A LENGUA SUELTA

Letras Viviana Lombardi

nombre-el-el-agua-vl

Nombre en el Agua | Collage VL


 

¿Cómo evitar que una gota de agua se seque?
Arrojándola al mar.
Acertijo budista.

En el corriente número de AZAhAR literario recibimos valiosos artículos de opinión y análisis sobre la identidad del autor, su anonimato escogido y la pertenencia del lenguaje. Quisimos sumar a ese aporte –nobleza obliga– con una reflexión al respecto, desde esta misma página que los convoca.

Pues permanece siempre vigente la natural tensión entre la función del autor y la del sujeto escribiente. Ya que el nombrarse autor es, en sí, aceptar que una constructo personal, una máscara pública, se hará cargo de la potestad de la obra. Lo cual exige, en modo abarcativo, renunciar al íntimo vínculo del proceso de creación con su enigmática misión catárquica. Implica, de alguna manera, violentar el sortilegio.

Por añadidura, esta suerte de vampirización de la idiosincrasia anónima de un Yo como tantos por parte del Ego que se expone al público, es un fenómeno reciente en la arcana historia de la escritura, y no siempre propiciatorio de la acción creativa.

De hecho, la autoría precisa de las Escrituras es aún un laberíntico acertijo de dudosa corroboración histórica, así como la estatura de la dramaturgia de Shakespeare no impidió que el Primer Folio de sus obras completas se publicara siete años a posteriori de su muerte por iniciativa de personas de su amistad, con el objetivo de continuar con la representación de las mismas.

En tal sentido, Shakespeare, obsesivo cultor del lenguaje fue, en vida, sólo su obra. O, parafraseando a Wittgenstein, el límite de su mundo lo delineó la amplitud de su discurso inmenso. Para la cimentación del cual abrevó en diversas fuentes tanto autorizadas como anónimas, como era de usanza en el Renacimiento.

Su caso es el del artista constituido e identificado como creador exclusivamente por la riqueza de su lenguaje. ¿No sería el anonimato, entonces, la condición de progenie ideal, el Ser la obra antes que la máscara?

En La Tempestad, pieza liminal que le hiciera transcender al umbral enigmático del genio, Shakespeare nos propone la radioactiva capacidad transformadora y performativa del lenguaje paradojalmente a partir de Calibán, el salvaje con innata sabiduría primordial, no contaminada por la cultura exógena, presuntamente civilizadora. Quizá el grande dramaturgo de lo humano prefiguró en la candidez del rústico un adecuado cobijo para el soplo divino imperturbado.

Calibán, a quien el autor otorga la habilidad de aprender diferentes lenguas, aprendió la de Próspero, el ocupante invasor, a quien interpela sobre el sentido del lenguaje en uno de sus parlamentos:

Me enseñaste el lenguaje y mi única ganancia es que aprendí a maldecir. ¡Ojalá caiga sobre ti la peste roja por enseñarme tu lengua!” *

En ese clamor Calibán manifiesta cómo el lenguaje colonizador desnaturaliza y limita la percepción de su mundo, esclavizándolo al malestar del maldecir, que es en definitiva, nombrar solamente lo inmundo** de ese mundo que le fue usurpado, que ha quedado constreñido por el discurso foráneo.

Aparece aquí en relieve la importancia que la significación del lenguaje como productor de espacio, trascendencia, sentido y vinculación tuvo para Shakespeare.

No causa sorpresa, entonces, que su súper objetivo no haya sido la retención de un patrimonio autoral, sino la exuberancia creativa en el uso de una lengua que él mismo hubo de refundar al incorporarle neologismos provenientes de las lenguas latinas.

Y a partir de su devocional apego a la performatividad del lenguaje, aprendemos de Shakespeare que el juego lingüístico es un canje, un intercambio mayormente de malentendidos que nos acercan o nos distancian, y en todo caso, tan sólo nos ayudan a existir. Pues, sea por designio arbitrario o divino, es el habla lo que nos define como humanos.

De allí la abundancia en su obra de los juegos de palabras, donde cada parlamento puede ser dilucidado como quien mira desde el prisma de un caleidoscopio.

Al interpretar a Shakespeare, ya sea leyéndolo o montándolo sobre la escena, inefablemente se recuperan las íntimas vibraciones de la sacralidad del verbo como don divino de la condición humana. O acaso la aspiración a tal, porque, se podría afirmar que en rigor, el lenguaje sólo se desentraña a sí mismo. Acaso nos fue otorgado como sigilo para que la experiencia existencial sea un sendero de aprendizaje.

El arcano linaje, los géneros, la tradición del palimpsesto quizá nos fueran dados como trucos de magia, no como motivo de envanecimiento del ego. Pues el lenguaje, columna vertebral de lo humano, es el lazo vinculante que nos une a todo lo viviente, trátese de personas, flora, fauna o paisaje. Actúa, en definitiva, como la vibración vital que nos emparenta al universo y nos permite nombrarlo.

Lenguaje, es, en sí, un nexo vibratorio circulante como el agua, la savia, la electricidad y la sangre. Apropiarnos de alguno de ellos dándoles nuestro nombre para indicar pertenencia equivaldría al burdo operativo de estanciero que marca su ganado a hierro candente.

Análogamente, arrogarse la parentalidad del lenguaje seria intentar ponerle nuestro nombre al éter, al ser el escribir para el reconocimiento un ejercicio destinado a la frustración. Mientras que escribir anónimamente nos ofrece la epifanía de corresponderle a la vida, a la humanidad, a la inabarcable inmensidad que nos circunda.

El único protagonismo es siempre, entonces, aquél de la palabra como hálito iniciático, la que hace imperecedera a la raza, la que nombra la maravilla para manifestarla o – acaso – crearla. Vibrante como las durmientes de los trenes que portan las leyendas y los mitos de sus pasajeros. Construyendo la Historia común con evocaciones y equivocando las pasiones humanas para hacernos reiniciar el aprendizaje en cada generación.

El lenguaje es la cifra a descifrar, nunca esclava de nadie, y siempre dócil ama que no anhela encadenarnos sino liberarnos. Wittgenstein nos legó la envergadura de su alcance al decirnos “El límite de mi lenguaje es el límite de mi mundo” ¿Quién podría entonces apropiarse del noble demiurgo, profeta del alfa y del omega?

El lenguaje será nuestro último tesoro resguardado en la maleta virtual de la psyché cuando este carnaval de músculo y sonrisa en que devino el mundo de mediocridad que supimos conseguir nos permita partir hacia la dimensión innúmera.

¿No sería oportuno – considerando ésta mi muy personal perspectiva – mantener fértiles las palabras que pueblan nuestra literatura como los budistas preservan la humedad de la gota de agua?

Estoy muy dispuesta, entonces, siguiendo al prodigioso Keats ***, a arrojar mi nombre junto a mi escritura a la milagrosa bendición del agua.

Notas Bibliográficas:

*La Tempestad [I – II]
**del latín in mundus, en el mundo.
***John Keats Londres, 31 de octubre de 1795 – Roma, 23 de febrero de 1821.
Sobre su lápida, según la propia versión de su epitafio, se lee «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua».