel día en el Bois de Boulogne y tomando impulso se arrojó sobre los cuerpos sufrientes cruzándose de lado a lado para cubrirlos.

Un guardia le puso el arma en la nuca.
Allí, allí en el  más allá del límite comprendió por qué siempre había querido volar.
Los gritos no le impidieron escuchar el relincho húmedo de un caballo parado sobre sus patas traseras frente a su cabeza. Miró los ojos del animal. Se encontró con una mirada triste, verdadera, más que humana.
Lo llevaron junto con un grupo a la comisaría quince.
Palpó el bolsillo. No tenía documentos. Lo esposaron con las manos hacia atrás.

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En la jaula atestada de lamentos y pánicos pudo seguir pensando.
“El buen réquiem no lo escribe sólo Mozart. A veces se deja oír en nuestro silencio. Allí velamos los secretos como velamos a los muertos. Son esos secretos salvadores de los otros. Y se descubre, te aseguro, que la salvación de otro trae de la mano a nuestra salvación. No es tan difícil, entonces, vislumbrar la idea de que fuimos creados para un fin.”

En la quince consiguió darle el móvil de Puppi a un abogado del CELS que se había enterado del incidente por los piqueteros.
“No, no puede hacer una llamada”.
El comisario lo miró fijo al responderle.
Aka no se molestó en averiguar por qué.

Puppi apareció pálida y nerviosa. Les permitieron verse cinco minutos antes de incomunicarlo.
“Ya hablé con el abogado de Ernesto. Me recomendó a un penalista.”
“Escuché que nos trasladan a provincia. Creo que a Escobar.”
Puppi se sobresaltó. No pudo o no quiso evitar el comentario.
“Dios mío, ésa es tierra de nadie”.
“¿No es donde estoy yo siempre?”
Se rieron fuerte y Puppi le acarició la frente.
El comisario no tenía en su agenda espacio para la ternura así que dio por  terminada la visita.

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Aka miraba todo hacia adentro, tratando de localizar a la gente que había mirado sin ver.
La miraba a Puppi y se sorprendía porque la belleza le había cedido el paso a la virtud. Puppi virtuosa habría sido impensable en el otro lado, tan lejos del lugar de los dos.
El verla bella por virtuosa le abría una nueva dimensión de la hombría.
Le afirmaba su propia identidad el ver cómo Puppi se buscaba hasta las últimas consecuencias. Hasta casi desfallecer.
¿Amar será acceder a esa iluminación?
“Mirar a Puppi nunca me cansa” – se sorprendió con el descubrimiento.
“¿Dónde quedo parado yo ante esta fórmula de mujer que es Puppi? Yo, que vine ejerciendo de  necrosador de la vida propia y ajena”.
Le zumbaron los tímpanos.
“¿Será la respuesta? ¿Ser todo oídos?”

Sentado en el piso de cemento húmedo y pastoso de orín y mugre, no estaba ni dormido ni despierto.
Chirriaron los goznes de la jaula. El guardia le hizo un gesto displicente.
Del otro lado, al final del pasillo, Puppi sostenía un documento con sellos judiciales entre el índice y el pulgar izquierdos.  Envío su mensaje de los dioses sin sonido. Sus labios pronunciaron jubilosos.
“Habeas corpus”
Aka se conmovió – “No son sólo los oídos; es el cuerpo entero.”

Día siguiente, caramba

De la cárcel lo largaron sin maltrato ni nuevas manchas en el prontuario – lenta, lenta se cuece la reparación de la justicia histórica.
Ayudaron  los buenos oficios de Puppi y el que tuviera un pasaporte extraño; la omertà policial no lee ni francés ni japonés.
Y presupuestos, sueldos y coimas van para los jefes; nunca hay plata para traductores aunque estén al precio de liquidación de la miseria.

Ya había visto la foto del hijo no hijo que pergeñaron con Puppi para perpetuarse en esperanza.
Y desde entonces dio lo mismo que lo hubiesen procreado o no.
La batería de dogmas que él había acuñado se destartaló ante la imagen fresca y perentoria del muchacho.
“¿Qué se le puede inventar de la vida a alguien que está tan ocupado en vivirla? ¿Cuál es la herencia que un padre putativo o no puede entregarle a un hijo no putativo o sí?
¿Para qué hablarle de una ética de lo bello a un ser bello de nacimiento? ¿Cuál es la acción posible y por qué habría que tomar acción?”
Aka decidió fastidiarse para no angustiarse:
“El decoro exige que al menos encuentre algún punto intermedio entre el viejo Ucha y la vaca que mira el tren. ¿No?”
Salió al encuentro tan temido desarticulado como cuando era un deshecho en la leonera después de una sesión.

Entra en escena nuestro joven Apolo

“Éxtasis. Necesito algún éxtasis de celebración. Si me entrego a mi mismo estoy perdido.
No voy a poder ni retener en una charla a esa vida joven que quizá sea un don del azar.”

Dieron las once en el reloj de la iglesia enfrentada al barcito coqueto y original,  como tantos de Buenos Aires, siempre mirando hacia alguna extranjería mítica; un poco de Paris, una pizca de Manhattan.
“¡Eso!”
“Mozo, un Manhattan. Con ingredientes.”
El primer sorbo lo devolvió a un símil de la vitalidad cuando Iván trasponía el umbral. Era agresivamente lindo. Se le acercó sin dudar. Nadie tiene un padre japonés sin reconocerlo fácilmente. Se sentó conservando el apuro que traía al llegar. Lo miró directo a los ojos.

(“Tiene la mirada fiera que tenía Puppi.”)
Iván dejó la mochila a un lado
“¿Tomás algo?”
Se abrió el cierre de la campera.
“No tomo alcohol”
“¿Un café?”
“Estoy apurado”
“Aquí te sirven rápido”
Aka levantó el brazo como un aspa con la mente a mil por hora.
(“¿Qué mierda es este narcisismo ex-tempore que me hace desear tener un hijo que no es mío?”)
Vino una camarera.
(“Parezco un milico apropiador”)
Iván le sonrió a la chica.
“Un café doble con dos medialunas”
El pronóstico anunció la dispersión de los estratus cúmulus nimbus.
La chica movió el traste al partir.
Iván chasqueó los dedos y agregó ampliando la sonrisa.
“Que sean tres”.
La chica retribuyó con un guiño.
Volvió la fiereza cuando lo miró. Acaso estaba defendiéndose de toda esa locura. Era de entender.
“¿Vamos a hablar en serio?”.
(“Corajudo el pendejo”) “Por favor”.
No era irónica la réplica.
“Mi vieja está haciendo circular una leyenda sobre mi identidad”.
La piba trajo todo al toque.
“Le agregué jugo de naranja exprimido. Está recién hecho. Atención de la casa”.(“Qué lo parió las minas, son brujas entrañables”).
Ahora la cadencia de caderas era un glissando de violín.
Iván comía con ganas.
“¿Vos estás de acuerdo?”
Aka encendió un negro y apuró el Manhattan.
“La verdad, no sé”.
“¿Si sos mi padre?”.
La sonrisa fue burlona.
“Cae de maduro. ¿No te parece?”.
(“La estocada en el costado. Bravo el tigrecito”)
“Sé que no soy tu padre, lo que no sé es por qué me gustaría serlo”.
Iván tosió. Quizás una miguita hizo de la suyas. ´
“Mirá Iván, me gusta llevar todo hasta las últimas consecuencias. Salvo escribir, que es mi pasión más pudorosa, todo lo hago hasta el límite de mis fuerzas. No sé por qué. No lo recomiendo. Ni lo defiendo. Sólo digo que mi vida es así.
Tu vieja me llamó, me contó su historia, me alertó sobre la posibilidad de que fueras mi hijo y me encendió algo que tenía muerto. Que ni siquiera sabía que estaba en mí.
No te voy a bardear. Estoy aquí porque quería conocerte. Y que me conocieras. Tu mamá y yo nos queremos mucho. Entendeme, no hablo de nada normal, por así decirlo. Compartimos cosas que son recuerdos sólo de los dos. Y eso nos hace inseparables. Aunque yo viva en París y ella acá”.
Aflojó la fiereza de los ojos.
“Me imagino.”
(“¿Qué?”).  Hizo una pausa para recuperar el aliento.
“¿Me convidás un negro?”
Tuvo que reprimir el temblor de la mano al acercarle el encendedor.
La sonrisa del chico se hizo esplendente.
“También chupo”. Los ojos le brillaron. “Te estaba matoneando”.
Aspiró el humo con deleite.
“¿Y cómo se siente amar anormal?”
Pausa, por suerte para Aka. – “Porque están curtiendo. ¿No?”
Aka quedó entre las cuerdas.
“Lo digo por bien.  Mi vieja está relinda. Nunca la vi así antes”.
Aka estaba sencillamente enamorándose de la idea de ser adoptado. Pero no se le puede pedir tanto a la vida.

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“El  Sapo siempre tuvo claro  lo que no se podía”.
Puppi medía las proporciones del trago a punto perfecto mientras su mamá tomaba un petit four entre los dedos índice y pulgar con cierto aire de náusea.
Magra, de buche flojo bajo el foulard aliñado como un telón del decoro, con las orejas notoriamente alertadas por los múltiples estiramientos de una piel transparente y venosa, como la de un muerto.
“¿El Sapo qué?”  La voz estaba modulada al tono justo de una estirpe.
“Saporiti, mamá, no lo conociste”.
“¡Claro que sí, bien sûr”! – Sorbió delicadamente su Martini seco – “Ese muchacho corpulento, muy sanguíneo, que hablaba a los gritos.”
Agitó levemente la copa. Los diamantes en los dedos rivalizaron con los destellos del cristal.
La tensión del rostro convirtió la sonrisa en la raja arrebolada de un payaso.
“Tenía la cara siempre húmeda – suspiró, amohinada por el recuerdo – más que húmeda, grasienta.”

Aka registró divertido la precipitada asociación involuntaria: sonrisa de madre de Puppi – Sapo – Piscator.
Al segundo Martini la señora Justina Zabala Fuentes de Amorín Figueredo había recobrado cierta luz de vida en el semblante.
La mueca carmín formaba torceduras grotescas en el habla pero la voz empastada por la lengua perezosa mantenía controlados el tono y la retórica de clase.
Los exabruptos del discurso se movían en un campo semántico de extensión pampeana, pintoresca, alentada por un aire vaporoso, con toques impresionistas en francés.
Discurría como hablándoles desde la montura de su potrillo en la estancia.

Puppi se movía inquieta por la invasión de frívola crueldad familiar que la señora imponía sin la menor suspicacia de ubicuidad usurpadora. Era, simplemente, alguien que no concibe estar demás.
Instalada en la vida con la amplitud modulada y omnisciente de una emperatriz,  resultaba imposible hacerla sentir intrusa: todo lugar le era propio por derecho de cuna.
Puppi se apresuró a servir el tercer Martini sabiendo que era el límite para proceder a llamar al remise que la devolvería a su casa.
No le afectaba la soledad senil de su madre ni el distanciamiento entre ambas. La odiaba sin impostura y sin estridencias, con la elegancia que una buena educación impone.

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Dormía profundamente cuando un tirón en el hombro lo alertó. Allí estaba Dahlman, en persona, por así decirlo.

“……mirá, yo creo que la novela es la historia de un destino completo.”

“Me dijo un día Macedonio como quien firma un legado.
Era uno de esos atardeceres en que uno siente que la vida también es completa.
Allí estaba él, bajo el alero de la casa de Adrogué, bebiendo licor de guinda casero, con la intrepidez puesta en los ojos y en su melena indócil de anarquista eterno.
Y agregó con un aire que hoy evoco como la plegaria de un ateo”.

El poder se obtiene pero no se tiene. Y sólo se ejerce venturosamente sobre uno mismo porque no pertenece a nadie en este mundo.  Es la piedra de toque de la mutación.  Aquellos que lo ejercen sintiéndolo propio terminan siendo cáscaras de otros poderes. Instrumentos de una robótica en cadena”. 

“Recuerdo que hizo una pausa densa.”

La cadena del no-ser”

“¿Ve, Akamura, que yo también hice muchas preguntas?”

Marcó la salida pero antes, agregó.

“Un infierno personal o compartido es una tiranía forzosa porque la noción misma de un poder maléfico dominante es totalitaria.
Si hay algo que nunca me interesó, Akamura, es someterme. Al menos, literariamente hablando.
Mi destino completo está en los libros que leí y en los que escribí. No me busque como hombre porque se va a desencantar. Es inevitable”.

Salió caminando tan ligeramente que no se notó que se iba para siempre.
Esta vez Aka  quedó capturado en el asombro. Resolvió dejar la revelación inscrita en los laberintos de la memoria.

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