APOCALIPSIS DOMÉSTICO | A DOMESTIC APOCALYPSE

Letras Daniel Mark Miller.
Traducción Viviana Lombardi

Sección Bilingüe | Texto Original en Inglés | Publicado Originalmente 14 Mayo 2015

Lavadora Fotografía Brunela Curcio

Fotografía Brunela Curcio


APOCALIPSIS DOMÉSTICO

Pre-Lavado

La Máquina de Lavar presidía la cocina –vieja– abandonada y amarillenta de moho. Adormecida durante casi los últimos seis meses – enviaba un lento llamado de agonía, surcando los miles de postes que atraviesan Inglaterra como una fila contigua de espantapájaros.
Cuando nos mudamos, Bárbara y yo nos admiramos de nuestra suerte al descubrir la Máquina de Lavar allí. Bastaba con darle un golpecito de dedo al agujero emparchado donde alguna vez había estado el encendido, y con un zumbido volvía a la vida. Para nosotros significaba no cargar ropa sucia hasta la lavandería, ni pagar casi cinco libras por bulto y tener que acarrear todo de vuelta a casa.
Por supuesto que La Máquina tenía sus motivos.
Yo y Bárbara limpiábamos juntos la casa. Con ella hasta limpiar era un placer. Yo la apoyaba por detrás cuando se agachaba para agarrar la botella de Odex y ella se reía, a veces jugaba a pegarme y después no besábamos. Recuerdo que miramos la luz gris e insípida que se filtraba por la ventana, brillando débil sobre el sarro gris incrustado alrededor de la pileta, las rajaduras grises en las baldosas, el moho en la repisa de la ventana y la pared color crema también agrisada.
Al menos, le dije, no tenemos ratoncitos grises para combinar con nuestro departamentito gris”
Algunas naricitas rosadas le darían un toque de color al ambiente”.
Yo lijaba el sarro de la canilla de agua fría. La Máquina de Lavar regurgitó en son de burla.
Bárbara me sugirió que redecorásemos. Me reí: “Seguro, con toda la plata que tenemos podríamos tapizar las paredes de oro”.
Ella se limitó a darse vuelta, salió al jardín y volvió con el primer narciso de primavera. Lo puso en un viejo frasco de mermelada y lo ubicó sobre la repisa de la ventana. El tenue destello gris del sol que se filtraba siempre en la cocina, se posó sobre la copa aflautada y se transformó en miles de rayos amarillos que brillaron como una sonrisa.
Más animados, empezamos a cargar la ropa sucia en la Máquina.
No mezcles lo blanco con ropa de color”, me retó ella.
La Máquina consumió vorazmente el tufo de mis zoquetes y las galas de segunda mano de Bárbara con toda indiferencia. Cerramos la puerta. Y a continuación, con la tarda inevitabilidad de una pesadilla, Bárbara hurgó con el dedo en el agujero. Tanteaba la tecla de metal que hacía funcionar la máquina. Así se completó el circuito catástrofe. Bárbara atravesó el cuarto al vuelo y se estrelló contra la pared opuesta. Yo corrí a ayudarla y alcé su cuerpo trémulo. La corriente me atravesó por completo en una última y desesperada comunión de almas mientras yo luchaba por salvarla.
¿Qué hacer? ¿Controlarle la respiración? ¿El pulso? Ya lo había practicado en la escuela, soplando aire en la boca de un muñeco de plástico enchastrado con los mocos del chico anterior. De ser un extraño, tal vez podría haber sido más frío, mantenido la calma. Habría recordado qué hacer. Hasta podría haber salvado a algún jubilado, pero a ella no la salvé. Lo único que pude hacer es golpearle el pecho desesperado y soplarle enloquecido aire en los pulmones como un Lobo Feroz desquiciado hasta que me desplomé, exhausto.
Satisfecha, la Máquina de Lavar comenzó el Ciclo de Lavado.

Remojo

Vino la ambulancia y se la llevó con las luces azules centellando y las sirenas respetuosamente mudas. No hacía falta apurarse. También vino la policía e hicieron preguntas y uno de ellos escribió mis respuestas balbuceantes en una libretita. Si la leyera ahora, probablemente no reconocería ninguna de las palabras anotadas. Pasaron los días. Yo no trabajaba, apenas comía, apenas si alguna vez pensaba. Recuerdo una vez cuando intenté leer, que las palabras bailaron sobre la hoja como un zoótropo de salvajes.
Y la Máquina esperaba.
La cocina se había transformado en un sitio solitario y desolado y pasó casi una semana hasta que me obligué a volver a entrar. Cuando finalmente lo hice, sentí que la Máquina de Lavar me observaba curiosa. Encendí la luz, llené la pava. La Máquina seguía aposentada. Agarré una bolsita de té usada que estaba sobre un platito junto a la pileta y la revoleé por el aire. Después puse otra en un jarrito flamante que había comprado Bárbara. La pava comenzó a lamentarse, silbando y escupiendo. El vapor se condensó sobre las ventanas y el cielorraso, y cayó goteando sobre las baldosas quebradas, marchitas, escuálidas. El narciso se pudría en el frasco de agua fétida.
Abrí la máquina y saqué la ropa maloliente de humedad y tiempo perdido. La Máquina empezó a gorgotear dulces promesas. Sentí la punción de la corriente pasando por el cuerpo agonizante de ella al entrar en mí en el éxtasis final. Hice la cinta aislante a un lado y metí un dedo mojado en el agujero de la tecla de encendido. Sentí la sacudida de la corriente atravesarme el cuerpo, arrojándome contra la otra pared. Se cortaron las luces en toda la calle. O al menos, todas las de mi cabeza. Abrí los ojos y vi como La Máquina desaparecía esfumándose en la bruma mágica de la pava. Me circundó una luz prismática y vi la imagen de Bárbara delineada sobre la luz. Ella se montó a horcajadas sobre mí y me sentí hundir dentro de ella, mientras se rozaba el cabello con placer.
Desperté desparramado contra el armario de la cocina. Mi cuerpo era un manojo de dolores varios. El agua hirviente se había consumido en la pava. Entonces advertí que el narciso se había erguido, soberbio y amarillo, en el viejo frasco de mermelada.
Así supe que no había tenido un sueño, sino una visión.

Lavado

La mañana siguiente vinieron dos hombres del Municipio y se llevaron la Máquina. Les dije que quería quedármela.
Es una puta trampa mortal”
La necesito”
Oiga, amigo, hay una lavandería a diez minutos de aquí”
Como si me importase un carajo de la lavandería. Traté de explicarles mi necesidad. La Necesidad.
Uno de ellos escribió el número de la oficina municipal en el reverso de una tarjeta ajada, rescatada del fondo del mameluco. Me dijo que llamara y lo solucionase con uno de los capos de la oficina. Se llevaron la Máquina sobre un montacargas con ruedas, la encerraron en la camioneta Ford Transit y se fueron.
Me quedé mirándola irse.
El número me comunicó con una secretaria telefónica y varias opciones; ninguna daba en la tecla. Cuando al fin encontré la opción para hablar con un ser humano, me entretuvieron con cuatro compases de caca pop estimulante, hasta que un mensaje grabado me aconsejó que volviera a llamar otro día. Miré bien la tarjeta, seguramente no era del municipio. La di vuelta.
Del otro lado tenía una imagen Victoriana lujuriosa. Aparentemente, nuestro hombre del municipio tenía apetitos bastante interesantes.
Se me ocurrió un plan. No necesitaba de la Máquina. Había otro recurso. Marqué el número y me respondió Celine.

Enjuague

Celine llegó a casa a las 11:27 de la mañana del lunes 18. Vestía un tapado largo y traía un abultado bolso negro de gimnasio. Tenía el pelo teñido de rubio y raíces marrones crecidas en la raya al medio. Probablemente la madre de alguien…
No te preocupes, tesoro. Siempre me visto así para las visitas a domicilio…
Se inclinó para susurrarme al oído – “Así los vecinos chismosos no se dan cuenta de nada”
Con un gesto le alcancé la plata del gas. Ya no necesitaba más el gas. No necesitaba más un montón de cosas.
Celine abrió el bolso y revolvió el contenido con todo tipo de parafernalia: vibradores, látigos, esposas, un disfraz de enfermera, un uniforme escolar, una máscara de cuero negro, un consolador con cincha, un ananá de plástico…..Nada de lo que yo quería. Finalmente encontró lo que buscaba.
Zarandeó una porra de electro shock como si fuese la varita mágica de un hada: “Lo que uno necesita siempre termina en el fondo del bolso ¿No? Me guiñó un ojo y yo le respondí con una sonrisa discreta.
La llevé arriba al dormitorio. Celine insistió en ponerse un disfraz y yo no quise herir su orgullo profesional. Bárbara me observaba desde un retrato enmarcado. Ella reía y le sonreía a un yo mismo diferente. Un yo mismo feliz. Íntegro. Sentí envidia y odio de ese hombre de la foto mientras me arrancaba la ropa.
Celine entró con sus formas groseras rebosando en las peores partes del látex que le comprimía las carnes. Comenzó a restregarse la porra por el cuerpo berreando como una mula sobrexcitada.
De rodillas, gusano, de rodillas ante mí, Celine, la Diosa del Dolor”
Miré la foto de Bárbara y después a Celine pensando que tendría que explicarle mi propósito.
Aunque dudaba de que ella entendiera o, más aun, le importaran mis deseos.
Oye, no soy un pervertido. Sólo quiero que me electrocutes el pene.”
Impertérrita, se encogió de hombros e insertó la porra con fuerza en mi entrepierna, descargando 6000 voltios en total. Celine se evaporó de inmediato y Bárbara apareció por sobre mí como un ángel sensual. Una vez leí en la Biblia que algunos ángeles cayeron por tener amor carnal con los mortales, pero el ángel posado en mi me elevó hacia sí. Dentro de su nexo de luz. La luz nos sostuvo, nos envolvió y nos colmó, completándonos. Ascendí para penetrarla. Subiendo y subiendo, entre gimoteos y aullidos de ella.
Ahh…Mi querida”.
La visión me expulsó. Me arrojó al cuarto con Celine mientras acababa, salpicándole el muslo gordo ceñido por el látex. Sentí asco. La bilis me subió por la garganta cuando la empujé a un costado y corrí al baño, intentado contener el vómito con las manos.

Desagote

La Máquina estaba arriba de una pila ahíta de basura y metal retorcido. La habían bautizado con diversos nombres, Baal, Moloch, Zanussi….reinaba sobre los desechos, ensalzada en su gloria. Al mirarla, me pareció que se agrandaba, un ídolo henchido de Las-Cosas-Despreciadas, blasfemando al Sol mismo por su sombra.
Subí el montículo corriendo, tropecé y caí, me puse de pie y corrí. Con la carne rasgada por infinitas ramas de metal dentado y escombros astillados, infinitas veces volví a caer y logré incorporarme con dificultad. La corrida comenzó caminando, luego arrastrándome, hasta que al final alcancé la cima y me postré ante la Máquina. Entonces llegamos a un acuerdo.

Centrifugado

Conseguí arrastrar la Máquina de vuelta a casa y la ubiqué en el centro de la cocina. Traje el televisor y lo destripé. Igual no habíamos pagado la licencia. Agarré la radio, la vieja PC, la videocasetera y la tostadora oxidada, las abrí y las conecté a la Máquina. Usé filamentos, tableros, hilos de cobre, acero y masa de silicio para fabricar una torre cruciforme. Utilicé todos los enchufes existentes y conduje cables a tierra hasta el corazón palpitante de la casa.
Contemplando el Monolito que había construido, comencé a cuestionarme mi salud mental. Parecía una grandiosa planta alienígena. El piso estaba cruzado por cables extendidos en todas las direcciones. Al centro reposaba lo que alguna vez había sido la Máquina de Lavar.
Ella me solicitó, cautivante, y supe que la puerta que nos separaba no se abriría hasta que el ciclo no se completara. Me quité sin prisa las ropas sucias y me metí dentro de la Máquina. Extendí los brazos hincándolos dentro de sus ramas. Ella me abarcó suavemente con sus fibras de medusa y comenzó a canturrear. Fui mi propio sacrificio.

Centrifugado Final

El mundo es una aureola de luz. Bárbara está parada frente a mí. Desnudos los dos. Con aroma a narciso y sin manchas. Nos acercamos el uno al otro. Nos tocamos. Nos abrazamos. Nos cobijamos. Los colores de ella fluyen dentro de mí y los míos dentro de ella.
Mientras el mundo gira lentamente. Siempre tan lento…

Fin del ciclo.


A DOMESTIC APOCALYPSE

Pre-Wash

The Washing Machine sat in the kitchen – old – abandoned and yellowing with mildew. It had lain dormant almost six-months – sending out a slow, throbbing call across the thousands of pylons that cross England like a linked row of wicker-men.
Barbara and me couldn’t believe our luck when we moved in and found the Washing Machine there. All it needed was a little poke in the crudely-bandaged hole where the on switch used to be, and it came whirring back to life. For us it meant no more lugging our dirty clothes down to the laundrette, no more paying nearly a fiver for each load and lugging the whole lot back.
The Machine of course had its own motives.
Me and Barbara were cleaning the house together. With her, even that was a pleasure. I’d press against her behind as she bent over to get a bottle of Ajax and she’d laugh, maybe strike out playfully, and we’d kiss. We looked around at the insipid grey light that shone feebly through the window; illuminating the grey limescale around the sink, the grey cracks in the floor tiles, the grey mildew on the windowsill and the greying magnolia paintwork.
At least” I said, “We don’t have little grey mice to go with our little grey flat.”
Little pink noses might add a dash of colour to the place.”
I scrubbed some limescale off the cold tap. The Washing Machine gurgled, mocking us.
Barbara suggested that we redecorate. “Yeah,” I laughed, “With all our money, let’s gild the place in gold.”
She just turned round, walked out into the garden and came back with one of the first daffodils of Spring. She placed it in an old jam-jar and sat it on the windowsill. The feeble grey glimmer of sunlight that usually slunk into the kitchen, struck that proud little trumpet and was transformed into a thousand yellow rays that beamed.
Invigorated we started stuffing our dirty laundry into the Machine.
Don’t mix whites and colours!” She chided.
The Machine, indifferent hungrily consumed my smelly socks and Barbara’s thrift shop finery. We shut the door. Then, with the slow inevitability of a nightmare, Barbara poked her finger in the hole. She probed for the metal lever that would set the Washing Machine in motion. The terrible circuit was complete. Barbara flew across the room and struck the opposite wall. I ran over to her and grabbed her quivering body. The current coursed through my body, one last desperate linking of souls, as I struggled to save her.
What was it? Check for breathing? Check for a pulse? I’d done it school, blowing air into the mouth of a plastic dummy still snotty from the last kid. Maybe if it’d been a stranger I’d have been cool, calm and collected. I would of remembered what to do. Maybe I could have saved some random pensioner, but I didn’t save her. I just pounded desperately at her chest and blew madly into her lungs like some demented Big Bad Wolf till I collapsed, exhausted.
Satisfied the Washing Machine began its Wash Cycle.

Soak

The ambulance came and took her away with its blue lights flashing and sirens politely silent. There was no need for them to hurry. The police came too and asked questions and one of them even wrote down my babbled responses in a notepad. If I read that notepad now I probably wouldn’t recognize any of the words in it. Days passed. I didn’t work, I hardly ate, hardly even thought. I remember trying once to read but the words just danced across the page like zoetrope savages.
And the Machine waited.
The kitchen had become a lonely, desolate place and it was almost a week before I finally forced myself to go back in there. When I finally did I could feel the Washing Machine watching me curiously. I turned on the light, filled the kettle. The Machine sat there. I took a used tea bag from a saucer by the sink and slung it. Then I placed another bag in a cheerful mug that Barbara had bought. The kettle began to whine, hissing and sputtering. Steam gathered on the windows and ceiling condensing and dripping down onto the squalid chipped and unlovely tiles. The daffodil lay rotting in a jar of fetid water.
I opened the machine and took out our clothes, which stank of damp and lost time. The Machine began to gurgle sweet promises to me. I could feel the tingle of the current that had passed from her dying body into mine in our final climax. I pushed aside the electrical tape and thrust my damp finger into the hole where the On switch used to be.
I felt a jolt and the current coursed through me. I was flung against the far wall. Every light on our street went out. Or at least, every light in my head. I opened my eyes and watched as the Washing Machine disappeared in the kettle’s fairy mist. Prismatic light surrounded me, and outlined in the light was Barbara. She was naked, and rainbows caressed her skin and played across her hair. She straddled me and I felt myself plunge into her as she tossed her hair in pleasure.
I awoke, sprawled against the kitchen cupboard. My body a mere collection of aches. The kettle had boiled dry. Then I looked and saw the daffodil, proud, yellow and erect in its old jam jar.
Then I knew that it had not been a dream – but a vision.

Wash

The next morning two men came from the council and took the Machine away. I told them I wanted to keep it.
It’s a bloody deathtrap.”
I need it”
Listen mate, there’s laundrette ten-minute walk from here.”
As if I bloody cared a about the laundrette. I tried to explain the need to them. The Necessity.
One of them wrote the number for Hackney council on the back of a crumbled card from the deepest recesses of his overalls. He said to ring them and sort it out with one of the big-wigs at the office. Then they wheeled the Machine out of the house, slammed it into the back of a Ford Transit, and left.
I watched as it drove away.
The number got me through to an electronic secretary and a variety of options, none of which quite fit the bill. I finally found the option to speak to a human and was treated to 4 bars of uplifting pop-shite until a recorded message told me to ring back another time. I looked at the piece of card in my hand. It definitely wasn’t something from the council. I turned it over. On the other side was a lurid Victorian Print. It seemed our man from the council had some rather interesting hobbies.
A plan formed in my mind. I didn’t need the Machine. There was another way. I dialed the number and Celine answered.

Rinse

Celine arrived at my house at 11:27 am, Monday the 18th. She was dressed in a long coat and carrying a bulging black sports bag. Her hair was bottle blond and traces of brown were growing out at her parting. Probably somebody’s mother…“Don’t worry love, I always dress like this for house calls.”
She bent over and whispered in my ear – “So as nosy neighbours don’t go taking notice.”
I gestured to her and handed her the gas money. I didn’t need gas anymore. I didn’t need a lot of things anymore.
Celine opened her bag and rummaged through an array of paraphernalia: vibrators, whips, hand-cuffs, a PVC nurse’s outfit, a school uniform, a black leather mask, a strap-on, a plastic pineapple… None of these things was what I wanted. Finally she found what she was looking for.
She waved the electro-shock baton at me like a fairy’s wand, “The thing you need always seems to end up right at the bottom of the bag doesn’t it.” She winked and I smiled politely.
I led her upstairs to the bedroom. Celine insisted in changing into one of her costumes and I didn’t want to damage her professional pride. Barbara looked out at me from a picture frame. She laughed and smiled with a very different me. A happy me. A whole me. I began to envy and hate the man in the photo as I tugged off my clothes.
Celine entered, her homely form bulging in all the wrong places from the tight fitting latex. She began to run the baton over her body groaning like an oversexed mule.
Kneel worm! Kneel before Celine the Goddess of Pain!”
I looked at the picture of Barbara and then to Celine thinking I might try to explain my plan. Though I doubted that she’d understand or even care about my aspirations.
Listen, I’m not some kind of pervert. I just want you to electrocute my penis.”
Unfazed, she shrugged and thrust the baton into my groin and discharged its 6000 Volts. Then Celine was gone, and above me was Barbara – a sensual angel. I read once in the Bible that some angels fell because of carnal love for mortals, but the angel straddling me pulled me up into her. Into her nexus of light. That light held us gently, surrounded us and filled us. I rose up into her. Rising and rising as she moaned and ululated.
“Ooh! There’s a dear.”
I was cast from vision. Cast down into the room with Celine as I came, spattering on her fat, latex clad thigh. I felt sick: Bile rose in my throat as I pushed her from me and ran to the bathroom, trying to hold in the vomit with my hands.

Drain

The Machine stood atop the bloated heap of junk and twisted metal. It had been known by many names: Baal, Moloch, Zanussi… It reigned above the scrap, basking in its own glory. As I looked, it seemed to grow yet larger, a bloated idol to The-Things-We-Disregard, blaspheming the very Sun its shadow.
I ran up the heap towards it, tripped and fell, stood up and ran. Countless times my flesh was cut by jagged metal branches and splintered shards of wreckage, countless times I fell and struggled to my feet. My run became first a walk, then a crawl, till finally I reached the summit and prostrated myself before the Machine. Our bargain was struck.

Spin

I somehow dragged the Washing Machine back to our home and placed it in the centre of the kitchen. Then I brought in the TV and gutted it. We hadn’t paid the license fee anyway. I took the radio, the antiquated PC, the VHS player and the rusty toaster. I took them, opened them and united them with the Machine. I formed tendrils, buttresses, weaving copper, steel and silicon flesh into a cruciform spire. I used every socket in the house and drove roots into the home’s throbbing heart.
Looking at the Monolith I had constructed I began to wonder about my health of mind. It resembled some great, alien plant. The floor was fit with cables running in every direction. At its centre lay what had once been the Washing Machine.
It beckoned me and I knew that the door separating us wouldn’t be opened until the cycle was complete. I slowly removed my dirty clothes and took my place in the Machine. I spread my arms out wide, thrusting them into its branches. Gently it wrapped its tendrils around me and began to hum. I was my sacrifice.

Final Spin

The world is a nimbus of light. Barbara stands before me. We are naked, Spring fresh and stain free. We approach each other. We touch. We embrace. We envelop. Her colours flow into mine and mine into hers
And the world turns slowly. Ever so slowly…

End Cycle