ARGENTINA, 24 DE MARZO DE 1976, BOTAS EN LAS CALLES. Ayuda memoria.

Texto: Viviana LombardiBOOTS ON THE GROUND SHARP

El aire que respiramos, el pueblo mismo, el sumiso péndulo de la opresión forzosa del colonizado, todo confluyó rumbo al pliegue catástrofe de la tragedia. Deslizándose hacia el vórtice donde el salvajismo infrahumano se manifiesta en toda su potencia.
Una interrupción de la vida vivible, una instancia ominosa largamente prefigurada, una aseveración de la bestialidad del mal radical habían sobrevenido.

Algunos ya estaban al tanto, muchos de antemano, pero la mayoría sólo supo en esa madrugada fatídica que el cataclismo estaba sucediendo.
Pero, tal como lo sueñan los niños y los seres humanos con un corazón límpido,  muchos tuvimos la esperanza de que el desastre se impidiese. Y que un milagro activado por  utopistas prodigiosos acudiera al rescate en la hora cero del estrago.
El operativo fue la consecuencia natural en un continente donde la doctrina Monroe había prevalecido sustantivamente.
En un momento histórico cuando la Argentina era el único país en el Cono Sur con un gobierno elegido democráticamente. Éramos por entonces una amenaza para los amos del mundo que maquinan en la sombra.

Los Estados Unidos de América, un ‘imperio’ ahora asomándose a su inminente ruina, ha siempre sido no sólo brutal sino estratégicamente torpe, vulgar, mediocre en su política global; en una actitud típica de una sociedad ebria de hubris e ignorante del  descrédito que genera su historia intervencionista. Pero que también supo escoltarse por cómplices subyugados por sus cantos de sirena, cuyos gritos inhóspitos sólo declaran desprecio por la condición humana. 

Inmediata fue la presta secuela ideada por Henry Kissinger, con su recurrente ‘beso de la muerte’ dedicado a la América Latina rebelde al mandato siniestro del imperio. Una fórmula que se traduce en devenir en víctima vejada como un colgajo de carne, punible presa fácil del sojuzgamiento y tormento que el sadismo más extremo indique.
Una rutina grata en extremo a las ardientes pulsiones de quien como él –inefable tío Harry–incurre en perversiones sexuales encubiertas, cuando los juegos dedicados  a ser dios o a la adoración de macabras divinidades satánicas le conceden un momento. Y quien, como toda rata, deja una estela de deposiciones infectas de sus heces a lo largo de nuestro precioso continente. 

A continuación entraron en escena nuestros monstruos locales, los cipayos, quienes poco antes de la 1 de la madrugada–en el sigilo del alba, como todos los vendepatrias de poca monta sin un átomo de integridad en sus ADNs de malditos suelen hacer–detuvieron a la presidente a cargo, Estela Martínez de Perón, para transportarla en helicóptero a El Messidor, una residencia perteneciente a la gobernación de Neuquén.
La mujer, que había sido a su vez el títere de oscuras fuerzas rivales, fue quien– con el coeficiente intelectual de un huevo poché y el carisma de un zoquete agujereado–había sucedido al fallecido Presidente Juan Domingo Perón. 

Lo que debería de haber ocurrido era sólo esperar al final del mandato y deponerla por las urnas. Pero ése nunca fue el plan.
Los agentes del caos de turno hicieron lo de siempre; hipnotizar a una población mesmerizada por la mentira y proclive al engaño para crear la división social funcional a la eterna estratagema imperial de dividir para reinar.
Arcano método en el que el avieso tío Harry se había ya especializado hasta la sofisticación. 

Para Kissinger, la presencia militar armada hasta los dientes en todo rincón del país, las continuas redadas diurnas y nocturnas, mayormente en la fragilidad del alba, con el fin de intimidar y amenazar, avasallar físicamente, capturar o ejecutar a los militantes sumariamente, o a los opositores políticos, a los disidentes, a los cuadros armados de la guerrilla, y a los inocentes de trasgresión alguna, ampliándolas con atrocidades de tortura medieval, inspiraciones infernales aplicadas en celdas clandestinas dedicadas al tormento, encarnaban métodos severos pero efectivos para arrancar verdades de los labios de pueblos latinoamericanos.
Procedimientos usuales por parte de los Estados Unidos de América, con los cuales se han familiarizado muchos otros países del mundo.

De modo que, en este aniversario del golpe militar que impuso la barbarie extrema en la Argentina, quizás cabría conjeturar que aún existe una disyuntiva suplicante en la conciencia colectiva de nuestro pueblo.
Más aún cuando el país ha sido otra vez subyugado al sadomasoquismo del taxativo juego de amo y esclavo, gracias a la obsecuente colaboración del presidente en ejercicio, a su cretinismo y a su despótica amoralidad.
En una sociedad donde el discurso público, el contrato social y la preservación de la identidad nacional son acribillados por una constructo de idiocia deliberada; donde la incapacidad cognitiva del presidente Macri es instrumental a la perversa clandestinidad del poder.

Argentina es hoy un país nuevamente secuestrado por las sanguijuelas de la depredación que desangran su riqueza para perpetuar a criminales de lesa humanidad en sus cargos.
Agregando así daño colateral al escándalo del vaciamiento de nuestros valores como nación y como cultura, al hacer del discurso dominante una feria de vanidades, titilante de impertinencia y desdoro de la privacidad con la propagación de la chabacanería para consumo general. 
Tal es la herencia que la sociedad argentina actual recibe de su amo y señor, en una mimesis siniestra del patronazgo de los Estados Unidos, una nación política y ontológicamente corrompida hasta la médula.

A cuarenta y tres años del primer comunicado de la Junta militar que golpeó a todos los argentinos a las 3 y diez de la madrugada de aquel miércoles 24 de marzo de 1976, la oblicua sentencia de muerte ínsita en su texto aún resuena como un nefando kairós de nuestra historia.
El estado de sitio, la ley marcial, los toques de queda y las patrullas militares se hicieron parte de nuestra cotidianeidad, despojándola así de todo sentido de supervivencia.
Un atropello apocalíptico de arrestos masivos fue la conclusión lógica, cuando cientos de trabajadores, estudiantes, sindicalistas y activistas políticos eran secuestrados tanto en sus casas y lugares de trabajo como en las calles.

Este relato, tan sólo un precedente histórico más en este mundo contaminado de hipocresía mendaz, donde la justicia, la democracia y la verdad se redujeron a meras aspiraciones, de modo alguno intenta inducir a la conmiseración vana.
Es bien sabido que la batalla por la justicia implica la lucha permanente e inalienable para quienes aspiramos a la solidaridad, la equidad, la decencia y la honestidad como modo de vida.
A la vez que implica un ejercicio de auto interrogación por el cual nos cuestionamos si el olvido y el perdón se hacen posibles.
A fuer de absoluta verdad, todavía no encontramos la respuesta.

Para encontrarla tal vez haya que revisitar la Escuela de las Américas – nombre que ha mutado en Instituto de Seguridad y Cooperación para el Hemisferio Occidental –  organismo dedicado a la difusión de técnicas promotoras de democracia mediante  cursos especializados en la práctica de la tortura, donde militares de Latinoamérica toda participaban bajo la guía eficaz de efectivos de la CIA y el Mossad, acompañados de oficiales estadounidenses, quienes aplicaban sus destrezas en los cuerpos vivientes de personas capturadas en nuestros países.
Acaso cabría también consultar a las almas de los niños nonatos asesinados mediante tormentos infligidos en los úteros de sus madres, o de los adolescentes empalados hasta morir frente a sus familiares en las cámaras de tortura de nuestras cárceles.
Ciertamente ellos no gozaron del privilegio de madurar hasta preguntarse, como Hamlet, qué significa Ser humano.

 

Versión original en inglés