COLUMNA VERTEBRAL

Editorial

En momentos en que la nueva cuántica plantea una versión alterada del tiempo, llamándola desdoblamiento, se hace claro que nuestra tradicional percepción de la realidad ya ha dejado de ser. Y en verdad, los hechos actuales parecen responder a otra dimensión del tiempo mensurable donde, parafraseando a Gertrudis ofuscada, un acontecimiento viene pisándole los talones al siguiente cuando aún no se despidió del anterior.

A principios de este siglo el filósofo polaco Zygmunt Bauman nos acercó una explicación al fenómeno sosteniendo que se vive en un tiempo fluido, al que llamó Modernidad Líquida.
Una experiencia que contrasta con toda vivencia pasada, obligándonos a renunciar a los proposiciones que sostuvieron el pacto social entre sociedad y estado.
En lo real vivencial se nos demanda soportar un continuo estado de emergencia en un mundo de implosiones universales en sinfín.  Donde la vida se convierte en un complejo dilema al no saber si nuestra percepción perturbada provoca el malestar o viceversa, planteándonos así la paradoja de que ambas cosas puedan suceder simultáneamente.

Mundo loco si los hay, la vida se nos desarticula alrededor de un enigma en espiral y el sentido se desvanece, atomizándose en distintas bocas de representación, como los televisores con pantallas múltiples.
Nuestra concentración bate el récord de la fracturación de mínima, rompiéndose en nanosegundos como un espejo martillado. La reflexión moribunda, la conciencia lógica del intelecto sólo reproduce imágenes en caleidoscopio.

Entre las pérdidas sufridas por esta compulsiva ‘flexibilización a la fluidez’ se nos requiere la renuncia a las tradiciones nacionales, las idiosincrasias, los puntos de referencia de la vida social organizada, como la familia, la solidaridad, la honestidad, el respeto a la palabra empeñada, la humanidad centrada en la justicia universal.
Todos los valores éticos parecen haber perdido vigencia para ser reemplazados por un inmediatismo y una ambivalencia que nos quitan tierra debajo de los pies. Obligándonos a un ejercicio de pérdida de memoria que mucho se parece a la negligencia, al cinismo y – en última instancia – a la deshumanización.
En este presente sólo permanecen incólumes el dios Mercado  con su mesías Mammón y sus sacerdotes globalistas.  

Si acudimos a la mística esperanzadora, advertiremos que las ondas vibratorias han mutado sin aviso previo. La realidad – cuya misma existencia está en cuestión y conflicto – sólo promete incertidumbre.
Nos aporta el desasosiego de las emociones encontradas: por una parte el mundo entero parece entregarse a la autocombustión permanente y por contraste,  los gases lacrimógenos de la a menudo brutal represión policial urbe et orbi producen hermosísimas tomas que parecen ‘sfumatos’ de Leonardo, candidatas al premio anual a la fotografía. Una vez más, en la Historia, el pesar genera Arte.
El desasosiego manierista entre realidad y apariencia fue un tópico capital del Renacimiento. De la trepidación tectónica del nuevo orden surgieron entre tantos otros prodigios, la perspectiva brunelleschiana, esa nueva propuesta de observación  humana del mundo. Y quizá hoy, forzando voluntarismo del sentido, la humanidad  esté  engendrando un renacer. 

Muerto el mundo conocido una vez más, vivimos nuevos tiempos de argonautas. Es hora de quemar los mapas en la hoguera del desliz histórico para explorarlo todo de nuevo.
Si se nos ofrece un globo sin columna vertebral, una masa informe sin bordes precisos, trataremos de darle articulación a la confusión proponiendo inquisitivos huesos duros de roer.
Es la hora de los valientes, los orates, los visionarios, los intrépidos y los magos. Pusilánimes, a abstenerse. Correrán peligro de desmaterialización en la vorágine del nuevo vórtice incógnito.
En suma, es el tiempo de quienes no podemos dejar de sondear hasta que la Verdad se alce con sus alas de Ángel.