ELEFANTE

Letras Raúl Quirós Molina |

Relato Elefante de Raúl Quirós Molina Collage Brunela Curcio para AZAhAR literario

Collage Brunela Curcio


Últimamente, desde que me transformé en elefante, tengo la incómoda sospecha de que tanto mi mujer como mis hijos hacen todo lo posible para rehuir cualquier contacto conmigo a lo largo del día. Se trata nada más que de un recelo que aún no he tratado de aclarar, por no levantar ninguna disputa en el hogar y añadir nuevas tensiones a este estúpido malentendido. Por otro lado, no tengo la menor intención de espiar las conversaciones que mantienen a mis espaldas, si es eso lo que pretenden. El otro día me sentí tentado de preguntarle a mi esposa, de manera frontal, qué es lo que les rondaba la cabeza, a qué venían esos silencios y ese acelerar el paso cada vez que me los cruzaba en la puerta del baño o en los pasillos, que su actitud unísona me hacía sospechar de que tenían algo en contra de mí. La duda se me agarrotó aún más en el pecho cuando los descubrí en asamblea en la cocina. Ante mi súbita aparición, se miraron fugazmente entre ellos, como animales nocturnos asustados por la linterna del cazador, cortaron a la mitad el debate y, uno a uno, fueron desfilando por delante de mí, sin levantar una ceja.
Es tan desproporcionada la invisibilidad que empiezo a adquirir entre ellos que no recibí ni una sola queja, ni una sola protesta cuando en un movimiento torpe de trompa arrojé por los aires la manualidad que mi hija pequeña me regaló por el día del padre, y fue a parar contra la puerta del recibidor, donde estalló en pequeños fragmentos de papel maché. Fue mi propia hija la que se precipitó desde su habitación a recoger ignominosamente cada uno de los fragmentos y a deshacerse de ellos como si se tratara de una mascota recién nacida que hubiera defenestrado un infante de amor desmedido.
Uno no elige venir a este mundo y menos arrastrarse por él, tampoco elige llamarse Manuel o Carmen, así que tampoco planea convertirse en elefante. Al menos no lo idea como lo hace un niño que desearía verse convertido en su edad adulta en futbolista, famoso actor o juez anticorrupción. No quiero sustraerme de toda responsabilidad: la colaboración del enfermo, aunque pasiva, es necesaria, un poco por casualidad, es un mal estudiante que detesta a sus profesores de escuela y no obstante encuentra su pasión en el manejo de maquinaria pesada y finalmente acaba convirtiéndose en un portento de la grúa. Ignoré las primeras manifestaciones de la enfermedad, hubo hasta quien hizo chanza de lo viejo que me estaba volviendo y seguí a mis asuntos: el trabajo, el amor, el matrimonio, los hijos. Ser nieto de un mamut era entonces algo lejano, la posibilidad de la muerte pero menos terrorífico, algo más de la carne de uno mismo. Mi mujer y mis hijos también ignoraron las primeras manifestaciones, qué duda cabe, y ahora son más reacios a admitir que ellos también participaron de este error y por ello rehuyen participar del dolor, que a mi entendimiento es el único método del que disponemos para atajar el problema.
Lo de la elefantiasis, elefantitis o elefantismo es materia de científicos y de artículos de gran densidad. No es que lo crea, es que lo sé: a pesar de todo, soy un elefante leído. Asalté la hemeroteca en cuanto tomé conciencia real de que lo que me estaba sucediendo suponía un problema real, es decir un impedimiento para continuar con una vida tan placentera y aburrida como la que siempre había deseado. La protuberancia que asomó por encima de mi nariz y que a posteriori se demostró origen de la trompa producía, en algunos casos, la ceguera total. Así que me esmeré en leer cuanto pudiera antes de caminar a oscuras. Tenía, además, auténtico pavor a perder la vista antes de poder leer los primeros poemas de mi hijo, para quien yo guardaba las esperanzas de literato que yo no supe mantener y que por aquellos días engarzaba sus primeros cuadernos de ortografía. Creo que yo realizaba algún tipo de contabilidad doméstica, con motivo de la reparación del portero automático de la casa, sentado en el sofá mientras el pequeño se arrebujaba unos pasos más allá, entretenido en sus cuadernos de caligrafía o en firmar algún dibujo. El pequeño me acercó el cuaderno, su primer cuaderno que ya daba por finalizado y que me entregaba para buscar una aprobación, con el pecho inflado pero tembloroso como una hoja. Me levanté, hojeé el cuaderno y luego le abracé y le di la enhorabuena. Cuando fui a darle un pellizco cariñoso, el pequeño dio un respingo y saltó desde mis brazos al suelo, casi provocó que ambos nos desplomáramos sobre el mueble bar. Se lamentaba la cara, decía que mi mano se había vuelto dura. La observé durante unos segundo y comprobé que la piel tenía el mismo tacto del durazno. Fue la primera señal a la que presté atención.
John Marlow es el doctor y catedrático de la Universidad de Michigan que más años ha empleado en la investigación de la elefantitis. Lidera la corriente naturalista que trata de explicar la génesis de la enfermedad a partir de ciertos condicionamientos genéticos, heredados en los alelos paternos así como una incidencia de déficit de ciertos neurorreceptores en la mayoría de los casos en los que el Dr. Marlow ha estado trabajando desde hace treinta años. Esta hegemonía que a la larga no ha dado luz a ninguna posible cura o terapia ha permitido que ciertas voces discordantes se hayan alzado contra las teorías de Marlow. Aunque no tomo partido por ninguna de las dos corrientes, me escama que prácticamente todos los pacientes estables de Marlow se hayan convertido en portavoces de sí mismos y del doctor, como si se hubiera transformado de elefantes en violentos elefantes fanáticos de Marlow. Me hace sospechar, aunque no abandonaría las lecturas de sus artículos.
El mayor fastidio de toda esta situación es que hemos tenido que acondicionar el garaje para que yo pueda estar a gusto. Con cada día que pasaba, el aumento de peso se hacía evidente y mi torpeza amenazaba con derruir el ya de por sí maltrecho mobiliario del hogar, así que reformamos la cochera tras tirar la empalizada que lo cubría y establecimos allí mi dormitorio y lugar de trabajo, a la espera de que la transformación en elefante fuera definitiva y pudiéramos obtener un diagnóstico certero y un tratamiento apropiado. Pocas veces salía de mi cuadra – como al final descubrí que llamaban a mi lecho, aunque sin malicia alguna, más bien por no encontrar otro término con que definirla -, y cuando lo hacía era para recabar nuevos artículos en la biblioteca, único lugar de todo el barrio donde no me habían vetado el acceso. Sobra decir, espero, que tuve que abandonar el trabajo. ¡Después de tantos años ejerciendo de jefe contable, la única salida que me propusieron fue la de reciclarme a animal de carga! En realidad nunca existió algo así como una oferta directa para convertirme en mozo de almacén, sin embargo las bromas de mis compañeros siempre iban en esa dirección, como un mensaje con segundas intenciones que se intentaba filtrar desde la dirección. Me decían que probara en el circo. ¿Qué más puede hacer un hombre convertido en elefante sino asumir su condición animal y esperar y esperar mientras se separa del resto de los humanos? Mi destino es muy parecido al del jubilado o el parado: se espera al destino, a la fortuna; en fin, a la vida o la muerte. Me sentí herido por las chanzas de mis compañeros y subalternos, después de tantos años esperaba alguna comprensión por su parte, cuando alguna ayuda económica con la que afrontar los gastos que me iban surgiendo. ¡Después de tantos adelantos por debajo de la mesa, en sobre gris, a escondidas de la jefatura! Todo lo que me quedó de mis diez años de trabajo en el departamento de contabilidad fueron la tarjeta de entrada a la fábrica, la corbata corporativa y una cartulina firmada por las secretarias.
No quería verme como un ser inutilizado por la elefantitis, así que no me desanimé e hice el firme propósito de encargarme de algunas tareas domésticas. Mi mujer, siempre voluntariosa y comprensiva, le quitó hierro al asunto del despido y me encomendó al jardín. Durante una semana fui acumulando la hojarrasca y las ramas de la poda del año anterior, que entre unas cosas y otras, estaba desaparramada por toda la hierba y que con el asunto de la enfermedad nos habíamos olvidado recoger. También ejercí de baby-sitter, para ahorrar algún dinero. Fue todo un fracaso. La primera tarde que me hice cargo de los niños, sufrimos un accidente. Mientras elevaba al más pequeño por encima de mis hombros, jugando a los helicópteros, sufrí un repentino mareo, me tambaleé y los dos caímos al suelo. Mi hijo fue a parar al montón de ramas secas y yo contra el duro suelo. A él no le ocurrió nada y yo solo recibí alguna magulladura. Fue la humillación lo que más me costó curar. Así que acepté que debía pasar la mayor parte del tiempo en la “cuadra”, esperar a la metamorfosis y leer, leer.
Hablaba antes de Marlow y de sus terapias de recuperación. Al principio, cuando descubrí estas lecturas, las recibí entusiasmado y me enfrasqué en su estudio, seguro que mi tesón se convertiría tarde o temprano en una mejora o tal vez en la cura. Mi mujer me apoyó en todo momento, casi tan convencida como yo de lo rápida que se produciría la involución y cuando ya era incapaz de realizar las búsquedas en el catálogo de microfichas o las fotocopias de los artículos, ella corría abnegada en mi ayuda. Con Marlow me volví un escéptico. El doctor y, sobre todo, sus discípulos y enfermos “iluminados” (aquellos que tras estabilizar su enfermedad aprovecharon para forrarse a costa de su experiencia en libros de auto-ayuda para afectados y familiares) han hablado y escrito con obstinación del origen genético y biológico de la elefantitis, y no carece de lógica comercial, sobre todo a la vista de la industria que la sola mención de la enfermedad acarreaba: los libros, los DVDs de autoayuda, las cuotas “voluntarias” de las asociaciones de autoayuda, las innumerables combinaciones de benzodiacepinas y tricíclicos que amortiguaban los estados de ansiedad a la vez que provocaban diarreas, vómitos, comportamientos paranoicos y que no estaban cubiertos por la seguridad social… Lo del déficit de neurotransmisores -que era la razón por la cual Marlow aconsejaba la medicación- y la vinculación del doctor con ciertas farmacéuticas especializadas en antidepresivos de tercera generación fue lo que disparó las disidencias académicas. El doctor sostenía que los afectados de elefantitis producen menos serotonina que el resto de la población y que esta condición aceleraba el proceso hasta hacerlo irreversible desde los primeros síntomas. La nueva ola de científicos invertía la causalidad y establecía que era la propia angustia por la metamorfosis la consecuencia de la depresión de los pacientes.
Cuesta asumir que la elefantitis no tenga cura. Se puede ralentizar el proceso, se puede detener la monstruoficación. Hay que asumirla. Hay que presentarla como una enfermedad cabal y hay que proteger los derechos de los monstruos, pues no volveremos a parecernos a los hombres. Aquí sí coinciden Marlow y los disidentes, aún con diferentes apreciaciones y objetivos. Había que conseguir una integración total en la sociedad, luchar por condiciones de trabajo dignas, por el reconocimiento de nuestra enfermedad como incapacitante, crear asociaciones, concienciar a la sociedad, reclamar pensiones. Mi mujer ignoraba olímpicamente lo que decían los científicos, y acabó por pedirme que no saliera más, con la vana excusa de que debía encontrar reposo, aunque sé que varios vecinos meapilas la habían abordado allí donde la encontraran, que no eran más que ganas de espiar nuestra vida conyugal. Algún miserable se dirigió a ella con aires de indignación por un coche que, según afirmaba, yo había abollado en mi paquidérmica torpeza. Le reclamaba dar un parte al seguro, ir a juicio, expulsarme del barrio, y mi mujer, mi hábil amor supo controlarle tras un breve ataque de histeria en la farmacia – donde se produjo la escena – en el que abochornó al individuo, que se marchó sin mediar más palabra. Desde entonces, no obstante, salgo lo justo de mi cuadra, para evitar dar cuerda a los falsos testimonios, a la imaginación y malicia del vecindario.
La disidencia científica fundamenta la enfermedad en la exposición social. En la sobreexposición. Se trata, entonces de una enfermedad social, conductual, si se prefiere y que contagia a los individuos más vulnerables y gregarios. “Lepra social”, así lo definía E. S. Raynd, que de entre todas las boutades con las que perló el primer volumen oficial de la disidencia a Marlow, El origen psicosocial del elefantismo, comparó el contagio con las ideas reaccionarias que se enquistan en la mente del proletario venido a millonario por un golpe de suerte. Primero, ironiza sobre su nueva posición social, luego crea y realimenta sospechas sobre sus camaradas y compañeros de clase y por último terminará por refugiarse entre aquellos que le den argumentos para justificar su traición. Y, por fin, en esas reuniones de nuevos ricos se permitirá sentar cátedra sobre la amenaza sexual de los gays o la corrupción inmigrante, cerrando dialécticamente el transfuguismo ideológico.
Que han existido siempre elefantes en nuestro país: no lo sabía. No presté atención a estos datos hasta que fui yo mismo uno de ellos. Cuando les preguntas algunos dicen que nacieron elefantes y si no recuerdan, dan respuestas vacías, llenos de resignación. Otros elefantes se forjan a lo largo de una vida de malos hábitos y otros – donde me gustaría estar yo -, la enfermedad les atrapa demasiado pronto. Por supuesto que conocía a otros elefantes, me resultaban simpáticos: en el bar, en los restaurantes, en el campeonato de fútbol que organizaba el departamento cada navidad. Los elefantes no hablaban mucho, salvo entre ellos, y ni aún así hablaban con tono trascendente: todas sus conversaciones versaban sobre el presente, como si el tiempo futuro o el tiempo condicional fueran un sortilegio según el cual su pronunciación condujera justo a lo contrario de lo que se enuncia. Los elefantes guardan silencio ante los desconocidos, te estudian con ojos que no dejan de lagrimear, parece que no querrían verse descubiertos como elefantes aunque la evidencia los delata, tal vez agiten las orejas alguna conversación. Con el tiempo y con paciencia, van uniéndose a ti. Luego te convierten en confidente y una vez esto ocurre, lo eres para el resto de tu vida. Es como abrir una presa sobrecargada de lamentaciones, aspiraciones frustradas y delirios. Su invasión sentimental, la energía requerida para escuchar sin faltar al respeto, su depresión pornográfica es tan apabullante que terminan por vaciarte como el pollero que deshuesa a un animal. Una vez vacío, te conviertes en uno, tú mismo. Mi mujer y yo no teníamos tanta confianza al principio de casarnos, por eso yo acudía a los elefantes y mi mujer es hoy una persona sana y sufrida. Esto es en lo que los disidentes de Marlow fundamentan sus terapias: primero, arrebatarse del estigma de apestado; segundo, asumir que seremos elefantes para el resto de nuestra vidas y que por muchas muecas y gestos tratemos de conservar de nuestra vida previa, somos animales torpes y grises que se balancean al caminar. Aquí hay divisiones: unos apuestan por los psicofármacos, otros por el análisis diferencial. Hay quien se encomienda a Dios. Pero Dios no es un elefante ni se parece a uno. Es la etapa más dura, la toma de conciencia.
Ya apenas salgo de la cuadra y si lo hago es a espaldas de mi mujer, para acudir a la biblioteca o a pasar el tiempo con otros elefantes. Detesto estas reuniones, me desgasta la abulia de los otros enfermos, su rendición a la elefantitis su… animal y obcecada sumisión a la muerte. Si acudo es por evitar compadecerme cuando llegue el momento de compadecerme. Últimamente, desde que he descubierto que mis hijos y mi mujer me rehuyen, he empezado a pensar en la muerte. La muerte. Como cualquier otro he sopesado el suicidio, aunque esto demasiado angustiado como para exponerme a la autolisis. Los libros, aunque de una manera tangencial y un tanto confusa, divulgan demasiados detalles sobre la muerte de los elefantes como para que un lector atento los deje pasar como notas a pie de página. Los elefantes naturales acuden por instinto a lo que se denominan “cementerios de elefantes”. Existen lugares donde los elefantes doblan las patas y apilan su cuerpo contra una montaña de esqueletos de otros elefantes, y así mueren. Ni Marlow ni los disidentes estudian la muerte. Se sabe que los elefantes no naturales, es decir, los enfermos de elefantitis, también acuden a esos cementerios. Es una decisión solidaria para contagiar el desánimo entre los enfermos o los familiares de éstos. La muerte es cercana, siempre, a todos los elefantes, y los hospitales lo convierten en una obra de delicado gusto: partes médicos, mejoras insustanciales, comas inducidos. Por eso algunos eligen una manera más discreta y convierten la muerte (su propia muerte) en un proceso silencioso, imposible de leer, que no pretenda la compasión. Un día se marchan al cementerio y allí se deja morir, sin aspavientos, ni más dilaciones. No acude al partido del día siguiente, no vuelve al bar o al restaurante donde se organizan las reuniones de otros elefantes. Se muere elefante.
Nada de lo último que he leído sobre cementerios de elefantes – unas lecturas a las que ni Marlow ni los disidentes hacen referencia y me han llevado a centrar mis lecturas en los aspectos zoológicos de los elefantes naturales – hace referencia a algo así como un instinto animal que empuje a los paquidermos a elegir un lugar tan determinado donde caerse muerto. Es decir, que no está inscrito en su código genético, ni en su conducta animal acudir a un cementerio de elefantes. Se trata más bien de una consecuencia y de una estadística extrañísima. Los elefantes, cuanto más ancianos, más riesgo corren de sufrir deshidratación, por eso duplican y triplican el consumo de agua. Bebe todo el día e incluso se despierta por la noche y, ni siquiera así, consigue saciar su sed. Pareciera como si a la senectud le acompañara una urgencia por beber sin que haya una necesidad fisiológica para ello. Como parece lógico ningún agua calma este deseo, así que el elefante (natural), comienza a buscar nuevas fuentes, ríos, lagos, charcas donde encontrar otro tipo de agua, un agua que tal vez sí le sacie, si le proporcione el hastío. Por supuesto, nunca lo consigue, por más que su instinto busque nuevas maneras de alivio. Desesperado por el ansia, abandona el territorio que habita junto a los otros elefantes, se aleja, sin aviso; vagabundea por los alrededores, solo, perdido. A veces encuentra agua nueva, pero yo veo aquí una metáfora terrible, que es la que me perturba el ánimo: su sed es una sed interior, una sed reclamada por cada una de sus células y de sus órganos y por más que la evite, va creciendo a medida que pasa el tiempo. Por fin encontrará el valle donde los otros elefantes murieron y ante el espectral panorama, le abatirá el desánimo y convencido de que su búsqueda ha sido gratuita, que en realidad estaba muriéndose y la sed era tan solo un preámbulo, se recostará bajo algún árbol y expirará. Estoy convencido de que es el organismo el que llama a la muerte y en los casos de enfermos que acuden a estos cementerios la voluntad es falible. En la soledad abundante de huesos y espíritus tal vez crean encontrar una utilidad para su destino, confundirse entre los esqueletos de los animales, innombrables e irreconocibles, desaparecer; en fin, ser verdaderamente un animal.