EN GUERRA

Letras Enrique D. Zattara | Publicado originalmente el 21 Enero 2016

Fotografía Brunela Curcio

Fotografía Brunela Curcio


 

Llegamos a mi departamento de Congreso a eso de las tres de la mañana. Habíamos esperado un buen rato en la esquina hasta que apareció un taxi libre; y poco a poco el aire fresco y húmedo tras la llovizna me fue quitando el mareo del alcohol, aunque por contraste me subió por el cuerpo una depresión espantosa. Encendí la radio, como siempre mucho folklore y rock nacional: León Gieco cantaba El Fantasma de Canterville, la prohibición a la música inglesa continuaba.

El aparato quedó encendido, la música se desplegaba como un telón de fondo, como un sonido más del ambiente, mezclado al rumor sordo de la ciudad, del tráfico que jamás cesa en el centro de Buenos Aires, los frenazos y arrancadas de los autobuses llevando noctámbulos de vuelta a sus casas y trabajadores nocturnos a sus puestos, las sirenas angustiosas de las ambulancias como un recordatorio de que no hay hora mala para morir. Le pedí que no se quitara las bragas: me gustaba entrar apartando primero la tela, sentir la presión del elástico sumándose a la presión natural, acogedora, de los suaves labios verticales de la vulva de Lucía. Otra vez la escena se repetía. No quería pensar en ello pero no podía evitarlo: la excitación de recibir a Lucía desnuda, la promesa de placer que habíamos aprendido a darnos, luchaban a brazo partido con el sentimiento de derrota, de no haber sabido ni querido poner –otra noche más- un límite a aquella forma de amar que nos degradaba. Pero era la manera que habíamos elegido: así eran las reglas que conformaban nuestro afecto, enlodado en la dinámica de un juego de contrastes donde ella era la víctima voluntaria y yo el verdugo: juegos de placer que nos apartaban y al mismo tiempo nos enlazaban.

Tuve un rápido orgasmo: no sé si ella llegó hasta allí. Como siempre, lo dudo. Ella me quitó de encima de su cuerpo con un cuidado infinito y me depositó a su lado, despatarrado en la cama, la pierna derecha flexionada automáticamente en dirección a la barbilla, abriendo la boca como si no me alcanzara el aire. Sentí que me revolvía el pelo con una de sus manos y enseguida me quedé dormido.

A las siete de la mañana nos despertó una voz cortante que interrumpió súbitamente el run run de la música en la radio. “Esta madrugada, aviones Sea Harrier de la Armada inglesa han bombardeado Puerto Argentino” – anunciaba el locutor, emitiendo a través de la cadena oficial, la voz seca, sin modulaciones, terminante.

Abrí los ojos sin entender al principio lo que pasaba. La luz entraba débilmente todavía por los resquicios que dejaban los listones de la persiana veneciana. Un rayo con mejor puntería atravesaba el aire y se estrellaba contra la guitarra que colgaba en la pared enfrente de la cama. Sabía que había estado soñando y que el sueño contenía una esperanza, pero la esperanza, si lo era, se disolvió sin rastros a medida que los contornos de los muebles fueron tomando consistencia. La radio volvió a repetir dos o tres veces el mismo comunicado, escueto, monótono, sin más aclaraciones. Al final sonó la Marcha de San Lorenzo. Los brazos de Lucía me arropaban como una bufanda y cuando me moví para deshacerme de ellos se desperezó, dio dos bostezos y me miró con los párpados semicerrados sonriéndome con una sonrisa en la que vislumbré, con un estremecimiento, algo que se parecía a la felicidad.

-Han atacado Puerto Argentino –le dije, sentándome en la cama con un solo impulso- Parece que las cosas están yendo más lejos de lo que parecía.

Ella levantó la cabeza de la almohada y la mantuvo erguida durante unos segundos, tomando nota de lo que acababa de decirle. Iba a abrir la boca para decir algo, pero se arrepintió antes de empezar y volvió a dejar que su cabeza cayera. No quiso preguntar nada sobre la guerra, se limitó a acurrucarse junto a mi cuerpo desentendiéndose de lo que no fuese mi contacto, mi calor, o quizás me ofrecía el suyo como una mujer que quiere dar sin condiciones aún dándolo a un hombre que sabe que nunca será suyo y que sin embargo rendía sus armas una y otra vez a su paciente acoso, como un niño que rechaza a su madre pero vuelve una y otra vez a su regazo. Por eso me odiaba yo, por ser tan débil, tan cobarde; y por eso en ese momento la odiaba más que nunca.

-¿Seguimos durmiendo un ratito más? –dijo perezosamente, mirando de reojo al reloj que estaba sobre la mesa de luz, al lado de la radio, de una lámpara flexible y una botella de vino borgoña vacía.

-No- sentí la necesidad de ser definitivo, autoritario- Ahora tenés que irte.

Sabía que ella era conciente de que estaba luchando contra mi rencor, un rencor que necesitaba verla vencida para vengar la derrota, mi propia derrota: sentía que ella se sabía en medio de un ciclo repetido que nos hacía girar ininterrumpidamente en el mismo sitio desde hacía tanto tiempo.

-Pero son recién las siete –arguyó con esperanza – Tengo ganas de que nos quedemos un poco más en la cama, hoy es domingo…

Me pasé la mano derecha por la cara, me apreté las sienes con los dedos pulgar y medio como si quisiera arrancarme una máscara que me torturaba. Los calzoncillos estaban a un costado de la cama, los alcé de un tirón y me encaminé al baño. Meé con la puerta abierta y después me eché agua fría sobre la cara en el lavabo. Volví y Lucía aún me esperaba en la cama, con la mejilla derecha aplastada contra la almohada, los ojos bien abiertos siguiendo mis movimientos.

-No –insistí, acercándome a la correa de la persiana y haciendo ademán de comenzar a abrirla, un ademán brusco, lapidario – Tenés que irte.

Entonces, recién entonces, le acometió un repentino deseo de llorar. Pero lo contuvo a tiempo e intentó mantener el tono dulce con que se había dirigido a mí desde que abrió los ojos. E intentó sacarme un gesto de acercamiento: o al menos de compasión, me pareció.

-Bueno, Negrito –concedió introduciendo el apelativo cariñoso que tantas veces había sido la seña de identidad de los momentos de ternura – pero haceme un café mientras me levanto, ¿eh?

-En la cafetera hay, si querés levantate y ponelo en el fuego – dije. Fui hacia la radio y giré el dial buscando más información, pero sólo había música por todas partes.

Ella empezó a levantarse, se sentó en la cama con los pechos al aire y la sábana cubriéndola todavía por debajo de la cintura. La observaba, intentaba captar hasta dónde sería capaz de seguir consintiendo tanto desapego, tanto desprecio. A veces la odiaba tanto como en ese momento, injustamente: ¿quería desprenderme de verdad de ella o prefería tener a mano siempre a alguien en quien morder mi propia insatisfacción?

Lucía lo intentó por última vez. Apartó la sábana por sobre sus piernas desnudas.

-Dale, metete un ratito más. Tengo muchas ganas, quién sabe cuánto va a pasar hasta la próxima vez.

-No seas pesada –le dije, con irritación calculada- Levantate de una vez, te hago un café y te vas.

Entonces sí cayó vencida. Lo supe porque no hubo ni llanto ni pena en su gesto. Al contrario, terminó de destaparse dando un tirón a la sábana, dio dos pasos desnuda hasta la silla donde se amontonaba su ropa y empezó a abrocharse el sostén sin mirarme, mientras yo volvía –entonces sí- a meterme lentamente en la cama. Mientras se cerraba la cremallera de los pantalones giró la cabeza y me vio observarla con curiosidad, recostado contra el respaldar de la cama.

-Sos un jodido de mierda –descerrajó con bronca- Que ya no tengas más ganas de cojer conmigo, está bien, puedo aguantármelo. Pero por lo menos podrías dejarme dormir un rato más. ¿Se puede saber qué tanto apuro te agarró en que me vaya?

Sorprendido, pensé en una respuesta razonable. Pero preferí otra, que acababa de inventarme pero me pareció perfecta, redonda, despreciable:

-Es que me había olvidado que a las nueve iba a venir una mina mía.

Lo dije así, con frialdad: “una mina mía”. Y antes de que terminara de salir, le recomendé desde la cama que no se olvidase nada, y que cerrase bien la puerta.

Nota de Autor: Extracto de mi novela inédita Como dos Cuervos en la Rama.