ALOGÓN, EL LECTOR DE LIBROS INVISIBLES

Letras Vita Salvatore

Collage Viviana Lombardi

Collage Viviana Lombardi


 

Vi que tinha nas mãos a mensagem que entregar, e quando lhes disse
que o papel estava branco, riram-se de mim. E ainda não sei
se riram porque todos os papeis estão brancos ou
porque todas as mensagens se adivinham”
Pessoa, 2010: I, 303*

Preferiría poder caminar descalzo pero no, es casi invierno y las hojas del parque están entumecidas por la escarcha. Debería de haber consultado el mapa antes de partir, nunca se sabe cuán hostil sea una nueva ciudad encallada entre ruinas europeas, como una almeja que perdió la roca donde entrar en comunidad con sus congéneres. Eso, deslizarse como sobre agua, ya todas las ciudades son iguales, cuando uno no espera nada de nadie ni de la vida. ¡Qué hastío, tener que dar explicaciones, aunque sea a uno mismo! Debería de haber traído un echarpe, la escharcha se está haciendo nevisca y en cualquier momento el primer estornudo me va a demorar buscando el pañuelo que seguramente no traje. En la postal la biblioteca parecía estar al final del parque, pero nunca se sabe, la vista engaña aún más que la memoria. Sobre todo la mía, que se ha desgastado en lo que parecen siglos de recorrer los ojos sobre letras que por momentos se diluyen con el empecinamiento del jeroglífico, borroneándose para esconderse entre los poros del papel, distrayendo la atención hasta hacer perder todo sentido a la existencia. Y si, es la existencia total de la que hablo, la mía, la del mundo –algún nombre hay que darle– la del libro mismo que tengo ante los ojos, la del contenido abstracto que pretendió hacerse materia cuando el autor soñó la trascendencia, la gloria, la comunicación o, sencillamente, la caridad de un desconocido que le reconozca que tuvo algo que decir. ¡Qué fastidio, todo tan inútil! Ahora mismo la lengua se me pone tiesa en la urgencia de dar lugar al habla, cuando mi añoranza es la telepatía. ¿A quién hablarle y para qué, en todo caso? Entre las hojas encuadernadas de los infinitos libros leídos y no leídos, los que esperan su lugar de escucha de invierno, junto a un fuego afable, o el distraído interés del lector echado en la arena, compitiendo en primacía con muchachas caminando descalzas por la orilla antes de internarse en aguas tibias, con la superficie de las hojas consumadas con caracteres que de última son momias si nadie los mira, al contrario de esas pieles tersas que invitan a que la vida tenga algún fin, ofreciendo lo que la especie inventó para distraernos antes del adiós, alejándonos de la muerte con espejismos insatisfactorios que nos siguen haciendo caminar hacia el horizonte por venir, rumbo fijo de pérdida de la integridad que agoniza en el reclamo de que nos sentemos al borde del camino para dejarnos reflexionar. Aunque la tripa se convulsione hasta convertirse en sangre licuada de los santos. Estoy llegando. Me conviene porque ya estaba por sucederme lo peor’.

Un zumbido en las orejas le provoca un vahído leve. Duda antes de entrar. Elige observar las piedras antiguas –milenarias– con las que fue construida acaso buscando una respuesta a la incertidumbre. Desasosegado por un sentimiento que no logra explicarse, apoya la frente helada en la piedra caliente que preserva las vetas rojizas del cobre de su cuna. Y en la comunicación con el puro elemento, se recupera.

Receloso, entra para observar la majestuosa infinitud de la biblioteca, sus libros obsesivamente catalogados – respetando el orden minucioso de cósmicos fractales. Sus rostros de cuero, desplegando el caleidoscopio de la materia afectada por el devenir inexorable. Su olor a rancia estirpe reminiscente del junco que les diera génesis y substancia. La presencia impúdica del acre olor de los testículos de Cài Lún, añejados al sol como tubérculos que han pasado su fecha de consumo.

Domesticado por el ansia, fuera de su centro, alejándose de sí mismo sin poder controlarse, avanza por un corredor alfombrado, dejándose llevar por un ritmo cercano a la trasmutación. Un deseo de reposo lo detiene a contemplar la vasta ala de los clásicos. Prefiere cerrar los ojos para escoger los ejemplares por su peso. Los brazos comandan la selección. Finalmente se hace de cinco de diversos tamaños.

Una severa mesa de roble, inusitadamente solitaria a pesar de la nutrida concurrencia, lo reclama. Acogido por una poltrona de cuero, esparce los libros sobre la mesa, atendiendo a un ceremonial anfibológico.

A lo lejos se oye un piano persistente tocar Fantasía Impromptu. El sonido entra pleno por una absurda ventana azarosamente abierta. El paño de vidrio vibra con los acordes y por un instante siente el recelo de que el cristal se quiebre. Pero no. Sólo se ve el pentagrama diseñándose en la pared opuesta, donde las notas se alinean a medida que el instrumento las produce. Piensa en Pitágoras, Porfirio y los misterios de la cosmogonía.

Abre el primer libro, comienza a leer sin orden alguno.

De éste, leído hasta habérmelo grabado en la memoria, sólo me interesan las acotaciones”.

Por un instante se fija en las anotaciones al pie. Luego, va abriéndolos uno a uno hasta que con el último sucede el sortilegio. A medida que recorre los renglones con ojos desmesurados, frases completas desaparecen de la página hacia el extremo izquierdo del ejemplar, dejándola totalmente en blanco. La escritura decide dejarse tragar hacia un vórtice invisible haciendo aún más enigmática su natural idiosincrasia de cifra. La textura del papel se magnifica ante la contemplación. La urdimbre cobra un relieve sobrenatural incitando a los sentidos a un ejercicio de clarividencia involuntaria.

Los ocultistas como nosotros, sentimos adoración por la numerología’. No hay por qué culparse por eso. Elegiste leer el libro número cinco. El número 5 representa la energía femenina. Hay 5 días de fertilidad en el ciclo ovulatorio. La representación geométrica del cinco es la estrella de cinco puntas, Isis, la divina proporción. Y nunca casualmente, el libro que favoreciste es una tragedia de la femineidad”.

Sería más cortés de tu parte que le pusieras rostro a tu voz. Si no, no sé si me interesa responderte’.

Mi rostro es el libro en blanco abierto entre tus manos. La no-persona libro, si se quiere. Las voces que oirás a continuación serán parte de esa múltiple entidad. No se puede pedir más, pues queda librado a un dictado cósmico incontrolable por la condición humana. ¿Te es acaso posible comprender la infinitud del universo, las jerarquías de las formas celestes, la innumerabilidad de las constelaciones, la partitura de la melodía astral? La red de coordenadas vibratorias sólo se revela a los profesos. Elije tomarlo o dejarlo. Es todo.”

Densos rumores de resonancias entrelazadas con hablas ininteligibles lo asaltan desde el piso. Comprende que es hora de entregar los pies descalzos a la nueva realidad. Extenuando a la imaginación, percibe la entrada de shakesperianas sombras que ha de dilucidar atendiendo al lenguaje con la devoción del anacoreta que eligió el silencio. Por un instante teme estar cerrando una deuda con Mefistófeles mismo.

De súbito, sobre la pared opuesta a su mirada se vuelve a diseñar un pentagrama silencioso. El panel antes salvaguardado de los elementos se hace añicos, disolviéndose en átomos de cristal sonoro con la gracia de una catedral sitiada inmaterializándose sin rendirse a la barbarie. Piensa en Nuestra Señora de Ruán y en los despavoridos rayos feéricos y en las bélicas centellas que la mutilaron persistentemente sin vencerla. Entonces, sucede la voz.

La risa, cascada y vibratoria como una cuerda que extiende el alcance hacia lo absoluto, proviene del exterior. Se asoma a la ventana abierta a lo insondable con la frágil ilusión de ver para creer. Las pisadas de tenues pies quebrantando la escarcha de los parques, el rechinar de ruedas aproximándoseles, el relincho de caballos excitados y la cantinela de una vieja tonada en boca de la impaciencia le manifiestan la escena. Una tos de viejo cochero acompaña al canto con liberalidad.

Es inútil que huyas de mí. Siempre te voy a alcanzar, hasta el último aliento. En el texto infinito que tramo para burlar la sinrazón del mundo, tu vida me pertenece, porque tu muerte es el único drama verdadero de la mía”.

Un cuerpo liviano y uno pesado se acomodan en el coche, haciendo resoplar al cuero de los asientos. La puerta se cierra de un golpe, seguido de un tintineo de campanillas de trote en movimiento.

El deseo de apropiarse de una mujer es típico de un misógino, de un sádico patentado. Maldito perverso necrófilo….Si no, ¿Por qué endilgarme un tercer nombre gastado, la Madame tercera, sucedánea de dos viejas secas, amargas y huesudas como cadáveres? Y dedicarme una historia de perpetuo desencanto, desesperación, descontrol y lujuria insatisfecha parodiada en una tragedia pedestre, doméstica y burguesa hasta la repugnancia.”

Una bofetada disonante como un mazazo sobre un tambor rasga la seda del etéreo aire otoñal haciéndola fibras de reverberancia. Una voz de bajo emite un gemido ronco y lastimero. Acaso se oye un llanto pero nadie podría confirmarlo.

¡Ah! ¿No hay mejor recurso que sentirse víctima, no? A ver, ¿Quién desató la violencia en mi vida, sino tu fábula de la peligrosidad de una mujer íntegra, dueña del valiente deseo de ser en su esencia completa? ¿Quién tiñó con carmín de sangre mis peripecias de pasiva indiferencia ante mi sufrimiento y desolación? ¿Quién me hizo volar la psique hacia la quimera adicionándome a sagas pergeñadas por hombres de apreciación morbosa de la condición femenina? Que sólo imaginaron mujeres con la virtud de mascotas de colección en anhelante espera en su serrallo”

Alguien suspira.

¡No te atrevas a tocarme!”

La pausa se hace incómoda. Las campanillas del trote se agitan como cascabeles de un pandero de gitanos. Un llanto disipa al silencio como a un infante adormeciéndose.

Si de una confesión laica se trata, sólo cabe la cruenta verdad de la palabra justa. Sí, me propuse castigarte, adjudicarte un endeble remedo de hombre por marido, un macró entregador y voyeurista que se complace en sufrir imaginándote en gozos ajenos. Me convencí de hacerte el cielo demasiado inmenso para que lo percibas, mantenerte presa del aburrimiento basal de la idiocia pequeño burguesa. Para eso hube de mostrarte soberbia, pretenciosa y desorientada. Mil veces tuve que blindarme el corazón contra tus encantos. Quise escribirte una historia vana e inmemorable. Donde reine la palabra, nunca el personaje. Hacerla el testimonio de la abstrusa ley dispuesta a favor del miserable, el codicioso, el corrupto, permisiva del patrimonio mal habido, trátese de bienes o personas”.

Un agudo estrépito de carcajada acompaña al tintineo de campanillas.

¿Corazón blindado? Tamaña salvajada sólo la concibe un corazón de loro embalsamado”.

Una campanilla arisca decide celebrar la ocurrencia con un doble retintín, como incitando al desatino. Triunfo del vibrato. La fémina desairada arremete.

Estás confundiendo tus ínfulas de anarquista coronado, de burgués rentista incapaz de amar más que a su torpe reflejo en un espejo empañado, con objetividad y talento, si no genio. Es tal el tamaño de tu narcisismo que burla hasta la matriz del útero que engendró tus malévolas debilidades.”

La campanilla vuelve a excitar al texto.

Me arrojaste a la lujuria y a la materia como a la adicción por oxígeno del moribundo. Los pagarés interminables, la toxicidad del sexo anhelado como fuga fueron los instrumentos diabólicos de mi destrucción.

Pusiste en mis labios sandeces que tu íntima señorita burguesa te dictaba en la tripa para reprimir la animalidad en tus bajos. Para ocultar tu semblante de deficiente niño abandonado al desamor. Y lo hiciste emblema maldito de tus instintos aniquiladores del deleite, del goce por la vida en todo su trepidante esplendor.

Tu sadismo es ejercer absoluto poder sobre la vida humana; por eso pintaste mi historia con el carmesí de la violencia. Y por supuesto, mi querido idiota del hogar burgués, no te privaste del orgasmo final con mi muerte ceremonial, con mi auto castigo ritual penalizador del pecado de ser yo misma: algo que nunca supiste bien qué era y que siempre añoraste con un desasosiego exterminador”.

La chispeante campanilla se entrega al silencio. Los aires de tragedia inconsecuente siempre parecen significativos. Ahora el sollozo se sostiene sobre el hiato aportado por un mutismo cauteloso. Pero la pasión toma la rienda e irrumpe desafiando a la prudencia.

¡Alas! Aún me embriaga el fulgor de la apostasía en tus ojos. Mi hembra altiva de mirada parda, o azul profundo hasta hacerse noche con los humores circulantes del deseo inacabado. Manceba que se sueña emperatriz, desafiando al espectro del hastío. Cortesana de segunda, de segundos amores, de segundos robados. Yo fui germen de esas cuencas diestras en especulares estrategias, en malas artes de espejismo ensangrentado. Y te inicié en el goce del sufrir perfumado con la esencia de mi semen y el néctar de tu sexo abierto como un fruto de higuera acrisolado en el sol de Egipto. Yo te concebí en mi centro y le di honor a tu sacrificio. Porque lo degradante y lo trágico conviven por organicidad pura. Léase tu historia entonces como una alucinación materializada. Cuna y sepulcro de le mot juste. Destinos miméticos enlazados en tu tragedia indigna y le mot juste. Obra testimonio de mi fatalidad de proxeneta que rastrea a la palabra justa para hacer verosímil al engaño. Sin dobleces. Directa a la carne, como un puñal. Alguien tenía que denunciar que quemamos al conocimiento en Alejandría. Admitirlo es escrutar al alma. Al alma se la mide por el tamaño del deseo que la alumbra, así como la majestad de las catedrales se mide por la altura de sus torres.”

¿¡Qué imprudente insolencia te permite hablar de conocer el alma!? Me acunaste en un sueño de amor a cambio de hacerme despertar en el infierno. Y engalanaste el paisaje de mi muerte con melodías jubilosas, como si se tratase de una boda”

Un desenfrenado galopar de cascos habita el recinto y se extiende al horizonte. El relámpago que parte el cielo en dos agita al brío hasta hacerlo penoso. Un arduo palpitar de azotes secos aporta reminiscencias al pesar. Acaso sean latidos de un cuerpo que se niega a abandonar la vida.

¿Y si hubiese soñado ser tu Hamlet y recogerme en tu fosa abierta como dos amantes con el corazón de piedra? Acoplados en átomos fermentándose al unir nuestras carroñas indecentes en un pacto celebratorio de la bruta verdad de la existencia. Transformarte en presencia incorpórea para añorar tu ausencia, anhelarte como a cada bella metáfora sepultada en mi dogma lingüístico, lánguida de desamparo”.

Una marejada de la invicta Normandía estremece al Sena hasta arrancarle gemidos de bestia acorralada. La tempestad arrecia sin atender a las categorías.

Mujer palabra ¿Llegaste a destino o estás aquí aún?”

Quizás sea una brisa leve la que hace sentir al texto como una plegaria.

Las palabras muertas resucitan porque el alma del lenguaje es sinfonía y hálito. Y siempre anida en la palabra justa. Entonces ya no es la mano la que escribe con la pluma, sino la pluma la que guía a la mano. Tu historia es mi novela suicida, sin autoría ni protagonismos. Somos sólo parte de la trama tejida por un excéntrico avatar que nos secuestra el saber”.

Ver sólidos techos normandos volar como sombreros mal puestos. Avistar fuego entre los anaqueles del recinto sacro que preserva la memoria de la raza, desmesurarse en salvar al noble cáñamo germinal de la literatura, procurar el acto heroico de Deodoro Sículo acunando incunables en el pecho para rescatarlos de la hoguera universal de Alejandría, puede ser un exceso del fervor literario. Pero está sucediendo ahora y no cabe escamotear detalles truculentos. Resulta tan verosímil la pulcra escena trágica del holocausto del saber que supera a la verdad misma sin pudores ni disculpas. Así que un mar que desata la materia ígnea del lenguaje en una apoteosis de sentido último, no es causa de sorpresa para nuestro héroe que ya ha decidido incorporarse a la áurea cosmogonía del no-libro. Sin lamentaciones ni temor, arrodillado al ofrecer su oración laica con la sencillez del genio, recita mirando a las altivas llamas devorarlo todo para propiciar un renacer.

Entiendo. Vine a cancelar mi deuda. Vine a darte mi corazón de piedra como el tuyo. Siempre palpitaron juntos. Es justo que terminen juntos.”

La sureté lo encuentra gracias a la curiosa hipercinesia de mastines entrenados para detectar lo invisible. El cuerpo está intacto pero presenta extrañas manchas parduzcas en las manos y los pies descalzos, como si el otoño se hubiese empeñado en mimetizarlo con la decadencia del follaje improvisándole medias y guantes adecuados.

Las manchas… ¿No son indicios de envenenamiento?”

Así parece. Esto se complica y tengo hambre. Fíjese si lleva documentos, Poirot”

No, inspector. Sólo un pañuelo de seda con un monograma bordado. Y parece que en oro”

La carcajada interrumpe la quietud como una ráfaga fugada de la tempestad.

¿Oro? No sea ridículo, Poirot. No estamos en el siglo diecinueve para imaginar tales mariconeadas. El hambre lo está haciendo delirar. ¿Las letras?

¿Qué letras?”

¿Está dormido, Poirot? Las del monograma, hombre.”

¡Ah! Ge Efe”….

Ge Efe ¿Ge Efe? ¿Le suena a alguien conocido? Está vestido medio raro.

¡Qué sé yo, Señor! Puede ser cualquiera. ¿No? ¿Importa?

Tiene razón, Poirot. Pase el parte en el radio y que venga la ambulancia. Y vamos a comer. Nada importa más que eso ahora. Total, ya está muerto”

*Vi que tenía en las manos un mensaje que entregar, y cuando les dije que el papel estaba en blanco, se rieron de mí. Y aún no sé si se reían porque todos los papeles estaban en blanco, o porque todos los mensajes se adivinan. Pessoa, 2010: I, 303 (Traducción de la autora)