ÁCIDO PARA VIVIR, MIEDO PARA SUBSISTIR

Letras Luciano Deraco

Diseño Fernando Guibert publicado en Cuento ÁCIDO PARA VIVIR, MIEDO PARA SUBSISTIR de Luciano Deraco en AZAhAR literario

Diseño Fernando Guibert


Estimado Vesugo:

                         Hijo de mis entrañas, vomitado y no parido. Largado y abandonado al mundo entre pestilentes fragancias de temor. Ácido de lo mas remoto, de un organismo sucio y deplorable. Te admiro por caminar desde crío con esmero, luego de gatear incansablemente sin esperar mucho mas que la muerte, luchando contra tus funestas limitaciones.

Supiste antes que yo que te despreciaba, que no tenías ninguna chance, ni siquiera por lástima, de arribar a mi corazón. Consciente además y por eso aún te respeto, que a mi no se me seduce, sólo se me obedece.

Y así creciste, como una sombra, pero una sombra de nada concreto, de esas fugaces y movedizas que se pierden en la negrura de la multitud.

La verdad, te la bancaste bastante bien. Recuerdo como me mirabas, con ojos idos y tristes, excesivamente cansados. Buscando siempre una complicidad que nunca llegaría. Buscando ¿amor? Nada mas alejado de la realidad, yo devolvía tu dulzura con escupitajos y cachetadas furiosas, a sabiendas de alguna eventual venganza.

Escamoso y putrefacto, un día te hiciste “hombre” sólo para odiarme y devolverme con furia los restos de la bronca que masticaste en silencio o refunfuñando en ese extraño dialecto que pretendía imitar el sonido de un ser vivo.

De un momento a otro, como un inevitable desenlace de mi merecido castigo, consciente que no dejarías impune ninguna de mis fechorías, fuiste verdugo y así sentí momentáneamente, ese látigo ardiente, tu maldita lengua de engendro rodando por mi espalda. Tantas toxinas acumuladas que con regocijo, esparciste para depositar en mi piel la violencia que generé con esmero. No obstante, me relajaba saber que era sólo algo pasajero, al final mis garras son las mas filosas, siempre.

Vesugo tonto, te creíste único, original. Una creación sin parangones. Que estúpido fuiste. Jamás dudé de tus limitaciones, claro está, pero así y todo, confiaba en que tu cavernoso cráneo de bestia se ilumine aunque sea fugazmente. Nada de eso ¿cómo no te diste cuenta que en cada hogar, cuadra, barrio se estaban creando a la par tuya miles iguales a vos? Escamosos viscosos e inútiles seres. Una horda de bestias inservibles y domesticadas a la espera de un padre autoritario e inclemente, un verdadero regulador de conductas, riguroso e implacable, con el “si” del castigo fácil.

Vos te rebelaste a tiempo, maldito vesugo, es justo que te lo reconozca ¿cuánto en cambio le llevará a tus hermanos darse cuenta que soy un farsante? Eso soy y además, la mierda hedionda que corre por sus venas. El olor a miedo, por suerte, aún los paraliza para seguir digitándolos a mi antojo, hilados como absurdas y sucias marionetas.

Se que vas a volver y entonces conocer mi verdadera cara. Ya no te voy a pegar, me limitaré a matarte de hambre en una asfixiante soledad sin escapatoria.

Vesugo intestinal, agradezco haberte vomitado así no olvidas nunca que tu único lugar es un cesto de basura repleto, a merced de las alimañas y el abandono. Yo en cambio, seguiré siempre arriba, muy a tu pesar, armando y desarmando a mi antojo y recordándote a cada paso vano que das, que nunca, pero nunca, te vas a escapar de mi.

Tu padre, el condicionamiento social.

Tercera entrega ficcional de la Trilogía “Agonizando las Conquistas Del Progreso Indefinido”. Para leer la autoreseña referente a dicha trilogía, dirigirse al enlace expuesto en el corriente párrafo.

Leer la primera entrega de dicha Trilogía, el cuento “Madre del Dolor, Hija Soberana” y la segunda entrega  “Miente, Miente, que algo Morirá”.