EL FUNERAL 

Letras Nazarena Pangui | Publicado originalmente el 19 Mayo 2016

Mi otro yo - Nazarena P

“Mi Otro Yo”  Collage de la autora


Com uma tal falta de gente coexistível, como há hoje, ¿que pode um homem de
sensibilidade fazer senão inventar os seus amigos, ou quando menos,
os seus companheiros de espírito?”
Sire Fernando Antonio Nogueira Pessoa
Rei de Holisipo”

Las celosías se abrieron acompañadas por la brisa primaveral, como abrazando el ajetreo y los rumores urbanos. Fuera, el rechinar del tranvía galopando en los rieles, el cantar de los pájaros y las voces que pasaban peregrinas, completaban la armonía del paisaje de una Lisboa apenas madrugada.

Era evidente que la ventana había quedado mal cerrada, nadie había vuelto a entrar desde la noche anterior. Nadie, hasta que la señora Lina fue llamada por el danzar de las cortinas, que se aventuraron sin pudor a seguir el compás del viento.

Entró en automático, respondiendo al llamado de las telas. Ni siquiera miró por dónde caminaba, no hacía falta. Tampoco dedicó tiempo a observar el féretro, desde el anochecer del 30 de marzo que lo estaban llorando; para ella, que era como de la familia, se había ido su niño, un poco mago, un poco loco y muy genio.

Fue un resplandor lo que le llamó la atención, o mejor dicho, que el resplandor no estuviera. Faltaba el arcoiris que durante las precedentes mañanas había coloreado el cristal de sus anteojos. De improviso, se giró sobre su eje en dirección al ataúd. Fernandiño no estaba. Enfiló la cabeza hacia el cajón, como buscando no se sabe dónde, más allá de qué. Todo intacto, sólo faltaba el cadáver.

Salió como una exhalación hacia lo de la vecina de enfrente, la única en el barrio que tenía teléfono; su aliento no era suficiente para correr hasta la comisaría. Los oficiales tardaron relativamente poco en llegar, aunque a Lina los minutos le fueran interminables.

Recorrieron todos los ambientes, del primero al último, escrutando escrupulosamente cada recoveco del estudio y aledaños; era allí donde habían elegido rendirle honores, entre sus libros, sus notas, su tinta. La cara de estupor de los hombres desconcertó a Lina, quien aguardaba paciente, acomodada tímidamente en un rincón.

Uno de ellos, el más alto, la abordó con preguntas sobre detalles que no recordaba, o más bien, que no conocía. Nadie se explicaba la desaparición del difunto, ni por dónde, ni por qué. Otros testigos fueron invocados a la escena y la situación se volvía cada vez más confusa. Sólo quedaba claro que hoy estaba previsto el funeral a las once, después de tres días de riguroso luto y que los homenajes serían forzosamente suspendidos.

Lina continuó sirviendo café y bizcochos hasta caer el crepúsculo, cuando finalmente decidieron precintar el recinto y posponer la labor para el día siguiente. Habiendo cancelado las huellas de la transitada jornada, Lina abandonó el lugar denunciando su partida con un sonoro girar de llaves.

Finalmente el silencio se adueñó de la casa.

El estudio había quedado sellado, puerta y ventanas eran ahora inaccesibles, deviniendo el testigo taciturno de un crimen, un misterio, una paradoja. Cómplices y no menos responsables del mutismo, estaban sus infinitos libros, que por el momento habían decidido no hablar.

El primero en llegar fue Christian Rossenkreutz, al que ningún sigilo o muro ha jamás detenido. Lo delataba su andar medieval precipitándose estruendoso sobre unos peldaños no muy lejanos. Su tosquedad se volvía sutileza en la lírica de su hablar. Cobijaba algo indistinguible velado bajo su manto; tenía aires de misterio, cuando lo perdí al pasar, bifurcándose en la penumbra.

Seguidamente vi al joven Alexander Search en su traje de liceo insinuándose desde el corredor; se mimetizaba detrás de Ferdinand Personne, quien portaba un ramo de rosas carmesí, por si acaso estuviera Ofelia.

Empezaron a llegar otros, eran muchos, tantos; arribaban de todas partes, partes que tal vez se escondieran en los libros. El perfume de las maderas y la tenue luz de una lámpara agonizante aturdían el encierro de las paredes. La habitación nos estaba quedando chica, se intuían siluetas hasta el pasillo y presencias en la alcoba contigua. Un gran espejo diseñaba nuestras ánimas transitando con frenético vaivén alrededor de una vara que sostenía un lecho vacío, aquél donde debería reposar Fernando. Tuve el impulso de abrir la ventana en busca de sosiego, no lo seguí. Alzando la mirada, entre las sombras, vi a Álvaro de Campos y a Ricardo Reis que a pesar de las circunstancias discutían sobre política, como siempre. Me dirigía hacia ellos cuando despuntó entre la turba un rostro querido y familiar.

  • Maestro, exclamé. Y lo abracé con el afecto con que se estrecha a un padre.

Alberto Caeiro me respondió con la misma efusividad, siempre supe que era uno de sus discípulos más queridos

  • Soares, ¡Está hecho un hombre! Replicó a mi abrazo.

Cuando sentí el contacto físico del encuentro, percibí un objeto ajeno entre sus manos. Se reveló un libro, lo reconocí por el color y por la rugosidad de su cubierta, que raspaba con solo mirarla. Era el único que Fernando había publicado en nuestra patria.

Alberto aclaró la voz para llamar la atención. Inspiraba respeto, a veces temor y todos nos callamos expectantes.

  • Estimados compañeros, profirió. Como verán tengo en mis manos el libro Mensagem que nuestro hacedor nos legó. Fue custodiado durante todos estos años por nuestro amigo Rosenkreutz, mayormente conocido como el rosacruz. En él, se incluyen todos los versos que pudieran leer los hombres, pero sólo en este ejemplar se inserta otra página, la del conjuro de nuestra unión.

Comprendí entonces que aquella cosa misteriosa que ocultaba el cruzado era el motivo de su presencia en esta tumultuosa reunión. Fantaseaba con el contenido del escrito cuando Chevallier de Pas rompió la solemnidad estallando en una carcajada. Él le había infundido la idea de que la epístola es un arma muy poderosa.

Su portentoso vozarrón nos llevó a antiguas vivencias de una infancia ávida de conocimiento, evocando un pasado que irrumpía cual andanada de brisa fresca;

  • Recuerdo las cartas que le dictaba de niño y de cómo exigía con inocente vehemencia explicaciones respecto a mi incompresible enseñanza

Ricardo se sumó a las acotaciones contribuyendo a ampliar las imágenes de aquellos tiempos mozos, cuando ponderaban la entereza de seguir un destino que iluminara la voracidad de la noche. En tanto, Álvaro divagaba sobre el entusiasmo compartido en cuanto al frenesí del acero y el cemento armado, que ponen fin a la cínica felicidad mundana, culminando en la revelación metálica y dinámica de Dios. El filósofo buscó complicidad en sus miradas silenciándolos con la mueca de su ceja combada. Abrió el libro, clareó nuevamente la gola y retomó la palabra dando vida al mensaje.

Queridos hermanos, amigos, compañeros de coexistencia, de alma…

Ha llegado el momento de reunirnos en un único diálogo, convertido en soliloquio; que envolviéndose en sí mismo, nos ciñe con su gesto. Juntos hemos vencido la batalla, viviendo decenas de vidas en una, sin temor al sentimiento.

Es tiempo de izar nuestras velas, que soplan el mismo viento y nos transportan al mar y su acantilado, a nuevos puertos, muelles, entendimientos. De vivir el instante sobre las aguas eternas, que bañan vagares viejos.

Mi alma se une con lo que apenas distingo, ya que con ustedes la reparto; ustedes, que no son otros que el engendro onírico de mis versos.”

Lo había firmado con sus iniciales FANP. Campos estaba emocionado, se identificó en sus palabras, todos lo hicimos.

Tal vez haya sido el hecho de no tildarme de Bernardo, con que me envalentonó Caeiro, o quizás el coraje sea parte de mi índole, lo cierto es que si bien prefiero la escritura, esta vez tomé la palabra;

  • Amigos, les pido un momento de conjunta reflexión. Fuimos convocados a honrar a quien nos diera el habla, un rostro, un cuerpo, una psicología y las mil facetas de sus máscaras. A través de las palabras por él escritas, cobramos forma y materia, aquellas a las que nuestros libros dieran vida.

Sentí que había cautivado el interés de la audiencia, no se oía un solo murmullo a excepción del eco de mi voz. Continué entonces, convencido y convincente:

  • Nosotros somos los fractales, las partes completas de un todo que nos contempla y ciñe en su todo mismo. Es cierto, hemos vivido tantas existencias en una, pero no debemos olvidar que no somos otro que nosotros mismos. Ahora, junto al progenitor de nuestra esencia, navegaremos en el mismo abismo; acuñando eternamente lo que siempre hemos sido, un hombre, un pensador, un amante, un místico, un trabajador, un maestro, un filósofo, un poeta y sus amigos.

No recuerdo qué fue lo que atrapó nuestras miradas que se posaron sobre el espejo al unísono. Se erguía imponente detrás del féretro monopolizando la perspectiva, esparcido del suelo al cieloraso y fue allí que nos vimos consumados al infinito. En la imagen nos aguardaba Fernando, ahora sí tendido en su ataúd de pino. Nos descubrimos en su destello y en un instante impreciso en el cual se viera la foto conjunta de un padre yacente circundado de sus hijos. Fue un momento suspendido en el tiempo y el espacio, entre la realidad y lo ficticio. Duró lo que tarda un relámpago fogoso en besar la Tierra; luego, en el mismo reflejo, nos redescubrimos en el rostro de nuestro creador, que no era otro que nuestro rostro mismo.

El reloj de péndulo irrumpió sonando las campanadas de una hora que nunca supimos y que sin embargo era la nuestra. Seguimos nuestro camino por el pasaje interno, al final del cual nos aguardaba la escalera.

La habíamos construido con las piedras recogidas en todos estos años, devenidas palabras, versos, estrofas, anhelos y metáforas sueltas. Cada una contribuyó a curvar o cuadrar sus ángulos, diseñando con geometría perfecta un pensamiento exterminador de caos, desvelando sus acertijos.

Era empinada y perfumaba a musgo, un caracol de roca y fango que invitaba a subir al infinito. Un espiral que desemboca en el abismo, ese abismo que no es el de los hombres, sino el que recompone el todo y la nada en un universo que no es el soñado sino el real.

Uno de los muchachos se paralizó, impidiéndonos continuar. Reconocí la incertidumbre en su mirada, le infundí confianza palmeándole el hombro para que no entorpeciera el paso. Antes de cerrar la fila y disponerme a subir, eché un último vistazo a nuestro camarada. Me enternecieron su fragilidad y la fuerza de su fundamento, aquél que fuera nuestro hogar. Un temblor estremeció mi calma al ver su cuerpo solo y demacrado, abandonado a la crueldad de nuestra ausencia. Mi intuición atenuó dulcemente la ansiedad de mis nervios, confirmándoles que en breve estaríamos reunidos.

Algo me empujó a seguir la marcha, esta vez seguí el impulso y me dispuse a continuar hacia la casa del Espíritu que nos diera conciencia y libre albedrío, perpetrándome en la falsedad de la muerte, como un loco que extraña su alma.

                                                                 –           .          

Al amanecer del 3 de abril, la primera en llegar fue la lealtad de Lina, quien se dispuso inmediatamente a preparar café. Poco después llamaron al portón, eran los mismos oficiales de ayer que reemprendían su rutina. Primero liberaron la puerta y una vez dentro se apresuraron a hacer lo mismo con las ventanas, en busca de un poco de luz. Al principio no se dieron cuenta, fue luego de haber absuelto la habitación de su claustro que descubrieron que Fernando había regresado a casa.

Observaron impertérritos la curvatura de su nariz, la agudeza de sus pómulos, la debilidad de su carne. Un escalofrío recorrió sus cimientos, se miraron en busca de inútiles respuestas. Ninguno se expresó, no se atrevieron.

Recurrieron nuevamente al testimonio de Lina, quien había visto menos que ellos y no entendía de qué le estaban hablando.

Pensaron en atribuirse un acto heroico pero enseguida comprendieron que podría ser un arma de doble filo, sobre todo si la prensa metía las narices donde no la llamaban.

Habiendo deliberado lo suficiente, decidieron apelar al sentido común, inventándose una historia de pericias y autopsias que habían impuesto el traslado a la morgue antes del funeral. Todos convinieron que era la mejor opción, incluida Lina. Temían pronunciar en voz alta lo que estaban negando; que era cosa de brujería o de magia, quién sabe. Quizás fuera entonces que decidieron no nombrarlo nunca más en vano.

Poco después de las diez, el cortejo fúnebre estaba pronto y organizado. Celebraron la ceremonia a la hora predispuesta, como si nada hubiera pasado, como si el tiempo no existiera.

Llovía, sin embargo había arcoiris que pintaban el humor del cielo, porque extrañamente, llovía con sol.

Pesoa Firma

I know not what tomorrow will bring”