COLUMNA VERTEBRAL. EL PACTO DE LA JAURÍA

Texto Viviana Lombardi

¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. 

Ahora pues, maldito eres de la tierra, que ha abierto su boca para recibir

de tu mano la sangre de tu hermano.

Génesis 4.10/11

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El Capítulo 4 del Libro de Génesis narra el primer asesinato de la Biblia, en el que Caín, cegado por la envidia y los celos, mata a su hermano Abel a golpes, luego de alentarlo a alejarse juntos a un descampado.
Ambos hijos de Adán y Eva, Caín el primogénito y Abel el segundo, protagonizan así la primera  tragedia bíblica de rivalidad fraterna por ganar el favor de un padre – interpretado en el relato nada menos que por el dios creador del cielo y de la tierra –  cuyo proceder hoy por hoy  no satisfaría las exigencias básicas de un buen modelo parental en una terapia de familia.
Pues conocedor como se supone que habría de ser cualquier deidad omnisciente –  y todo buen padre – de la índole apasionada del hijo mayor contrastada a la disposición dócil y conciliadora del segundo, no debería de haber puesto a prueba al díscolo intolerante y celoso para revalidar su irresoluta autoridad.
Pero, es el caso que el buen dios padre todopoderoso cae él mismo víctima de las veleidades del ego y sobreprecia la ofrenda de Abel en desmedro de la de Caín, provocando con su desinterés por el fino detalle de percepción psicológica, la primera maldición fratricida de la tradición religiosa de occidente.

A la luz de tanto minucioso perito de la psique humana urbe et orbi, se podría aventurar que el buen dios incurrió en el desliz fatal del abuso de poder, resintiendo la potestad auténtica que todo padre intentaría ejercer en su rol. Y que, agregando daño al descuido, ante la inexorabilidad del crimen, castigó de por vida a Caín con más una condena a perpetuidad maldiciendo a toda su futura descendencia.
Escarmentando así a la especie humana en su totalidad, todos hijos de Caín,  a perpetuarnos en  malditos ad eternum.
Como castigo agregado, el divino padre condena a Caín a vivir largamente expiando culpa durante toda su existencia y recurre a un artilugio de disuasión: decreta la ‘maldición de Caín’ al señalar que quien osara matarlo provocaría su divina ira. Constriñendo así al resto de la humanidad a la frecuentación de un asesino fratricida, normalizando al delito como parte de la convivencia social.

A partir de lo cual, cualquier alma inquieta con un componente de materia gris respetable, sabe o al menos sospecha que toda la biblia es un dogma adoctrinador de ciega obediencia a la ley patriarcal, jamás lo necesariamente justa y prudente como la concordia entre humanos requiere.

Se­gún los textos budistas de la Doctrina del Despertar, al «claro e inmaculado ojo de la verdad» se le presenta no como una teoría, sino como una experiencia directa, como una visión absoluta, la certeza de que «Quien ve el origen como causa ve la verdad, y quien ve la verdad ve el origen como causa”.
Es lógico entonces que el claro e inmaculado ojo de la verdad  perciba a nuestra familia universal como una conjura de soberbia, secreto, ocultación, camuflaje, equívoco, artificio, rivalidad, envidia, tergiversación, iniquidad, barbarie, ira,  odio, desprecio y  desamor, a pesar de las tan trilladas nobles intenciones que han hecho de nuestro mundo compartido, al bien decir de los aborígenes indoamericanos, “un sueño del diablo”.
Con lo cual,  nuestro historial hasta la fecha puede considerarse un sólido compendio de disfuncionalidades. Y si quien ve la verdad ve el origen como causa, no nos puede sorprender que convivamos con trastornados y homicidas.

En esta última fase apocalíptica del proyecto globalista,  la agenda del poder que instala la configuración social, política y económica, es la regresión a una dominación absoluta basada en el modelo patriarcal.
Y a todo nivel, una réplica de la verticalidad-colonialidad que otorga piedra libre al discurso racista, misógino, xenófobo, aporófobo, naturalizador de todo forma de crueldad inhumana, porque la regla moral permitida es que no se puede  cuestionar, observar y mucho menos criticar a un poder paternalista cuya estrategia es la mendacidad que encubre el secreto.

En Latinoamérica, bien valdría hoy aplicar la mirada del claro e inmaculado ojo de la verdad  al golpe de estado en Bolivia, al yugo sitiador cernido sobre Venezuela y al proyecto evangélico-demoníaco del presidente Bolsonaro en Brasil, con anuencia y apoyo de los EEUU, el canalla del norte, a modo de alerta.
Sin olvidar, claro, que nuestro anterior presidente Macri, retoño rapaz de la mafia calabresa, ha honrado su herencia delictiva con creces estafando de por vida a todos los argentinos.

El resultado es este mundo donde el capital y sus supremacistas activan y ejecutan la expropiación del valor humano mediante mecanismos depredadores de verticalidad-colonialidad hegemónica.
Como es el caso perentorio de la usurpación del estado Palestino por sus apropiadores ilícitos, en complicidad con otros estados mal llamados democráticos, socios tan canallas en el genocidio y la violación de los derechos humanos universales como la ocupación ilegal y el estado de sitio político y económico  que lo oprime.

El otorgarle permisividad a un poder omnímodo con alucinaciones de usurpación a escala global y delirios de superioridad que seduce a psicópatas, sociópatas y genocidas es índice de la indigencia ética, política, moral y social contemporáneas.
La desigualdad como definición de injusticia se queda corta para describir lo que debería mejor definirse como regímenes de señorío con sesgos de potestad medieval. El poder global dominante está operando una refeudalización del mundo que instrumenta como derecho de pernada, deshumanizando vidas y destinos para reificarlos hasta la esclavización.
Fenómeno que podría denominarse trans-neoliberalismo, como plan terminal que excede al neoliberalismo en la construcción de subjetividades de corte mafioso.
Empresa nodal del poder corporativo proveedora de todo tipo de violencias legalizadas e ilegales: estatal o marginal, tercerizadas en redes delictivas vehiculizadas desde el estado y sus fragmentos necrosantes. Porque el proyecto de última es un plan de exterminio y muerte colectiva para dejar en pie sólo a los dueños y a su mano de obra súbdita.
Por ende la violencia es ingénita al proyecto neoliberal, de natural matriz violatoria al tratarse de un plan hegemónico de opresión para la explotación. De allí que surjan iniquidades sordas como la falta de protección igualitaria a todo habitante de una nación, donde opera una selectividad de vidas que se protegen y vidas que se abandonan, al dejarlas morir o dejarlas matar, atendiendo a las conveniencias del mercado.

En cuyo caso resulta imperativo el examen de la ceguera social poblada de bestialidad no explícita que quizá haya contribuido a hacer de los rugbistas asesinos de Fernando Báez Sosa los energúmenos que son.
Delito atroz que no debe quedar impune porque también se debe responder a la urgencia socio-política de indagación y debate en el ágora. Como parte de la res pública que nos pertenece y abarca como comunidad. Para encontrar respuesta a un conjunto de violencias relacionadas a una construcción geopolítica que sucede a nivel macro y se sintetiza a nivel micro.

Asombra hasta el espanto el accionar de ese grupo que se trastoca en horda sin lógica evidente, haciéndose cultor de una miserabilidad ociosa, acaso concebible como antídoto contra un tedio original del privilegio y la vacuidad de esas vidas delictivas. Convirtiendo a sus miembros en sujetos cuyo único sentir se transcribe in extremis, alejándolos de la condición humana en cada paso del crimen consumado. Cual golems existentes tan sólo en el exceso de la violencia, de la crueldad,  del desprecio por la vida y la alteridad; actuando desde sus sombras como agentes satánicos de la negrura. Descendiendo al hades exterminador de cualquier signo de vitalismo existencial. Replicando voluntariamente un fractal de la subjetividad mafiosa que se potencia en la reciedumbre y la destrucción de la víctima. Como su plan de violencia deletérea que finaliza en la instauración de la muerte.

En un mundo en que lo virtual se lee como realidad y lo ‘verdadero’ ha pasado a ser un grado de lo falso a partir del proyecto de ‘posverdad’ impuesto por el despotismo elitista, cabe detenerse en lo que la antropóloga Rita Segato ha descrito como ‘la pedagogía de la crueldad’’,  que habilita a la barbarie como un factor normal del cotidiano.

El asesinato de Abel que se señaló al inicio da cuenta de que la brutalidad forma parte de la construcción y formación del masculino desde lo ancestral.
Al sujeto masculino se lo perfila para excluir la empatía, capaz de dar respuesta inmediata a la pulsión primaria y de afrontar a la muerte como ‘amo’, según Hegel.
Una forma embrionaria de entidad anímica que fácilmente transforma al cuerpo y a toda vida en objeto, cosificando al débil hasta  la deshumanización. De allí a la transformación de la naturaleza viviente y al mundo todo en cosa, no hay distancia. Lo cual explica cabalmente la codicia depredadora de los globalistas que secuestran con afán los patrimonios de la Humanidad.

La persistencia de la pedagogía de la crueldad efectiviza al orden plutócrata donde se asientan todos los poderes. Operando mediante la culturización dogmática de las masas – desde su eje en Hollywood – replica ad nauseam la subordinación en todas sus formas, para representarlas no sólo humanizadas sino deseables.
El fin es fragilizar los beneficios sociales, la noción de economía simbólica de clase, el paradigma de la plenitud humana y la protección de las minorías dependientes. Cancelando así toda polémica sobre desigualdad y privilegio para desarmar la resistencia social ante el abuso, cuando el ataque a los más vulnerables se sistematiza.

Si bien la economía simbólica de la masculinidad alienta y a menudo replica la de la organización mafiosa, donde la violencia expresiva es utilitaria a la territorialidad, a la soberanía jurisdiccional sobre bienes y cuerpos que pasan a ser objetos de disfrute y moneda de cambio mercantil, el esquema no responde exclusivamente a la violencia de género. Porque el mandato perjudica a hombres y mujeres por igual.
En los hombres, se traduce en la extrema precarización de la vida tanto ajena como propia, al ser ambas presa del terrorismo económico del mercado, donde sólo es funcional como objeto utilitario de consumo.

En tal caso, cabe  conjeturar que la muerte descomunal que provocaron los rugbistas se les convierta en un infierno del cual nunca consigan escapar ni exonerarse.
El equívoco de actuar como horda tribal creyendo responder al valor supremo de lealtad a la jerarquía, reafirmándose en un ritual de omertà y pertenencia, los ha condenado al sigilo, al silencio faccioso, a la negación demencial de un crimen cuya deshumanización de la víctima los ha cosificado en artefactos letales frente a la sociedad.
Para mayor desgracia, los agresores respondieron como autómatas a la corporación masculina, la que exige titulación, donde el macho debe mostrarse tal a los ojos de la cofradía,  sujeto pasible del juicio del señorío, subyugado a la investidura corporativa, sin otra voluntad que la obediencia debida.
Intoxicados de daño, excedieron lo brutal absoluto, actuando como caníbales al chuparse los dedos cubiertos de sangre de Fernando, para ir luego a comer carne después de someterlo a la sádica orgía de reafirmación machista.
Así clausuró esa secta siniestra la conciencia del «yo», la voluntad humana individuada comúnmente ausente en la psique unificada de la horda,  para honrar al rito de pertenencia.

Otro factor que indica mandato es la espectacularización del mal. El adepto mafioso necesita demostrar que es capaz de ejercer violencia, crueldad e impiedad. Toda inhumanidad personal, carencia de empatía, insensibilidad ante el sufrimiento ajeno son exhibidos como un una divisa honorífica, haciendo imperiosa la exhibición del ritual como dictum ineluctable, al igual que el ocultamiento, el secreto y la omertà, todos relacionados a delitos del poder.
El mensaje mafioso garantiza de ese modo su supremacía sobre el débil, buscando aprobación pública y promesa de repetición impune; siendo el exhibicionismo  el arma psicológica de ascendente poder totalitario sobre la subjetividad. En un intento de reafirmar la virilidad eternal como forma exclusiva de imperio sobre la sociedad.

Entran entonces en juego las familias de los delincuentes, que circulan ante la opinión pública  como zombis en busca de garantías y salida. ¿Será que los asesinos necesitan re-aprender lo que el bien y el mal significan? ¿O que jamás lo han aprendido?
Es natural que la gravitación  de tal pesadilla los exceda. Pero es dudable que los exima. En apariencia han  perdido todo marco referencial, mostrando una fingida calma, resultante de su propio pacto de silencio y omertà.
Mientras articulan débiles lazos de influencias en círculos afines a la prebenda y al poder, esas quimeras que suelen originar la criminalidad.
Ya se trate de dueños, políticos o poderosos, los crímenes más opacos que asolan a la sociedad surgen al amparo del privilegio.

Quizá los padres de los asesinos deberían procurar apartarse de la conveniencia para obrar con decencia. Tal vez así sus hijos, que necesitan valerse de estímulos letales para sentirse vivos, descubran que el infierno no es el tedio de una vida sin derrotero y sin destino.
Porque acaso asesinaron para destruir al ideal con el cual  no osan compararse. Para que nadie juzgue la insignificancia de sus vidas tóxicas y desaprovechadas que los hace redundantes.
En cuanto a los padres, ojalá que la radicalidad del mal que hizo de sus hijos monstruos infrahumanos los lleve a interrogarse sobre el sentido de la propia existencia y la de ellos.

El pronóstico desde estas páginas es que acaben sus días como Belerofonte, a quien Zeus castiga por su soberbia enviándole un insignificante mosquito que pica a Pegaso cuando él lo monta, arrojándolo al vacío sin matarlo, pero dejándolo lisiado y condenado a vagar  apartado del resto del mundo añorando glorias pasadas.