DIATOS

Letras Mario Flecha

Shamsia Hassani Afghanistan. Primeras grafiteras de Afganistán

Shamsia Hassani Afganistán. Primeras grafiteras de Afganistán


My memory of the world now reminds me: the enemies of my enemies are not my friends.
I wouldn´t like someone to come and save me by bombing my town
Ghania Mouffok. Algerian writer

—John Brown. Mi nombre es John Brown, John Brown —gritaba mientras corría esquivando los árboles de Clissold Park.

Sus piernas se movían torpemente, saltaba de un lado a otro, iba y venía sobre si mismo hasta que la respiración abandonó sus pulmones mordiéndole el estómago. Su cuerpo temblaba. Agotado de furia se tiró sobre el césped recuperando de a poco el aire que se había ausentado de su cuerpo.

Caminábamos con Diatos que se revolcaba sobre el barro que más tarde se limpiaría sobre mis pantalones.

A veces yo me paraba sobre mis piernas, era un árbol inmóvil, mientras mis manos lanzaban la rama que había encontrado tirada para que Diatos corriera a buscarla. La atrapaba en el aire o esperaba que se desplomara sobre la tierra y levantándola con la boca se volvía sobre sus pasos y la abandonaba sobre mis pies.

Está vez no volvió. Se quedo olfateando al hombre tirado sobre el césped, husmeándole los cabellos, moviéndose alrededor del cuerpo inerte mientras lo empujaba con su hocico húmedo.

¿Estará muerto? me pregunté pensando en Blow Up, la película de Antonioni. Me acerqué para escuchar su respiración.

—No, nos van atacar —dijo mientras las palabras se tropezaban diluyéndose en un balbuceo sin sentido.

— No, nos van atacar —repitió.

¿Quién? pregunté asombrado.

—Los talibanes que están en todas partes —dijo y continuó —Las guerras nos hace a todos asesinos.

¿Qué color tiene la muerte?

¿Es usted imbécil? —me preguntó.

—No, solo curioso —dije.

—Verde, roja, azul. El color que usted quiera.

—Jimmy…, Jimmy quería espantar el miedo con humo, era un payaso de Somerset, encendió un cigarrillo mientras yo escupía sobre el suelo y revolvía la saliva con la punta de mis borceguíes.

Antes de salir a patrullar las calles desiertas de Sangin escuchamos las noticias en la radio. El ministro de la corona, John Reid, anunciaba por la BBC, órgano propagandístico del gobierno de su majestad Isabel II, que enviaría a Afganistán 3.600 soldados, que se sumarían a las tropas que la OTÁN había enviado. Contribución del Reino Unido, estarían desplegadas en la Provincia de Helmand donde su principal misión sería ser simpáticos con los invadidos. Estrategia de dominación aprendida en el conflicto que el Reino Unido había mantenido con el IRA (Ejército Republicano de Irlanda) en Irlanda del Norte.

Mientras Jimmy fumaba escuchamos el zumbido de una bala cruzando la oscuridad del silencio, estrellándose en la cabeza de Jimmy.

Murió en un instante. Traté de reanimarlo, lo tomé de los hombros y comencé a sacudirlo, repitiendo, no te mueras hijo de puta.

¿Un balazo en la cabeza, duele? —pregunté.

—No. Es un arcoiris de fuegos artificiales entre las cejas hasta que la sangre tiñe todo de rojo. La oscuridad nos había sorprendido patrullando las calles de barro que rodeaban las casas en ruinas que habíamos sembrado a nuestro paso. Las sombras se deformaban al ritmo errático de las velas que reflejaban luces cansinas bailando entre los escombros.

Cargué el cuerpo de Jimmy sobre mis hombros, sabía que había ojos detrás de las paredes que nos miraban con las armas en silencio, llamé por radio a la guardia del campamento, quienes vinieron a buscarnos.

Diatos perdió interés en el hombre tirado sobre el césped y fue a jugar con otros perros.

Yo me preguntaba —¿Este hijo de puta además de no enterarse del color de la muerte, qué hizo?

Me arrodillé para escucharlo mejor.

—La noche del 23 de julio del 2006, al día siguiente de la muerte de Jimmy organizamos una patrulla de 6 soldados, para vigilar a la población.

Armados con rifles de asalto SA80 A2 L85, prismáticos nocturnos, nos fuimos del campamento a Saigun. Nos acompañaba Diosdeme Azur un traductor de origen afgano. La luna blanca, la luna redonda, la luna llena iluminaba nuestras siluetas, estirando nuestras sombras sobre la tierra. Vestíamos nuestros equipos de criminales profesionales, cascos de metal cuidaban nuestras cabezas de las esquirlas de granadas, chaleco a prueba de balas, borceguíes imposibles, pantalones que se adherían a nuestra piel, mientras el barro se trepaba por nuestras piernas y el viento empujaba los granos de arena que nos golpeaban.

El sol otoñal de Londres brillaba en los ojos de John Brown, nombre demasiado común como para tomarlo en serio; él deliraba.

—La patrulla estaba lista para ir al infierno, ‘Te vengaremos Jimmy,‘ repetíamos con los dientes apretados mientras nos golpeaba la culpa por estar vivos. ¿Dónde estará al francotirador que le reventó el cerebro?

Esperándonos, detrás de los de muros sin ventanas, de las puertas erguidas por la costumbre, de techos ausentes por la violencia de nuestra tecnología y sin embargo los hijos de mil puta nos iban socavando el alma. La derrota reptaba lentamente aunque éramos invencibles, estos campesinos ¿Qué tienen? Le cuento, unos rifles Kalashnicov antiguos y al General Tiempo —dijo John Brown, y continuó —Esa noche la muerte nos visitó nuevamente. Furiosos ante el fracaso de buscar sin encontrar al asesino de Jimmy, entramos en unas ruinas, habitadas por dos jóvenes de dudosa belleza. El Sargento a cargo de la patrulla empujó a una de ellas sobre el suelo, forcejeando, la desnudó al mismo tiempo que él se bajaba los pantalones, la violó. Trastornados el resto de la patrulla forzó a la otra mujer a tener sexo con cada uno de nosotros, horrorizados o felices las matamos entre el chasquido de las llamas y la locura que nos poseía.

—Hijo de puta —murmuré.

—Diosdeme Azur observaba desde la distancia de su origen nuestras emociones. Diosdeme Azur se puso al frente de la patrulla y nos guío silenciosamente a una emboscada. Cuando comprendimos que estaba pasando el había desaparecido en la oscuridad de la noche mientras la muerte se había adueñado de las circunstancias.

Tuve la intención de apoyar mi rodilla sobre su pecho y presionarlo con toda mis fuerzas pero solo atiné a preguntarle —¿Por qué? ¿Por qué todas estas miserias a 5.600 km del Reino Unido?

—Es mi trabajo.

—Macabro su trabajo.

Llamé a Diatos para irnos mientras John Brown descansaba apoyándose en el árbol. ¿Es un charlatán o un asesino? — me preguntaba.

collage Shamsia Hassani Afghanistan


Una vez en casa aturdido con el diálogo que había tenido en el parque le pregunté a mi mujer.

¿Qué harías si conoces a un tipo que mató a dos mujeres después de violarlas en Afganistán?

—Lo sacrificaría lentamente de la manera más dolorosa posible.

Durante varios días me dediqué a buscar en el internet el tormento adecuado para llevarlo del sufrimiento a la muerte.

Dudé del color que tendría su muerte. Pensé asesinarlo de varias puñaladas. Tinte rojo, me dije.

Azul tonalidad de los ahogados. Imaginé dos opciones, meterlo en una bolsa y tirarlo al mar o darle de beber constantemente.

¿Verde ?

Por deshidratación. No le daría nada para tomar hasta que su piel se ponga de color blanco.

Amarillo – sería el matiz del hambre.

Si bien pensé que no había manera de tener una muerte verde, bien podría envenenarlo con cicuta.

Mi mujer comenzó a preocuparse cuando advirtió que yo estaba siempre en otra parte, que sus preguntas se quedaban sin respuestas y que mi deterioro físico era acompañado con una desprolijidad inusual. Cansada de ser ignorada, se plantó frente a mí exigiendo que le explique qué me estaba pasando.

Dudé un instante pero al ver que su resolución reclamaba una respuesta, dije

—Voy a asesinar al soldado que encontré en Clissold Park.

¿Por qué?

Cada vez que Natalia estaba nerviosa las pestañas se le movían como si fueran dos mariposas negras volando.

—Mejor no. A nadie le importa la verdad. ¿Qué voy a hacer, visitarte en la cárcel? —dijo ésto marchándose.

Me quedé esperando que volviera para explicarle por qué. Como no volvió, decidí irme a pasear con Diatos.

Al llegar a Clissold Park lo solté de la correa, se fue corriendo en esas carreras locas que solía tener cuando se sentía libre.

Le confesé a Diatos que si encontraba al soldado lo mataría de la manera más dolorosa posible. Él me miró en silencio, entendí que aprobaba mi idea.

Había decidido que lo mataría por deshidratación, porque la sed es diferente al hambre, como lo describe el profesor Zamorano: Si una persona deja de comer, llega un momento en que su estado de debilidad es tal que ni siquiera percibe la falta de alimento. Pero en este sentido, la falta de líquido es peor. La sed conduce a una situación desesperada, porque uno es consciente del estado en que se encuentra

Había planificado raptarlo. Una vez atrapado en la tela de araña que tejería con precisión, lo ocultaría en el sótano de mi casa esperando que en seis o siete días fallezca de sed, dándome la oportunidad de vengar a las mujeres,; también descubrir el color de su muerte.

Caminaba con estas ideas girando en mi cabeza hasta que escucho a alguien llamando a Diatos. Era John Brown a quien le había dedicado los pensamientos de las dos últimas semanas.

—Los talibanes, nos pueden atacar —me dijo al verme.

—Te puedes refugiar en mi sótano—contesté.

¿Sí?

—Claro que sí, estarás seguro. Los Talibanes no saben que en mi casa hay un sótano, no te buscarán allí.

Llamé a Diatos y los tres salimos del parque hacia Green Lanes. Antes de llegar a la curva donde la calle se bifurca hacia Petherton Road, el ex soldado cruzó la calle inesperadamente al mismo tiempo que un coche de color verde aceleraba su velocidad con la intención de atropellarlo. La violencia del choque lo hizo volar

por los aires, aterrizando sobre el pavimento. Corrí a su lado arrodillándome sobre el asfalto y acercándome a su oído, le pregunté qué color tiene la muerte.