EL GATO JULIO

Letras Salomón Mosquera Rugel

Fuente Fotográfica NotiGatos

Fuente  Notigatos.


 

¡Julio, Julio, Julio!… ¡Julio, Julio, Julio!… Llamaban a Julio, el gato mimado de la casa. Resultaba extraña aquella búsqueda tan desenfrenada. Era como si la tierra se lo había tragado en una especie de truco de magia. ¡Julio, Julio, Julio!… ¡Gatito, gatito, gatito!… ¡Minino, minino, minino! ─se oía la voz de mi hermana con desesperación, como buscando al hijo parido de sus entrañas.

Julio vino un día, lo compraron en una tienda de mascotas con pedigrí y todas esas sandeces de los gatos aristócratas, muy diferente a los mininos callejeros y mugrosos llenos de cicatrices heredadas en los tumultos y peleas sobre los techados. Hermoso por cierto. Negro como carbón mineral. Tenía enormes ojos que brillaban en la oscuridad proporcionando una especie de terror. Era un angora legítimo y esponjoso; lo llamaría yo, una verdadera bola de pelos. Cuando formó parte de la familia se convirtió en un animal muy difícil de ganar su confianza. Nunca hubo una buena relación entre ambos, y si existió en algún momento, fue por pura necesidad. Se hallaba donde menos lo quería encontrar, como desafiando mi presencia, como poniendo a prueba mi buen o mal carácter. Jamás se alimentó de pescado ni de esas comidas que se ofertaban a montones en las perchas de los supermercados. Fue el único ser viviente que no respetó la tradición cristiana de la Semana Santa, un verdadero judío en potencia. La empleada de la casa, Lola Simisterra, una hermosa mulata a la que ya había pasado por las armas, se encargaba de cocinarle una dieta comprendida entre pechuga de pollo y carne fina de res.

A pesar de los sentimientos encontrados entre Julio y yo, debía admitir que mantenía el departamento donde vivíamos, que era de construcción mixta, libre de roedores, mientras que en el de mi amigo Guillermo Pedreros, a veces se armaba el alboroto cuando una que otra horripilante rata, se colaba ocasionando un verdadero despelote; pero al minuto, de producirse la hecatombe, se oía tocar la puerta de entrada donde vivíamos solicitándose la intervención de Julio.

¡Oye Reno, hay un trabajito para Julio ─me decía, Guillo.

Y Julio, muy propio de sí, se escurría con su grandioso garbo de exterminador.

¡Gracias Reno (así me llamaban todos, por lo de mi nombre, René; pero me agradaba), no sé qué haríamos sin Julio─. Y el gato Julio salía minutos después del departamento de mi amigo, ¡muy orondo! con el fruto de su trabajo entre las mandíbulas.

Cuando mi hermana llegaba del trabajo, Julio iba hasta la puerta a recibirla demostrándole su zalamería gatuna; haciéndole un ocho perfecto entre sus piernas al compás de su ronroneo.

¡Julio, mijito! ─le decía, y lo tomaba en sus brazos apapachándolo─. ¡Cómo ha pasado mi niño precioso!

Julio, se llamaba, creo en nombre de un ex de mi hermana. Algo así nos dijo cuando se lo preguntamos, y el asunto quedó ahí, Julio.

Tanto era su preocupación, amor y ternura profesada hacia aquella bola de pelos, que mes a mes, lo llevaba al veterinario, su doctor de cabecera. Era vacunado, desparasitado y tenía una verdadera farmacia en la habitación de su ama. Cuando regresaba de su ronda nocturna maullaba muy astuto, y mi hermana salía a recibirlo en medio de mimos y caricias, recibiendo también de la bola peluda, lamidos y ronroneos. Le rociaba perfume y lo llevaba al cuarto a dormir sobre un almohadón de pluma de avestruz marcado con su nombre: Julio.

Decía, que si alguna vez la bola de pelos me mostraba alguna señal de amistad, era tan solo por mera necesidad. Sobre todo, aquellos días en que Lola Simisterra no laboraba y nadie había para servirle la comida. Entonces, con aire de hipocresía, la bola de pelos me ronroneaba a los pies y yo sabía lo que quería. Me placía matarlo. Y cierta ocasión, me dominaron las ganas de ahogarlo en un tanque de agua que se hallaba en el patio, sin importarme un comino la superstición, de que si matas a un gato con criterio deliberado o no, cargarás con siete años de mala suerte.

A diferencia de la vida sexual de los demás gatos que se disputaban los amoríos de las hembras sobre los herrumbrosos techados armando alboroto, Julio era tan especial que las gatas en celo lo buscaban dispuestas con el rabo alzado. Las amigas de mi hermana también traían a la casa sus gatas angoras enjauladas, y el gato Julio les propinaba un tratamiento exhaustivo, que para que les cuento, tenían que llevárselas en el sentido literal de la palabra, en silla de ruedas.

Una vez, cuando regresé al departamento antes de lo previsto de mi jornada de estudio, la encontré navegando en un mar de soledad a Lola Simisterra. Hacía ya varias semanas que no me pegaba un polvorete con la cocinera. Lola Simisterra era mamá soltera; vivía con su madre y su único hijo menor de edad, en una zona marginal a orillas del Estero Salado. El marido amaneció un día con el vientre hinchado flotando sobre las aguas del estero al pie de su humilde vivienda. Nunca se esclareció el móvil del asesinato. Lola era una mujer muy hacendosa y siempre sus fuerzas y buena voluntad estaban al servicio de la familia. De lo que más me gustaba de ella era su hermoso trasero. Además tenía un carácter muy dócil y sabía disimular a la perfección los arrebatos sentimentales del corazón desde que la hice mía por primera vez. Fue una ocasión, recuerdo, cuando entró a mi habitación y me encontró desnudo por completo en la cama. Nunca le pregunté si su visita fue premeditada o mera casualidad.

¡Perdón, joven Reno! ─me dijo mirándome disimulada el canario en pleno vuelo de amanecer.
Estás perdonada; pero también empiernada ─pensé para mis adentros cuando la tumbé sobre la cama.

Resultó un polvorete entre ganas y apuro. Un ven que te tengo hambre, y hagámoslo rápido que nos pueden ver.

Los primeros encuentros fueron así, hasta que de a poco le fuimos cogiendo el golpe aprovechándonos de continuo de la ausencia de la gente en casa. Ella me decía las veces que lo podíamos hacer sin contratiempos, y rara era la vez que le fallaban los cálculos, y cuando no estaba segura de que las cosas podían salir a la perfección, nos echábamos un polvorete de pie, en la cocina.

¡Apúrese, joven Reno! ─me decía─. Y yo, con la angustia en la mano, le alzaba la falda de trabajo y luego le bajaba los calzones igual que un desesperado demonio. Parecíamos dos figuras mecánicas echadas a andar, porque mientras ella preparaba el refrito en la tabla de picar, yo era un ataca que ataca. A veces nos quedábamos a medio polvorete cuando escuchábamos pasos en las escaleras o el estacionar del auto de papá.

Otro día lo terminamos y a partida doble, mi Lola ─le decía─, y me metía al cuarto como si nada… ¡Qué nada! Por lo regular encontraba al gato Julio dormitando en el centro de mi cama, y lleno de iras, lo chispeaba de un manotón y allá iba de un solo sopapo la bola de pelos. Creo que por esa actitud mía, de agresividad, el gato Julio me odiaba. ¿Se vengaría algún día de mí?

Lola, ¿cómo están los moros en la costa? ─le dije esa ocasión.
A mar abierto, joven Reno. Sólo el gato Julio es el único vigía en este crucero del amor ─me respondió echándome una miradita a la entrepierna.

En el momento que entramos al cuarto luego de hacernos unos toqueteos en la cocina como para encender bien los motores, creí percibir sobre la cómoda ubicada a un costado de mi cama, la presencia del gato Julio. No le di importancia, total, en nada incidiría su peluda y boluda figura, imaginé. ¡Lola era fenomenal! Parecía dispuesta a soportar con gusto, todo en honra al placer de sentirse mujer, de sentir la sangre por las venas en total ebullición. Si algo tengo que resaltar en ella luego de que me exprimía la vida en uno o dos polvoretes, era que lo guardaba muy dentro de sí. Todo lo que inventábamos era de nuestro total agrado y complacencia. Así estábamos esa mañana, ella, en el filo del colchón y con los pies al aire, y yo, crucificándola de contado con una fuerza demoledora.

¡¿Qué soy para ti, Reno?! ─me indagaba extasiada y llena de confianza sin guardar las distancias.
¡Mi mujer, Lola… mi mujer! ─se lo decía a punto de desencajárseme los huesos.
Y tú; ¿qué eres para mí? ─le refería.
¡Mi marido, Reno… mi marido! ─me lo argumentaba al oído con acento de locura…

Estaba por alcanzar mi polvorete. Se venía. ¡Qué momento sublime!, el sentir reptar a millones de seres microscópicos por la vía de desfogue; pero justo, en esos instantes, dos zarpazos desgarradores, igual que garras de leona hambrienta en plena cacería, pararon de contado lo subliminal: el gato Julio había atacado mi desnudo e indefenso trasero, que me hizo estremecer en alaridos de dolor. Lola entró en pánico y partió para la cocina en puros cueros, como si el demonio iba tras sus pies, y una vez, zafado de su inesperado ataque, lo pateé al gato Julio las veces que pude y salió en huida por la sala con rumbo a no sé dónde… ¿Qué argumentaría para justificar más adelante, de que el gato Julio me había agredido el trasero de esa forma? El tiempo que demoraron por cicatrizar las heridas hechas por el gato Julio, lo soporté con hombría y estoicismo…

¡Julio, Julio, Julio!… ¡Minino, minino, minino! ─lo llamaba mi hermana con lágrimas en los ojos. Ese día no apareció, y debo confesarlo, la alegría imperaba en mí. De noche la escuché sollozar hasta altas horas de la madrugada, y al siguiente amanecer, ella ni siquiera desayunó.

Pasadas cuarenta y ocho horas de su pérdida, y antes de subir a casa, mi amigo Guillo me gritó una mañana desde la acera de enfrente, que el gato Julio se encontraba en el terreno desocupado de al lado, entre unos escombros.

Ve a traerlo ─me dijo mi madre con absoluta autoridad cuando subí, y fui en contra de mi voluntad─. Lo vi acongojado, decaído bajo una hoja de zinc que hacía sombra sobre unos viejos maderos. Me causó algo de lástima y un repentino cargo de conciencia a causa de no sé qué, si todo estaba a mano entre él y yo.

¡Julito, Julito, Julito! ─lo llamé muy cariñoso.

Por primera vez me miraba sin odio y sin rencor, con una especie de mirada neutral, y decidí cargarlo hasta la casa en aquellas mansas condiciones, como si fuera un cordero dispuesto al sacrificio, y en presencia de mi madre, le empecé a acariciar su boluda cabeza; mas, sin explicación alguna, y en ágil maniobra, Julio me clavó sus afilados dientes en el dorso de la mano, como indicándome una vez más, que entre ambos, jamás existiría un vínculo de buena relación. En el piso, luego de zafarme de su agresiva actitud, la maldita bola de pelos se agazapó con la intención de atacarme por segunda oportunidad. La sangre empezó a manar de mi mano. Julio maullaba como un demonio y mamá se horrorizó; y, ante apremiante situación, decidí llamar a mi amigo Guillo y sometimos con cuidado a la maldita bola de pelos en el interior de un saco. A los tres días de llevarlo al Hospital de Infectología, le diagnosticaron mal de rabia, un hecho demasiado misterioso, puesto que mi hermana no descuidaba de Julio su estado de salud. Y dos semanas consecutivas, todos, quienes tuvimos algún tipo de relación directa con el gato Julio, fuimos sometidos a un tratamiento antirrábico, excepto mi padre, que nunca lo trataba, ya que su escasa presencia en casa, como producto del trabajo, lo eximía de contado. De su ataque, aún me quedan en el trasero, unas perceptibles cicatrices.

Nota de Autor: Capítulo de la novela “Los zánganos de La Colmena”. Registro inédito de autor: 001150