CITA A CIEGAS

Letras Editorial

LIBERTY MOURNING HANDALA

LIBERTY MOURNING HANDALA


En este especial de la VIII Bienal de Jafre exponemos las obras presentadas en el evento. En la corriente y siguiente presentación comenzaremos con la aportación de AZAhAR literario.

Presentación de Viviana Lombardi | VIII Bienal de Jafre.

Dedicado a las almas inocentes que nos visitan en el sueño.

Si la justicia perece, la vida humana en la Tierra pierde todo sentido.”
Emmanuel Kant

El miedo es de uno mismo. El terror, de todos. Pues estará por siempre inscrito en las partículas de toda célula que transite la existencia. En cada psique individual que se amalgame en conciencia colectiva. La de todos. La de los que elegimos mirar y verlo. La de aquéllos que lo negamos en un rito de exorcismo de la idiosincracia; el que nos arroja al círculo candente del auto exterminio. A la compulsión de constituirse en monstruo de la indiferencia.

El terror es metonímico. Cada parte expresa y constituye el todo. Es un torrente invisible de infamia atroz que nos captura en la escoria cósmica. Con una marca ígnea que nada lavará. La indeleble fauna cadavérica que acarreamos desde la protohistoria. La satánica estigmata a la que todos respondemos, aún al ignorarla. Acaso, mucho más al ignorarla. Nacida del abismo sin lecho donde la historia del opresor y el oprimido se resuma. Portal de la danza macabra donde los huesos de las víctimas engrosan la memoria hasta obturarla. Y los de los victimarios se hacen polvo envenenado de condena eterna.

Cuando los muertos regresen a reclamar la deuda, algunos de ellos sólo exigirán silencio. Evitarán resarcirse de la ferocidad del otro, ése que decidió ejecutarlo en la emboscada, rodeando una esquina para asaltarle la inocencia. O aquél que le apuntó con mira telescópica, jugando con los camaradas de la tribu bestial al tiro al blanco, con sus amigos de la escuela como presa. O el que le incendió la carne viva de esperanza para aplacarse el odio. Invocando ira divina para crucificarlo entre las llamas. Pero ellos callarán. Porque lo infrahumano jamás aclara ni resuelve nada.

Atrás quedarán el llanto quedo de las bocas sin respuestas abriéndose abisales a lo inexplicable o el grito desgarrado de las madres. La orgía del caníbal concluída, sólo resta el espectáculo espectral en la memoria. Sólo queda la infamia sobrevolando los despojos. Como nefanda ave negra presagiando más promesas de infortunio. Un augur sólo capaz de anhelar y codiciar carroña. Ojalá entonces la humanidad entera renuncie a encarnizarse en el secreto.

El terror somos todos. Los que miramos y los que le damos la espalda a lo innombrable cruento. Todos, sin excepción. Porque el llamarnos humanos responsabiliza. No por quiénes somos, sino por el crimen cometido y el coraje obviado. Es para todos igual; el que reclama y el que calla. Queda anulado el trono de las conciencias justas y las almas benévolas mientras esto suceda sin unirnos en un clamor que radiactivice el espacio sideral. Descuartizando las gargantas para que el bramido detenga la máquina de aterrorizar. Para que los inocentes sepan de nuestra constante vigilia del martirio. Para que las víctimas no sean mercancía de descarte abandonadas en lechos de piedra.

Mientras el hálito aún electrice la existencia, y marchemos hacia un horizonte que se extiende al paso, como una comparsa fantasmática saturada de oprobio, será mejor guardar silencio. Acompañando a los que se elevan de las tumbas para cerrar el ciclo abierto, para escrutarnos sin un parpadeo. Porque vendrán a encontrarse dentro de nosotros. A rescatar el alma viva alojándose en las nuestras, meciéndose en la entraña como recién nacidos buscando cobijo en el calor humano. En el incodicional amor al prójimo que nos hace libres de la muerte eterna.

Quizás sólo entonces hemos de encontrarnos a nosotros mismos. En la vivencia de almas acarreando el pesar de todos los martirios. En la legión de seres trascendiendo unidos las marcas del terror. Allí, en el más allá de Tánatos, donde la inmanencia se hace luz de oro. Donde las voces se entrelazan en un rezo de la esencia hermanada en sutileza del Ser único. En el templo de la razón de ser de la conciencia. Cuna del único renacimiento válido. El de la verdad sin tregua.

Acaso entonces, alguien se anime a darnos la bienvenida a Palestina, hoy. A los cien años de la pérfida catástrofe infernal por infrahumana que el mundo entero eligió negar. A la que sólo le hemos ofrecido un frío de estatua con los ojos huecos. Vaciados de toda luz de compasión; reflejo de almas deshabitadas de nobleza. Esa habrá de ser entonces, una cita a ciegas. Donde el ardor de la tristeza acaso reviva al volcán dormido en la prisión de la mentira. Y abra los ojos al horror aprisionado en la ceguera.

Tal vez entonces algún ángel caído en este mundo de cristal que se atomiza en el giro de las horas, me ofrende la ansiada epifanía. Y yo podré retribuirle mi culpa de abandono en un poema. Desbarrancado en un alud que conjure el sufrimiento en esta tierra.

¿Cómo medir el pánico de un ángel desangrándose entre bárbaros? ¿Con el corazón pulverizado en nieve? ¿Con las manos estériles sangradas de impotencia?

¿Cómo se le explica a un mártir que su verdugo ejerce la prerrogativa de la muerte para matar a la bestia voraz que le horada la entraña como lava hirviente? Y aún así ¿Se puede esperar que lo comprenda?

Si sucede, será cuando el soplo pertinaz de la justicia avasallada encuentre un rumbo abierto en la compasión humana.

Si eso sucede, voces silenciadas en una masacre de crueldad dantesta, desde la caverna de nuestras gargantas, podrán dar a luz a una verdad nueva.