EL BIBLIOTECARIO

Letras May Casanova

El Bibliotecario de May Casanova


 

No sabía que todo iba a explotar en la ciudad al comienzo de su tan merecido (tras años de estudio en la universidad) nuevo trabajo, por fin, como aprendiz en la biblioteca local.

Se abría ante él, aquel mundo que siempre había soñado. Después de dos meses de aprendizaje, tras las fichas, estanterías y códigos alfanuméricos en el ordenador, empezaba a manejarse y también a aprender la rutina diaria de la inmensa sala llena de libros.

La localidad, animada, se volcó entera y esperanzada a las urnas que dieron paso a un nuevo equipo de gobierno. Las promesas habían sido de lo más esperadas. Se sentían como unos reformistas que serían recompensados por votarlos y con ellos, un mundo nuevo de inteligentes y precisos pasos, los llevarían a estar en cabeza de la cultura comarcal.

Uno de esos tantos proyectos a llevar a cabo incluía actualizar la biblioteca para los tiempos modernos, así como un nuevo equipo directivo, una ampliación y una renovación arquitectónica, tanto por dentro como por fuera.

Todo eran sonrisas y palmadas en las espaldas de los integrantes de la plantilla.

Cuando presentaron oficialmente a la nueva directora les pareció la más simpática y bonita (a pesar de sus ya pasados cincuenta) que hubieran podido imaginar tener nunca.

Era una mujer inteligente, no cabía duda. Su verborrea en el acto les pareció totalmente sincera y al mismo tiempo, de una calidad para lo que habían conocido hasta entonces insuperable.

Pasados los días estuvieron de acuerdo, sus primeras expectativas no se quedarían en el camino.

José apuraba al extremo todo lo aprendido los meses anteriores para archivar la tremenda cantidad de libros que iban entrando. Un día, sentado en la mesa repleta de montañas de obras de diversos autores, apareció la encantadora directora.

-Hola José -saludo tan simpática como siempre-: No quisiera molestarte -añadió-: Por un lado quería felicitarte por tu estupenda labor y por otro, -continuo mordisqueándose el labio un poco indecisa- Veras, por otro lado, quería preguntarte si no te importaría quedarte un par de horas más en el trabajo. Hay tanto que hacer…

José estaba un poco cansado del inventario, pero él también había votado por ese nuevo equipo, estaba más que acostumbrado a ese trabajo e incluso ilusionado por el futuro que se presentaba para todos. Por supuesto, accedió. No tenía una vida que fuera a echar en falta, eran solo unos meses… -suponía- cuando acabara todo el follón tendría más tiempo libre. Era muy trabajador, tenía mucha energía, podría soportarlo. También estaba el incentivo monetario. Un par de horas más al día le darían para algún capricho.

No había cobrado aún ninguna nómina. Con las elecciones y su primer mes como aprendiz no había llegado la hora del cobro. Le habían dicho que le pagarían con un par de meses de retraso. Pero no le parecía importante. Toda la vida sin dinero y viviendo con sus padres…, ya cobraría todo de golpe.

El trabajo se amontonaba, estaba hasta los bordes. Trabajaba de lunes a viernes 12 horas seguidas (oficialmente 8, extraoficialmente 10 y en favor de la directora otras 2). Trabajaban con él, una mujer de unos 40 años y un compañero que no tardaría en jubilarse. Había otra chica que hacía de extra los sábados para que ellos pudieran tener al menos dos días de descanso.

Por fin ( ya había perdido la noción del tiempo ) llegó su tan ansiada nómina. Tres meses cobrados de golpe, la cantidad le pareció asombrosa en comparación con otros trabajos que había tenido. Muy contento llevó aquel sábado a sus padres a cenar para celebrar el pago, les estaba muy agradecido, sin ellos nada de esto hubiera sido posible.

Los meses pasaban y el trabajo era incesante. José se preguntaba qué día dejarían de llegar libros y más libros, estaba exhausto. Cada día parecían agarrotársele más los dedos de las constantes e interminables horas que pasaba frente al ordenador.

Un día haciendo comentarios de pasada, oyó decir a sus compañeros que los sueldos habían quedado congelados desde hacía demasiado tiempo. Que ojalá esta crisis acabara pronto, que no llegaban a fin de mes… Si bien pensó que el sueldo no era muy bueno, a él le bastaba, seguía viviendo en casa de sus padres. Vale que las 10 horas extraoficiales se hacían pesadas, y claro, luego estaban las dos horas más que se quedaba todas las noches para ayudar.

Casi se atraganta con el café cuando oyó de casualidad lo que cobraban sus compañeros. Lo mismo que él. Lo mismito. Ni un céntimo por arriba ni por debajo. Entonces, ¿dónde estaban las dos horas que él trabajaba más?

Tenía que hablar con la directora pero no encontraba el momento. Le daba mucha vergüenza hablar sobre dinero. Pero hacía 10 horas semanales más que sus dos compañeros, tenían que pagárselas… debía ser todo una equivocación.

Había oído rumores; el nuevo equipo explotaba a los trabajadores. No podía pensar que eso estuviera pasándole. Lo cual le hacía sentirse más desprotegido a la hora de enfrentarse a la directora.

Tímidamente se acercó a la puerta de su despacho y la oyó sonarse la nariz. Hacía días que tenía un tremendo constipado. Tuvo que esperar un buen rato mientras ella se sonaba y se sonaba. Parecía que no iba a acabar nunca de soltar mucosidades.

Estaba a punto de irse y esperar un momento mejor cuando de repente el ruido cesó y la oyó reír de golpe.

-Ay perdona chica -le dijo a alguien- este constipado me va a matar. Como te decía son una atajo de minusválidos mentales, ¿Pues no tengo a José el bibliotecario trabajando dos horas de más todos los días?, y el muy tonto se piensa que se las voy a pagar….

José se quedo paralizado por el susto. No lo podía creer. Pero ¿qué había hecho para merecer ese trato? Estuvo semanas meditando antes de decidirse a hablar con la directora, no quería enfrentarse a ella y en cierto modo, no se atrevía a dejar de hacer aquellas dos horas “de más”. Pasó mucho tiempo hasta que comenzó a tomarse las cosas a su manera. Primero y por supuesto las dos horas “de más” habían acabado. Pero claro, tampoco había cobrado ninguna de ellas y no estaba dispuesto a permitir que le tomaran el pelo. Hizo amistad con el camarero del bar de la esquina, cuando iba a desayunar se tomaba un copa de ponche mientras hacía tiempo y recuperaba aquellas horas extras que requirió la directora.

Por supuesto la gente empezó a hablar. No pasó mucho tiempo hasta que un día, la “simpática” directora lo enfrentó en el pasillo.

-Mira José, no quería decírtelo así. Pero vamos a rescindir tu contrato. No es por nada, tú trabajas bien. Pero contrataremos a un chico que debe unos servicios sociales. No es definitivo, quizás sean sólo unos meses.

José hervía de indignación palabra tras palabra.

-Quieres deshacerte de mí -le soltó sin aguantarse más.

La directora lo miró indignada.

-José como tú comprenderás todos sabemos lo que haces cuando vas a desayunar. Estas faltando a tu trabajo. No pensaba yo que un chico como tú…

-No diga usted más -la corto José- Pero no me iré de aquí sin cobrar mis dos horas “de más”.

Ante esta indignada proclamación la directora por fin calló. No hubo más que añadir, cada uno siguió su camino. Su empleo había terminado.

Cuando finalmente se despidió de sus compañeros, no les dijo nada sobre aquello, no quería amargarles la existencia. Fue a secretaría a recoger su cheque.

La secretaria lo miró por encima del hombro. Le entrego el cheque y le dijo:

– Aquí tienes, tus dos horas “de más”.

¿Cómo sabía la secretaria aquello?¿”De más”? José sabía que era buena persona, le dolió mucho aquel retintín. Su intuición le dijo que había algo más. Pocos días después volvió a la biblioteca a visitar a sus compañeros. Estos le recibieron encantados y apenados por su marcha. Irma, la cuarentona exclamó.

-Pero qué lástima José… Y ahora que te has ido, por primera vez desde que trabajamos aquí, nos darán un extra de navidad.

Qué lástima, sí, el extra de navidad coincidía en todas sus cifras con la cantidad del cheque que aquella secretaria le había dado por sus horas “de más”.

Poco tuvo que pensar.

En ese mismo momento les dijo a sus compañeros que iba a buscar unos libros y se dirigió a dos estanterías. De una de ellas sacó y guardó en su mochila, sin que sus compañeros lo vieran, un libro de pintura realista de Antonio López. Pintor que le gustaba mucho, de otra cogió un libro muy gordo que había leído hacia mucho y le había gustado. El libro era “Crimen y Castigo”.

De allí se dirigió a una copistería e hizo una fotocopia de la pintura realista de un retrete. Compró una docena de huevos y pañuelos de papel. Con el papel de plata que le quedaba de un bocadillo, que había desayunado en el parque, hizo un paquete donde metió los huevos rotos sin cáscara y los pañuelos de papel. Se acordaba perfectamente de aquel día en el que ella se había reído de él después de sonarse sus puñeteros mocos. En la fotocopia, bajo el dibujo del retrete, colocó el nombre y los apellidos de la directora.

Se dirigió a secretaría y a la misma empleada que de algún modo le había advertido la situación, le dio el paquete, fotocopia incluida y le dijo dignamente: -Dale esto a la directora de mi parte.

Quería llamarla mocosa, que no era mejor que aquello para lo que está destinado un retrete. Un poco abstracto, sí, pero eficaz.

A veces, se encontraba con la directora por la calle, ella lo miraba con miedo. Creía que un día le haría algo, la aterrorizaba su presencia.

Jamás volvió a trabajar en ninguna biblioteca.

Además de guardar los libros que tomó, volvió y volvería a releer muchas veces aquel que tanto le gustaba, archivado informáticamente como faltante.

Crimen.

Y castigo.

Nota del Autor: Historia basada en hechos reales. No es la primera ni será la última vez que un superior intenta aprovecharse de sus trabajadores. Hace muchos años en España, tuvo lugar una huelga general de más de 40 días para los derechos de los trabajadores, en ella se estableció la jornada laboral de 40 horas semanales, que en muchas ocasiones no se cumple. 
Dedicado a todos los trabajadores que alguna vez, o aún hoy día, sufren estos abusos. Especialmente a Ricardo Martínez, gracias por ayudarme cuando más lo necesitaba. Gran amigo y mejor persona.