FOBIA

Letras Salomón Mosquera Rugel | Publicado originalmente el 24 Mayo 2016

"Ese Miedo tan Temido" - Foto de Archivo

“Ese Miedo tan Temido” – Foto de Archivo


 

Llegó a la habitación y se tendió en la cama. Había tenido un día por demás terrible. Cerró los ojos y un mundo oscuro le salió al paso cercando su existencia. Resignada e inconsciente se entregó como un cordero al sacrificio en manos de ese ambiente intangible, incorpóreo y hasta cierto punto aterrador. De pequeña le temía a la oscuridad, le causaba terror y escalofríos. Sobre todo cuando a su memoria llegaba el recuerdo de esas historias y leyendas que a veces papá o mamá contaban al calor familiar en aquellos tiempos cuando juntos eran felices. A la hora de dormir, su madre se acostaba junto a ella, y ella se sentía protegida como en una coraza respirando el calor de su cuerpo.

En la etapa escolar, una vez el profesor del aula la encerró en el cuarto oscuro de castigo por haberse portado mal en el salón de estudio. Estuvo cerca de una hora sentada en el centro de aquel cuarto que tenía un aire de mala fama. Las historias que se vertían, las más diversas y sobrecogedoras, como que ahí se hallaba drácula, el cuco, la mano peluda, el hombre lobo, el fantasma o el tin tin fumando cigarro con una pava enorme, a más de uno ponía a temblar; pero, a pesar de que ninguna de esas historias escalofriantes fueron ciertas a la hora de la verdad, en Ágata quedó la secuela psicológica del terror a la oscuridad y a todo cuanto se relacionaba con aquel color que le atemorizaba los sentimientos. Por eso, en su departamento predominaban los colores vivos y motivadores, aquellos que la alejaran de todo indicio de fobia a la oscuridad.

Hasta en sus acciones más cotidianas intentaba mantenerse fuera del alcance de ese terrible rechazo hacia el color de las tinieblas, y, al término de su jornada de labores, desde el décimo piso hasta la planta baja, utilizaba las escaleras. Los compañeros de trabajo jamás supieron cuál era el motivo de no tomar el ascensor en sentido de descenso; pues sólo ella lo tenía muy claro, porque le daba la impresión, que al descender, era como si la estuvieran bajando al oscuro hueco de la tumba.

Jamás apagaba las luces de la habitación en horas de la noche, dormía con el resplandor artificial sobre los párpados con un cargo de conciencia por esgrimir contra natura; por ser línea directa de emitir C O 2 hacia la atmósfera. Por lo regular se lo reprochaba, y, cuando veía u oía reportes acerca de ese terrible mal que aquejaba al mundo, más sentía el torrente imparable de culpabilidad. A veces se armaba de valor por el solo hecho de pensar, que por temor a la oscuridad contribuía bajo toda irresponsabilidad al descongelamiento polar, a la inundación continental por el desbordamiento de los ríos, al apolillamiento de la capa de ozono y condenar a la humanidad a las secuelas dolorosas del cáncer, y entonces, movida por una fuerza que surgía inesperada y en contraposición a ese sentimiento de fobia que la martirizaba, apagaba la bombilla mordiendo las sábanas con sus delineados y blancos dientes, temblando hasta el punto de experimentar, que sus coyunturas se desarticulaban como piezas de rompecabezas. Pero volvía otra vez, acechada por esos sentimientos de cobardía, envalentonada a encender la bombilla porque primero era dar fin a su fobia, que al bienestar del mundo. Todos en la ciudad, en cierta ocasión apagaron las luces por espacio de sesenta minutos en apego a la campaña mundial, “salvemos el planeta”; menos ella, y su alumbrado departamento parecía un melancólico lucero desprendido del espacio sideral.

Ese día se había tumbado en la cama sin medir las consecuencias como saldo de su crónico terror. Ni siquiera encendió las luces al entrar al departamento; ni siquiera fue a la cocina a beber el acostumbrado vaso de agua; ni siquiera revisó si algún desorden, en plena ausencia, había ocurrido en la sala como siempre lo hacía; y ni siquiera encendió la bombilla de la habitación, que le permitía desvestirse y meterse desnuda en la tina del baño y liberarse del yugo diario y opresor de la sociedad.

Aquella jornada de labores le resultó por demás infortunada: el llamado de atención del jefe en la oficina; bajar a solas y sin querer por el ascensor hasta la planta baja; sonarle en la mente como partículas de ecos desagradables las frases del ex al atender su llamada, la hicieron olvidar de contado, de tales monstruosas y nefastas experiencias.

Una crisis de terror la empezó a inquietar esos instantes al verse envuelta y desvalida en las tinieblas de aquellas cuatro paredes, imaginando apariciones de seres paranormales que le disolvían las carnes con lo tenebroso de sus presencias. Intentó, acordonada por el terror, abrir los ojos, pero la pesadez de los párpados, como si estuvieran revestidos de láminas de acero, se lo prohibieron, sintiendo hundirse en un enigmático precipicio sin opciones de salvación.

-¡Santo Dios, ¿estaré acaso muerta?!»- se indagó aterrada y cercada por la espesa penumbra-. Se vio postrada en la cama, alejándose sin moverse de su cuerpo, tanteando con las manos como una hormiga guiada por el olor de sus feromonas; porque todo a su alrededor era nada más que eso; porque todo olía nada más que a eso, y porque todo bajo sus pies pisaba nada más que eso… Y cuando eso, la oscuridad, la empezaba a sumergir para siempre en sus espesas entrañas, la mano fría de alguien la detuvo en seco por detrás, y le dijo:

“─Tate quieta, que pronto verás la luz.”

Y un repentino resplandor al final de la voz desconocida, le permitió abrir los párpados liberándola de contado, de ese estado de pavor.

Lo que aconteció fue, que segundos antes de su llegada al departamento, el fluido eléctrico se había interrumpido en el edificio donde vivía, y Ágata, al salir apresurada al trabajo por la premura del tiempo, olvidó cerrar la llave del interruptor de la habitación: de manera oportuna, la luz, a trescientos mil kilómetros por segundo, había llegado a liberarla de las tinieblas.

Nota del Autor: Cuento tomado del libro “La oruga”. Registro de autor en trámite.