DESPEDIDA

Letras Enrique D. Zattara

Fotografía Stephanie Marie

Fotografía Stephanie Marie


a Eduardo Sánchez

Anselmo vino a visitarnos el martes por la noche. Bueno, o por la tarde, según cómo se cuente. Lo cierto es que cuando Pepe y yo lo acompañamos a tomar el autobús que se lo llevaría lejos, el sol estaba cayendo y un reflejo violeta se oscurecía lentamente en el fondo de la calle.

Vino a vernos al taller, que estaba comunicado con la casa de mis abuelos. No sé por qué allí, porque no recuerdo que alguna vez, cuando éramos chicos, él hubiese venido a jugar con nosotros al fondo del taller, aunque Pepe y yo jugábamos allí a menudo. Quizás sí, y yo no me acuerdo pero él si se acordaba y por eso eligió, para venir a visitarnos, aquel patio trasero donde se amontonaban las chatarras desechadas de las sillas y mesas que mi padre fabricaba en ese tiempo. El padre de mi padre, el abuelo que llamábamos el nono, había puesto en marcha la fábrica poco después de llegar a Coronel López directamente desde un pueblito del sur de Italia, cerca de la costa amalfitana pero en el interior, en lo alto de unas sierras desde las que ni siquiera se veía el mar a lo lejos. El nono era forjador y cuando llegó, después de desembarcar con su mujer en el puerto de Buenos Aires, le ofrecieron trasladarse a Coronel López y allí se fueron los dos, con su proyecto de montar un taller de herrería artística. El taller funcionó y con los años terminó ocupando un amplio galpón aledaño a la casa, ya dedicado a la fabricación de mesas y sillas metálicas, donde mi padre fue siendo progresivamente investido del mando de un siempre reducido pero cambiante número de operarios. En el fondo de la fábrica – que había seguido llamándose “taller” por la fuerza de la costumbre – quedaba un ancho espacio baldío donde iban a parar caños, chapas y materiales de desecho, partes de muebles a medio terminar, viejas máquinas en desuso. Pasando ese patio, un alambrado separaba el taller del gallinero y de la pródiga quinta donde el nono cultivaba hortalizas y árboles frutales.

Aquellos caños y chapas ya inútiles al objetivo para el que habían sido previstos, eran el territorio más propicio para la imaginación: fusiles y carretas de vaqueros valerosos, bólidos de las pistas y aviones temerarios, chozas en donde refugiarse de las inclemencias de la selva. Pepe – mi hermano apenas menor – y yo pasábamos muchas tardes en aquel mundo siempre por explorar. Y seguro, o casi seguro, que también alguna vez nos habíamos llevado a Anselmo con nosotros.

Aunque no me acuerdo. En cambio me acuerdo del otro patio, el de la casa de mis padres, y allí sí siempre aparece Anselmo, casi a diario. Debíamos haber empezado a jugar juntos, en aquel patio, probablemente desde que él y yo empezamos a gatear. Naturalmente entonces éramos muy chicos como para que me acuerde, tal vez haya sido un poco más adelante, pero lo cierto es que la imagen de Anselmo jugando conmigo y con Pepe en el patio de casa, subiéndonos como ardillas a las ramas del alto paraíso que dominaba el fondo, armando subibajas con tablones de madera sobrevivientes de las sucesivas ampliaciones que habían ido transformando y agregando cuartos a la propia vivienda, trepando y correteando por los techos de chapa de cinc con gran enfado de papá y mamá que podían anticipar las futuras goteras, son una imagen permanente de aquel tiempo. Por eso me extraña que Anselmo hubiera preferido venir a visitarnos en el otro patio, el del taller, en lugar del patio de casa. Pero a veces hay cosas inexplicables que no importa explicar. Ni quiero.

De todos modos, aunque ahora, en el recuerdo, ese hecho me parezca curioso, no me lo pareció cuando Anselmo apareció de repente, sin anunciarse, en el taller para despedirse, para anunciarnos que se iba. La tarde estaba fresca, y él tenía un gamulán color sepia, uno de esos abrigos rígidos que solían tener unas solapas anchas de piel, o mejor dicho de una lana peluda que imitaba la piel de un animal. Llevaba unos vaqueros y calzaba unos botines de gamuza con un taco prominente. En la adolescencia había adoptado la costumbre de usar esos tacos que le aumentaban levemente la altura, que a esa edad puede llegar a ser para cualquiera todo un trastorno. A pesar de ello, para todos siguió siendo siempre “el petiso Pérez”; pero en realidad eso nunca lo había molestado demasiado. El petiso Pérez, Anselmo, se presentó entonces intempestivamente – estaba contando – en el taller lindero a la casa de mis nonos con la intención de despedirse.

Nos abrazamos, cambiamos algunas palabras que casi no recuerdo, y entramos en un cuarto que representaba el paso entre el taller y la casa propiamente dicha. Era una habitación sin ventanas, de paredes desnudas, con una mesa de madera y varias sillas y una penumbra que apenas desvanecía la luz que llegaba de alguna lámpara difícil de localizar. Una habitación de transición, como si no hubiera pertenecido en realidad a ninguno de los dos espacios, ni el del taller ni el de la casa. Nos sentamos y justo entonces llegó Pepe. Estuvimos hablando largamente mientras las fichas de un juego iban cambiando de posición en el tablero que en algún momento habíamos extendido sobre la mesa. Sé que hablamos de su partida, que intercambiamos el recuerdo de prodigiosos acontecimientos comunes, que la conversación se desgranó en migajas de tiempo ya imposibles de reconstruir. Pero extrañamente, no puedo rememorar el contenido exacto de aquella charla calma y serena. Cosa curiosa también: ni Pepe ni yo – ni Anselmo mismo – sacamos a relucir en ningún momento el motivo de aquella despedida, ni por qué había elegido el taller en lugar de la casa para despedirnos. Como si ya lo hubiésemos sabido. Y es que ya lo sabíamos.

Después, cuando se fue acercando la hora de irse, Anselmo sacó del bolsillo del gamulán algo que no terminé de ver con claridad. Me pareció un paquete pequeño, envuelto en papel madera, pero también puede haber sido una tarjeta, o un estuche de cuero marrón.

– Haceme un favor – me dijo, dejando el paquete no sobre la mesa sino sobre una de las sillas que estaban desocupadas – Cuando me vaya, dale esto de mi parte a Betina.

Betina es mi mamá.

Asentí, sin mayor curiosidad por tratar de ver mejor qué era lo que había dejado para ella, para mi madre que tantas veces en las tardes de la infancia nos había servido el café con leche con masitas, a Anselmo, a Pepe y a mí, interrumpiendo por un rato los tiroteos entre indios y vaqueros, o los esfuerzos por memorizar la tabla periódica de los elementos químicos, o la conversación sobre la ingratitud de las muchachas que amábamos en silencio. ¿Y por qué no podía dárselo él mismo?

Porque él, entonces, se levantó de la silla y se dirigió decidido hacia el interior de la casa de mis nonos, pero donde no estaban mis nonos sino mis padres, a quienes oíamos caminar o murmurar en alguna de las habitaciones. Dijo que iba a despedirse también de ellos, de papá y mamá, y si después podíamos acompañarlo hasta el sitio donde tenía que tomar el autobús. En los minutos que siguieron pude oír cómo se despedía también de ellos, y hasta escuché cómo papá, siempre en su estilo, le hacía una de sus bromas malísimas, unas bromas que forman parte de su personalidad y cuyo efecto jocoso consiste precisamente en eso, en ser tan malas.

Después salió a la calle por la puerta principal de la casa, que mis padres le flanquearon. Pepe se sumó de inmediato a él y yo – que me había demorado un poco antes de salir por el portón del taller – los alcancé en apenas unos metros. Caminábamos en silencio por la vereda, mientras como dije la tarde iba comenzando a caer sobre las casas. No sé dónde tendría que tomar Anselmo el autobús, de todos modos no tenía ninguna importancia ya, porque el autobús no era autobús y nosotros lo sabíamos, lo habíamos sabido todo el tiempo; y también Anselmo, por supuesto, aunque no hubiésemos mencionado nada en ningún momento.

Después, imposible saber cuándo, cambió por completo el escenario y me vi envuelto en una historia disparatada en la que aparecían personas y situaciones que no tenían ninguna relación ni con Anselmo, ni con Pepe, ni con mis padres. Un holandés alto y rubio que conocí una vez en Italia, aparecía por ejemplo.

Me desperté aturdido y ví que la nieve caía silenciosamente a través de la ventana de mi cuarto londinense. Entonces recién me di cuenta – me acordé – de que Anselmo había venido esa noche a visitarnos, a despedirse de nosotros en el taller antes de irse para siempre.

Anselmo, mi amigo, mi otro hermano, que la semana pasada murió en Barcelona.