EMBROLLO

Letras Mario Flecha

Diseño Olivia Flecha

Diseño Olivia Flecha


Para vender hay que empaparse de una sutilidad “mercurial”,
 escoger las palabras y cuidar los conceptos,
adular con circunspección,
conversando de lo que no se piensa ni cree,
entusiasmarse con una bagatela …
(continúa.)

– 

I

John, que se llamaba Juan, prefería su nombre en inglés. Necesitaba 20 obras del pintor uruguayo Nelson Gimenez para la muestra que el director del Museo de Paris le había comisionado.

Viajó al Río de la Plata para visitar a sus contactos en las galerías de Buenos Aires donde se vendían las obras del artista montevideano y encontrarse con algunos coleccionistas.

La tentación amiga de los ambiciosos aceleraba las palpitaciones del corazón de los marchands d’art y coleccionistas quienes trataban de adivinar los beneficios que obtendrían si sus cuadros viajaban a la Ciudad Luz, sin sospechar que John tenía otras ideas.

El trabajo de persuadirlos para que le prestaran los cuadros por 6 meses fue agotador, no obstante, los fue convenciendo.

Acumuló las obras en el departamento de un amigo de Buenos Aires y simultáneamente fue buscando en los mentideros del mundo del arte de Londres un falsificador.

Cuando concluyó la exhibición que tuvo gran éxito de prensa y público, John volvió a Bs As a devolver los cuadros a galeristas y coleccionistas.

Juan, que se hacía llamar John, engañó a ambos, entregándoles unas pinturas falsificadas por un Marsellés y él se quedó con los óleos auténticos.

II

Agustín se despertó quitándose los fantasmas que lo acosan. Aún con los ojos legañosos fue a sentarse frente a la computadora, con la intención de distraerse. La revolución que había perseguido se escurría como el agua entre los dedos hasta desaparecer, no importaban sus discursos de coherencia impecable.

María equivocada.

Juan equivocado.

Sofía equivocada y prostituida.

Agustín fracasado, incapaz de las intrigas necesarias para ser un activista político.  Sin embargo, habían tejido una realidad ilusoria convencidos de que se estaban organizando para transformar la sociedad. 

Buscó en el portal de internet de YOUTUBE, La Muerte del Cisne, interpretado por la bailarina Ana Pavloska.

La rusa apareció en la pantalla de la computadora extendiendo sus brazos al cielo, los contorsionaba como si fueran alas volando y los dedos plumas agitadas por el viento, mientras que la punta de sus pies la mantenían levitando en el aire en un espacio mínimo, pataleando desesperada para no ahogarse sobre las tablas del escenario.

Por culpa de los cartílagos que lo habían abandonado, se sintió fastidiado con el dolor en las junturas de los huesos, se enojó con la rusa que volaba de una punta del escenario al otro. Apagó la computadora.

Basta de Cisnes —

Al entrar al baño, notó que tenía una barba incipiente que debía afeitar, no pudo evitar las titilaciones suicidas mientras se enjabonaba con la yema de los dedos las mejillas.

La máquina de afeitar dibujaba la letra T, en la parte superior tenía varias hojas de acero inoxidable, tres para ser exacto. Sabía que al contacto con su piel producirían un ruido imperceptible como cuando despojas a la computadora del volumen y aunque de ella no brote ningún sonido, sabes que detrás del silencio hay un ritmo latiendo.

 

Apoyó las tres hojas de afeitar en el límite que divide los cabellos de la patilla y la piel de su cara, empujó hacia abajo la máquina de afeitar, recorriendo las incipientes arrugas de su mejilla y se detuvo al llegar al cuello, tragó saliva, un escalofrío sacudió su cuerpo, era una fantasía lejana.

Cobarde, pensó.

Imaginó el capullo de una planta carnívora que al cerrarse va escondiendo el cisne entre sus pétalos.

Sería más poético que todas las carreras disparatadas de La Rusa, sonrió.

Le pareció una imagen interesante, hasta que recordó que no hace mucho tiempo había leído los Cuentos de la selva de Horacio Quiroga. Y le estaba robando la idea a la historia de la abeja y la víbora.

 

Para entretenerse mientras esperaba que llegara Sofía, se sentó a escribir.  Sus dedos descendieron sobre las teclas buscando con curiosidad adonde lo llevaría la escritura automática. Una coma, después una C mayúscula, después siempre hay un después…

C de Cisne continuó, éste se esconde al escuchar el sonido de los remos de una canoa atizando plácidamente la superficie sucia del Río Lee.  El cisne es un ave trágica, un animal violento.  Tiene una cabeza redonda de plumas cortas que desembocan en un pico amarillento, siempre alerta. Siguió escribiendo.  El Cisne padece de cierta belleza.

Sofía entró al departamento, dejó su bolsa sobre la mesa del hall y suspirando dijo—No puedo más Agustín.

Paciencia. Sabes que es cuestión de tiempo hasta que consiga algún asunto interesante, ganemos bastante dinero y nos iremos a vivir al paraíso.

Mis promesas no tenían ningún sustento.

– 

III

Se acostó sobre el sillón del living y suspirando dijo—hoy, un tal José Ramos, uno de mis clientes regulares, atendió el teléfono mientras se vestía acomodándose la camisa debajo del pantalón. Dejó en suspenso nuestra conversación para atender el llamado, le escuché decir —para qué vas a comprar un caballo de carreras, cuesta una fortuna, tenés que mantenerlo, necesitás establos, alguien que lo cuide y encima se mueren con facilidad.  Es una inversión enorme para arriesgarse a terminar viudo del caballo, mejor te compras una pintura de alguien famoso, cuesta menos y no se te muere nunca.

Ésta es una oportunidad de hacer un negocio —dijo Agustín.

Afuera la lluvia caía incesantemente mientras que el viento hacía volar las hojas que el otoño había desparramado por las calles.

A Sofía le gustaba el otoño, los días son de un color grisgrisgrís, mañanatardenoche.

¿Qué vamos a hacer?

IV

Sofía estaba enamorada de Agustín, pero tenía miedo de sus furias, sabía que la violencia no le era ajena.

Habían decidido que ella se prostituiría para ayudarlo a él a concentrarse en la revolución.

A él, la imagen de ella en la cama con otros hombres lo perseguían. Con frecuencia sus celos estallaban en disputas verbales.

¿Te dan el dinero en la mano o lo dejan sobre la mesa de luz, te piden un descuento o son generosos?  ¿Gozás?—preguntaba agresivamente.

Sofía desentendiéndose contó,

Hoy vino Francisco.  Sí, el pianista.  Como siempre que viene, se sentó en la silla que está al lado de la cama.  Una vez más, trato de convencerme que ésto no era la vida, que no debería seguir así, que esto no era para mí.

Me dejó desnuda esperando el contacto de sus manos sobre mi piel sin embargo solo predicó y predicó.  Cuando ya estaba harta de escucharlo, lo miré, ví gotas de transpiración que le corrían sobre la frente, tenía los ojos hundidos en sus cavernas, el esfuerzo para reprimir el deseo le hacía temblar todo el cuerpo. Su voz sonaba a chispas huecas.

La impotencia lo enloquecía. —dijo Agustín.

 – 

V

John apretó la perilla del timbre en la puerta de entrada del departamento.

John era obeso, sus cejas se unían sobre sus ojos, tenía un aspecto repulsivamente atractivo y una voz clara.  Era un gordo sonriente sin que se pudiera saber con certeza a que se debía esa bonhomía.

Era lo contrario de lo que Agustín había imaginado, plantado sobre sus piernas gruesas.  Sostenía entre sus labios la risa fácil de los satisfechos.

Sofía los presentó —Mi primo Agustín —mintió y continuó —John.

Conversaron hasta que John sin perder su sonrisa dijo —No vine hasta aquí para que me cuenten sus naderías así que veamos, ¿qué quieren?

Me enteré que usted organizó una exhibición de Nelson Gimenez en Paris, nosotros tenemos un cliente interesado en comprar —dijo Agustín.

John preguntó —¿Saben lo que quieren?

Cualquiera de las pinturas que represente la comunidad afro-uruguaya bailando Candombe.

John los miró con la desconfianza sobre la piel.

Entienden que esas pinturas cuestan mucho dinero.

El precio es irrelevante —intervino Sofía.

Entonces tengo varios —dijo John —Les puedo ofrecer una obra donde en el centro de la pintura hay una mujer afro uruguaya con la cabeza agachada, mientras que sus manos sujetan el vestido blanco-amarillo al mismo tiempo que lo levanta del suelo. A su izquierda, un hombre de pantalón marrón y camisa blanca, extiende su brazo derecho y parecería tener una rosa en el cabello. Del otro lado hay una mujer de pollera verde con líneas marrones y amarillas. Detrás del hombre con el pañuelo en el cuello hay dos hombres más, uno de ellos tiene una camisa amarilla y un pañuelo rojo.

Es un torbellino de movimientos, con una paleta de colores infinita mientras que en el fondo, cubriendo las paredes, unas cortinas de diseños simples esconden los ladrillos al aire.

Podría haber sido en un Tangó en el barrio de Montserrat en Buenos Aires donde se reunía la comunidad afro argentina, sin embargo la escena que representa es en Montevideo. 

Lo traigo mañana.

 VI

Sofía llamó por teléfono a José Ramos.

Hola, tengo un cuadro importante para vender.

La obra de Nelson Gimenez pasó de las manos de Juan que le gustaba que lo llamaran John a Sofía y Agustín.  José Ramos fue con su amigo al departamento de ellos, el hombre era de aspecto vulgar con un tic nervioso que le hacía mover la cabeza hacia la derecha.

José lo convenció que era un buen negocio. —Éste no se te va a morir —dijo.

El hombre se llamaba Jerry Mendoza y prometió volver al otro día con un experto para comprobar la autenticidad del cuadro. Acordamos que solo aceptaríamos cash.

Jerry Mendoza apareció al otro día por la mañana temprano con un señor serio de traje gris oscuro que después de examinar con detenimiento el cuadro, pidió que lo separemos del marco.  El hombre de traje gris aprobó la legitimidad del óleo con un movimiento imperceptible.

Jerry salió del departamento y al rato volvió con dos valijas que puso sobre la mesa del living, fijó el cuadro dentro del marco y levantándolo lo colocó debajo del brazo izquierdo y se fueron.

Agustín le dijo a Sofía —Están blanqueando el dinero—

VII

John recibió su pago y se borró.

Agustín y Sofía se fueron de Londres a Barcelona dejando la revolución abandonada.  La Monarquía inglesa tenía las espaldas muy anchas, capaz de sostener la explotación del pueblo que seguía soñando con el pasado imperial.

Una noche de borracheras y reproches que había comenzado con murmullos de acusaciones mutuas, degeneró en violencia.

Ella le miró los pies, vio que andaba semidescalzo, llevaba puesto un zapato mientras que el otro se había quedado entre las patas de la mesa abandonado en la oscuridad que las sombras de las sillas y el mantel proyectaban. Lo vio arrastrar el zapato que carraspeaba sobre las baldosas mientras que la media acariciaba el suelo perdiendo bollos de lana a cada paso.

Él avanzaba hacia ella ciego de celos, ella comprendió qué sucedería retrocediendo atemorizada.

Sintió los dedos de él atrapándole la muñeca, agitando sus brazos, trató de desligarse mientras en su rostro se fueron dibujando muecas de dolor.

Déjame —gritó sacudiendo violentamente el cuerpo con la intención de separarse. Un puño cerrado voló hacia ella haciéndola caer sobre el suelo.

Entre el miedo y las lágrimas, se irguió sobre sus piernas temblorosas y mordiéndole la mano se liberó de él. Estiró el brazo apoderándose de una caja de metal que estaba en un rincón de la mesa y cuando él se acercó amenazante giró sobre sí misma esquivándolo al tiempo que lo golpeó con una fuerza insospechada en la cabeza. La superficie de la pared se manchó de sangre roja.  Agustín se derrumbó.

Las hojas morían en otoño, descansando a los pies de los árboles.

VIII 

Jerry Mendoza, antes de caer preso, tuvo tiempo de entregar el cuadro de Gimenez a un medio hermano.

Cuídalo hasta que salga de la jaula—dijo.

Cuando salió de la cárcel, fue al encuentro de lo único que poseía, el cuadro de Nelson Gimenez. Lo envolvió con burbujas de plástico y se dirigió hacia la casa de subastas, en Mayfair.

Entró por la puerta que conducía a un hall inmenso, detrás de un mostrador había una joven que atendía con una inmensa sonrisa a los clientes que se aventuraban a pasar por ahí.

—¿Puedo ayudar?  la escuchó preguntar.

Sí, quiero que estimen el precio de esta pintura.

—¿La quiere vender?

Depende, primero quiero saber su valoración y después decidiré.

—¿Quién es el autor de la obra?

Nelson Gimenez, pintor uruguayo.

Un momento voy a llamar a un experto en pintura sudamericana—dijo ella.

Desapareció detrás de una puerta que estaba detrás de su espalda y regresó con un joven desgarbado que le extendió su mano y lo invitó a seguirlo por uno de los pasillos que se abrían desde el Hall, hasta que llegaron a una puerta con un cartel que decía Óleos.

El cuarto tenía una computadora sobre una mesa y varias sillas alrededor.

El joven tomó el paquete de plástico y lo abrió con un cuidado excesivo,

se puso un par de guantes blancos y lo levantó con ambas manos desde los bordes del marco, se acercó a la ventana buscando la luz natural y lo examinó en silencio.

Una palidez enfermiza se fue dibujando en la cara del joven. Repentinamente salió de la habitación dejando a Jerry solo.

Después de media hora, regresó.

Mi nombre es James Towers —dijo el joven empleado y continuó,

¿Qué sabe de la procedencia de este cuadro, tiene idea de quienes fueron sus dueños anteriores?

Jerry mintió diciendo que lo había heredado de una tía que apenas conocía,

La respuesta es simple, no sé nada.

James Towers, nervioso, caminaba de una pared a la otra ignorando todo a su alrededor.

Jerry quería saber el valor del cuadro sin entender que pasaba.

¿Cuánto estima que vale? preguntó en un murmullo apenas audible.

James tartamudeó incongruencias hasta que se le escapó una explicación —Miré, no sé, lo que sé es que vendimos un cuadro idéntico hace 6 meses y que uno de los dos es falso porque los dos no pueden ser auténticos. No sé quién es el impostor, usted o el otro que nos dio el cuadro anterior, pero eso es irrelevante porque está en juego el prestigio de la compañía y mi reputación de experto en arte sudamericano y si ésto se descubre arruinaría mi carrera y dañaría el prestigio de nuestras subastas.

Solo podemos hacer dos cosas destruir este cuadro y comprar su silencio.

Mientras Jerry contaba el dinero, James, armado de una navaja, destrozo la pintura.

Jerry salió a respirar las brisas del otoño, decidido a que Sofía y Agustín le expliquen.

 –

Fin.

 sufrir pacientemente el tiempo,
los semblantes agrios y malhumorados,
las respuestas rudas e irritantes,
sufrir para poder ganar algunos centavos,
porque “así es la vida”
Roberto Arlt, El Juguete Rabioso.