FERVOR DE LA PALABRA

Letras Viviana Lombardi

Diseño Álvaro Suárez 2018

Diseño Álvaro Suárez 2018


Reseña de la antología poética De Lujurias y Musas

La poesía es el encuentro del lector con el libro, el descubrimiento del libro.
Jorge Luis Borges

Una advertencia inicial a este escrito es que el sustantivo poeta goza de la gracia de demandarle un artículo masculino a una desinencia femenina. La autora de estas cavilaciones hará por ende uso libre de tan feliz coincidencia genérica para referir a “la poeta” o “el poeta” artífices de esta valiosa, y valiente, antología.

Al pensar en qué es la poesía, y adherir al epígrafe, se personifica de inmediato el vínculo entre lector y obra, generando una intriga inevitable entre la impronta creadora de los versos y nuestra percepción como receptores. Y surge así, por qué no, el anhelo de capturar la vibración de su génesis.

Es así que se eleva la maniobra poética al grado de generadora de cosmogonías, creaciones que se hacen fractales de la infinidad, para condensar todo relato mítico sobre los orígenes del multiverso; hipóstasis de la eterna tensión del Ser entre su cosmos y su microcosmos, el arriba y abajo del hermético, unívocamente unidos en substancia y significación.

Poesía es también parresía, esa temeraria verdad de sí socrática, siempre peligrosa a la supervivencia de los justos; la pertinaz procura de la autenticidad radical que emana de las sombras de la caverna cuando rastreamos la epifanía. Haciéndose, entonces, lo más luminoso de la humanidad, en su triunfo sobre la recurrente ordalía de vivir, pues al cantar la adversidad, la exorciza.

Conjuradora de arquetipos, esas circunspectas emanaciones que nos circundan secretamente, la poesía no tolera la herejía. La potencia alquímica del lenguaje hace que cada sonido recupere el soplo primario, haciendo de la obra un atanor del verbo que se nutre de plagiar la música de las esferas. Poetas somos todos aquellos que nos animamos a robar impúdicamente la frecuencia sagrada de sus oscilaciones.

Cuando Borges dice “La literatura es un sueño dirigido” quizá nos alerte sobre el fluir de las mareas de significado que nos constituyen humanos. Poeta será entonces el náufrago consagrado a la isla de su microcosmos, donde tamizar el salitre del agua bendita que le desentraña el sentido. Donde el hostigamiento de la soledad se hace gloria, y, al decir de Kipling, ayuda a olvidar todos los infiernos. Porque sólo allí lograremos conjeturar la captura del Sahara en un puño. Donde cada grano de arena nos reflecte lo inasible de la inmensidad, cautivándonos al transitar la infinitud de un verso que, por frecuentación, haremos eterno. Partícipes y cocreadores entonces de las liturgias literarias que, Quevedo nos sugiere, “….en músicos callados contrapuntos al sueño de la vida hablan despiertos”.

Ingresé a la relación con los versos de esta obra a la Coleridge, como quien deambula los senderos de un jardín salvaje donde flores seducidas de exuberancia nos proclaman sus esencias, sus cadencias del susurro de la primordial raíz, sus tornasoles tornadizos como el aire y el agua de incesante fluir que nos resucitan a cada instante. Donde el poema se engendra perenne para hacerse indestructible.

Pues, que es la poesía sino la cepa del deseo espiritual que nos transita la carne hasta hacerse viva. Hasta demandarnos el canto de la voz cautiva. O el cantarle al dolor oscuro, tenaz, del abandono. Para aprender a consolarse persiguiendo estrellas.

La poesía es, también y quizá nada menos que eso, la trémula hoja que implora por el amor que nace del asombro, de la entrega, del jugar con fuego. La desnudez del poema requiere de un ojo magnánimo. Decoroso en la generosidad de cobijarlo en la palma, de acunarlo, acaso, para no violentar su tenue hálito que nos alienta a descubrir nuestras bahías de silencio, donde soñarnos otros. O mejor aún, nosotros verdaderos.

Hay en esta obra versos que aciertan misteriosamente sin demasiada explicación. Sin vanidad ni ostentación, ofreciéndonos el delicado arte de mostrarnos mil paisajes sin recelo ni frontera. Intercambiando consuelo sin sombra de avaricia, como un Otelo de cordialidad de infante, anterior a la tempestad del sufrimiento. Hay otros de sigilo de orfebre, donde la comunión demanda la autointerrogación de un Hamlet con el corazón desahuciado de amor y reino.

En suma, todos ellos pequeñas capillas ardientes de ofrendas que en conjunto se hacen catedral. Donde podremos sentir himnos de desolación y ditirambos sin cesura. Construida de voces susurradas o reverberantes de sonidos espaciales, copiando a la portentosa maquinaria de la causalidad, para así crear un planeta nuevo.

Entonces cada poema se convierte en talismán porque los versos son mucho más de lo que significan. Los versos son su entonación, su acentuación, la sinergia del sortilegio entre aliento y sentido. Porque siempre que leemos poesía re-presentamos el clamor del Dante en un desierto paraíso anhelando a Virgilio. Recuperamos entonces el encanto, el pasaje dimensional de la existencia viva. Encantamiento que acaso sólo la poesía nos obsequie cuando cada estrofa, cada verso, solicitan ser leídos en voz alta, para de ese modo descubrir que la obra está plena de deleites.

Encontré en estas páginas la ternura humana en un mundo riguroso donde sólo la poesía reconoce como ningún otro género el pudor del silencio, detectando el intervalo deshonesto cuando interfieren la futilidad o la torpe codicia. En su efusión sincera, estos poemas nos acercan a múltiples anclajes donde descubrir la inmanencia, incitando al encuentro con nuestra más íntima naturaleza. “The milk of human kindness” que nos legara Shakespeare.

Acto de fe, pasión, entrega, me guiaron en la lectura de esta antología que vivencié como un viaje iniciático. Para que los versos no se me hicieran ineluctables, para que correspondieran con su amor a mi inocencia. Porque la poesía malquerida puede resultar tan lejana a nuestra humanidad como el rostro indescifrable de la divinidad, o amenazante como el Leviatán o Behemot.

En agradecimiento, la poesía bienamada ejerce, majestuosa, el prodigio de estar más allá de todo juicio. Al saberse dueña de palabras que ordenan el caos del origen con visiones alucinatorias, hechas carne de canto con la voz de visitaciones en el sueño.

Entregada por completo a la tentación de perderme en la frondosidad de la obra, comprendí que la palabra poética va más allá de todas mis vigilias, pues ya ha echado raíz en mis más subrepticios laberintos. Y que la reiteración de mis visitas nos ha hecho a ambas, infinitas.

Introducida ya al espacio de intensos tesoros escondidos, donde el enigma de la causalidad se llama azar, me fantaseé la Scheherezada de los cuentos inconclusos. Bendecida por tal metamorfosis, me adentré a una nueva dimensión de libertad, acaso secretamente renacida por los copiosos inciensos de Persia, para redescubrir que el mundo es un sistema de correspondencias.

Efluvios de poetas en su esencia

SOL BAEZ

Nos introduce en la obra a ritmo de cabalgadura, abriéndole las esclusas a un corcel palpitante que fuerza el paso intrépido, reminiscente de tornasol de arena bajo el esplendente sol de estío, para pasar a metamorfosearse en mar acariciado por la luna. Como su nombre, Sol no se priva de la temperatura del cuerpo animal que todos heredamos. Haciendo tal la pulsión de su vitalidad creativa, que pasa sin solución de continuidad de un panteísmo con dimensión angélica, al enigma del madero que le impide el paso a un prefigurado misterio existencial. Con una fuerte reminiscencia de alquería, casa cobijo de humanos de labranza, de caserío en el levante, donde se amalgaman la labor empeñosa con el amor al aroma del olivo noble, del jazmín compañero de noches y guitarra, su poesía nos transporta a la exótica región del deseado paraíso.

PATRICIA CARDONA

Se deleita en introducirnos a la incógnita metafísica de la inmanencia, interrogando al Ser, uniéndolo al pagano fulgor de los sentidos que lo sacralizan en el encuentro amoroso. Los reclamos al amor conjurado como bálsamo y penitencia, bordean el surrealismo en dos amantes que hacen cuerpo de la música y alma de la piel. O se alzan, altivos, ante la rigurosidad lingüística que aprisiona al deseo en la convención de la estructura. Una oda a la libertad de amar, radiante alegoría de la libertad de crear, es la marea recurrente que baña de agua santa todas sus orillas. Quizá la poeta haya conjeturado su imago lírica como profecía, recreando en la armónica tensión del péndulo, una danza de la esquiva palabra inevitable con el poema amante. Acaso para recordarnos que el encuentro con su arte es mímesis de la perpetua trama entre Eros y Tánatos, vigilando ambos por detrás del velo apocalíptico para abrirse a la revelación e infiltrarse en su corpus poético.

CLAUDIA LOZANO GONZALEZ

Nos ofrece una invocación a la esperanza, a su vez porvenir y designio. Con los pasos de su lírica acompasada, que nos mece como a un barquito de papel deslizándose sobre el zafiro de un lago agitanado, flamenco, nos despierta la sospecha de númenes de dimensiones insondables. Aquellos que, de acompañarlos, nos enseñarían a tejer nuevos sones de pasión literaria. En un gesto de generosa inocencia su verso nos devela a la mujer que hace de su cuerpo enérgico un afán de renacimiento en letra viva. Frasea entonces con gracejo de siglo de oro, recomendaciones a su alma cautiva en la pluma que eleva, ambiciosa, a la categoría de águila redentora de las vicisitudes del decir para ser, para existir, para encontrarse. En el poema homenaje a Paula, hace consolación de su canto, al prefigurar un encuentro con el alma guía que la aguarda, una vez trascendido el confín de la materia para acceder al absoluto. Ignoramos si se trate de un gesto intencional, pero ese detalle de su obra nos remite al desasosiego hamletiano entre el ser y el parecer.

JORGE PAESANO

Artífice de un espacio renacentista propio bajo el cuidado de su Leonardo-Arquetipo, este poeta peregrino se arriesga a hacerse trovador avieso de irreverencias, evangelios laicos; a conjurar juglares fantasmáticos con quienes comerciar antifaces y mascaradas. Variopinta reunión de espectros de Diógenes e iluminados griegos, que le acercan la persona-máscara protectora de una nostalgia de eternidad transmutada en renacer en su poesía. Inundándolo de pasión desnuda ante la ausencia, la musa-mujer-continente se yergue, feral e inmaculada de fulgor, en América mito, deidad y verbo. Feliz alegoría del cuerpo astral de Gaya, que el poeta unge como santuario de su consuelo. Se vislumbra allí la intensidad de su anhelo, las iluminaciones del ermitaño que lo guía con la lámpara que sólo se enciende en la recóndita raíz del alma. Hay una añoranza por el amor cortés que acaricia en tenues pasteles de acuarela esta obra, posándose, casi inadvertida, en inflexiones de lamento. Un sugestivo contraste a la feérica pasión por la fuerza indócil de los elementos que aviva su imaginación voluptuosa.

SONIA QUINTERO

Encuentra su expresión en el fuego cordial, temerario, candente de duda metafísica. Un acto de arrojo que pincela su obra con matices de humanidad radical. La misma que nos acosa tanto cuando la vida nos ama como cuando nos desprecia. O, lo que es aún más trágico, nos condena con indiferencia gélida. Sonia desgrana su cofre de recónditas gemas para hacerla caja de música, refugio de sus horas, alivio del rigor de humanas tempestades. Sus rasgueos de guitarra templada en el fuego de los dioses evocan el gemido de la grave voz del tiempo inmóvil y del reverberar de las distancias entre desierto y desierto. Arriesgándose a la búsqueda entre tinieblas, acaso añorando el encuentro con lo más profundo de su desasosiego, esta poeta no le teme al desgarro de las voces. Involucrándonos así en un bizarro aquelarre de conjuros germinados en plegarias, con la potencia acústica del coro de fantasmas de arena que claman en nuestra interioridad.

AMINAH ZAMORA PERALTA

Una presencia de verdor sideral cobija su escritura, como un rocío temprano sobre la calentura salvaje de la selva exuberante de inmensurable vida, su obra se hace deseo en plenitud. Sabores, olores, el sacro cotidiano del pan recién horneado con manos laboriosas que nos acogen abiertas como su poesía, con el anhelo de alcanzarnos, ennoblecidas en su vocación de dar. Esas manos, las suyas, que sostienen la pluma para desplegarle suavemente sus alas de ángel. Iluminadas de un destello de inocencia que transforma su espontánea picaresca en canto jubiloso. Para luego asombrarnos con ancestrales reminiscencias de vasallaje que la asaltan en la lucidez del sueño. Su letra poética, maga benéfica que exorciza espantos, desborde de vida sin cavilaciones, que aún ante el terror de la cifrada injustica, se yergue bravía, fecunda como una deidad de los cultivos de invencible sangre de los justos. Convertida en épica del triunfo de lo humano, su voz se hace compañera de las almas reunidas en celebración.

PALMACERA SUAREZZ

Curioso como su nombre de pluma, el poeta nos instiga a la interrogación de la memoria como eternidad escogida, errando junto a su lenguaje trashumante en un jardín de las delicias personal, que él mismo ha diseñado con voces fugitivas. La coloratura carmín de inocente asombro se amalgama con un alborotado azul que arcanos duendes de cobalto rezuman al explorar la esquivez del verbo, ese demiurgo montaraz que sólo se entrega al elegido. Una esencia de panteísmo de las partículas, una esplendente irradiación de la sustancia esmalta su tableau vivant con el velo de espuma de una doncella desdeñada. En su obra, el amor, de presencia ausente, reclama la interpelación. Ante el desencanto de las horas, arena desgranada en los recuerdos, tejidos en imagos surrealistas, el poeta convierte al bosque de El Bosco en cosmogonía. El cierre augura, sin embargo, el clamor esperanzado de la esencia humana como sortilegio. Ávido del sentido último, el versátil talento de este poeta acompaña la presente antología con diseños propios, a guisa de custodios de las musas que este conjunto de corazones líricos invocan en el texto del comienzo. Un evidente patronazgo de Miró desde el parnaso de los grandes bendice con su palimpsesto estos versos que, al haber sido soñados por muchos, devienen en sueños de todos.

Acaso no sea ocioso conjeturar que cada obra de esta antología sea la incitante irradiación de númenes nómadas que frecuentan a estos escribas en la abstracta dimensión del genio.

En el final, visitado el oasis con todos sus misterios, sólo me resta la gratitud por tan íntima belleza. Pues acceder a la poesía es un ritual de purificación.