APÓCRIFA

Letras Anónima

Ojos del alma - collage VL

Ojos del alma | Collage VL


 

El Evangelio inscrito en el agua,

¿Cómo saber si la escritura instalada por el canon no es en verdad la apócrifa? ¿Cuántos siglos de contradicción nos han legado las paradojas escriturales dictadas por el genio del Espíritu?

Las lágrimas de una mujer en situación de luto siempre han sido tibias. Vertidas acaso como consolación de un alma escindida de su Otro perfecto, a la espera de que al alcanzar el corazón le templen el pecho hasta reanimarlo y volverlo a la vida. Rescatarlo del rescoldo del duelo para recuperar la memoria viva del amado.

Ella ha elegido la piedra más alta y riscosa del monte para no ser vista. Sabe que – de descubrirla – los soldados la acosarán hasta quebrarle el ánimo y la voluntad. Y ella le debe mucho más que eso a Él y a su recuerdo.

Ya tiene las palmas ultrajadas por el rigor de la roca. La tibia sangre vertiéndose hasta amalgamarse con las lágrimas ha obrado el milagro de una pequeña cascada de agua de rosas. Se siente extrañamente depurada por esa minúscula epifanía, como cobijada bajo el ala de un ave del paraíso.

Los cuervos sobrevuelan altaneros y minuciosos como detectives en la escena del crimen. Escudriñan los cadáveres desde lo alto, seleccionando con ojo avizor como un arma mortal, reconociendo dónde cavar el pico para mayor usufructo del ansia voraz. Y la ferocidad natural de la rapiña indicada por los elementos. Fuego, agua, aire, tierra. Obras de la divinidad en este planeta de seres menores de deleznable entendimiento e instintos asesinos.

Ya la tempestad ha azotado el cuerpo amado, lacerado por los abominables tormentos y el camino de la cruz hacia el calvario. Ya los maderos ceden a la humedad del torrente que inundó el monte y la ciudad toda después de que un cielo de plomo se partiera al medio con un rayo de fuego ígneo para dejar caer el diluvio. Ahora sólo resta esperar al anochecer genuino, la sempiterna caída del sol, después de haber vivenciado aquel provocado por la furia divina.

La mujer enviudada de hombre y alma recuesta ahora la cabeza, serena, contra la lija de la roca. Quiere observar ese cuerpo santificado por la pureza del amor y de la entrega. Quiere recordar cada tramo de esa piel curtida por los caminos y el propósito. Quiere resucitar su hombría, su olor, su aliento que siempre supo a vino y miel.

El costado lacerado abrió lugar a un vergel de intimidad. Por donde debía brotar sangre, sólo se precipitan destellos de luz encadenada en una vertiente de solaz y pureza. Nada de lo humano en su ser es sino motivo de asombro e inquietud. Es, al parecer, un cuerpo que purifica sus átomos en vez de descomponerlos.

Ella intenta asegurarse de que la visión no sea sólo un resplandor proveniente del ocaso. Los oblicuos rayos sanadores de un sol que busca el reposo. Pero no, al cambiar el ángulo de la mirada, la corporeidad envuelta en lo que parecen ser fibras de oro flotando hacia el horizonte infinito se acentúa. Entonces siente temor.

¿Acaso es sólo ahora que ella ha de comprender lo que este camino hacia la luz del Espíritu ha significado y significa? ¿Por qué está viendo ahora, donde la línea del horizonte se desvanece un púrpura y oro, el rostro de Él intacto, sonriente, con los ojos acariciándola hasta hacerla temblar, en un encuentro tan vívido que le sucede al momento mismo de percibirlo? ¿Se trata de una alucinación, un engaño de su psique poseída por la desolación, un deseo proyectado en la textura de los sueños?

Una ráfaga inusitada y tibia como la caricia de un sol en despedida le agita el manto y las vestiduras. Ella siente la tibieza circundarle el vientre. Siente la materia respondiendo al soplo divino de la creación. Se siente preñada de amor, de hombre y de hijo. Siente que nunca estuvo sola allí, orando. Y vuelve a rogar que el Dios de Él, que tanto aprendió a anhelar, exista.