MI BAÚL DE LOS SENTIDOS

Letras Daniel de Cullá

Alcázar de Segovia nevado | Foto de archivo

Alcázar de Segovia nevado | Foto de archivo


 

Recorro la calle Real, de Segovia, ciudad de las más antiguas de España y que conserva el mismo nombre que tuvo en la época romana, haciendo el mismo camino que, cuando niño de once a quince años, recorrí arrastrando mi querido baúl con ropa de curilla, mudas, sábanas, una bolsa pequeña con utensilios de lavabo y una cajita con recuerdos míos. El colchón de lana de oveja para dormir le arrastraban mis padres, pues sólo allí, en el Seminario Conciliar, nos daban cama con somier, estudios de latines y griego, la Enciclopedia Pedagógica, y un Tratado del Bien Comportar.

El patio del Seminario da a la plaza del Azoguejo, junto al Acueducto romano, sobre el que hay una leyenda que fue perseguida por la Inquisición y por todos los meapilas del Trascoro de la Catedral, que dice que el Acueducto lo construyó el Diablo en una sola noche, después de haber estado sentado todo el día en una silla del coro del Parral haciéndose pajas e inspirando las Cantigas a Alfonso X el Sabio, hoy existente en el Museo Arqueológico Nacional.

El Azoguejo era parada de autobuses y lugar de encuentro de segovianos, ganaderos, labradores y tratantes de toda la provincia. Aquí, en esta plaza, yo escuche que: “No hay segoviano bueno y con gracejo, si un día a la semana no viene al Azoguejo”. Al Azoguejo desemboca la calle Real, que llega desde la Catedral, lugar de tránsito obligado por el espíritu comercial que le alumbró y continúa animando.

Traigo conmigo una cajita de recuerdos íntimos, La nostalgia anima lo vivo actual de mí. El Alcázar, la catedral gótica y las tantas iglesias románicas están ahí, con los mismos niños de siempre y las idénticas golondrinas que vuelan en torno a sus torres con miedo de entrar en los campanarios. “Sonaron campanas en una iglesia, le contestaron al poco tiempo las de la catedral”, como dice Pío Baroja en su Camino de Perfección.

Segovia sigue en el medievo, como todas las provincias de Castilla la Nueva y Castilla la Vieja. En sus piedras está inscrita mi vida de juventud. Aquí, entre las piedras del Seminario, “viví una vida celeste, de quietud y de visiones”, como Unamuno, en Salamanca, con sus “Andanzas y visiones españolas”. Aquí, la mística del sentido no era otra cosa que luchar contra las necesidades naturales de hacerse uno una paja y eyacular hasta el Sol, o hacérsela a otro. Luchar contra lo gratificante y lo bello de la Lujuria era la consigna de los hipócritas y embusteros curas y teólogos que nos guiaban y nos enseñaban a prescindir física y artísticamente del influjo v beneficio de nuestra naturaleza, cuando se sabía de buena tinta, que todos ellos ostentaban lascivia, libídine, y tenían excesiva afición a nosotros, niños, en el más amplio de sus sentidos.

Me siento muy cerca del Arco de la Fuencisla. Antes de abrir la cajita, pienso que no hay calidad de vida, aunque es relevante la ordenación ambiental de la Ciudad. Contemplo a las gentes y veo que seguimos igual. Nada ha cambiado en nuestro tamaño, en nuestro gusto. Nuestro aspecto y apariencia exterior es el mismo de siempre. Somos paletos, rústicos y campesinos de tomo y lomo, y el paisaje del campo se refleja en nuestros rostros y rasgos. El alimento del estómago es lo que nos anima y, a nuestro espíritu, el querer penetrar el sentido de las piedras, siendo nuestros ojos su fauna y flora. Y nada más.

Mi cajita conserva el espíritu de Segovia, mi sello y originalidad. Ya abandoné la Segovia mística con sus murallas y sus cubos sobre las que eyaculé, dejando los factores éticos y religiosos que forman parte del constructor de su acueducto, el Diablo. Es este un bien precioso del que os voy a hacer partícipes. La abro. Lo primero que saco son unos libros, lo que más ocupa: Un librito de “Sade Ilustrado” con grabados, de autor anónimo; “La Celestina, de F. de Rojas; Un librito de “La Masturbación Liberada”, de autor anónimo; “Letrillas de los Poetas”, de la Editorial Prometeo, de Valencia; “Bilan” Textos sobre la revolución española 1936-1938”, de Etcétera; y “Guía Internacional de la Edad de Acuario”(Guida Internazionale dell’ Eta’ dell’Acquario, Bresci Editore- Torino- Italia), guía por el hombre nuevo que, consciente o inconscientemente, trabaja por un Mundo mejor, sustentado en la filosofía oriental, el esoterismo, la parapsicología, el ocultismo, la medicina alternativa, la agricultura biodinámica, la alimentación naturista, el yoga, que pone de relieve la importancia del desarrollo emocional y físico del individuo, ligado a su entorno y su incidencia en el paisaje, percibiendo lo bello al estilo de san Juan de la Cruz cuando canta a los bosques y espesuras, a los prados de verduras de flores esmaltados, donde, en su apartado de Cultura Alternativa aparece reseñada mi publicación underground “Hoja Muerta”, de poesía, narrativa y dibujos.

El ideal nunca se alcanza por un “yo no sé por qué”, digo; y sigo: Aquí saco un pastillero de plata con el sol azteca en su centro; maravillosa ciudad que miraba al Sol hasta que llegaron los conquistadores españoles llenándoles de oscuridad, muerte y violación, penetrando su espíritu con el embuste y la mentira de la falsa fe; un dedal de cerámica, con la inscripción “Dublín, Irlanda”, que me regaló una dublinesa sacada de “Los Dublineses”, de James Joyce, con quien tuve relaciones porno eróticas, y que me supo a nada. Su sexo y zonas de silencio estaban llenas de lo mismo y de neblina asmática ; una cuchilla de afeitar de plata, recordatorio de mi primer afeitado, después de que en la huerta familiar, con otros amigos, nos hiciéramos unas cuantas pajas para ver cuál de las eyaculaciones traspasaba la tapia; una tortuga chiquita de cerámica, con la cara de Buda, con un agujero en el centro de su concha para poner un palillo de quemar incienso y soñar con la disciplina y doctrina Yoga de Maha Parihalar Yogananda, y alcanzar la suprema Felicidad; una cajita de plástico duro transparente, con un juego de ingenio dentro para intentar colocar unas bolitas de acero en unos cubitos de plástico rosa; una berenjena de plástico con una pollita dentro, y una coplilla como esas que llevan los papelitos de envolver los caramelos de la Virgen del Pilar, en Zaragoza, así recopilada: “Poeta, que a recitar vienes a la entrepierna de esta dama, levanta un poco más el Pijo que está muy lejos la cama. Amor, ya viene tu segador a segar en tu húmedo secano, a beber agua del Chisme todo lleno de calostros bien amados”; un frasquito de cristal con etiqueta “Monobromnaphtholin, de Carl Zeiss/Jena, de 1,65 cms. , con una gota de sangre, ya seca, de la primera menstruación de mi novia amiga Maricruz, cuando éramos pequeños en Cañete, de Cuenca, quien me la dio en una caseta medio derruida en las eras; una televisión de juguete de 2 x 2.6 cms., para ver chicas desnudas figuradas en una rueda (era mayo cuando me la regalaron, mayo bienvenido sea, pues nada más verlas, por el camino erecto del sentido, por su lujuriosa vereda me froté el pene enredando todos mis dedos en esperma); una ranita saltarina, que se me pareció, y por eso la compré, al Chichi de Loreto, otra novia mía, mostrándome su bajo frente, su frente de amor y de guerra donde el rey Cupido jura bandera); un coñito saltarín y una pollita saltarina, para que una vez leído un texto obligado del Quijote para niños, servirme de la santa metáfora de estos dos artilugios que son metáfora del campo doméstico de la santa jodienda; una armónica peneal de plástico para esa, de mi chica, su boquita, sus dientes de marfil, labios de coral o ese bello serafín que sobre un ojo duerme entre dos carrillos como dos manzanas, ¡quién comiera de ella, fruta tan temprana¡ y tocar las folias de mayo cerca de la cama; un termómetro para medir los grados de calor en el ano, sobre todo cuando ha sido uno arriñonado en la noche del pastor, o señor cura del badajo; un reloj “Thermidor” (que me recuerda el undécimo mes del calendario de los revolucionarios franceses, que comienza el 19 de Julio y acaba el 17 de Agosto), de 17 rubíes, para decirle las horas al sol y a la luna de echarle un mayo a mi amada entre flores de romero, y yo diciéndole: “La huella de la Naturaleza sobre la mujer es la de la penetración”; y, por último, una muñequita hinchable de bolsillo, de 66 cms., para sentir el sexo cotidiano, el de todos los días, el que hacían los trogloditas de ayer y de hoy, cuando sus mujeres pasaban de ellos y tenían que hacerlo con las ovejas, las cabras o la burra, o contra un viejo chopo, como Tarzán con la mona Chita.

La gran Ciudad me llama, me agarra, me levanta del asiento, y, de la mano, no sin antes cerrar la caja, me lleva a la casa de Antonio Machado. Por el camino hacia la casa, veo carteles que dicen “Vota a Caca, nombre infantil de la mierda, o a Caco, patrono de los ladrones”. La urbe vive en un error tradicional; la nueva Segovia tiende a crecer más rápidamente que la población. El turismo es la demanda de todos los excrementos y frustraciones que representa el Urbanismo. “El paisaje del ingeniero”, como decía Jackson, es la insidiosa filosofía de la ciudad o ciudades del porvenir y devenir.

Me paro, antes de entrar en el patio florido de la casa de Machado, muy cerca de la Catedral, y admiro cómo los gorriones quitan el alpiste a las palomas. A derecho del suelo veo como una a lagartija. Me agacho, y no, no es una lagartija; es un crucifijo imitando al de la marquesa de Lozoya, que se encuentra en la Catedral. Le dejo sobre un poyete, porque no es mío.