ESCRIBIR NO BASTA

Letras Gabriel Moreno

Diseño Brunela Curcio

Collage Brunela Curcio | Mirada Gabriel Moreno


 

Escribir correctamente es fácil; basta aglomerar símbolos bajo una semblanza de coherencia. Me refiero a escribir en el sentido de comunicación: hilvanar palabras, respetar las reglas gramaticales y plasmar pensamientos propios o ajenos en un lenguaje discernible para el lector. La mayoría de personas educadas pueden escribir, y algunos hasta lo hacen bien, utilizando un lenguaje complejo e interesante y expresando a veces ideas y sensaciones únicas, inspiradoras y entretenidas. Hay personas que aclaman estos escritos y muchos que hacen carrera con ellos pero, ¿es éste el tipo de escritura que nos mueve? ¿Son éstas las obras que nos representan?

El solo hecho de pensar en estos textos “correctos” me aburre. Porque leer o componer textos “bien” escritos puede ser placentero, pero no basta. De hecho, en esos casos, suele ocurrir que uno termina de leer o escribir con la sensación de haber perdido irrevocablemente el tiempo y de estar unas horas más cerca de la muerte -una sensación que empieza a apoderarse de mi mente en este mismo momento-.

Porque no basta ser coherente. Expresarse de manera fluida no es suficiente. De nada nos vale limitarnos a componer frases complejas e impresionantes.

No. No basta.

Para escribir en serio hay que recordar que el autor está siempre a un paso del ridículo, a un segundo de la locura, a una zancada del vacío de la mediocridad literaria. El escritor, incluso el profesional y célebre escritor, suele ser víctima del auto-engaño y la falsa grandiosidad: a veces confundimos sugestión con inspiración, y oficio con escritura mecánica e insulsa. Por otro lado, otros muchos sufrimos de un miedo paralizante, escribimos como excusándonos de osar expresarnos, como pidiendo disculpas. Tanto una cosa como la otra no hacen sino limitar el potencial de la escritura.

¿Cómo salir del bucle destructivo de la pomposidad o del miedo? ¿Cómo evitar la tendencia al suicidio artístico? ¿Cómo osar tomar un lugar entre los grandes de la literatura universal? ¿Cómo narrar historias como Homero, plagiar como Óvido, sufrir con Dante, rezar con John Donne, desafiar la realidad con Cervantes, morir estéticamente durante un instante con Laforgue, construir castillos domésticos con Emily Dickenson, opinar como Dostoievski, pasear con Cavafy por un callejón sombrío, pelear con Wilfred Owen o Hikmet, amar estúpidamente con Neruda, follar con Bukowski, imaginar con Wallace Stevens, reírse como Frank O’Hara?

La escritura, en mayúsculas, esa escritura que modifica la psique y que renueva el lenguaje, no es fácil: su éxito depende de las relaciones aleatorias entre las vísceras del autor y la otredad. Cuando digo otredad me refiero a las fuerzas políticas, históricas, sociales, económicas, climáticas, psicológicas, domésticas y demás que interactúan con al autor y lo conducen a una escritura renovadora o a un fracaso literario monumental. Las vísceras del autor, por otro lado, son sus deseos más profundos, sus miedos, sus traumas, su talento, sus inquietudes, la visión de su identidad, su sensibilidad, su intuición más sagrada, su anatomía, y su habilidad de traducir y transformar la otredad en arte literario.

El poeta, novelista, cuenta cuentos, ensayista o cantautor, al igual que cualquier otro artista, tiene que comunicarse abiertamente con toda su experiencia existencial: tanto con su propia interioridad como con el mundo exterior que lo rodea. Solo así podrá crear una situación propicia para la escritura en todo su potencial. Él o ella, o sea nosotros, tenemos que descender al pozo sin fin de la mente desprotegida y viajar sin casco por las carreteras desconocidas de la intemperie existencial. Tenemos que entregarnos por completo a las palabras, pasar hambre si hay que pasar hambre, querernos, vendernos, violarnos, todo lo que sea necesario para alimentar la relación entre la interioridad y el mundo de afuera. Y eso incluye a los otros humanos. No importa lo que cueste: debemos estar alertas a las otras mentes, a los otros procesos creativos sin perder de vista el nuestro, con un pie en nuestra psique y el otro en las psiques adyacentes.

La premisa es crear un tipo de texto que, saliendo de nuestro estómago, pase por el mundo y vuelva a nuestra mente para, allí, ajustarlo, mediante el intelecto a las convenciones de la escritura. Se trata de escribir para renacer y así ofrecer una visión diferente, escribir como desafío a la visión de uno mismo, escribir como viaje interno y externo hacia las fuerzas terrenales y cósmicas que nos acechan. Se trata de escribir para escapar; para resistir las apisonadoras de la realidad, para extender sus contornos, para ganar terreno a los campos de la racionalización.

Escribir para dar vida a los mundos imaginarios, para recuperarnos, para dejar algo atrás, para burlar a la muerte durante un instante. Escribir para arriesgarnos, para confrontar el miedo, para escondernos, para abrirnos a nosotros mismos, para cuestionar al pueblo, para purificar el lenguaje. Escribir para vencer el estancamiento colectivo.

Es una actividad peligrosa y muchos autores no sobrevivieron al viaje: Coleridge, Holderlin, Hart Crane. Sin embargo, la recompensa del regreso seguro es inmensa: la escritura vital reconstruye el Ego después de matarlo, y en el proceso revitaliza la lengua, la comunidad y quizás el mundo imaginario colectivo de todo aquel que participa en ella.

Escribir en serio es reclamar tu lugar en el banquete de la gran literatura, y no para lograr éxito o reconocimiento, sino para conseguir conectar con un tipo de literatura que renueve al autor, el mundo y a sus lectores. Porque la escritura no es mero entretenimiento: según William Carlos Williams hay hombres que mueren, cada día, por carecer de lo que podrían encontrar en ella. Por esta razón no basta escribir bien. Hay que morir para escribir. Hay que dejar que lo que amas te mate, como diría Bukowski y, a buen seguro, secundaría Oscar Wilde.

Porque siempre se necesita volver a nacer lingüísticamente e ideológicamente.
Tenemos que dejar que la literatura nos dicte los pensamientos y no al revés.
Necesitamos escribir para vivir, para resistir el vacío, el nuestro y el de todos los seres que nos acompañan.
Hay que escribir por todos los que nos leen y por todos los que no nos leerán, y también por nosotros mismos, por ese universo individual donde se hallan todos los restos del universo exterior.
Y hay que llevar los párpados desnudos, dejar que nos consuman las visiones externas y saber volver a nosotros mismos después de visitar a muchas otras psiques, a una multiplicidad de vidas ajenas.
Para escribir de verdad hay que dejar que nos penetre la historia, los excesos climáticos, la filosofía, el olor a ascensor de madera, el dolor de la pérdida, el gozo del cuerpo desnudo, las palabras de un amigo.
Porque tenemos la posibilidad de nutrirnos, darnos afecto, esperanza. Tenemos la posibilidad de volver a nacer como individuos y como pueblos. Escribir es negarse a desaparecer en silencio, ponerle barricadas al vacío, conectarse con todas las mentes del mundo, brindar amor, un amor que son vínculos y sueños compartidos, (escribir es instigar conexiones que para hoy, ayer y mañana).