ELOGIO DE LA DESNUDEZ

Letras Viviana Lombardi

Fotografía Nicola Favaron

“Legs” Fotografía Nicola Favaron


 

Entonces se abrieron los ojos de ambos y vieron que estaban desnudos”

(Génesis: 3:7)

Infinidad de pensamientos coincidentes, contrastados y polémicos se agolpan alrededor de la desnudez, al ser el cuerpo desnudo un significante estético, ético y metafísico. A través de la historia, la aprobación o condena de la desnudez del cuerpo humano ha llevado la marca inexorable de las diferencias, vicisitudes y alternancias de las creencias religiosas de cada orden social: será precisamente el dogma religioso el que penalice o autorice el placer erótico que la desnudez insinúa, o rija el displacer.

En el edén, antes de la punición divina, los cuerpos sin vestido de Adán y Eva no estaban desnudos, sino cobijados por la luz de la gloria. Pero al “descubrirse” desnudos, cometida la falta, el cuerpo de cada uno adquirió otro significado y trasmutó en significante, deviniendo espejo de la pérdida de la gracia y de la consiguiente culpa ante la mirada del otro.

Si tomamos la religiosidad en exclusiva como eje de tensión para profundizar en el tema, observaremos que la percepción del cuerpo desnudo se articula en cada conjunto social a partir de nociones disímiles, cuando no contrastadas, de la imago del cuerpo del otro en cuanto espejo, relato y memoria.

Extendida la idea hasta la contemporaneidad, el cuerpo que se desnuda como incitación erótica, es, necesariamente, espejo del deseo del otro, porque deviene pura corporeidad desnuda. Pasa de criatura creada priva de ropaje innecesario a su inocencia, a ser humano que debe cubrir su impudor. Su cuerpo adquiere pura funcionalidad biológica. Y para reforzar la idea de punición, el versículo 3, 21 del Génesis sanciona: E hizo el eterno Dios para el hombre y para su mujer una túnica de pieles y los hizo vestirse”.

Aparece allí el primer acto sacrificial de la biblia, pues la aparentemente furiosa divinidad les ordena tapar la impudicia con pieles de animal. El obvio subtexto es que la ira divina puede no sólo llevar a la destrucción de su propia creación sino que, además, en un impromptu de sarcástico repudio, no encuentra óbice en equiparar los humanos a las bestias.

Acaso sea a partir de tan frenética sanción paradisíaca que para nuestra cultura, el observar el cuerpo desnudo de un otro implique un acto especular que examina y refleja tanto a observador como a observado. Una conducta que a su vez adquirirá diversos sentidos según se trate o no de un episodio consensuado y tenga lugar en el ámbito público o privado. Desde la estética de los griegos que homologaba la belleza a la virtud utilizando el espacio público para destacar el esplendor del desnudo, hasta nuestra contemporaneidad, se viene registrando una consecuente manipulación de la desnudez como intercambio, a posteriori decantada en términos severísimos por el dogma religioso monoteísta.

Aún hoy la reificación de la intimidad trasportada al orden de lo público, trae aparejado que la imagen femenina en particular esté eternamente candidateada para el desnudo, cosificada por dioses banales e impíos capaces de una irascibilidad retaliatoria idéntica a la de la deidad bíblica, sus acólitos e intérpretes.

Proveniente del mito bíblico de la mujer como influencia nefanda que aparta al hombre de su destino de salvación místico-­religiosa, la apreciación de la desnudez femenina ha sido por siglos presa fácil de la narrativa supersticiosa de las escrituras. En consecuencia, el espejo aún hoy nos refleja una burda imagen de erotismo negociable, en moneda o especie, que deja mal parados a hombres y mujeres por igual.

La clausura del vínculo belleza-­virtud por imposición de los dogmas monoteístas, instauró la prohibición moral que habría de derivar en la desnudez meramente concebida como objeto del tabú. Se enfatiza así la función especular del cuerpo como reflejo de sí y espejo de la mirada del otro, con implicancias de juicio de valor. El desnudarse pasa a ser sinónimo de desvestirse, despojando al gesto de la connotación de intimidad que lo constituye en ritual y deleite. Porque, aunque se tienda a olvidarlo, al alma no se la ‘desviste’; sólo podremos ‘desnudarla’ ante otro, otorgándole al acto un contenido metafísico que recupera la condición primigenia del cuerpo inocente de culpa, envuelto en luz de gracia.

Que la imagen femenina siga siendo aún “oscuro objeto del deseo”, se corrobora en el descarne cadavérico del físico de las modelos, expuesto como mercancía en las pasarelas, cumpliendo la función de percha ambulante que sólo agrega valor al precio del atuendo si quien lo exhibe alcanza renombre; o en cómo la voluptuosidad del cuerpo semidesnudo de una cantante famosa es motivo de deificación maliciosa en los recitales de música popular.

La apreciación del femenino continúa así siendo violada visual, estética, conceptual e intelectualmente. Y existe por detrás de ese comercio sexual implícito en el exhibicionismo, una impronta de esclavización y sometimiento al vasallaje enmascarado de “libertad creativa”. Libertad que en el real actual de la masa que lo contempla, a menudo se reduce al patetismo de fetiches mecánicos –“juguetes eróticos”– inundando el mercado de los solitarios y los asociales con promesas de éxtasis, o a citas cibernéticas de placer compartido – en el mejor de los casos – cuando no exclusivamente voyeurista, a través de una pantalla.

Y cuando, con la ilusoria intención de recuperar la gracia edénica, nuestra “cultura” occidental decidió cambiar el desnudo por el nudismo, el erotismo pasó a ser reemplazado por la pornografía; el exponer el espacio privado a la exhibición pública, violenta irreversiblemente la integridad de la relación erótica.

El erotismo se nos propone entonces, a partir de la taxativa sanción del pecado original, como transgresión que lo constituye y significa. El centro nodal del placer viene así impuesto, indicado y concebido por contravención a la interdicción bíblica, enfatizada por el cristianismo tardío. Contrariando la liberalidad del panteísmo, el hinduismo original y el paganismo, el canon bíblico “enuncia” el pecado para hacerlo deseable y prohibirlo en consecuencia. Se trata de un operativo emblemático del mismo dogma que se enaltece en la creación de “elegidos y blasfemos”, para darle continuidad y sentido al proyecto de salvación. Un propósito que incluye tanto almas como cuerpos en la taxonomía del códex escritural. A esa línea conceptual responde precisamente la “depuración” del hombre Jesús Nazareno para transformarlo en Cristo.

Nada más macabro que la violencia visual de Jesús y otros mártires lacerados como cueros, que el regodeo sado­masoquista de la imaginación religiosa fijada en el tormento “purificador” del deseo nos presenta. O los desnudos de almas condenadas al purgatorio y al infierno, encarnadas ad nauseam en fatídicas “obras de arte” prometedoras de sufrimiento intolerable, epítome ejemplificador pergeñado por el sistema para el control de la psique, en connivencia con el dogma religioso.

¿Nos sorprende entonces que la degeneración de la especie encuentre el goce en la violación, tortura y humillación de los cuerpos desnudos de los reclusos de Abu Ghraib, sólo uno de tantos infaustos ejemplos del bestialismo bélico? Que por otra parte se extiende a la violación de niños frente a sus padres y de cónyuges frente a sus hijos y consortes, como ha ocurrido con las huestes “liberadoras” en la invasión de Irak, por citar sólo otro caso comprobado.

En tiempos en que el terror domina el espacio político social como herramienta de sujeción y adoctrinamiento del inconsciente colectivo, el cuerpo desnudo pasa a condensar significantes cada vez más siniestros. Así como se avasallan naciones en una guerra que se nos promete quasi eterna, simultáneamente se vejan los espacios corporales, emocionales y psíquicos de víctimas y oprimidos.

En la circunstancia extrema donde la condición humana se expone en su dimensión completa, el cuerpo se convierte en relato. Porque lo que se cubre y lo que se revela inicia un diálogo entre lo público y lo privado, ingresándolo al ámbito de los derechos humanos y transformando al cuerpo en acontecimiento. Al utilizarlo como territorio a oprimir mediante la persecución, el secuestro, el encarcelamiento, la violación y la tortura, se lo enajena como propiedad pública, alienándolo de su estado natural de propiedad privada generada para el placer, el erotismo, la creación y la vida.

En el corriente genocidio gradual perpetrado contra el pueblo palestino, por ejemplo, el estado terrorista que ocupa Palestina, no solamente obliga a los detenidos en las calles a desnudarse en público, sino que después de haberlos asesinado por ejecución sumaria, abandona el cadáver desnudo de la víctima expuesto a la mirada del mundo, como forma última de degradación vejatoria. Al hacerse público, el cuerpo vejado se hace cuerpo social y relato de su contingencia histórica.

La función exterminadora implementada por los regímenes de opresión, que a menudo reclaman supremacía ética apoyada en fanatismos religiosos –en este caso el antiguo testamento– es observable en múltiples ejemplos de la historia universal.

A ese respecto es interesante indagar la tensión creada por la escritura bíblica con su tradición de crimen y castigo ejemplar, implementada históricamente por el poder de la fuerza bruta. Viene al caso entonces analizar la concepción de la desnudez durante la colonización de Latinoamérica por la conquista europea, y las diferencias fundacionales que separan a ambas culturas y problematizan su vinculación.

Fotografía Nicolas Favaron

“Skylips” Fotografía Nicolas Favaron


 

Cristóbal Colón, en un primer informe enviado a Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los monarcas españoles que le encomendaron la conquista, relata: Tan dócil y tan pacifica es la gente que juro a sus Majestades que no hay en el mundo entero pueblo que sea mejor…y aunque anden desnudos, sin embargo su comportamiento es decente y digno de alabanza”*. Es decir, narra un estado de gracia edénica conocido por el mundo supuestamente civilizado sólo en las representaciones del arte sacro, cuando la figura humana orlada de la luz divina preserva al cuerpo de la tentación carnal.

En contraste al espectáculo de horror representado por el brazo armado del catolicismo fundamentalista, las muy variadas culturas precolombinas tenían sus propias leyes morales y sexuales. Y en ese marco, la desnudez era entendida como una alegoría de semejanza con los dioses o las emanaciones divinas, y como ofrenda de pureza a la deidad. Primordialmente en los ritos de fertilidad, hombres y mujeres desnudos tributaban mediante la reproducción de la especie re­encarnando en el coito el acto mítico de la creación. El ritual daba así nueva vida a la comunidad e invocaba por la subsistencia de la raza.

Consustanciadas en alto grado con la condición humana universal, a diferencia del aséptico prejuicio proveniente del conquistador, las antiguas culturas de América, en su adherencia al placer de la sexualidad como una manifestación de la voluntad divina, parecían conocer el erotismo auténtico.

Alejado de la hipocresía europea, el mal llamado salvaje tampoco hallaba escándalo en el seno desnudo de la mujer, pues cumplía la función sagrada de perpetuar la vida y depositar ternura en la procreación, mientras que la unión sexual era sacralizada como proyección del amor a la creación.

Curiosamente, el Deus sive natura” Dios, o sea la naturaleza– proclamado por la filosofía teológica de Baruch Spinoza, queda mucho más cercano a esas creencias que al dogma monoteísta. No es difícil imaginar por qué, entonces, la pornografía y la prostitución han prosperado en nuestra cultura viciada de una decadencia destructora del erotismo.

Es la maldición post­edénica –gesto que revierte el desnudo de sacralidad a culpa al cubrir a los cuerpos pecadores con pieles de animales como signo de mortificación y escarnio– lo que indicará la condición bestial de la raza humana con un acto ideológico fundante. Lo que para los indígenas precolombinos era significante de la imago dei, –Génesis 1:27– para los europeos profanadores de naciones, riquezas y libertad de los pueblos se convierte en imago satanae, respondiendo a la negación neurótica del deseo carnal, comandada por las huestes jesuitas.

Una apreciación análoga del desnudo como liberación y virtud, paradojalmente proviene de la arcana Europa mítica, vinculándola con los credos fundantes de los aborígenes de América. Sólo con remitirnos a la gesta de Alejandro de Macedonia, quien introdujo el concepto de ecumenismo implementando la primera globalización de la antigüedad al amalgamar la cultura euroasiática fusionando oriente y occidente, descubrimos la inauguración de un mundo del individuo universal, contrastado con aquél del sectarismo tribal, consuetudinariamente apoyado en el fundamento piramidal de la tradición incontestada.

En la etimología misma de la palabra ecumenismo, originada en el adjetivo griego “Oikoumeneque significa “el orbe habitado”, observamos una directa alusión al universalismo del mundo conocido. Así como es interesante notar que la palabra universo proviene de la misma raíz griega “Oikos, relacionada a su vez con “Oikia, refiriendo al lugar donde se realiza la vida en familia, y al espacio donde construir una comunidad.

Es decir que, permitiéndonos un giro vinculante, no es ocioso concluir que la noción de universalidad viene consustanciada con la de individualidad de la célula social, como dos elementos intrincados tanto a nivel conceptual como práctico. No importan ya las fronteras y los lenguajes en el mundo de la “helenización” global.

Podría afirmarse en cierto sentido, que las creencias de la humanidad occidental quedan reducidas a una guerra de supersticiones, donde la espiritualidad va vedada del ritual y del culto. Y donde la aspiración metafísica se asfixia por carencia, indulgencia y derrota moral.

Se podría especular asimismo que la manipulación del inconsciente colectivo por la cultura occidental ha separado burdamente las aguas del erotismo entre lo séptico y lo aséptico, privándolo de todo encanto apasionado mediante dogmas impuestos por imperios y conquistadores, filtrados a través del cristianismo colonialista, militante, evangelizador, represivo y opresor.

¿Dónde se ubica el erotismo en nuestra cultura, entonces? ¿Puede nuestra especie aspirar a preservarlo en el sitio de la emocionalidad humana que clama por compañía, bálsamo, placer e intercambio de energías vivificantes? Y ¿Qué es –de última– el erotismo si se puede tener sexo con una pantalla transparente que reproduce pixeles para corporizar entelequias?

Comprobemos cuán regia se conserva la definición de erotismo según la Real Academia Española, que en su acepción primera nos dice:

Del gr. ἔρως, ἔρωτος érōs, érōtos ‘amor sexual’ e ­ismo.

1. m. Amor o placer sexuales.

Bien, se diría que volvemos impúdicamente a las andadas imperiales. En apariencia, sin haber sacado provecho alguno de la dura lex del histórico fracaso, nuestros lingüistas académicos de la regia institución vuelven a depositar la fe en el oportunismo de la expoliación. Si no, ¿Por qué habrían de escindir al amor del placer sexual? ¿Por qué amor O placer sexuales y no amor Y placer sexuales?

Acaso porque como entonces no pudieron reconocer a la condición humana universal en la alteridad del autóctono de la tierra expoliada, tampoco pueden al día de hoy, reconocer el nexo entre unión sexual y amorosa como forma de restauración de la gracia. Quizás por eso mismo se ha suplantado al erotismo por pornografía, pedofilia, desviaciones sexuales ligadas a la criminalidad y oscuras señales de narcicismo maligno recalcitrante como modelos de idiosincrasia y diferenciación.

Un cuerpo es memoria; tanto el cuerpo viviente como el cuerpo extinto. Y por añadidura, la única certeza ontológica que nos acompaña desde el primer hálito de vida es que todo cuerpo vivo es un futuro cadáver. Así como desnudos llegamos, desnudos partimos. En una autopsia el cuerpo desnudo es, paradójicamente, memoria de la vida. La fauna cadavérica es un relato a investigar si se deben determinar las causas inciertas de una muerte. Los trazos allí alojados cuentan la historia clínica, los hábitos alimenticios del difunto, los traumas sufridos y la forma de su muerte. Es entonces cuando el cuerpo desnudo del cadáver recupera extrema privacidad: es habitual el cubrirlo pundonorosamente.

En la antigüedad, y a modo de graciosa ceremonia de clausura, se lo recubría con una mortaja, generalmente hecha de lienzo blanco, similar a los pañales usados para cubrir el cuerpo desnudo del neonato. Aunque hoy día, la hipérbole espectacular de lo privado hace que en ocasiones se presente al cuerpo de plutócratas difuntos a féretro abierto, vestido de lujo y maquillado para preservar signos saludables. Nunca faltarán quienes se consideren faraones hasta en la muerte, porque las élites no suelen leer a Shakespeare, por nombrar sólo uno entre tantos visionarios geniales.

Asimismo, desde la mitología fundacional de nuestra cultura, Eros y Tánatos han sido legendariamente –permítaseme el cliché– las dos caras de una misma moneda. Y el cruce de sentido que los vincula se manifiesta cuando el cuerpo aún tibio pero sin hálito pasa a ser el memento mori de una historia personal y completada por la finitud de la carne.

Es en esa instancia que Eros aparece como el eterno vigía que nos alerta que el fin existe –no sólo del goce– sino de la privación del goce. Y que la carne exhausta de aventura atenderá la última llamada. No por nada los franceses bautizaron al orgasmo la petite mort. Y es –como siempre– la recóndita sabiduría del lenguaje la que nos permite conjeturar que la muerte puede ser un orgasmo de la conciencia, de la psique, en suma, del alma. Porque esa pequeña muerte refiere tanto a la leve pérdida del estado de conciencia post–orgásmico, como a su manifestación emocional, que provoca un lapso de melancolía.

Quizás anticipándonos la partida y por la generosa intermediación de Eros, el cuerpo nos anuncia que el gasto de fuerza de vida se acompaña de un gasto espiritual, para ubicarnos en un plano de la conciencia sólo accesible después del éxtasis. Y nos permite conjeturar si acaso la muerte –lejos de ser el tan temido final odioso– no podría ser vivida como un éxtasis erótico de celebración de la vida que nos proyectará a una dimensión iluminadora.

Si atendemos al Dios holístico de Spinoza como integridad de la sustancia única que abarca el todo –Dios, o sea naturaleza– el erotismo permanece incorporado a la creación divina. Si atendemos al Dios impiadoso y vengativo del Génesis, el erotismo nos condena eternamente a la animalidad y a la culpa.

Está en cada uno de nosotros decidir cuál opción nos erotiza más.

*htto://www.quetzal­leipzig.de/spaniche­literatur/moral­y­sexualidad­en­las­culturas­de­la­antigua­america- 19093.htm#sthash.wiVZ15s.dpu