CINTAS MAGNÉTICAS

Letras Mario Flecha

Olivia Flecha para Cintas Magnéticas de Mario Flecha

Diseño Olivia Flecha


I

Perón (severo): Mirá, pibe, ya me tenés las bolas llenas con las naranjas. Déjalas en el suelo, que nadie te las va a robar…
Solanas: No se enoje, general. Si usted se enoja, es un escándalo.
Getino (débilmente): Rodamos, por favor…
(Hay una pausa de silencio, interrumpida por el ruido de una bolsa de nylon.)
Perón: ¿Qué te dije de las naranjas esas, pibe?

 

II

La atmósfera política de Buenos Aires se alimentaba de una certeza surrealista en la década de los años setenta.

Juan Luis y yo manteníamos una amistad conflictiva, que resumíamos sobre el paño de una mesa de billar.

La brisa de la primavera soplaba con languidez en las tardes de Barracas. Los vagos y los otros nos reuníamos en el bar Sultán en la esquina de la avenida Montes de Oca y la calle Iriarte. El edificio era un enorme rectángulo de baldosas gastadas. Tenía tres entradas y ventanas a la calle, desde donde se podía ver el interior del bar.

A la izquierda de la puerta que daba a la calle Iriarte había dos mesas de billar de carambolas. En el medio del bar, ventiladores de aspas de madera colgados en el techo giraban incansablemente.

Había mesas y sillas distribuidas alrededor del local, al fondo una barra de estaño y bronce establecía el límite preciso donde el mundo se bifurcaba en dos realidades, la de los gallegos que soñaban con Galicia y la de los porteños que divagaban sobre los bosteros.

Las mesas de billar eran el centro de atención del bar. Solíamos ver jugar a don Carmelo, un paraguayo grandote que usaba el taco de billar con estilo, con la zurda hacia el puente corriente, que consistía en hacer un cerrojo con los dedos índice y medio mientras con la mano derecha dirigía el taco.

Boquiabiertos, veíamos rodar la bola que iba de banda en banda, esperábamos el instante en que la velocidad se redujese hasta golpear suavemente las otras dos haciendo carambola.

Él y el Gordo Ladaga eran nuestros héroes.

Cuando ellos jugaban se apagaban las palabras. En silencio apostábamos algunos pesos que poníamos en un vaso y que ellos se repartían.

Yo vivía de casa al trabajo, del trabajo al bar y del bar a casa.

El sol derretía el asfalto de las calles mientras yo viajaba en colectivo. El chofer frenó en la parada de la avenida Montes de Oca y Río Cuarto y yo me lancé hacia la acera, pero, impulsado por la inercia del movimiento, terminé abrazado a un árbol.

Una vez en la puerta de calle de mi departamento, hundí la mano en mi bolsillo buscando el manojo de llaves. En ese instante noté que había un tipo parado frente a la puerta. El sol le iluminaba la estrella federal abrochada en el ojal de su solapa; su reflejo contrastaba con la opacidad de sus ropas. Policía de civil”, pensé.

Quise correr en cualquier dirección, pero ya era tarde. Vi que, además de parecer un policía, tenía todo lo que las caras de los policías suelen tener: dos orejas, un par de ojos, un par de cejas, una boca, mejillas y la soberbia de quien sospecha que tiene control sobre los otros.

Se identificó de manera fugaz y sacó una tarjeta que simultáneamente escondió.
Pibe, la patria te llama, tenés que ayudar —dijo.
¿Cómo? —contesté.
El general Perón grabó esta cinta en Puerta de Hierro y necesito que se la entregues a nuestros compañeros.
Comí saliva del susto. ¿Perón? ¿Cintas? ¿Compañeros? ¿Barracas?
Apartándose de la puerta, estiró su brazo hacia mí pasándome un paquete.
Son cosas del viejo sobre la doctrina revolucionaria del justicialismo. Pronto te aviso a dónde y a quién debes entregarla —me dijo mientras esquivaba a Reno, el panadero italiano.

Ya en la cocina, dejé el bulto envuelto en papel de diario sobre la mesa mientras preparaba un café. Comencé a deshojarlo como si fueran margaritas.

Me quiere, no me quiere —improvisé—. Será una cinta o cualquier otra cosa —repetía a cada pliegue que abría, hasta que allí, frente a mí, apareció una cinta magnetofónica. Al verla, deduje que solo tendría grabados unos minutos.

Esta mierda me puede cambiar la vida. Perón existe pero no existe. El gobierno prohibió sus fotos, sus palabras y sus ideas.”

En los mentideros porteños se murmuraba acerca de cintas secretas que circulaban ilegalmente por Buenos Aires.

Después de dos semanas sin noticias del hombre de la estrella federal, empecé a preocuparme por el silencio y las consecuencias que podría tener, hasta que decidí compartir mi impaciencia.

Llamé por teléfono a mi amigo.
Juan Luis, necesito verte urgentemente, trae un grabador, nos vemos en el Sultán. Después te cuento.
Fui a esperarlo al bar. Cuando Juan Luis entró al Sultán, se acercó a mí y me preguntó en tono sarcástico:
¿Qué te pasa?
Lo agarré del brazo y fuimos a sentarnos lejos de los parroquianos frente a la ventana que da a la avenida Montes de Oca y le pedimos dos cafés al mozo.
Le conté:
Yo venía del centro. Cuando baje del colectivo, había un tipo esperándome en la puerta de mi departamento que me entregó una cinta que, según él, era del general Perón para entregársela a los compañeros justicialistas.
Juan Luis pensó que lo estaba cargando.
No jodas —me dijo.
Es cierto, tengo la cinta en mi bolsillo.
Estás loco.
Me quema la pierna.
¿Entonces qué?
No sé.
Es peligroso andar con una cinta secreta por la calle quemándote los pantalones.
Tan peligroso como dejarla en mi piso.

Juan Luis se quedó en silencio mirando los coches avanzar por la avenida Montes de Oca, los seguía con su mirada hasta que desaparecían.

¿Qué hacés?
Cuento los coches que pasan.
¿Qué?
Cuento a los autos mientras pienso.
¿Qué pensás?
Que estás jodido. ¿Nunca te dijo tu vieja que no aceptes regalos de desconocidos? Vos te quedás con un barullo en la cabeza sin entender qué hacer y yo no te puedo ayudar porque tampoco sé qué inventar.
¡Bueh! No inventes nada, ¿sabés algo de las grabaciones?
No mucho, creo que el general va a tener problemas de distribución, aunque tal vez ya se decidió por el correo a la griega —dijo Juan Luis con sorna.
¿Correo a la griega?
Sí, modelo de Filípedes, el mensajero que corrió de la batalla de Maratón, en Persia, hasta Atenas.
¿Entonces, qué? ¿El viejo me mandó este facho de Madrid a Buenos Aires corriendo la maratón sobre el océano sin detenerse?
Bueno, literalmente no. Yo lo llamaría maratón hormiga: el general, o quizás López Rega, le pasa la cinta magnetofónica a alguien en Madrid, que se la pasa a otro alguien en el medio del Atlántico, que se la pasa a otro en Buenos Aires, como si tuvieran una papa caliente entre las manos y nadie quisiera tenerla por mucho tiempo, así hasta que llega al destinatario dentro del movimiento peronista, que la escucha y luego la destruye.
¿Y yo de qué la juego?
Vos, de hormiga. Traje el grabador, podemos escucharla.
No, preferiría no enterarme, los únicos valientes son los ignorantes.
Juan Luis seguía concentrándose, esta vez revolvía el azúcar dentro del café.
Imaginate las palabras del general envasadas en una lata de anchoas, vos sabés que adentro hay palabras con olor a anchoas, pero nada más, ¿qué significan?, ¿a quién están dirigidas? ¡Nada! Uno entiende que fueron encerradas en Madrid y ahora se pasean en Buenos Aires igual a las anchoas de La Escala, que fueron pescadas en el Mediterráneo y las venden los gallegos de los almacenes en Barracas.
La comparación de las palabras con las anchoas no tiene mucho sentido y no me ayuda, debo esperar a que llame el mazorquero.
No, no, ya sé, compramos varias cintas, las grabamos y las vendemos a las distintas corrientes del movimiento peronista.
¿A quién?
A los dirigentes del movimiento peronista, que estarán interesados en escuchar las palabras de su jefe.
¡Guau, que sos ingenioso!
Por primera vez en estas dos semanas no pude detener las carcajadas. Mientras mi risa quedaba suspendida en el aire, un grupo de unos ocho hombres armados entraron al bar.
Muchachos, quédense donde están, sigan haciendo lo que están haciendo, nadie sale de aquí ni nadie entra, ¿está claro? Carajo. Clausuramos este establo —dijo uno de ellos.
Que ninguno se haga el boludo porque lo bajamos —gritó otro.

Estaban por allanar un edificio en la cuadra porque habían descubierto una célula de guerrilleros. Se paseaban interrogando a los parroquianos que se habían reunido alrededor de las mesas de billar donde estaban jugando el Gordo Ladaga y el paraguayo contra el Bota y un desconocido.

Se acercaron a nuestra mesa y nos dijeron:
Vamo, pibes, vamo, pongan todo lo que tienen en los bolsillos sobre la mesa.
Yo mantuve la cinta oculta.
Documento, documento —repitió.
Levantó mi cédula de identidad y me preguntó:
¿Cómo sé que sos vos? Decime el número.
Cinco millones ochocientos ochenta y tres mil doscientos sesenta y siente —contesté.
¿Vos qué, sacaste a pasear el grabador? —le preguntaron a Juan Luis.
Nos miraron con desprecio.
Nosotros haciendo patria arriesgando el pellejo y ustedes tomando café, pendejos —dijo uno de ellos mientras que otro levantó el dinero que habíamos puesto sobre la mesa y, guiñándonos un ojo, se lo guardó en su bolsillo.
Botín de guerra —nos dijo.
Mientras se alejaban, sentí el calor húmedo de pis que corría entre mis piernas. Todavía estaba temblando cuando estalló un desconcierto imprevisto.
Alrededor de las mesas de billar, el público estaba en silencio mirando el partido, ignorando lo que estaba pasando a su alrededor. Hasta que el Bota, con la cara desencajada, tuvo un ataque de furia y rompió el taco porque pifió el tiro y la bola salió disparada sin rumbo, dando lugar a que el Gordo Ladaga y el paraguayo ganaran.

A la ira irracional del Bota la siguió un delirio de aplausos, risas y gritos, el murmullo se transformó en caos.

Nerviosos, los hombres armados comenzaron a disparar al techo.
Silencio, carajo.
Juan Luis y yo aprovechamos para escabullirnos.
Cerramos la puerta de mi piso detrás de nosotros y, apoyados de espaldas contra ella, suspiramos aliviados.
Vos y tu puta grabación —me reprochó Juan Luis.
Escuchémosla.

Colocamos la cinta en el grabador y después de un breve silencio oímos la voz del general Perón con la poca curiosidad que el miedo nos permitía.

(Ruido blanco)
Solanas: Eh, loco, qué carácter podrido que tiene el viejo…
Getino: Pero… ¡tiene razón en irse! ¿Cómo se te ocurre preguntarle si podías dejar las naranjas en la heladera?
Solanas: ¿Y si no me las puedo llevar al hotel, Octavio?
Getino: Mirá, Pino, ¿por qué no te vas a pasear por Madrid y termino yo esto con Perón?
Solanas: Y la verdad es que está bastante aburrido esto. Me voy a París, que me gusta más. ¿Te encargo las naranjas, Octavio?
(Fin)
Se equivocaron de cinta —dijo Juan Luis riéndose.
Por esta boludez me oriné encima.

Cintas grabadas que registran el audio de las conversaciones entre Pino Solanas, Octavio Getino y el general Perón en Puerta de Hierro, durante la filmación de los documentales Perón y la revolución justicialista y Actualización política y doctrinaria para la toma del poder, realizados entre junio y octubre de 1971.

Comentarios

  1. Mario Flecha dice:

    Os contos de Mario são sempre envolventes, trazem a quem lê para dentro da história, muito próximo aos personagens, o que sentem e pensam, uma viagem pelas mãos da empatia.