COLUMNA VERTEBRAL: EL DOLOR DE YA NO SER

Texto Viviana Lombardi

Ahora solo en la pendiente
Solitario y ya vencido
Yo me quiero confesar
Si crucé por los caminos
Como un paria que el destino
Se empeñó en deshacer
Si fui flojo, si fui ciego
Sólo quiero que hoy comprendan
El valor que representa el coraje de volver
Alfredo Le Pera – Carlos Gardel

 

En un mundo que se nos presenta como un sumatoria de excesos, resulta difícil existir como sujeto de la historia.
Y mucho más arduo aún preservar nuestra relación y avenencia con la ALTERIDAD, ese OTRO tan temido – por deseado – aquel que en tiempos anteriores a la pandemia de la ‘posverdad’ se constituía a la vez en espejo y contraste, en rivalidad y semejanza.

La afinidad, o su falta, en vivencias anteriores se organizaba como límite y aprendizaje, como obstáculo y caso testigo. Era un borde donde apoyarse, un resguardo en las alturas para no caer al vacío sin haber escrutado la condición humana. Y a priori, la nuestra.

Tan lejos estamos del ‘demasiado humano’ nietzscheano que ya ni siquiera aspiramos a sostenernos en la relación inmediata que nos ofrece la agonizante estructura social conocida como ‘familia’.
Tuvimos que despedirnos, gota a gota, como quien yace en terapia intensiva, de arcanos paradigmas de los vínculos relacionales, inspiradores del intercambio afectivo, tanto a nivel personal como social.

Con lo cual se ha pasado de la a menudo dolorosa forma de relación entre individuos – seres que se autoreconocen como sujetos con espíritu capaz de ejercer el pensamiento crítico – a la aceptación de la masa informe que produce la negación del OTRO.
Y en ese ejercicio de negación – camino directo a la deshumanización consentida – se abre la caja de Pandora de todas las calamidades.

Como nos advirtiera Jean Baudrillard en su obra La transparencia del mal, la estrategia para eludir el infierno del Otro que nuestra época ha ideado consiste en suprimir las diferencias, en proponer un ser humano que se repite por simple duplicación clónica.
Ni hijo, ni gemelo, ni reflejo narcisista, el clon es la materialización del doble por vía genética, es decir, la abolición de cualquier alteridad y de cualquier imaginario”.

Como resultante, para aliviar el vacío generado por la falta, en el plano imaginario se componen siniestros monstruos apocalípticos.
Históricamente, el horror vacui ha marcado en los reverentes a ciegas del poder dominante una impronta de pavor humano no fácil de erradicar.
Y en la sinrazón de un mundo – tal vez convendría resumirlo como realidad perceptible – donde se nos propone la indiferenciación mientras se clama por identidad, la negligencia mientras se clama por solidaridad, la indiferencia mientras se demanda justicia, no hay lugar para propósitos humanitarios del ego.
Sólo cabe despertar y aceptar el claroscuro que nos muestra el único precipitado del athanor que hemos conseguido: un escenario transhumano, transexual, transpolítico y transfigurado en un simulacro telemático, donde la pantalla nos devuelve hologramas huecos del mundo y de nosotros mismos.

Entran así sin dificultad alguna, en este mundo donde ‘todo es escena’, jinetes y corceles, míticos o materializados,  para arrasar con lo que quede – si hubiere resabio alguno todavía – del sentido.
Ya ese último convertido en un arcaico espejismo ausente con aviso: con la significación reducida a la clonación obsesiva de dogmas adoctrinadores para mantenernos bien tibios y cercados por la incubadora hipnótica de la ‘cultura’, lo natural es que lo que llamábamos sentido se haya momificado.

Desde ese mismo registro imaginario, donde terminaremos escindidos por la devastadora desilusión del deterioro, intentaremos algún heroico itinerario hacia los arquetipos yacientes en terapia intensiva.
Para sólo lograr resucitar antiguas máscaras de la reversibilidad, personas en las cuales depositar el espectro del arquetipo para huirle al tsunami desestabilizador que marca nuestra estadía en la historia presente.
He así oído hablar de una ‘construcción contra hegemónica’ para aventar al fantasma de la extrema derecha habitada por los vampiros insaciables llamados ‘neoconservadores’.
Pero como toda iniciativa ‘revolucionaria’ o ‘contra revolucionaria’ transitará las inexorables fases de deseo, consumación, consumo, desencanto y olvido que padecen los fenómenos sociales actuales.
La épica ha sido cancelada en este segmento de la Historia – proscrita por demasiado humana.

La Épica es la única forma posible de amalgamar la Ética y la Estética en comunión sagrada.
En un Parnaso redivivo donde el cuerpo cobija un alma y la consiente como a una niña para elevarla hasta unirla a su espíritu primigenio.
Por eso, el mundo actual de depredadores clónicos aborrece a la Épica como al acto más sublime de emancipación.
Y la respuesta brutal de los homínidos a la amenaza será, inexorablemente, la fuerza bruta.

Cabría preguntarse si hay, en tal laberinto de indiferenciación obscena que es el real actual, alguna clave de liberación.
Si estamos, en definitiva, condenados a rendirnos aceptando los tormentos físicos y metafísicos que se nos prometen.
Si – como Prometeo encadenado – dejaremos comernos las entrañas por la rapiña del águila imperial, sin siquiera indagar la historia de Prometeo liberado.
En tiempos en que la malignidad de la Sombra intenta aniquilar a la raza a hierro y fuego, sirviéndose de la violencia de Hefestos presente en todos los idiotas útiles al poder oculto, acaso la única dignidad posible sea la del guerrero que empuña su propio hierro para ganarse el oro de la trasmutación alquímica al Espíritu.
La única honra que nos devuelva a nuestra humanidad rediviva, arrebatándoles la llama del Olimpo a los personeros de la esclavización.

La desmesura nos inclina a pensarnos en contexto.
La mítica Titanomaquia ya dio cuenta de la avidez codiciosa de los poderosos que pone al universo en jaque, hasta que encuentran la medida de su derrota.

Templando el concepto a nivel del acontecer cotidiano, no faltan ejemplos de épica catalizada en heroísmo sobrehumano como lo que sucede, por ejemplo, en Palestina.
Donde se combate a la alienación con resistencia, y a la injusticia con el coraje de quienes luchan por su liberación hasta la consecuencia última.
Pero cabe pensar que acaso se trate del caso testigo conclusivo de integridad humana ante la violencia del mal absoluto del estado terrorista que los oprime.
Pedir réplica a tal epopeya de bravura tal vez signifique caer en un voluntarismo forzado.

Porque el sistema nos ofrece un desorden metastásico donde se ha perdido todo registro simbólico, o lo que es peor, se lo ha atomizado como partes holográficas de un concepto unívoco, a su vez virtualizado en las redes por la ciberciencia, donde en breve lapso caerá pisoteado bajo la saciedad.
La Red, como la Nube, se han inventado precisamente para eso.

La primera nos aprisiona en la fantasía de comunicación que oculta el control cerrado de nuestra vida. Es una estrecha ‘red’ – como el tejido de alambre carcelario que previene la fuga – donde atrapar nuestra privacidad y anonimato. Y nosotros, los ‘humanos’ que hemos mayormente olvidado como interlinear los textos para comprender su significación profunda, la aceptamos como una moderna versión del síndrome de Estocolmo, el carcelero sexy que nos excita.

La segunda, una extensión delirante de la misma idea, donde la ilusión de cuidadosa custodia de nuestra elaboración y memoria se transforma en el sigilo ecumenista de todo lo que nos constituye en individuos.
Ya no restan secretos, ni relatos personales, ni recuerdos entrañables guardados para sí.
Nos hemos subyugado a la vigilancia de todos los dioses.
Con la ‘ayuda’ de la red y la nube, hemos aceptado compartir la obscenidad última: hacer pública nuestra intimidad más preciada.

Acaso una acción catártica separando la paja del trigo de entre la ficción ininterrumpida de los medios que nos ‘libera’ del horror al vacío mientras nos desaloja las neuronas del cerebro,  nos ayude a recapacitar un poco.

Tomemos el ejemplo de mi país, Argentina, donde el resultado de las elecciones recientes ha refrescado el ambiente veraniego con brisas de liberación para algunos y de ofuscación para otros.
Con la sociedad prolijamente quebrada al medio partiendo a los pro y a los contra gobierno en dos bandos, para no faltarle el respeto al gran patroncito blanco del norte.

Al replicar especularmente la decadencia de un imperio moribundo, nuestros compatriotas se debaten entre la esperanza – a menudo cegada por el voluntarismo o la aprensión – y la ablación de la identidad entregando todo remanente de dignidad al dictado de los buitres de la sinarquía internacional.
Un verdadero clásico de fútbol de la pospolítica, donde quizá lo único auténtico sean el gregarismo tribal, la violencia antisocial y el antagonismo a ultranza, productos de la frustración y la impotencia. Ambas dos, a su vez, resultantes de la apatía social y cívica que nos reduce a sumiso rebaño.
En dicho marco referencial de desatino compartido entre ambas facciones,¿Cabe invocar una proeza prometeica en tal situación de deterioro, lindante con la bancarrota moral?

La mitología y las Historia dan cuenta de innúmeros libertadores atraídos por el lado oscuro del Poder, quienes una vez en funciones, devienen en tiranos tan inhumanos como los que destronaron, olvidándose del sesgo de ‘campeón libertario’ que los proyectara al liderazgo.

A los escépticos, me permito recordarles como ejemplo el argumento de ‘El regreso de Pandora‘ de Goethe, que narra un mundo tecnológico marcado por la visión proactiva del titán Prometeo, quien acompañado de un coro de guerreros se designa jefe de los metalúrgicos y de las fábricas de armamento, y promueve el progreso para continuar la guerra.

Esta relectura en clave política del mito, antiépica y antimisógina, acaso nos ayude a develar la contingencia histórica argentina y desacralizar opuestos que obstaculizan la apertura y la comprensión. Y así poder admitir la punzante conclusión de que entre las garras del poder absoluto anida la traición inevitable.

Si recordamos a nuestro emérito Borges en El tema del traidor y el héroe, tal vez podamos concurrir en que cuando los extremos son trágicos, suelen espejarse miméticamente en un solo individuo.
Y como nunca nada resulta fácil de dilucidar si uno se toma en serio, recurriendo al marco referencial del mito tal vez cabría preguntarse si la identificación con Prometeo de un paladín anhelado no merece revisionismo.
Si no es que solamente acudiendo al costado insalubre del héroe abarcaremos la totalidad del claroscuro que nos constituye. Para eso los griegos inventaron los mitos, para aleccionarnos. Entre tantas otras cosas.

En El regreso de Pandora‘ la contracara del mito es Epimeteo, a quien Goethe concede su atención, para variar el eje del antagonismo, contraponiéndolo al gran Titán.
Una obra en la cual el autor no se identifica ya con Prometeo al dar preeminencia al antihéroe: el nostálgico Epimeteo, su gemelo, soñador y amante de la fugaz y divina Pandora.

Una variante de la versión hesiódica que le sirve para invertir el sentido mismo de la narración mítica.

La preferencia por Epimeteo ante al beligerante, riguroso, férreo Prometeo revela a un Goethe que no se deja impresionar por un titán revolucionario, alzado en guerra urbe et orbi, protector de los artesanos de la fragua que cambian de empresa para poner armas letales en manos divinas y humanas.
En un relato donde Pandora es reivindicada no como la simiente de la catástrofe sino como el factor femenino portador de sabiduría, templanza y cohesión en un mundo desarticulado.
¿Se puede acaso soslayar en este análisis que a la sazón se alzaba en Europa la figura titánica de Napoleón, gigante de la acción, rebelado contra el antiguo orden en violentas convulsiones programáticas y prometiéndoles a los europeos la liberación y la luz robada del fuego cósmico?

Por otra parte: ¿Podemos ignorar la etimología de los nombres de ambos gemelos, Epimeteo – el que razona tardíamente – y Prometeo – el que percibe con anticipación – ambos representantes de la humanidad, donde el uno se presenta como sagaz, clarividente  y agudo mientras el otro encarna al rezagado intelectual?

Oportunamente, y para dar una semblanza más actual del mito, añadiremos a Dolos al elenco, ente descrito como la personificación del fraude, el engaño, los ardides y las malas artes.
Como uno de los tantos espíritus escapado de la caja de Pandora, vivió entre los hombres rodeado de pseudo-logos – ‘palabra falsa’ o nombre aristócrata de las mentira.
Aprendiz del astuto Prometeo, el titán artífice, Dolos intentó imitar la efigie de Aleteia – diosa de la Verdad – copiándola en ausencia de su maestro, pero le faltó arcilla para completar a la estatua gemela y la hizo sin pies.
De allí que toda empresa basada en la mentira y el engaño, aún cuando parezca empezar con buen pie, a la larga siempre fracasará ante la verdad.

Si aquietamos las ínfulas y aterrizamos para transitar el sendero pedestre ¿Podremos relacionar al mito y sus arquetipos con nuestro acontecer real-actual-argentino-contemporáneo?

Podemos reconocer fácilmente en nuestro elenco político reciente a Dolos, mezclándolo tal vez con Meneos, titán de la ira violenta, acción precipitada y la mortalidad humana, que fue eventualmente alcanzado por un rayo de Zeus y convenientemente encerrado en el Tártaro, profundo abismo donde había una mazmorra de tormentos destinada a castigar a los titanes díscolos.
Sazonado con una pizquita de Coalemo – mayormente considerado una deidad menor o demonio – que representa la insensatez, la imprudencia, la ignorancia, la necedad o estupidez, y cuyo nombre mismo se utilizaba para definir a una ‘persona estúpida’.
¿Qué otra mejor analogía posible cabe con el presidente destronado en los comicios recientes?

Habiendo reelegido como supimos a nuestra Pandora – denostada por algunos como maléfica generadora de calamidades –  y luego reivindicada como una mujer sabia, atinada y admirable, la señora Kirchner, indiscutible reina de la política nacional, ha entrado por la puerta del mito para quedarse.

Pero la contingencia sideral no se privó de abrirnos un interrogante mayúsculo en la cabeza de gobierno, el presidente Alberto Fernández.
Circunstancia que nos lleva a inquirir si se trata de la figura del héroe romántico como el Epimeteo deseado por sus acólitos, guitarra, baladas y mascota incluidos, o del guerrero tenaz, duro e inclaudicable como Prometeo.

No olvidemos que su candidatura deriva del íncubo de su predecesor, un antisocial profesional como Daniel Scioli, a quien quizá ni su propia madre votaría, con lo cual al nuevo favorito no le fue costoso lucirse como el campeón de la afabilidad y la coexistencia.
Pero lamentablemente – y esta afirmación compromete una enérgica opinión personal – en su afán de agradarle al mundo y sus alrededores,  ha incurrido en una deplorable hamartía que lo destina a  las filas del héroe aciago.
Debido a su error fatal cometido a destiempo  – ¿o a tiempo? –  y devenido en daño trágico o pecado de lesa humanidad.
Cuando no opuso óbice en normalizar al paradigma del mal absoluto, a naturalizar la barbarie satánica de un estado terrorista que abona con sangre de niños e inocentes el suelo que usurpa en Palestina.  

En un aparente afán de entregar su honra personal y la dignidad de nuestra nación a los que ‘saben’, ‘tienen’, ‘deciden’ y ‘pueden’, ha caído en la trampa cazabobos de los obsecuentes, a quienes la Historia reserva un primer puesto en los mercados de esclavos.
Reverenciando los caprichos de un verdugo de lesa humanidad que necesita ‘dar la nota’, se prosternó ante una quimera de barro cuyo único poder reside en el secretismo de los servicios de inteligencia y  de las mafias afines, el tráfico de personas y de órganos, la pedofilia oculta entre sus estructuras represivas, el encarcelamiento, las torturas y los asesinatos de niños, las ejecuciones sumarias de opositores desarmados, las hambrunas provocadas por sitios ilegales, las guerras interminables, la mortificación de los pueblos ocupados por el poder de las armas y la fuerza bruta.
Todo ello en pos de un dominio ideológico global que homologue el salvajismo demencial  de su empresa y la hegemonía de su barbarie infrahumana.

No contento con tamaño desliz, nuestro recién inaugurado presidente a continuación se dirige a la ciudad luz, para solicitar la bendición del vástago heredero y esbirro de guante blanco de la banca internacional que corrompe al mundo sometiéndolo al monetarismo mafioso a través del FMI, su punta de lanza depredadora de vidas, patrimonios nacionales, recursos vitales y estamentos profesionales, que esclaviza a las economías emergentes con el yugo de deudas impagables.

A todo eso se ha sometido  – ¿voluntariamente? – nuestro novel elegido para aportar la decencia prometida en campaña a través de una justicia intachable.

Con la visita a Palestina ocupada, donde el nuevo presidente de los argentinos se dedicó a celebrar a los terroristas invasores, sin dedicar una sola palabra o intento de encuentro para con las víctimas del terrorismo, nuestra contingencia histórica dio un giro de 180 grados en un momento en que algunos argentinos, pensamos, con Shakespeare “Se vació el infierno, y se nos presentan todos los demonios”

 Porque en ese humillante acto de connivencia no sólo mancilló la integridad de todos los argentinos que demandamos el derecho universal a la libertad y la justicia, sino que normalizó al terrorismo de estado que se ufana de su sanguinario desprecio por la vida, los derechos y la condición humana del pueblo al que oprime y ocupa ilegalmente.

¿En qué lugar de la Tierra Santa dejó sepultado al justiciero que nos prometió ser? Pues alguien que se jacta de conocer el Derecho  bien sabe que cualquier transgresión de la Justicia en el mundo constituye una injusticia contra la humanidad toda.

Ya en la conclusión y volviendo a la demonología, Adramelec fue un dios de las mitologías fenicias y cartaginenses a quien, como con todos los dioses paganos, la tradición judeo-cristiana convirtió en demonio.
Tal vez esa tierra oprimida, anegada de sangre de inocentes que Alberto Fernández, presidente de los argentinos, decidió ignorar, haya generado otro milagro.
Tal vez allí se haya una vez más operado el sortilegio de exponer el mal absoluto oculto detrás de las gentiles sonrisas de bonhomía y los apretones de mano con asesinos para desenmascarar la clara visión de quien es, descrito como fue por sus adversarios: «El enemigo de Dios, más grande aún en ambición, astucia y acciones que Satán. Un demonio más maldito – un hipócrita más profundo».* 

Desde estas páginas, se aguarda una respuesta de su parte.

 

 * Robert Silverberg