ADIÓS A LAS ALMAS

Letras Viviana Lombardi

Collage Viviana Lombardi

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De mensajes, mensajeros y legitimidad del discurso

El lenguaje anticipa y representa la evolución de la vida material” dice George Steiner en su obra Extraterritorial, ensayos sobre literatura y la revolución del lenguaje.

Tan aguda propuesta del teórico de la literatura, crítico literario, ensayista polígloto e intelectual universalista ilustremente consustanciado con manifestaciones de la cultura occidental –para cuya exégesis entreteje su propio saber con otros textos de autoridad– nos invita a abrir los ojos al análisis del discurso dominante.
Es inevitable pensarnos, entonces, en el marco del discurso circulante que nos constituye como una cultura progresivamente más inserta en la globalización, de la vinculación que dicho relato tiene con la realidad, de lo que sospechamos que nos es silenciado, y de la participación o distanciamiento que opera en el real actual entre lo que llamaríamos el ‘discurso oficial’ y el de las masas.
Auspiciosamente, desde los albores del tercer milenio, junto a una disonancia cognitiva que ha puesto a gran parte de la sociedad humana a la sombra de la participación en el hecho político-social, se ha producido una explosión de concientización colectiva que exige transparencia, clarificación y verdad, apoyándose en un revisionismo histórico espontáneo y cuestionador tanto de narrativas pasadas y presentes como del rol político de los dirigentes en su función primordial de servicio. Un rol justificadamente desautorizado y contaminado de sospecha, que ha ido perdiendo estatura en una larga trayectoria de ocultamiento, mendacidad, corrupción y traición a los ideales democráticos de participación colectiva.
En definitiva, que ‘el pueblo aún quiere saber de qué se trata’ y exige una verdad que la comunidad política le escamotea de continuo.

Cabe entonces preguntarnos cuánto de falsedad, distorsión informativa o flagrante apariencia prefabricada circula y se acepta como verdad – tanto histórica como política o ambas – de un discurso público construido con una ingeniería lingüística de contenidos modeladores del pensamiento, opinión y posicionamiento del ciudadano ante las entidades del poder. Pues desde Joseph Goebbels hasta Edward Bernays, si sólo nos remitimos al pasado inmediato, no es mucho lo que avanzamos en el ejercicio del pensamiento crítico indagador de la narrativa obscurecida, mendaz y venal de los poderosos.

Siguiendo a Michael Foucault, viene al caso poner énfasis en la parresía socrática, y a Sócrates como parresiasta emblemático – quien ejerciendo ‘la verdad de sí’ al develar la ignorancia de sus jueces con una argucia de juglar de la ironía, fue condenado a beber la cicuta por sostener la inmortalidad del alma.
Y cabe sin duda también seguir a Foucault en la elección del Laches (o Acerca del Coraje) de Platón, para dilucidar en parte el argumento que nos ocupa.
En el marco político social de ese diálogo, que gira alrededor del tipo de educación impartida a los jóvenes en Atenas, se confronta con las nomenclaturas preponderantes en la formación académica, ejercida por retóricos y sofistas, la conveniencia de una nueva perspectiva que inserte a la parresía como técnica dominante. En al campo político en especial, se indica la necesidad de asignar parresiastas a esa función educativa, por ser aquellos capaces de nutrir de vocación de verdad a las futuras generaciones.

Steiner también señala que los fascismos ejercen un hechizo peculiar de dominación de cuerpos y mentes, tópico que ya había abordado al echar luz sobre la degradación lingüística que anticipó al tercer Reich en Alemania, en otra de sus obras liminales, Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano.

La adoración de las masas por el discurso unívoco, la supremacía del engaño y la penuria ideológica que tolera la criminalidad genocida, primero ejercida sobre el lenguaje con su consecuente aniquilación del sentido, para proseguir la gesta tanática sobre la sociedad humana, fueron motivo de preocupación y análisis de muchas voces lúcidas de siglos anteriores. Tal como oportunamente lo señalara Walter Benjamin, el fascismo entroniza a la estética triunfalista del dictador y de la estrella popular, en detrimento de una ética social.

Otro volcánico pensador de la cultura occidental, Louis Auguste Blanqui también se ocupó del tema en una brillante descripción del fenómeno que alcanzó características de disección.
Escribía Blanqui en noviembre de 1848:¨Desafío a que me sea mostrado un sólo hombre de Estado que no haya sido otra cosa más que un sinvergüenza….Los hombres políticos no conocen las reglas de la moral ordinaria; ellas no están hechas para su uso. ¿Por qué habrían de molestarse? Cualesquiera sean sus crímenes, pueden contar con la indulgencia del público. La admiración está en proporción directa a la enormidad de las fechorías. Por no se qué depravación del espíritu, el vulgo se llena de entusiasmo por el exceso mismo de la perversión. Adora en la fuerza bruta una emanación de Dios, y cuanto más exterminadora se muestre esta fuerza, más derecho parece tener a su respeto y veneración¨.
Ese párrafo bien podría haber descrito el apoyo que parte de la sociedad occidental dio a la barbarie perpetrada con la invasión de Irak, a las consiguientes incursiones sucesivas en el Oriente Medio, a la consecuente masacre y desplazamiento de millares de inocentes y al sostén de una retórica belicista que nos augura guerra permanente. Retórica articulada alrededor de la apatía social que suprime la auto indagación ética, sostenida sobre una capitulación acrítica a las voces del poder, sin dar lugar al cuestionamiento.
Acompañando con silencio a la ignominia moral de la vía rápida de ataque implementada por los Estados Unidos y sus vasallos en el occidente europeo, se puso en marcha una política exterior de maquinaria exterminadora. Un mutismo anestesiado apoyó de soslayo, cuando no en descarada connivencia, las iniquidades que el imperio perfecciona en forma de pillaje, deposición, tortura y caos. Mutismo colaboracionista propiciado por la confabulación de los medios masivos, y la pasiva aceptación de los intelectuales, trayendo aparejadas la alienación del conjunto social en divisiones tribales, la indiferencia por el sufrimiento del congénere hasta incalificables extremos de violencia y crueldad, y la supresión de todo juicio crítico.
La Historia nos indica que ya desde la primera cruzada imperialista europea en adelante, el poder dominante en occidente había emprendido una sutil campaña anti-parresiasta de desinformación, agregando fraude al daño, mediante los artificios de una perversa ingeniería social colonialista, opresiva y esclavista.
Ya más cercanos en la Historia, a partir de la mitad del siglo pasado, la degradación de la lengua, y en consecuencia, del pensamiento crítico de las masas, viene cultivando la descomposición de la cultura occidental mediante la limitación que la jerga cibernética le impone al lenguaje.
Trátese de mensajes visuales, auditivos o lingüísticos, la máquina de inyectar conceptos en cerebros vaciados que se nos propone, ofrece mayormente chatarra predigerida o información distorsionada.
Las pruebas están a la vista en la pauperización lingüística y conceptual de que adolece cualquier perorata de políticos y burócratas. Y la consabida exigüidad, insuficiencia y carencia de contenidos sólidos en la mayoría de las publicaciones en el ciberespacio de la red.
Tal ‘contrarrevolución’ hipnotizadora –tomando la terminología propuesta por Steiner en sus ensayos– corruptora de las sutilezas del lenguaje, se hace especialmente obvia cuando el presidente de los Estados Unidos discurre presumiendo dirigirse al mundo entero en su carácter de comandante en jefe de las fuerzas policíacas globales, con mensajes que nunca eluden amenazas o promesas de castigo ejemplar, procurando extender su alcance a comanda universal.
Es ése el más claro exponente de la decadencia de un orden que comienza a autoconsumirse en la entropía de su fuerza bruta valuada como vigor, sustentado por la ilegitimidad de la economía de especulación que se nutre de la eterna guerra global, permitiéndose arrogarse el derecho incontestable de negociar con el mundo según sus reglas unilaterales.
Más que nunca en la historia reciente, el discurso del imperio transparenta urbe et orbi las metástasis virósicas de su propio cuerpo enfermo de muerte del sentido. Sirviéndose de las clásicas elaboraciones paranoicas que vienen manteniendo su supremacía desde la segunda guerra mundial, por efecto paradojal – y aquí recordamos a los romanos que llamaban a las paradojas ‘cosas que maravillan’– esas mismas inoculaciones del flagelo sólo logran alimentar la propia dolencia. La droga administrada como vacuna, provee y potencia al mismo virus. De modo tal que la ficción que propugna la falsa dicotomía oriente-occidente, se materializa en espectros vivientes del terror utilizado como motivo y justificación de una guerra pandémica, ilegitima e inmoral, librada contra la humanidad entera.
El producto del pillaje que vampiriza a las naciones pobres – resultante en una clandestina guerra económica puesta en acto mediante la vandalización de los países invadidos– no intenta sino convertir a la violencia bélica en escenario ejemplificador y fundarla como discurso de normativa internacional. La amenaza de devastación y despojo es siempre funcional a la lógica de legitimación del dominio por la fuerza.
Se abren así las puertas del infierno. A partir de la irreversibilidad de tal barbarie se irá intensificando, en forma impredecible y dolorosa, la desarticulación progresiva de una sociedad que es víctima en su política interior – las desigualdades entre ricos y pobres se agudizan en caída libre – y victimaria en su política exterior. En suma, la abundancia generada por una codicia parasítica, parecería resultar en un lenguaje desguazado e ininteligible para el mismo parásito que la consume.
Volvemos a Blanqui: “La Anarquía regular es el porvenir de la humanidad. El Poder, plaga execrable, tiene sin embargo su razón de ser y tiene como su pivote la ignorancia de las masas. Es su raíz única, pero profunda. Extirpadla: el poder cae para no volver a levantarse. El único verdadero agente revolucionario, es la instrucción. El resto no es más que paliativo y con frecuencia, obstáculo”.
La desarticulación ideológica es engendrada y subyace viva en el centro performativo de una lengua, siendo el habla y la gestualidad finas muestras de ese fenómeno humano. Por ende, la involución simplificadora del lenguaje también contamina al hombre y al mundo, espoliándolos culturalmente.
No se trata, entonces de cuestionar una vulgata que devendría en un nuevo idioma a apreciar y respetar, sino de evidenciar el raquitismo del pensamiento reducido a su linealidad más cretinizante. Words, words, words denunciaba Hamlet en 1602 señalando la importancia de distinguir entre verdad y apariencia, pero ¿Quién quiere recordarlo?
La domesticación televisiva que crea ídolos groseros y conflictos inexistentes ideados para la receptividad de un zombie, sella un lógica de dominación ideológica y se hice extensivo, MTV, FOX, CNN, BBC y asociados mediante, a todo el planeta. Con el consabido peligro de que un lenguaje pastoral y maniqueo derrote a la sabiduría del disenso y la reflexión.
Todo se hace vía rápida, como los innecesarios misiles que atomizaron ayer a Irak y a Libia y hoy a Siria, los drones que desmenuzan a infantes en Yemen, Pakistán y Afganistán, o las bombas racimo que despedazan a niños en Palestina.
Cabe preguntarse entonces ¿Acaso algún día sabrán qué lugar de sí mismos destruyen al destruir sin compasión humana al Otro? Entregados como están a colonizar las oscuras venas del petróleo para seguir vampirizando tierra, pueblos y sentido. Y ¿Hasta cuándo sostenerlo y tolerarlo sin arriesgar un suicidio colectivo de la raza?
El pronóstico sería un futuro Pan Ordenado para seres sin alma obedeciendo a los mecanismos de un poder global totalitario. Un mundo de individuos telemáticos que carecen de ojos si no miran las pantallas que les fabrican el tejido de la Matrix para su consumo.
Uno de los desvelos que provoca el lenguaje enriquecido es la infinitud de su resonancia interior. Estamos hechos tal y cómo hablamos. Y hablamos tal y como somos capaces de pensar.
El soplo humanizante nos sucede cuando nos escuchamos, al interrelacionarnos en la escucha del otro, cuando atendemos a las voces heredadas en los libros, cuando producimos actos de encuentro con las epifanías del verbo, y hasta cuando la búsqueda de sentido sólo nos augura un malentendido posible.
Buscándonos en las lenguas y diferenciándonos en las lenguas es como nos hacemos persona. Y el nutrirnos de alteridad es una construcción imprescindible que sólo se expresa con lenguaje y, acaso, para el lenguaje.
Hay aún un ADN misterioso e indescifrado por explorar que quizás algún día nos permita conocer la organización última de la lógica lingüística. ¿Qué relación de continuidad, complementariedad y complejidad habremos perdido si destruimos las huellas de nuestro ADN lingüístico? Acaso un alto precio a pagar nos espere por tal mutilación de Eros por un Tánatos incorporado en hablantes de un discurso desnutrido, mentiroso, unitario, en suma, una muestra de insuficiencia soez.
A medida que se engrosa la mentira, los financistas convierten a las sociedades en ‘deuda–cracias’ o crédito–cracias, a los ciudadanos en esclavos, a los dirigentes en robots automatizados para obedecer. Se implementa de ese modo el vaciamiento del orden social, la justicia y los bienes comunes aplicando la perversa lógica farisea de condena moralista que clausura la espiritualidad.
La sociedad se vuelve más primitiva cada día al suplantar al vacío ético con tabúes y tótems sectarios y prácticas dictatoriales.
La mendacidad jamás es inocente; su maligna maniobra de magia negra tiene por fin trastornar nuestras vidas hasta el desborde y el caos; su propósito es lavar cerebros y barrer con el estado de derecho sin que el pueblo le presente oposición. Cuando el discurso llega a tal nivel de simulación que envuelve en una telaraña a dirigentes y sociedades entre sí, la toxicidad del lenguaje sin duda precipitará hacia una decadencia impiadosa a su misma cultura fundante. Y arrastrará consigo el exterminio de los derechos humanos y civiles, y toda aspiración democrática.
Acaso el relato legendario de los evangelios no haya carecido de inspiración milagrosa al manifestar La Revelación mediante la potencia del Verbo encarnado. Acaso haya que aprender a preservarse del adiós a las almas.

Vaclav Havel ha tenido la generosidad de legarnos el siguiente pensamiento:

Un intelectual debe perturbar constantemente, debe denunciar las miserias del mundo, debe ser provocador basándose en la independencia, debe revelarse contra toda presión obvia u oculta y todo tipo de manipulación, debe ser el primer escéptico del sistema, del poder y sus sortilegios, debe dar testimonio de su mendacidad”

Creemos que hoy más que nunca se debe atender a su lúcida prédica laica, para salvar el futuro de la condición humana. Y nombrarlo profeta en nuestra tierra.