CRÓNICA DEL ÁTOMO IDIOTA

Letras Nazarena Pangui

Collage "El Vidente" de Pax Nadal

Collage “El Vidente” de Pax Nadal


 

“El mecanismo hará desalojo del hombre y el hombre desplazado sucumbirá en hambre”.
Pelón – 1939

Era viernes por la tarde, llovía frío y la crueldad del viento marcial volaba consigo las ganas de respetar la agenda. Sabía que el encuentro era ineludible, la galería estaba atravesando un período de penuria y necesitábamos patrocinar piezas importantes.

Mi jefe me había aturdido con un sinfín de recomendaciones; contradictorias, por supuesto. Enfatizó el hecho de que el dueño del cuadro, no era un entendido de ese particular género. Se trataba de una obra pop y la dirección se demostraba entusiasta con la llegada del acontecimiento inesperado que calmaría su sed y su ego.

Llegué a la cita cinco minutos antes de lo acordado pero guardé estricta puntualidad para anunciarme, el protocolo es fundamental en este tipo de entourage. Quien conoce sus códigos, ha comprendido como maximizar el rédito.

Los instantes robados me permitieron apreciar el cobijo reparador del pórtico, el perfume hipnotizador de las flores recalcitrantes y la sensibilidad de los arabescos de una puerta de tímidas transparencias, que se negaban a sonrojar ante la pomposidad del Liberty.

A mi llamado respondió un hombre anónimo, lánguido y de manos frías. Su traje, su piel y el cielo eran del mismo color, licencia pagana de la cromática que le confería la gracia de perderse con el universo. Se presentó como el asistente personal del directo interesado, pero sus ojos delataban que la referencia era tan solo una metáfora dedicada a la bien ponderada convención social.

Me invitó a entrar. Seguimos sigilosamente por un pasillo vestido de boiserie blanco francés, retratos de autor, bronces, espejos y appliques de cristal que recorrían la simetría del andar. Puertas coquetas, que emulaban la entrada, se distribuían la renuncia a la perspectiva que diseñaba el ambiente. Detrás de ellas se intuían salas, estudios, jardines de invierno y un gran salón comedor concedido a importantes ocasiones. Coronando la vanidad del techo a bóveda colgaban frescos, que con artificial naturalidad, daban vida a flores y mariposas del novecientos.

Llegando al final nos esperaba una puerta doble, estaba cerrada a llave y su apertura crujió los años de las bisagras.

-Acomodesé, me dijo, intentando ser cordial. ¿Agradece algo de beber?
-Un café, si no es molestia. Resfrescó bastante, ¿Sabe? Espeté intentando justificar mi insolencia.
-No es molestia, au contraire. Mientras espera, hago traer la pintura; aquí hay más luz, lógicamente la conservamos en un lugar más reparado.
¿Su jefe no está? pregunté más por curiosidad que por interés.
-Puede que llegue luego, el compromiso que tenía se dilató más de lo previsto. Igual sepa que tomaré nota de lo que Ud. considere pertinente referir. Replicó con superioridad.

Salió de la sala con el mismo sigilo con el que entró. Tuve entonces la oportunidad de reconocer lo que me circundaba.

Noté que estaba en un estudio o quizás una biblioteca personal. Los muebles eran los esperados, un escritorio con la sillaan pendant, dos perfectos sillones verde anglosajón y la infalible mesa de apoyo, entallada en madera de nogal. Un mapamundi de gigantes proporciones anulaba la intrusión de cuadros. Era un diseño interesante, datado en el medioevo, extrañamente representaba con escrupulosa lealtad la Antártida y el Polo Norte. Un gran espejo antiguo donaba profundidad al papel neoplatónico que desnudaba las paredes.

El todo lo completaba una biblioteca de elegante sobriedad adobada con infinidad de manuscritos arcaicos, libros ancianos cosidos a mano y la compañía minimalista de una estatuilla precolombina, seguramente de origen inca, un jarrón de exquisita porcelana Ming y una caja rústica y anónima, que como por encanto,extremó la agonía del obvio cautivando mi inmediata atención. Su superficie añoraba la aspereza y el frio de las Moiras, inspirando a la vez, la beldad de la inocencia.

Tal vez fuera la magia de la luz que irrumpía el ventanal desde un jardín imaginario o su fuerza ontológica que se multiplicaba en los caireles de una glamorosa araña que pendía victoriana; lo cierto es que se vislumbraba un resplandor que con pudorosa nostalgia envolvía mis seis sentidos. Trazando el sendero de esta luz, la exploré disfrazada de aura, donde parecía evocarse en las fisuras del prisma.

Escuché un sonido pensado en la lejanía, convocándome desde una oda lánguida e ingrávida.

Un impulso vital me condenó a seguir el fulgor del canto, fue entonces que mi mano insegura abrió el túnel de lo ignoto. El contenido se declaró un objeto de índole esférica, al cual le fuera negada la identidad detrás de un terciopelo color noche. Mis osados movimientos traicionaron al misterio, desvelando el origen del invocandum.

Descubrí con estupor que el autor del acertijo era una calavera. La observé con temor y respeto, rocé cobardemente sus contornos, inspiré el influjo de sus años, que tal vez fueran siglos. Sentí un escalofrío y luego, la mirada; percibí el escrutar de su inspección. Pensaba en el cómo de su inquisidora presencia cuando sentí su voz, que sin titubeos me dijo:

-Permita que me presente, soy Asaf de Khirbet, hijo de Ehud. Sé quién es y porqué ha venido. Finalmente nuestra hora ha llegado, tal y como lo había revelado el sueño; añadió con asaltante premura.
-Disculpe mi ignorancia, no estoy al corriente. Respondí con sorprendente naturalidad.
-Hace tiempo que atesoro un mensaje que lo aguarda impaciente

Su relato me llevó al mar muerto, a las dunas de Qumrán y las parábolas de los profetas. En esos tiempos, perteneció a la Gnosis y a la tribu de los esenios, procreadores de santos y mesías. Su infancia fue concebida por Sophia y bautizada por la brisa soleada del que fue y será, ergo est. Su vida se extasió en el cumplimiento del mandato, transcribiendo y custodiando la Palabra. Su muerte, tuvo la dignidad de su existencia, hasta que la pureza del sepulcro fue profanada por la codicia del impío. Hasta hoy sus falanges acarician el ánfora que celaba el Verbo. Su resto incorruptible, fue prostituido cual trofeo, para el deleite de la ignominia.

Toda mi materia fue trashumando inevitablemente en su relato hasta aflorar tímidamente en un humilde dilema,

-Maestro, no supe nominarlo de otro modo; ¿por qué yo?
-Porque Ud Ama

El conjuro de esta escueta frase, categórica y cabal, abrió un portal insospechado. Su persona ya no era de hueso sino de cuarzo y a través de ella se expresaban dimensiones, que gozaban libertad, predicando la Mónada.

Mancomunándose a la expansión de la Energía otrora renegada, se dieron cita textos, jeroglíficos, lenguas prohibidas, solfeos y letras; que defenestrando al hastío y dando paso al ángel fiera, consumaron la imagen que dicho mensaje alberga. Convocados a huir de los libros, se volvieron de mirra, oro y arena, proyectándose en mi genio y sin requerir licencia.

Fue entonces que vi al código binario que expresa la Creación, al primigenio y a la bestia de la nueva era. Ardí en los hornos del acero que fagocitaban la carne, el pan y la madera. Las torres, vejaban el aire, con fluidos que envenenan. Las aguas, teñidas de negrura, expelían la vida fuera de la Tierra, evaporando sus sales y pereciendo con ella.

Vi al monstruo devorando al cordero y luego a la criatura que su prole venera. La selva era de lava y la mujer, de piedra. Intuí la hecatombe, el fin de la inocencia, la adoración del ídolo y a un primate sin esencia.

Las huestes habían aniquilado la luz y el calor de la Persona, condenándola al personaje.

Vi la Expresión opacada por la vacuidad de un átomo yermo, inerte, que todo lo contamina. La tonalidad fue abandonada por el amor del rayo y la complicidad de las sombras, transformándose en un grotesco petulante, tristemente célebre. Fue así que Fabulación corrompió a Necesidad, consumiendo a Virtud.

Ultimó el instante la llegada de la palabra oscura ante la cual el mismo verso se detiene. Vi y lloré los ojos del desamparo.

Cuando menos lo esperaba, lo abominable se disipó, concentrándose en un punto deglutido por la nada. Miré a Asaf, que era nuevamente de marfil y supe que el tiempo de la despedida estaba llegando.

-Por esta vez, es suficiente, devuélvame a la quietud del leño; ordenó sin tapujos.

Había un dejo de tristeza en sus palabras, no por la distancia, sino por la demora que implicaba el reencuentro al que nuestras suertes estaban echadas. Lo posicioné con cuidado, con el afecto con que se trata a un hermano que te ha regalado la vida. Agradeciendo el gesto, anunció:

-No vendrán hasta que se los permita. Me esconden aquí por miedo, fui víctima de sus caprichos y temen represalias. No han descifrado que no soy yo el responsable de la maldición. Ella es hija de su propia perfidia solo que, profanando lo inviolable, han despertado el conjuro. Aún así debo confesarle que es en su misma espera que mora Venganza
-¿Qué les espera? Pregunté sin piedad.
-Lo que ellos mismos han creado. Pero Ud. no tema; recuerde siempre que en un mundo de dualidades la neutralidad reside en el Amor, que es indestructible

No supe qué responder, tampoco lo reputé necesario. Antes de cubrirlo, con un rito de mística complicidad, nuestros corazones se estrecharon en un abrazo ancestral.

Mi lágrima fue contenida por el brusco resonar de una abertura que me devolvió a Destino. La habitación regresó a su routine, trayendo consigo el café, la pieza a escrutar y los empleados. La aromática infusión, me recordó el ceremonial. Fue entonces que observé el cuadro.

A medida que mis pupilas repasaban su tinta, mis células vibraban en un espacio alguna vez maldito, que preferirían abolir. Sentí el brío de mi sangre y la represión de mis vísceras. Reconocí la ineptitud de la línea y el masoquismo del fetiche; fui también testigo de la perversión de los tonos, que un día fueran místicos, hoy devenidos una histriónica clonación del pigmento.

Representaba la figura de un bailarín de tango con el torso desnudo y calzando zapatos de mujer. Era simplemente horrendo, no por lo que encarnaba sino por cómo lo hacía. Imaginé que lo había realizado en los tempranos cincuenta, seguramente cuando visitó Buenos Aires con su amante español. Dirigí mi mirada al asistente y sin entusiasmo declaré:

-Por lo que a mí respecta, creo se trate de un original. De todos modos tendrá que ser evaluado por el comité antes de que podamos certificar su autenticidad

Apenas terminé la frase, sonó un teléfono hasta ahora ausente. Fue diligentemente acudido por el asistente al que sólo escuché decir “Si”. Luego oí prepotentes pasos que se aceleraron por una escalera hasta ahora escondida, aquellos trajeron delante de mí a un hombre de elegante aspecto y denotada ansiedad. Me extendió una mano sonriente que correspondí con garbada educación. Al términe de los superficiales preámbulos rompió el silencio.

-Me permita congratularme, me ha dicho mi colaborador que es un auténtico

Pensé en lo falaz del concepto y en la injusticia de un tesoro, víctima de la mediocridad de un carcelero ilota. Me vino in mente una frase, “la Torah no vive si no se la pronuncia” y comprendí cómo el micro reverbera en el macro. Contesté sin pausa, ni prisa:

-La obra es escoria, carece de alma o tal vez no y sea eso lo más grave. Sus colores vibran en la dimensión de lo infamemente histérico, del narciso y de la envidia e incitan al hombre bestia, denostando al ángel. Su carestía desola e impone como bello lo repugnante. No conoce el punto ni la recta, tampoco la perspectiva, sólo transmite su ausencia; es una farsa.
-¿En cuánto podríamos estimar su valor? Económico, por supuesto; preguntó deshonrando lo sacro.

El sabor del disgusto colmó mi saliva de náusea y sin ocultar mi contrariedad alegué secamente

-Probablemente se lo pagarán millones.
-Esto en algún modo compensa la frivolidad del arte, ¿no cree? Acrecentó sin vergüenzas.

Una fuerza ajena me intimó a interrumpir el horror confesando una pena

-Mis manos fueron condenadas a la torpeza pero mi corazón respira y exuda Arte. Como hombre de negocios debería regocijarme y persuadirlo de revelar esta pieza al mundo; como Hombre que venera la verdad en la obra me veo obligado a inducirlo a su destrucción, como un inequívoco acto de fe, esperanza y oración
Me examinó con la frialdad de un juez implacable que sentencia a un mendigo orate. Desvió la discursiva hacia lo somero, haciendo uso de galanterías del viejo mundo, con la promesa de una reflexión que nunca tendría lugar.

 

No despedimos observando la pacatería de lo social, sin embargo, en esta ocasión nuestras manos evitaron el contacto esfumándose detrás de un urbano gesto.

Transité la salida como por inercia, contenido en la potencia de una idea.

Si con la muerte de un hombre, sucumbe la humanidad entera, igual es la relevancia que tiene la huella, que cada dictamen diseña en la Obra completa.

Seguí mis pasos doblando una esquina cuando absorto caí en la cuenta de haber afrontado dos partidas en la jornada, una de las cuales era definitiva. La lluvia había cesado su mantra y la brisa se deslizaba con gentileza sobre mis formas, acariciándolas con su gospel. Me sentí inmensamente vivo, también sublime y etéreo; me manifesté errante y me dejé transportar, bifurcándome en los infinitos caminos del Color verdadero.

El amor, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser”
Corintios 1:13