EL CAPPUCCINO FATAL

Letras Vita Salvatore

Christopher Stevens Wonder Woman VS Valkyrie negative

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Un paso de tragedia

Roberta estaba soliviantada en esa tarde tórrida de un verano imprevisto que azotaba a las islas fuera de temporada y sin venia oficial. Los golpes de calor que sufría desde la noche anterior habían escalado a la categoría de ritual totémico. Un hervor en las plantas de los pies se le enredaba como una trepadora parasitaria a un jardín, deslizándose impertinente hasta rodearle los muslos, el florido monte venusino y la frágil cintura de bailarina retirada, motivo de orgullo, gracia y sinuosa esbeltez, así como siniestro baldón vergonzante para sus amigas coetáneas, engordadas por la multiparidad, el aburrimiento y el sexo esquivo característico del pacto matrimonial.
Por un momento tuvo un respingo que, sin llegar a hacerle perder ni aire ni equilibrio, le estuvo ominosamente cercano. Se le cruzó por un instante la amenaza de que –a los 43 años– estaba siendo víctima de una menopausia prematura. El sólo pensarlo le hirvió el torrente sanguíneo, alimentando una ira que no era aconsejable compañía de la insolente incertidumbre climática –monstruosa palabra, pensó– evocadora de climaterio.
Esto me pasa” –no pudo ni quiso evitar la injusticia del juicio –“por hacerle caso a ese infeliz”.

Con el aire distraído de siempre, como quien regresa a tierra luego de una abducción extraterrestre o viene del happy hour con los amigos pasado de aperitivos, entra Rafael, cerrando la puerta con una cabriola futbolística de revoleo de balón desde la media cancha. El frenético estrépito asalta a Roberta hasta hacerle perder el control. Cae, glorioso en su determinación, el bol de vidrio conteniendo la mayonesa casera que estaba por terminar.

¡Bingo! Sos un maestro para la cagada”. El retruécano no se hizo esperar. “¿Te parece, reina?” Pausa para encender un pucho. “Sin embargo me salió así, de taquito nomás”.
No me fumes en la jeta, sabés que acabo de dejarlo”. De nuevo, va contragolpe. “Ya me estoy poniendo la máscara antigás. ¿De acuerdo, milady?”
¡Ah! Y después de quitarte la nariz roja de gomaespuma, cazá ese puto teléfono y llamalos a todos. Se suspende la cena por mal tiempo. Yo no cocino más nada. No va más, cerradas las apuestas, negro el once” –se arranca el delantal, lo arroja sobre el cataclismo de vidrio y baba de mayonesa y sube, digna cual valquiria repudiada por Thor, hacia las habitaciones del primer piso. Huelga decir que hubo diversos estruendos de puertas maltratadas, a saber, biblioteca, atelier, baño y dormitorio, en prolijo orden de acompañamiento a la pusilanimidad del ánimo.

Llama el teléfono de línea, insistentemente. Nadie contesta. Un alarido de quebranto ulula desde el dormitorio. “¿Me lo estás haciendo adrede, no?” La voz desaforada y cavernosa surge teñida de inquietantes metales Vikingos. Acaso con remotas evocaciones borgeanas de sables tajeando los gélidos glaciares de Noruega. Pero, dadas las circunstancias, podría atribuirse la imagen a la vana fantasía de un corazón desbordado.

En el entretanto, Rafael canturrea bajo la tibia lluvia relajante de la ducha. Y el teléfono insiste, lastimero – huérfano, cabría decir.
Entonces –y se hace aquí importante el peso especifico del adverbio pues podría tratarse del pliegue catástrofe que definirá el antes y el después de una vida– entonces, dijimos, suena el timbre de la puerta.
A la sazón –y qué bonito resulta a veces recurrir a la tradición lexical relegada– Rafael se empeña en lograr un efecto elegante esculpiendo cuidadosamente el jopo recién cortado por un carísimo coiffeur, mientras Roberta se arroja a los brazos del melodrama solitario y sin testigos perceptibles.
Resulta enternecedor verla desde la perspectiva del voyeur –o narrador/a– cabalgando sobre una almohada enfundada en satén de seda como quien tiene sexo con un maniquí inflable. No sabemos –y mucho menos querríamos averiguar – si el gesto encierra placer alguno. Como se dice en buen castizo, no le hace. Ella ha decidido ser la mujer más incomprendida del planeta, y respetando el tono literario de este párrafo, la bendecimos con un saludable “Vale”.

Acicalado y bienoliente, Rafael se dirige al vestíbulo y abre, galante, la puerta. Entra Rosalía.

Ahora bien. Nadie que porte tal nombre en este siglo puede circular impunemente por el orbe sin ser sospechada de zombie, asesina serial en ciernes, o –de mínima– víctima de una doble personalidad incurable. No es un nombre que padres decentes y amorosos han debido dar a una criatura, a menos que su advenimiento haya obedecido a un craso error de cálculo o descuido de la voluntad.
Adueñada de un coraje inaudito, la portadora de tan adefésico apelativo, ya en la primera infancia –cuando a los cinco años descubrió que al bochorno nominal se sumaba una insalvable nariz de gancho– resolvió dos cuestiones que podrían considerarse hitos de una trayectoria de vida: jamás recurrir a la cirugía estética y menos aún a un cambio de nombre propio, apodo, mote, sobrenombre, alias o seudónimo. Rosalía había nacido, Rosalía moriría.
Women at War - Image Source Christopher Stevens

Women at War – Image Source Christopher Stevens


 

¿Cuán falaz o sobrevalorado resulta el unheimlich en la narrativa, estimados míos? Nuestros personajes, una vez cobrado el vuelo liberador del delirio de grandeza de quien los narra, deberían tener la anuencia de recorrer los meandros de sus sombrías intimidades sin intervención ni gerenciamiento.
Así que ahora, una abandónica Roberta, precipitándose a su sino, enardecida y gélida como Turandot, toma un escrito escondido bajo llave en un secreter –permítasenos el cliché– oculto en la biblioteca, bajo un tapiz de Flandes.
Mientras tanto, en un gesto del cotidiano, asaz pedestre, Rafael, acodado sobre el bar del comedor de diario pregunta, casual – “¿Qué tomás?”. Y acaso azuzado por la breve pausa, agrega. “¿Vino, un coctel, Gin-tonic, Bloody Mary?”
Aclarado el tema del unheimlich, no elucidaremos por qué a Rosalía le aletean las fosas nasales. Baste con tenerlo en cuenta.
¿Tienen la máquina nueva de hacer café?” Se intensifica el aleteo de las fosas, Rosalía finge un estornudo. Dos pequeños enigmas a resolver o a pasar por alto. Los lectores también tienen derechos.
A sabiendas, Rafael decide lo último. “¿Un rico café, entonces?” El exagerar un tono incidental le ladea los labios crispados. Tercer minúsculo enigma. ¿Rosalía, lo ha notado?
Por algo, antes de responder, chasquea la lengüita rosada, húmeda y acaso demasiado larga para una boca femenina. “¿Tenés leche?” Rafael está de espaldas. No podemos apreciar mueca alguna. La voz, sin embargo, suena festiva.
Siempre tengo”. Ahora se da vuelta y le lanza una mirada certera como la de un mapuche atravesando al huinca invasor. “Leche, digo.”
Hacele tu famoso cappuccino” – aunque tensa, Roberta se desliza escaleras abajo como una pantera entrenada. Del bolsillo de la bata de seda sobresale impertérrito un papel escrito a mano. Rosalía y Rafael querrían saber por qué está desnuda por debajo del déshabillé, y más aún, por qué le tiembla, intermitente como una lucecita de navidad, el párpado izquierdo. Pero se privan de inquirir. Ambos.
Roberta se despereza, dejando vislumbrar los muslos torneados y el monte florido. “¿A qué viniste tan temprano, cielito?” Ambos se voltean a mirarla. Concedámosle ambigüedad al gesto. Ninguno de los interlocutores sabe quién debe responder.
Hay un hermoso adjetivo para el silencio. Preñante. Existe para congelar el tiempo del relato en una dimensión inexplorada. A menudo alarmante.
Acudiendo a la acción dramática que nunca suple pero distrae, Rafael va a preparar el cappuccino en la máquina recién estrenada. Y rompe el silencio. “¿Cómo supiste?” Y mira a Rosalía, quien a su vez mira a Roberta, quien a su vez mira a Rafael.
¿Acaso me corresponde a mí responderte?” Rosalía no es de las que suspiran. “Tu mujer es ella”.
Le alcanza el cappuccino.”Con cuidado. Está que arde.”
Mientras revuelve.”Sus motivos tendrá”.
Se cierra la bata. “De sobra”
Todavía espero una respuesta. ¿Cómo supiste?”
Ya te dije”. Se quema el labio superior al sorber.”Puta madre”.
Rafael no es de los que se impacientan. “Tenemos toda la noche ¿No?” Cigarrillo, de rigor en estos casos.
Rosalía mira a Roberta. Ella no se hace esperar.”Se suspendió la cena”.
La suspendiste vos, sin consultar.” Pausa brevísima. “No me fumes en la cara”.
Repito la pregunta, ampliada. ¿Cómo supiste y cuándo te enteraste?”
Carece de toda importancia. No me hagas jueguitos de palabras. Es cosa de ustedes”

Volvemos al tópico del unheimlich, sólo para señalar que la máquina molecular de Rafael, respondiendo al fenómeno de la física conocido como entropía, comienza a autofagocitarse sin solución de continuidad. Los hombros tiesos y las extremidades inquietas, parecen querer sucumbir sin luchar. Sólo el sablazo verbal pujando por parirse desde la boca de Roberta, podrá rescatarlo, quizás, de la autoaniquilación.

¿Por qué carajo, cuando te toca poner los huevos en marcha, me hacés un Pavarotti? Sabés bien cuánto lo detesto.”
Se acerca al ventanal, a párpado batiente, y apoya la cara sobre el vidrio. Ni siquiera Rosalía, ya mejor predispuesta por la cafeína, logra conmoverse. Lo intenta, eso sí.
¿”Un Pavarotti”?
Mirale los ojos fijos como de vidrio y la boca abierta como para el DO de pecho”.
Me parece que no te hace un Pavarotti. Está al borde de un ataque de algo.”
Puro circo. No te engañes.”
Rafael cae decúbito dorsal.
¿Viste? Te dije. Nunca me creés nada. Estás siempre del lado de él.”
Le sale espuma por la boca, Roberta”
Estará vomitando los mil aperitivos que se debe de haber clavado con los delincuentes que frecuenta”.
Rafael, arrojando como un surtidor de bomberos, moja los pies descalzos de Roberta y estropea para siempre los zapatos de gamuza color perla de Rosalía.
Algo hay que hacer. Este hombre parece Linda Blair en El Exorcista.”
Rafael se revuelca de un lado al otro, gimiendo quedo, balbuceando textos ininteligibles.
Reaccioná, Roberta. Es tu marido ¿No?”
A ver, a ver, a ver, chiquita…. ¿Cómo es eso de que me estás marcando reglas maritales, vos, nada menos?”
Estás pasándote, Roberta. Cuidado conmigo”
Y si no tengo cuidado con vos ¿Qué?”
Conmigo la histeria desatada que le dedicás a ese pobre infeliz ¡No! A ver, dame un trapo y liquido para limpiar gamuza. Tu amante esposo me hizo mierda los zapatos nuevos”
De un salto, Roberta agarra ambos zapatos con una mano y se los revolea en la cara a Rosalía. “Mirate esto…Mirá lo que hago con tus zapatitos” Abre un cajón de la mesa de cocina, toma una tijera de trinchar y los empieza a cortar en jirones.
Loca de mierda. Ahora vas a saber quién soy”.
Roberta arroja los zapatos por el aire. Uno le cae en la cabeza a Rafael, rasguñándole una mejilla con la punta del taco aguja. “Justo eso es lo que quiero saber. ¿Quién sos?” Se le acerca, amenazante.”¿La que se me mete en la cama cuando mi marido no está?” Saca el escrito del bolsillo de la bata “¿O la que le escribe esto para avivarlo de que somos amantes?”
¿Qué decís, insensata?” Rosalía revolea los ojos con desdén, pero se aleja.
Roberta intenta restregarle el escrito por la cara. Rosalía se aparta. “Leé acá, yegua malparida. Está todo el detalle y con tu firma. Leé, leé o te arranco los ojos”.
Ahí la firma dice Erre. Mayúscula. Somos tres con un nombre que empieza con Erre.”
¿Y qué, la escribí yo para cagarme la vida? ¿Se la escribió él a sí mismo? Levanta el brazo con el puño cerrado. “¡Confesá o te mato! Quiero la verdad.”

Rafael abre un ojo y se arrastra hasta una pared, se incorpora y apoya la espalda para sentarse. “¡Basta, ché! ¡Qué quilombo! Se me parte la cabeza!”

Image Source Christopher Stevens -Women Warriors

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Ahora es Rosalía quien pierde la chaveta. “¡Vos, vos, intrigante, es quien tiene que explicarlo todo!” Toma a Roberta por las muñecas. “Éste me estuvo haciendo el jueguito desde que llegué” Toma aire. “Que cómo supe, que cómo me enteré”. Furiosa, a Rafael. “Decile, decile a esta demente, cómo me insinuaste que alguien está metiendo cizaña y guardando secretos”.
Rafael suspira. Es de los que suspiran. “No seas boluda, Rosalía. Era una joda. Te preguntaba cómo te enteraste de que tenemos la cafetera nueva. Con la que te hice el cappuccino.” Mira a Roberta. “¿De dónde sacaste eso, vos?”
¡Ja! El señor se hace el desentendido. ¡Qué tremendo tahúr de poca monta! Lo mira desencajada “Del bolsillo de tu impermeable, cuando lo llevé a la tintorería. Ni siquiera tuviste la delicadeza de romperlo o quemarlo.” Se acerca para patearle la entrepierna. Rosalía la toma del pelo desde atrás. “Y vos, bruja ¡Qué le cuidás las bolas a este degenerado! ¿Del lado de quién estas? ¡Confesá, maldita! Toma una cuchilla de carnicero del mismo cajón de antes “¡Confiesen los dos o esto termina en masacre!”

En un magistral revoleo de tobillo, Rafael emboca una pierna de Roberta, haciéndola trastabillar. Cae el cuchillo para clavarse, azaroso, entre los dedos gordos de Rosalía. Demudada, ella intenta recogerlo cuando Roberta se le monta a horcajadas. Para librarse, Rosalía comienza a girar frenética como un trompo. Roberta le clava los uñas en los ojos desde por detrás. Rosalía comienza a aullar como un mastín en celo. Sacude los hombros con fuerza, Roberta cae de espaldas, Rosalía huye espantada hacia el jardín, dirigiéndose a la piscina. Roberta la persigue impulsada por todos sus demonios.

Suena el timbre. Insistente. Con método al pulsarlo. Algún vivaracho ensaya un código Morse del otro lado de la puerta.
Rafael se incorpora de un salto con agilidad de liebre. Corre hacia el vestíbulo, observa por la mirilla. Timbre con la melodía de El Llanero Solitario. Alguien la acompaña con un entusiasta tarareo por detrás de la puerta.
Tararán tararán tararán tan tan, tararán tararán tararán tan tan, tararán tararán tararán tan tan…. taraan…tarararán….
¿Quién es?” Risa del otro lado. “Soy yo, Guillermo Tell”.
Rafael abre la puerta de un golpe. “¿Sos boludo? Es muy temprano, te dije de esperar hasta la nochecita”
Rodolfo, que no había terminado la secuencia, remata.”Tan tan”. Mira hacia adentro “¿Y? ¿Qué onda el mujeraje? ¿Cayeron las chivatas en el lazo?”
Por primera vez la voz de Rafael delata resquemor. “Picátelas ya, boludo, se van a avivar”.
Pero el plan ¿Te salió bien o no? ¿Lograste que narigueta se trincara a tu jermu?”
Si, apenas. Igual me costó el honor. Antes me la tuve que llevar a la cama con la promesa de que nos pirábamos juntos después del divorcio. Dos veces. La segunda para que escribiera la carta”.
Huy, dios. ¡Qué dura es la lucha por la liberación! ¿Cómo pudiste con el bagarto, macho?”
Un poco de asquito me dio. Pero, no creas, tiene una lengua de yacaré que cuando le da primera, te hace ver las estrellas”.
Del exterior provienen alaridos, insultos, blasfemias e imprecaciones varias. De improviso, se oye un barbotear, seguido de espasmos para recuperar la respiración.
Sigilosos ambos, se dirigen de puntillas hacia los lados del ventanal, ocultándose por detrás de las cortinas.
¡Ché! Esas dos se están masacrando. Mirala a tu mujercita pateándole el chocho a narizota. Huy, la otra le embocó un cross de derecha y la dejó en bolas”.
Calentura lésbica reprimida. Dejalas que se desahoguen”
No sé, loco ¿Te parece que un divorcio barato vale tanto? Esto puede terminar muy mal. ¿Y si hay que llamar a la policía, qué?”.
¿Qué sé yo Rodolfo? Mi abogado sos vos. En esta vamos y vamos en todo ¿O te olvidaste de que sos cómplice? Vení que sirvo un par de whiskies mientras pensamos en cómo zafar de culpa y cargo”.
No sé, macho. Esto ya pasó a mayores. Ya no estoy tan seguro de seguirla”
Rafael lo palmea. “Tranquilo, pichón, esto es como el fútbol, aunque estés reventado, el segundo tiempo hay que jugarlo igual.”
Van hacia el bar, más sigilosos que antes. Rafael abre la heladera con cautela, llena dos vasos de cubitos sin hacer ruido, sirve el whisky.
Desde fuera se escucha un arduo gorgotear seguido de accesos de tos, carraspeos convulsivos y súbitas arcadas. Un aúllo de mujer quebranta la paz del atardecer. “Ay, mi dios. ¿La maté?”

De estar en una sala teatral tradicional caería un telón rápido. Tratándose de una moderna, habría un apagón.