DE AMORES E INFIERNOS PROPIOS

Letras Brunela Curcio

Fotografía Giulia Zucchetti

Fotografía Giulia Zucchetti


 

-La puta que esta vida de mierda es jodida -confesó el moreno de ojos cansados con la mirada sumergidas en las tinieblas. Su camisa a cuadros sudaba en cada paso un poco más de vacío, un poco más de bronca, un poco más de todo eso que odiaba y de lo que aún así era esclavo.

Su pelo mantenía, pese a los años viciados de droga y rock and roll, la misma frescura en sus curvas ondeadas, curvas que rebotaban entre la piel sedienta de un poco de paz. Sus garras ya no tenían más fuerzas, el tigre que siempre había sido estaba cansado y ahora no era más que un cachorro viejo de la raza de perros ciegos. Tenía 25 años pero parecía de 50.

El oscuro, como le llamaban, subsistía gracias a changas cortas y alguna que otra venta de merca en los suburbios.

–Si querés laburar no te dejan, si le das a la blanca estás enfermo y si te dejás coger por unos mangos sos puto -reflexionó el negro, indignado por las controversias de una sociedad estúpida.

Errante, caminó por las calles apestadas de una fragancia que no correspondía en lo más mínimo con un Cristian Dhior.

Llegó a su cueva, se recostó y fumó el último triste porro que había conseguido. Soñó con quién sabe qué y no se cómo despertó después de un ruido que provenía del inmundo patio. Caminó hasta afuera. El estruendo de dos disparos concluyeron la misión envueltos en un grito punzante.

-Pobre chica -—analizó doña Pocha con su típico tono de vieja chusma. Su casa se encontraba al principio del pasillo, la del oscuro, al fondo a la derecha. Para ella, el pibe no era más que un negrito sucio.

A eso de las 12 de la noche los perros la despertaron. Espió por el vidrio roto de la cocina logrando divisar una sombra.

Eran las 10 de la mañana. Confundido abrió los ojos. A todo volumen, una música de otra parte revoloteaba esfumada entre la neblina de la marihuana y el encierro. Se levantó decidido a investigar el lugar indicado por el sueño en el que soñaba estar soñando. No logró entender lo que veía, se rascó la cabeza, miró su torso completamente desnudo y sin vacilar replicó:-¡Mierda! alguien me rasguñó.

Catalina se había enamorado de ese morocho vagabundo de bucles perfectos que no hacía otra cosa más que despreciarla. Despertó a las 7 de la mañana, tomó el 163 para ir a trabajar. Atendía a todos sus clientes con la misma dedicación. Salió del bar a las 11:30 de la noche. Decidió ver al oscuro y regalarle la tonada que estaba componiendo.

La rubia de pronunciadas curvas entró sigilosamente para darle una sorpresa al pibe. Sintió una rata cruzando su pie, atinó a levantar la voz pero inmediatamente, pese al bullicio de macetas rotas, calló sus cuerdas que hasta respiraban en soprano.

La luz de la casa de adelante se había prendido. Catalina, sin embargo, incursionó por el pasillo tarareando su canción.

Emprendió viaje a lo del vecino llevando consigo una 33 por precaución.

El casi mulato, salió al patio, amenazó a la muchacha y la empujó sobre la anciana. El viento suspiró, un gemido inmerso en el horror desgarró la tierra. El oscuro, volvió a recostarse, la vecina recogió el arma y temblando se fue sin decir nada.

El viejo perro ciego, se levantó y salió al patio. Vio a la virgen mujer desolada en una tormenta de tintes rojos tiñendo la inmundicia con el amor de sus ojos tiernos. Miró su torso completamente desnudo y sin vacilar replicó:-¡Mierda! alguien me rasguñó.

Nota del Autor: Fecha de creación 2004. Título original “Un Destino y un Amor”. Brunela Curcio®©

Comentarios

  1. […] Escribe Brunela Curcio. Fotografía Giulia Zucchetti | -La puta que esta vida de mierda es jodida -confesó el moreno de ojos cansados con la mirada sumergidas en las tinieblas. Su camisa a cuadros sudaba en cada paso un poco más de vacío, un poco más de bronca, un poco más de todo eso que odiaba y de lo que aún así era esclavo…  Leer más… […]