AMORES CALLEJEROS

Letras Vita Salvatore

Grafiti r2hox. Madrid, España

Grafiti r2hox. Madrid, España | Expuesto en Vigo el 7 de enero de 2015


Era una tarde inusitada de abril. El verano había decidido conquistar el barrio sin rendirse al almanaque. En las calles de Flores, las verjas florecían en geranios cintillantes, haciendo del hierro forjado una imaginería dedicada a los utópicos de la existencia.

Tal vez la madre Tierra -pensó Paco- haya mutado a la dimensión edénica durante la noche”.
Observó con cautela la diadema voluptuosa de color sangría guarneciendo el frente de la casa de Ella. Un rayo del pensamiento le advirtió que quizás una vibración aguda podría desmaterializar ese esplendor tan generoso. Cerró presto las celosías como si su indiscreción hubiese violentado un enigma íntimo.
Y sin saber por qué, tuvo que esconder un par de lágrimas furtivas en la piel de sus dos palmas ahuecadas como cunas tibias.

La gente había hablado mucho de ellos. Acaso demasiado.
Dijeron que venían del Brasil, luego de Cuba y algunos arriesgaron el Uruguay, el Perú y el Ecuador como quien apuesta a las carreras.
Pero nadie – y a Paco esa ausencia de valor lo dañó como una herida abierta en sangre – nunca nadie se acercó a darles la bienvenida o a ofrecerles una visita de vecinos.
Todos, sin decírselo, sabían el por qué. Pero nadie lo nombraba.
Nunca.

El griterío de las vísperas del año nuevo había inundado el espacio etérico como un estallido de ritmos siderales.
Los vecinos habían organizado un baile para todos en una cortada lateral, labrando un paisaje urbano de reminiscencias chinescas, con linternas de papel y guirnaldas veteranas de la Navidad reciente. Aún los hilos sueltos y los adornos ajados por la experiencia lucían un fulgor de impresionismo al augurar el brindis de la medianoche.

Paco había estado trabajando su subconsciente con sortilegios mágicos para producir el milagro.
Los gurúes de youtube más la magnificencia de la información cibernética fueron el punto de apoyo que lo mantuvo ocupado desde la nochebuena hasta el día del festejo común en la calle de todos.
Ningún ritual, hechizo o encantamiento fue ajeno a sus prácticas. Hasta se animó a una macumba blanca, usando una foto de Ella furtivamente robada al andar desde la ventana de su cuarto, porque para él, la familia de recién llegados era originaria del Brasil.
Recién entonces Paco se animó al impulso irrefrenable de manifestar el deseo en realidad.

Pero en el anochecer previo al nacimiento anual de un tiempo convenido que nos aprisiona en horarios, citas y compromisos de reloj, los vió partir a todos ellos con bolsos y canastas, atiborrando el viejo Ford de risas y vituallas.
Hasta le pareció escuchar cómo Ella cantaba con la voz satinada de un ave tropical.
Se habían llevado consigo, sin saberlo, la felicidad que a él le faltaba.

Luego continuaron los meses del verano porteño entre carnavales y asados en los patios y jardines.
Paco los dedicó a esbozar retratos de Ella con leyendas alusivas al encanto de las formas. Las de Ella y las del multiuniverso gestado en él por la presencia del Amor. Aquél que no solicita más que vivir la trascendencia. El que está dispuesto a desfallecer en el éxtasis de ofrecerlo todo. De ser uno con la Otra Amada. De fundirse en sentido cósmico para explicar el enigma de existir.
De las muchas cartas escritas para conquistarla, nunca supo elegir la apropiada. Las dejó entonces desfallecer en el secretaire de su escritorio, como a viudas troyanas aguardando el regreso de sus héroes.
El relato de su pasión iba paulatinamente tomando un tinte de tragedia.

En una de las tantas noches de desazón desvelada sucedió, sorprendente, la epifanía.
En apariencia, su empeño en verla pasar cada mañana fresca como el alba y contemplarla al regresar lánguida en las tardes aún ardorosas, atrajo a ciertas benéficas legiones astrales.
Esa misma noche, un aura argentada de luz proveniente de la madre Luna encendió el rostro de Ella cincelado sobre la carta como un grafiti ideado por los dioses.
El poema que le había dedicado refulgió en cifras de plata, levitando del papel al emitir acertijos esotéricos.
Paco supo, por fin, qué hacer.

El plan ideado requería de disciplina y método. Era su As de triunfo y no debía fallar.
Dedicó noches laboriosas a fotografiar el muro elegido con la cámara profesional que le había pedido a la abuela Eugenia como regalo de cumpleños anticipado.
La quiero de última generación”- le dijo. “Si es muy cara, olvidate de la próxima Navidad o los próximos cumpleaños”.

Instruirse en el manual para sacarle óptimo provecho le implicó abandonar toda otra ocupación.
Se adentró en los secretos del objetivo único digital sin espejo para optimizar las imágenes nocturnas.
Luego de tomar las fotos, añadía videos que el sistema de estabilizador de imagen de la cámara reproducía con precisión milimétrica.
Todo ello le permitió descargar el material en la computadora y así calcular las mediciones exactas de la obra a realizar.
Cuando sólo le faltaba una provisión de pinturas murales y aerosoles, decidió fijar la fecha precisa. Se le hizo menester que la misma Luna plena que lo había inspirado lo acompañase. Así que se dedicó a escrutar pronósticos meteorológicos y gráficos de tránsitos lunares.
Su anhelo de perfección alcanzó una energía cautivante.
Había logrado concebir un operativo sigiloso del arte clandestino.

Al fin llegó la noche del ritual sagrado.
Paco percibió la inquietante presencia de Eros y Venus en esencias multidimensionales rondando sus pasos hacia el muro destinado a ser lienzo de la creación.
Como un Mercurio de los pies alados, se escabulló descalzo, silente y genial a la escena litúrgica.
Sin saberlo, su audacia amalgamó en el Ser las partículas atómicas de los arquetipos. Leonardo, Michelangiolo y Caravaggio guiaron la mano generadora de la proeza.
Y en un tiempo inconmensurable, Paco hizo manifiesto al Amor Único de toda una vida con la maestría de los precursores.
Al retroceder para evaluar la obra, otra vez sintió el apremio de cobijar dos lágrimas en la cuna de palmas ávidas de fervor.
Miró su piel teñida con los colores de la Amada. Y supo que nunca antes había sido quien logró ser en esa noche de éxtasis de la identidad.
Entonces decidió jugarse al Todo y no firmar su nombre.

El día siguiente fue viernes.
Ella saldría con su frescor de aurora, ligera y ondulante como una ola oceánica. Él se vistió de gala y por primera vez, salió al jardín del frente de su casa para verla pasar .
El trinar de la puerta de hierro de la casa de Ella lo sobresaltó en demasía. Era la hora implacable de la Verdad. Esa que acaso solicitamos toda una vida sin hallarla.
Vió la cabellera de Ella turgente y valerosa como la copa de un árbol en flor. Y luego, esa, su cara luminosa, sugestiva de delicias susurradas en melodías de colibrí.
Y a continuación, lo inesperado del gesto de Ella, acrecentó el sobresalto hasta hacerle sentir un galope del corazón.
La vió detenerse para mirar amorosamente el grafiti que él le dedicara. La vió inclinarse al leer el poema y acariciar la superficie con la mano tersa. La vió buscar una señal del nombre del autor anónimo. La vió besar el muro como quien bendice un rosario en misa.
Luego, se volvió a mirarlo e hizo ondear la mano esbelta con grácil levedad de mariposa.

Y entonces, Ella, por primera vez en tantos meses de ansia esperanzada, le sonrió con la boca iridiscente como un collar de caracolas vírgenes raptadas del agua bendita.
Así le pareció a Paco.
Ese día él cumplía los quince.
Pero, claro, no era de esperar que Ella lo supiese.

Nota de la autora: 

Transcripción del poema inscrito en un muro, acompañando al grafiti inspirador de este relato.
Musa muchacha
¿no recuerdas que dejaste
guardada la médula…
debajo de las raíces
del árbol
en el que
encaramada
duermes cada noche?
 
Musa muchacha
creías escuchar una sirena
mientras cantabas
y una sirena escuchaste.