HORA CERO

Letras Viviana Lombardi

Musa | Viviana Lombardi

Musa | Viviana Lombardi


Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir.”
Jorge Luis Borges

Comienzo sin final, eterno retorno, complejidad multidimensional que nos hace convivir con planos invisibles que nuestra escasa percepción no capta. Todo eso puede ser nuestra hora cero existencial. Cada vez que alguien decide poner pensamiento en palabra, lo que es decir en obra, manifiesta un fractal del inconsciente colectivo que nos susurra ideas, inaugurándolas quizá por millonésima vez. Todo había sido dicho hasta Alejandría. Acaso por eso tuvo que padecer el indigno holocausto del sentido. Y los humanos, vulnerables escribas de la iteración, originamos en cada frase un renacer de ave fénix que anhela la memoria. Para permanecer en capullos de mil brotes como ingenuos gestos de una gesta de la supervivencia.

 

De ahí la poesía que llega hasta hoy para romper con la pesada carga de la tradición y reinventarse virgen. Bebiendo de las clásicas cadencias de los grandes que ya nos lo advirtieron todo para no morir. Acosada a la vez que bendecida por los espectros de Homero y Virgilio, traspolados por un Dante piadoso e implacable o un Shakespeare resucitando lo humano. Resulta imposible entonces negar el fundamento de la épica como género transversal de lo que imaginamos, escribimos, y por sobre todo, lo que como raza nos hemos esforzado en olvidar.

 

Hoy, el tema del género devino espinoso. Pues se lo ha hecho una constructo ideológica puesta muy de moda y a menudo dañada, aviesamente o no, por pensadores de la vía rápida que en análisis cerriles apenas superan la consigna del eslogan. Instigadores del público bochorno que masas afligidas por todo género, y valga aquí el juego de palabras, de cuestiones personales y sociales no escrutadas en profundidad, salen en tropel megalítico, a manifestar histéricas con un descontento propio de neonatos desnutridos. Víctimas y victimarios tanto los extraviados escribientes de falacias, a menudo sobornados por el oscuro poder oculto, como aquéllos que no alcanzan a sospechar la malicia del discurso revertido. Incapaces de ejercer una sana subjetividad. En suma, patético ejemplo de una ocupación ideológica global que invierte la realidad, haciéndonos conjeturar el vasallaje como libertad.

 

En estos tiempos líquidos donde todo se disuelve antes de llegar a tocarlo, lo que llamamos realidad se ha hecho de una crueldad radical. Adiós digamos entonces a previas generaciones en las que el simulacro nos regalaba lo ilusorio, ofreciéndonos un marco de solidez ya desaparecido literal y metafóricamente con las víctimas anónimas de las guerras sin fin y los sin techo que imploran por limosna a dos metros de London Bridge, a diez minutos de marcha de la City de Londres, el centro de la abominación financiera que decide quién sobrevive cada día. 
Un fenómeno no casual, ni paradojal sino absolutamente intencional. Pues se trata del mensaje de los amos del mundo. Dirigido urbe et orbi a quien quiera oír los quedos sonidos del Poder. De no ser así, la policía ya habría dispuesto de esos nómadas de la pertenencia como material de descarte. En verdad lo hacen para que a todos nos quede claro cuál es el plan a futuro para un mundo donde ellos, autoungidos dioses, ordenarán callar, obedecer y sufrir tal como lo comanda su evangelio satánico. 
No es casual, nada. Menos que nadie lo es el desheredado de vida con la mano extendida a 500 metros de todo el oro del mundo. 

 

Pero a no temer, caros lectores, que inmediatamente pasaremos al tópico de la poesía como género literario. Para reivindicar la potencia del revolucionario hecho de pensarla y escribirla. Un clamor de libertad a ultranza, la florcita blanca nacida espontánea del estiércol.

 

Poesía es ya el gesto de asir la pluma, para generar Poiesis, que Platón definiera como “la causa que convierte cualquier cosa de no-ser a ser”. En definitiva, un noble acto de ambicioso arrojo. Y como tal, merecería ser universalmente declarada patrona de la liberación de la mente humana. Pues también es parresía, esa idiosincrática verdad de sí reclamada por el corpus de pensamiento socrático. Custodia como ha sido de la verdad nodal de la consciencia, que hoy día nos preserva de maniobras de los mercaderes de la mentira, apuntando a la cretinización masiva de los pueblos. Loca hechicera defensora del núcleo humano, desde donde aún los versos menos agraciados responden a una íntima pulsión del Ser desencadenado.

 

Soñarse, hacerse, constituirse poeta es una reafirmación de resistencia contra la alianza entre el discurso dominante del sistema y la maquinaria de fabricación de consciencia colectiva. Del ideario que no sólo nos masifica en la doctrina sino que dicta la emoción y nuestra interrelaciones personales y comunitarias.

 

La crueldad de este tiempo se manifiesta en la clara vejación del lenguaje por la máquina, cercenándolo, fracturándolo en abreviaturas. Una versión de video juego de la vida nos es ofrecida como el normal cotidiano. Como vía de resolución rápida de la violencia como norma. Despojándolo del aura de la armonía completa que lo hace encantamiento, dilucidación del hermetismo del sentido, Porque castrar la integridad de la palabra es una forma de distorsionar la verdad. Y de clausurar al Verbo como don de la divinidad.

 

Arcana guerrera de lo justo, la poesía rechaza naturalmente la herejía del analfabeto espiritual que la reduce a torpes malformaciones de la mutilación. Porque proviene de las más íntimas voces de la inmanencia, que de ser abortada, pierde su savia vital. Porque sólo acepta al silencio performativo como único marco decoroso que enaltece su ímpetu.

 

Más allá de los devenires político-ideológicos que aplastan cada momento de vida en proyecto tanático, en esta época de inmediatez convulsiva e inconformismo inmaduro, el rasgo amoroso reclama el sortilegio, el misterio del velo que nos incita a la búsqueda de la esencia común. Es en la liturgia laica de leer poesía donde encontramos la solidaridad entre almas porque al frecuentarla, siempre se accede a un ritual de purificación. Y tal vez siga siendo la poesía, desde la arcana épica de la narración compartida entre congéneres, lo más luminoso de la condición humana.