ESTO NO ES COSA DE DOCTORES

Letras Salomón Mosquera Rugel

collage Viviana Lombardi

Collage Viviana Lombardi



Con vibraciones interespaciales evocadoras de conjuros y ánimas que han abandonado la materia, el relato de Salomón Mosquera Rugel nos remite a la atmósfera gótica de El Triángulo Fantástico.

Acostado en mi cama aquella noche fría del mes de mayo pensaba en miles de cosas habidas y por haber. Por aquel entonces vivía en casa del tío Pedro. Él era un hombre maravilloso, porque comprendía a los incomprensibles, quería a los que odiaban, ayudaba a los egoístas y enseñaba a los que ignoraban.

Siempre fue de mi agrado visitarlo, y en mis visitas, solía narrarme leyendas excéntricas de los tiempos de su mocedad. El tío tenía setenta años; pero aún conservaba la descomunal fuerza para derribar un caballo agarrado por las orejas. Yo había cumplido los quince, y un mes antes de la llegada a casa del tío, le escribí una carta diciéndole que lo visitaría.

En casa de mis padres la vida era maravillosa; siempre me trataban con cariño y se esmeraban por complacerme con todos mis deseos. La tarde que les hice saber sobre la decisión que había tomado de visitar al tío, accedieron a la propuesta, ya que recordaron, que habían transcurrido hasta la presente fecha doce largos meses, desde la última vez que estuvimos junto a él.

El mes de abril terminó un domingo caluroso, y el día lunes, a las seis de la mañana, partía a casa del tío Pedro. El viaje era por demás acogedor. La naturaleza ante mis ojos se mostraba esplendorosa y sentía un rápido deseo por llegar. Al arribar a casa del tío Pedro, me recibió amable. Me acerqué a él y le di un beso en la mejilla como muestra de afecto, y luego de ello, me dirigí a la habitación de huésped donde dormía siempre a mi llegada; pero con la novedad, al pedirme de favor, que por las noches no hiciera ningún tipo de ruido, debido a que su mujer se encontraba enferma, y por lo tanto, necesitaba paz y sosiego.

En realidad, Martha, la tía política, pasaba por un momento difícil de salud, hecho que comprobé, cuando entré a su habitación a darle mis saludos.

Sin advertirlo a lo mejor por el transcurso del viaje, el reloj de pared de mi habitación, con su mecánico andar, me sorprendió sobre el colchón de sábanas limpias a las nueve de la noche. En ese lapso sentí que el tío Pedro se había levantado y, elevando la voz, pregunté:

─¿Quién anda ahí?

─Soy yo, sobrino ─dijo con reposado tono de voz.

Seguí en silencio su accionar. Regateó. Pasó una secuencia de varios minutos en la cocina, y al no hallar solución a lo que pretendía hacer ─imaginé─, se dirigió otra vez a su habitación.

El tiempo seguía su curso. El reloj marcaba ya, las once en punto. Y no pasaron más de cinco minutos de la hora indicada, cuando aquel momentáneo silencio se interrumpió. Mi cuerpo fue víctima de una extraña sensación, al oír a la mujer del tío que gritaba muy desgarradora:

─¡Ay, Pedro, no me dejes llevar!… ¡Por favor, me está llevando!

Sus frases se repetían una tras otra, y en el instante menos pensado, soltó un grito aterrador que me llenó de pánico desde la cabeza hasta los pies. El terror inundó mi alma y al mismo tiempo mis huesos se llenaron de espuma. Las luces de la casa se encendieron, y pese a la iluminación, el ambiente se encontraba siniestro. Me dirigí al cuarto del tío, y en el pude comprobar, que la esposa había fallecido.

Muy por la mañana escribí a mis padres de lo ocurrido. Ellos mandaron una nota de pesar expresando el más hondo dolor por la inesperada pérdida, y argumentaban también varias razones, que les impedían estar presentes en los funerales. La tarde que sepultamos a la mujer del tío Pedro el cielo estaba envuelto por el manto de la penumbra, y, a nuestro regreso, luego del sepelio, todavía reinaba el olor a muerte. El semblante del tío era tan deprimente, que  intentaba consolarlo, mas, resultaba empresa inútil.

Al acostarnos, los grillos chirriaron en desafinado concierto, los perros aullaron en el oscuro zaguán y la penumbra continuaba. Las diez de la noche: hora de cerrar los ojos.

El profundo tic tac del reloj de pared me impedía conciliar el sueño y mis pensamientos se sumergían en un abismo sin final. De pronto, como si todo estuviera envuelto en una sábana de misterio, la voz temerosa del tío Pedro se hizo presente:

─¡Por favor, mujer; déjame en paz!… ¡Espera que sea la voluntad de Dios! ─ decía.

A la mañana siguiente, ingresé al cuarto del tío muy preocupado y con temor por sus frases escuchadas la noche anterior. Lo encontré acostado, sin ánimo de hablar ni de levantarse. Me acerqué a él y pude palpar que su cuerpo quemaba por la fiebre. Algo muy extraño empezaba a ocurrir: las palabras de la mujer del tío antes de morir, la voz temerosa de él por la supuesta presencia del espíritu de la esposa acabada de fallecer… ¡Pero Dios, eso no fue todo!, y advertí que en el borde de su cama y en el piso de la habitación, se hallaban dispersas un sinnúmero de rosas de muerto, y de ellas, emanaba un fuerte olor asfixiante.

A partir de ese momento las cosas se empezaron a presagiar mal para el tío Pedro. De manera repetida se llevaron a efecto las mismas escenas escalofriantes. Una oportunidad le sugerí, que se hiciera tratar del doctor, y el tío me contestó:

─¡Esto no es cosa de doctores!

Los días pasaban por las hojas del almanaque, y una noche muy fría, más álgida con relación a la del día de mi llegada, escuché al tío Pedro, decir:

─¡Está bien, mujer, si lo has querido así, así será… pues entonces… llévame!

Al enunciar la frase final, se desgarró un trágico grito de su garganta que se perdió en la inmensidad de la noche, y, armado de un repentino valor, encendí las luces de la casa entrando con cautelosos pasos a su habitación. Quedé atónito al escrutar ante mis ojos el cuadro de horror: el tío Pedro yacía muerto, y como de costumbre, las rosas de muerto; pero no con su color natural: ¡eran negras!

Abandoné como un demente aquella casa embrujada y me perdí en la espesura de la noche. En el momento que ya no podía seguir corriendo a causa de la fatiga, me dejé caer de bruces sobre la hierba. Veía en mi imaginación al tío Pedro postrado en la cama, yerto. Estaba desorientado; pero, con el transcurrir del tiempo pude serenarme y comprendí sus palabras aquella mañana cuando le sugerí que visitara al médico porque su cuerpo quemaba a causa de la fiebre, que aquel asunto no era cosa de doctores.