DOS POEMAS DE JORGE GOYENECHE

Texto Jorge Goyeneche

JORGE GOYENECHE POEMAS IMAGEN

Del libro FINAL DE OBRA, ed. Huesos de Jibia, 2016

CONCRETO
 
Tres de arena y una de cemento.
A pesar del agua la masa es espesa/pesada,
también lleva piedras.
Deberían ser piedras de esas medio grises negras a determinada
proporción (uno por tres, uno por cuatro) pero la pobreza le
mete escombros, esos restos de demoler paredes que no irán.
También la eterna señora le mete una pala a manos y cintura no
profesionales.
¿Qué hace un poeta mezclando en un rincón frío de la casa sola
nueve baldes de arena, tres de cemento, tres de piedra y agua
helada?
Tal vez mata sus culpas o apenas las mezcla y cree
que obtendrá otra cosa, más sólida.
Tal vez mezcla hijos y esposa y sangre,
como puede, sin manual, solo
con fuerza de voluntad. Busca reconocimiento,
como cuando escribe.
Busca afecto, una mano en el lomo dirigida según el pelaje,
como cuando novela.
Ayer viene y le dice algo. Pero él
mete la pala ancha en el borde del montículo arrinconado,
crepitan las piedras pegoteadas pastosas
como una maraca deforme y bamboleante, y
no oye a Ayer.
O lo oye pero todas las piedras
ahora subidas a la pala que alza cargada
con el supuesto fin de mezclar la mezcla, hablan
con más fuerza aun que los malos recuerdos;
anulan sus circunvoluciones solo atentas a la violencia
de los músculos no profesionales y la cintura
electrizada que se mete
con carga cada minuto mayor en esa pala
de castigador de algún círculo de Dante
donde él mismo es criminal y monstruo sadomasoquista
enviado por qué talión de dios.
Repite gestos y actitudes que vio niño.
Esa lucha eterna contra infortunio.
Infortunio así y todo venerado por el mismo par de
infortunados.
La madre para mostrarse madre sufriente,
el padre para pagar culpas. ¿Qué culpas
puede tener un timorato? ¿No son las culpas
de los arriesgados, aventureros, lanzados, acaso?
Culpas deberían ser de Ulises.
El suelo de la habitación principal futura
es una suma de tumbas. Pegadas una a otra
hermanadas, tienen ochenta por dos setenta y son cinco.
Cuadros de madera vieja nivelados contendrán
/ya contienen en parte/el producto
de la mezcla. Empezó algún día
de esa semana, van dos, hoy irán dos más o tres
en su afán ansia de fin si el cuerpo aguanta
y la voluntad siempre.
Tironea permanente el deseo de volver allá, allá donde están los
otros cinco. Pero sabe que allá no da para más y que al menos
en ese instante todo depende de esas piedras esa pala y rellenar
todas las tumbas para avanzar en el tiempo. Y la pala rema en el
mar muerto.
Futuro llega y le recuerda cementerios
de París donde dos de ellos miran
tumbas de músicos famosos, de poetas famosos y de muertos
infames. Toma un respiro endereza la espalda con el bastón
pala y mira los cuadros de madera vieja rellenos de piedras. La
proporción ha sido un balde de cemento cada dos de piedra tres
de arena y bogar bogar en poca agua y mucha masa espesa que
pesa. Por algo se llama concreto, por algo,
porque los fantasmas que saludan
más Ayer y Futuro que dicen
no distraen casi nada del esfuerzo del dolor el sudor la culpa.
Sobre todo la culpa y la necesidad de afecto.
Remar para llegar ahí mismo y que una sonrisa se pose
en la zona dolorida en medio de la espalda.
Futuro igual llega de nuevo y le recuerda que habrá novela. Ese
millón de piedras viejas de paredes ya desmoronadas reunidas
aleatorias rema boga rema rema con la pala ancha y una masa
una pasta pegajosa que sola sola se adensa que hay que apurar
el tiempo para que la pala no quede clavada en un montículo
informe inútil realmente no buscado.
Ay no se le escapa cuando solo en la casi casa solo. Ay es
para los que quiere y necesita.
Vuelve Ayer y le rememora sus ayes inútiles que nadie consoló.
Futuro no dice nada. Lo mira.
Se guarda todos los ay que tiene para cuando llegue allá donde
están los cinco. Para que cuatro solamente hoy lo admiren desde
abajo en su heroísmo de albañil improvisado que todo lo arregla,
para que una lo mire ojos a ojos y comprenda su miseria
inmadurez tal vez soberbia de solucionar de hacer el gol olímpico
atajar el último penal.
Futuro inmediato le muestra a los seis acostados riendo, ellos
dos comparten una era, mirando el techo allá lejísimo esperando
las maderas de arriba. Que él, héroe improvisado en lugar de
poeta novelista es carpintero, colocará también con esfuerzo
notable y sin un solo ay cuando está solo. Cada tirante otro remo
en mar de cinc como el vasto cristal azogado de Rubén.
La casa, cuando él puede respirar porque inclina la cabeza y bebe
el agua, es siempre fácil metáfora de poeta, alegoría, y plot de
novela con su intertextualidad de Usher, Tomada,
miré los muros de la patria mía si un tiempo fuertes ya. Pero
lo puede de inmediato la voluntad para tapar
sus múltiples agujeros, enduido
a los deseos, las memorias. Y sigue
con sus clavos con alambres alisados cañerías.
Es que la casa esperada es la obra postergada, son los años
muertos llenos de muertos en una tapera a escondidas. Y ahora,
casi tarde ya para su cintura, o al límite que no quiere reconocer
de sus fuerzas, llegan los camiones de arena y bolsas de cemento
y las piedras grises negras y la pala. No puede no hacer la mezcla.
El balde cinematográfico, legendario, mítico con mujer cantarina
que lleva el agua ídem es para él
–plano de lo concreto–
castigo de omóplatos, dolores nocturnos y revueltas
en la cama por diez noches. El agua será turbia
y dejará los dedos como los dedos de los muertos. Aspereza
es también hablar la lengua del hombre que mira pasar las tetas y
los culos mientras le revolea cincuenta kilos de bolsa de la calle a
la vereda rota. Y él apenas puede con ellas y con la gesticulación
pertinentes a la escena.
Al inhalar el aire agónico bajo aquella gravedad de Júpiter,
algo ventila la memoria rara y las imágenes
de personas con los pies
cementados
arrojados
al fondo
del río pastoso
le duele también en las rodillas y atrás de las rodillas en el hueco
poplíteo. De aquello se salvó por azar, aquí lo castiga ahora la
necesidad.
No fue Ayer quien regresó el espanto, sino Dolor,
porque dolor es dolor siempre y comprende a todo dolor.
Todo dolor hecho con iguales ingredientes. Tres de arena, una de
cemento, cuántas piedras, ¿agua? poca.
El esfuerzo es tan bruto que veloz también anula
las malas memorias y lo sumerge en un mar del que su pala remo
no lo saca.
Como un castigo de mitología, cuanto más revuelve y carga
baldes y los acarrea y los vacía
en las futuras tumbas de las eras entre maderas niveladas
más pesa el resto, más lejos queda la montaña
de mezcla en el rincón solo de la casa futura.
Por momentos asoman recuerdos ajenos, pinturas, láminas.
Multitud de campesinos trabajando bajo el ojo de Brueghel,
desolaciones de la plaza de Italia, o los enormes vacíos densos de
Dalí. Como el aire del abanico, que solo revuelve el mismo aire
de siempre pero da sensación amable. El cuerpo estúpido sigue
y sigue aunque no pueda, y atrás de los ojos los pintores. Otros
tienen dinero para albañiles y mucamas y remises, él con la pala
y colores, ella con los niños y seguramente colores.
Afuera el dolor y la furia del cuerpo,
adentro la batería que lucha bajo la cáscara eternamente castigada.
Cuando no asoma desde el fondo el dolor más serio de la muerte.
La muerte que quiere tapar no resiste él
su cara de muerte ni joven
siquiera apenas unos gestos simpáticos en pos
apenas una levedad para el recuerdo y mete
su cabeza pesadez en toda la montaña de mezcla dura que no
anula la muerte pequeña de la era que falta, que ya falta, entre
las cinco cajas de la habitación con piso ya putamente rellenado.
Una mezcla dura de concreto insalvable, indestructible, sin
fisuras.
Ni Ayer habla.
Futuro se esconde.
Tres mil de arena y un millón de piedras.
Viene la lluvia con su tópico de tristeza. Cala. Muestra
la inmadurez la falta de sazón los restos verdes del albañil
impuesto,
que solo no puede llorar por fuera. Adentro es otra cosa,
el agua precipita fluye no lava nada solamente
recorre todo hasta los pies quizás atraída por el agua
de afuera que atravesó el calzado con su mojadura
turbia pastosa de mezcla a punto de secarse y nunca seca
se renueva por pastones nuevos. Sí,
todo es tópico, el muro que levanta,
las piedras que le pesan,
la lluvia triste; pero es el tópico
de él
ahora
en cada hueso ya no literario aunque poeta sea
alguna vez o novelista también sea.
Hay un olor de moscas en torno a las montañas
esquinadas donde la pala busca instalarlo. En el fondo
de la voluntad y de la fuerza y la energía
hay un destello de erguirse,
de ponerse en manifiesto. Es el motor inmóvil,
enderezar el cuerpo y ser visto en pose de haber hecho. El macho
que se sube a la colina y aúlla. Qué otro grito
puede hacer con tanto músculo herniado, lagañas de concreto,
la muerte en la aspereza de toda la piel. Se humilla frente
a los elementos. Anularse por esfuerzo traerá el olvido. Ni
momentáneo, apenas pestañeo del dolor que se sigue viendo/
sintiendo.
Hay un árbol afuera. Quisiera ser el árbol. Fresno
inmenso. Cuando con hojas
esa piel verde oscura rugosa que se expande hacia la luz;
si caducas ya, la madera es recogimiento,
cajón de muerto vivo a la espera de otras verdes
perennes por una estación. ¿Alguna vez
pensaba pensará en cómo llega el dolor
desde las nervaduras carcomidas hasta el interior centro del
tronco?
No puede llegar a pensar en cómo llega el dolor desde las uñas
corroídas hasta el interior de sí mismo. Porque a mitad de
camino se desvía la atención hacia el nuevo dolor que viene, al
que se produce ahora, a este que vendrá de inmediato apenas
clave violenta/no hay otra manera/la pala en lo profundo de las
piedras.
Una vez el piso aunque desparejo ya listo
para carpeta y tal vez cerámicos, vendrá abrir en la pared
a puro martillazo una ventana. Antes
poner la viga doble T. Y nueva montaña
devendrá de trozos a moler para más pastón y más paladas en el
rincón solitario esquinado de la casa futura.
Todo sin plano, únicamente plan de mudarse
cuanto antes casi como sea lejos de la ruina prestada.
Vivir allí los seis, por fin.
Futuro viene con su expresión
canchera de quien todo lo sabe, pero él no quiere
saber nada. Quiere una casa,
ni el tópico de nido,
ni el tópico de tumba. Por unos cuantos años, una casa.
 
 
DEMOLICIÓN
 
La furia deja su reguero
de uvas pisoteadas,
cáscaras duras muellen el piso
y lo nievan azules
para que nadie pueda detener su marcha
encima de ella.
El novelista solo tiene enfrente enemigos de mezcla y ladrillos
huecos, inevitablemente contra ellos la emprende con sus puños,
a patadas, con las uñas, también la cabeza que arde por dentro se
estampa y estampa hasta el inicio del mareo que sin embargo no
es eficaz para detener todas las espinas y todos los clavos gigantes
que saltan bajo la piel, tras de los ojos y desde los orificios de las
narices, las orejas, innumerables los poros, queriendo ser erizo
contra el aire. Otras personas serían necesarias para asedar la
ira, que la materia con su estupidez solo consigue multiplicar el
estallido.
Ay si pudiera romper cada milímetro de arena,
piensa como ebrio el novelista,
demoler cada nanogota de agua turbia
y fundir las chapas del techo
y los metales de los cables
y los caños. Pero está solo y tiene un mandato
que incluso sobrevive lúcido a la furia de aniquilación.
Allá estarán ellos esperándolo, con curiosidad por conocer las
novedades, los progresos de la obra. ¿Cuánto falta para la casa
necesaria, están puestas las ventanas,
andan las luces acaso?
Ninguna de las causas que lo han herido son suficientes para
demoler la construcción,
sí para arrasar la ciudad y el pasado,
sí para hacer cenizas finales de quienes lo abandonaron,
sí, seguramente sí, para decapitar todas las asperezas
e injusticias,
todos los miedos de esa época,
a cada agente de la muerte y la tortura.
Más esa marca de infortunio que se le cruza en cada bocacalle.
Pero la casa que vendrá no se merece una venganza
sino memoria.
Y así cada rincón de la obra, cada caño, cerámico,
bombita de luz habrá de ejercer
su finalidad sin odio, pero sin olvido.
La casa será el libro a pesar de las tachaduras
y enmiendas, de tantas erratas y hojas pegadas.
La furia insiste con su espuma de aerosol,
de glifosato, fumiga todo el piso
y el campo que lo rodea.
La cabeza del fémur cepilla piedras
y cada tendón se empasta de cemento agrumado,
el universo entero entra en ebullición
big bang improductivo desolador
y las galaxias giran a contramano de sus ojos
que solamente ven lo que le han hecho,
en qué lo han convertido,
y a pesar del esfuerzo por salirse de ese pozo negro
y de toda la voluntad por construirse distinto,
el suelo donde pisa de vez en cuando lo envuelve
en el terremoto de su pasado,
de las frustraciones que no logra domesticar.
Sabe que uno es lo que hace
con lo que han hecho con uno (gracias, Sartre),
pero lo que han hecho sigue de hielo
a pesar de los paños calientes.
Y cuando salen, cuando vuelven con la hipotermia de la niñez
se alza la furia,
una cuestión fisicoquímica de compensación de temperaturas
que en lugar de equilibrar,
simplemente
destruye el todo.
Aunque sea por un instante. Y sin embargo,
las paredes sobreviven.