INVENCIÓN DEL IDIOMA ARGENTINO

Letras Viviana Lombardi

Los gauchos Borges y Bioy junto a la china Ocampo2

Collage Brunela Curcio


CRÓNICA DE UNA GESTA FANTÁSTICA

Si hay algo que los latinoamericanos sabemos es que la literatura es un artefacto político. Tanto más cuando aparece aséptica de toda intencionalidad ideológica. Basta con rastrear los dislates ilusorios del realismo mágico para encontrarse inmerso en nuestra vida cotidiana y la de otros países del continente, tan naturalmente brioso y combativo como todo adolescente de la Historia.

Un factor insoslayable de nuestra cultura latinoamericana es que nuestros escritores inaugurales fueron individuos sin patria, partieron desde la extraterritorialidad heredada del invasor, accedieron al territorio autóctono desde un habla familiar exógena y se vieron obligados a inventarse una legitimidad de pertenencia. A partir de esa hispanidad en puja por diferenciarse, surgieron inflamados combates lingüísticos por crear no sólo una lengua común ‘autorizada’, sino también un lenguaje interior como marca de identidad.

El pisar un territorio saqueado por los ancestros desde donde inventar idiosincrasia debe de haber sido, indudablemente, un operativo emocionalmente inspirador y conceptualmente demandante. Y, en sí, nos permitimos conjeturar, un desplazamiento hacia el “locus amoenus” donde fundar lo maravilloso. De algún modo, el acudir al paisaje rural como idealización del exótico acrisolado o contrariamente, del salvaje amenazador, podría concebirse como un audaz salto desde el vacío simbólico hacia el “real telúrico” concebido como fantástico. Hasta se podría concluir que la vía rápida hacia la gestación de una historia, significó para ellos partir del excéntrico territorial para crear un lenguaje artificial, en su sentido original de artesanal y artefacto.

El incluir al prócer mayor de nuestra literatura en esta edición, nos mueve además a indagar lo que significa ser un escritor argentino. Porque Jorge Luis Borges, el extranjerizante más famoso de nuestras letras, siempre vagamente difamado por eso, fue y es, profundamente argentino.

A fin de transgredir todos los términos de la afinidad, hemos elegido un lenguaje “jauretcheano” para este comentario. Quizás sea sólo el Otro como opuesto y mimesis, desde donde indagarnos en profundidad. Intentamos así preservar de nuestros propios prejuicios de identidad y clase a los tres ejecutores de la Antología de la literatura fantástica, en apariencia tan distanciados de una visión incluyente de idiosincrasia.

Siguiendo el socarrón tono provocador de un Don Jauretche y el determinismo de un Don Hernández. ¿No es acaso mejor multiplicar que dividir a los hermanos? Tilingada rufianesca la de Hernández, que pergeñó a nuestro gaucho matrero desde un cómodo sillón de cuero y mirando a la casa de gobierno. Él mismo –si se quiere– garante de un anarco-socialismo pendenciero y delictivo. Plasmado en una pluma de lirismo predestinatorio, con tintes de idealismo agreste y, a nuestro pesar, anónima, o si se prefiere, indeliberadamente racista. ¡Ay sagradas pluma y palabra! Nos desnudan como escritores, y peor aún, o quizás mejor, nos dejan retratados en pelota – al decir de nuestro estoico San Martin – por siempre jamás.

Nos tienta también, en ocasión tan grata, ambicionar la epopeya del lenguaje a la gran Macedonio, filósofo de la oralidad que tanto le envidiamos a Borges y demás acólitos, en la ilusión de que su saber extendido como el verdor de la pampa, nos habría creado célebres como a su tímido discípulo ultraísta, recién llegado de una Europa que se arrogaba el monopolio de la sabiduría.

En los distintos grados de defensa del “idioma de los argentinos” ejercido desde Sarmiento– pasando por Hernández, del Campo, Echeverria, Gutiérrez, Mármol, Ascasubi, Wilde, Rojas y demás narradores influenciados por el costumbrismo y la gauchesca, movimiento al que se asomaron Ocampo, Bioy y Borges con objetivos y resultados diversos– tal vez el paradigma sea tomar no sólo a nuestra literatura, sino también a nuestros escritores como un corpus.

En un movimiento a la vez discriminador y unificador, es decir, conciliador. De modo de poder indagar el valor espiritual de la lengua que nos une y nos problematiza. Y un camino posible sería consentir en que todos esos apellidos ‘importados’ a un país vaciado a sangre y fuego, combatirían fatalmente por imponer un linaje lingüístico. Artificio inventado, como toda estirpe, y pasible de la mendacidad historiográfica que a menudo desdeña la visión de los vencidos o la intersubjetividad.

Nada hay más ideológico en este mundo que el nacionalismo, y la patria es para todos como la madre, una percepción intransferible, porque es ella la que nos elige y no hay viceversa. Sólo puede explicársela desde la más inflamada subjetividad. No es extraño que la discusión sobre el lenguaje vernáculo fuese una gesta de hijos huérfanos de legalidad. Duelo a facón de exégetas de la pertenencia que no advirtieron –o quizás advirtieron demasiado febrilmente– la dimensión emocional del lenguaje. Empiezan entonces las pujas de validación donde Borges se reconoce argentino desdeñando la “guarangada del tango” y del lunfardo, y Bioy y Silvina haciendo conversar a sus personajes en un “vernáculo” acartonado, vendiéndolo como autóctono.

Fue acaso el antagonismo unitario de Sarmiento, que instala la partición teórica entre civilización y barbarie, el lanzamiento de una cultura del lenguaje aceptable. Si pensamos al Sarmiento “inmortal” –y Dios nos guarde de tamaño exceso de la permanencia– el prócer más cabezudo de la patria nos arroja sin hesitar una dicotomía radioactiva: progreso o salvajismo. Antinomia marcadamente ideológica, digna del buen argentino con patente de caudillo ‘superior a ese otro salvaje’ federal.

Su racista plan educativo nunca intentó abrirse al mundo para la integración sino para la transculturización. Soñó con fundar su nueva “tierra ilustrada” de tenderos ingleses, demócratas norteamericanos y pensadores franceses. De la “viveza criolla” ni hablar, era anatema. Ni siquiera parece haberla tomado con alegría, a juzgar por la cara de mala digestión de las estatuas y las estampitas escolares.

Pero fue también, y nobleza siempre obliga, un pensador, hacedor y escritor enorme. De no haber sido por él, mi generación tendría que haber pagado en oro la educación universalista de lujo que nos tocó en suerte. Y en su devoción anglófila, logró persuadirnos de la augusta primacía del sajón y de que no existen ingleses ordinarios. En eso, él y Georgie actuaron con un gemelo corazón soberbio, unitario, nacionalista y burgués jugándose todo a ganador, nunca a placé. Y a su modo, ambos nos hicieron ganar bastante.

Aparecen entonces los mezquinos desprecios por la oralidad del Otro degradado –léase gallego, tano, turco como asimilado al árabe, ruso como asimilado al judío– y los hijos de inmigrantes inician la silenciosa proeza de incluirse por sobreadaptación activa. Y nacen las maravillas del sainete, el grotesco criollo y el don bendito del tango. Dialectal, polifónico, poético, fatal y único, como es nuestro himno de la cotidianeidad. Sin desmedro de las vidalas, milongas, cielitos, zambas y malambos que nutrieron de inocencia y júbilo los años escolares, unificándonos en un aire libre con aroma de herencia.

BIOYOCAMPOBORGESAsí es que Borges, Bioy y Ocampo reniegan del habla de los hijos de inmigrantes analfabetos o de escasa literalidad en “proceso de formación”, sin referentes culturales sólidos, y ofrecen su condescendencia al habla conjeturada como heredera del gauchesco. Aplicado a lo fantástico, en cuanto acceso a una irrealidad potencial que transforma la percepción de lo “real”, es también un movimiento lingüístico de apropiación. Para los estratos sociales altos, lo ‘fantástico’ argentino residía en el excéntrico rural y en la indescifrabilidad de la jerga inmigrante.

El habla, tan cara a nuestros narradores, es la primera en discernir al personaje latinoamericano, locuaz en exceso para los ahítos –y acaso decadentes– oídos de otros lares. Y también para los de Borges. Pero el lar de Borges es un sideral mundo enigmático a categorizar con rigor de bibliotecario, hasta encontrar, en todos los lenguajes, el rumor fundante de las galaxias. Y el logos geométrico de las entidades. Ese ‘orbe intemporal que no se nombra’ – como nos lo advirtiera en su poema El sueño.

Estos tres escritores son, como todos nosotros, argentinos parcializados, atravesados, significados por la marca del lenguaje nacional. Y lo intentaron con distintas suertes hasta la última consecuencia: haciendo de la oralidad una herramienta estética. En esa oralidad se encontraron partiendo del porteño de rancio linaje que ‘traduce’ al paisano, fundando una percepción del ‘lo argentino’, a la sombra, claro, de la preponderancia de Borges.

Dijimos al inicio que queremos traer todo lo nuestro como propio. En concomitancia con nuestra idea originaria de que es el lenguaje el que construye patria, acercándose así al gesto de crear idiosincrasia. Un desasosiego que aún nos desvela a los argentinos, acaso porque el hacerlo pertenezca a la dimensión de la utopía. Como las quasi sagradas confabulaciones borgeanas.

Es menester cuestionarse cuál es el territorio de un narrador que busca abandonar su zona de certidumbre para ingresar a la interrogación de lo fantástico. Sin pie firme para el lanzamiento, se hace difícil volar. El narrador que pretende lo fantástico problematiza su propio suelo, tanto el contingente como el real. También viene al caso observar los desplazamientos de clase según el habla que los narradores imponen a sus personajes.

En Bioy y Ocampo resulta curioso que intentaran “descender” al habla de las clases media y media baja, desde un terreno que no transitaron de a pie sino a caballo del patronazgo estanciero.

Existe, entonces, en sus cuentos incluidos en la Antología, una tensión inicial, ya sea intencionada o imponderable, que dificulta la verosimilitud del relato. Acaso obedezca a que el lenguaje bajo adjudicado a sus caracteres funcione simultáneamente como estímulo y amenaza, simbolizando un abismo de caída demasiado alejado del habla de su clase.

Por eso es notablemente exquisito que Borges se ubique directamente desde el espacio virtual de los libros y las bibliotecas. Evitándose así el sofoco de desarticularse transitando suelos cerriles. Con virtuosismo de cajas chinas, hasta ficcionaliza a su propio compañero de empresa como interlocutor. Por eso Tlön pertenece al ámbito de la maestría y El calamar y La expiación al de la artesanía.

¿Qué nos quedaría al alcance, en este delirante carrusel de propuestas argentinas hasta la arrogancia? Echar mano a nuestra identidad lingüística en gestación infinita. Porque es la literatura, al unísono con los héroes de la independencia, la que hace patria. Las guerras y la historia trazan mapas y fronteras virtuales. Pero es el idioma–lengua madre el que marca dominio. Y en la hipérbole de territorio que nos fue dado, donde todavía debatimos como unitarios y federales, las madres de la lengua tienen índole diversa. Razón de más para descubrirnos en un ideal duelo discursivo que ponga fin a la búsqueda de una idiosincrasia, y nos conduzca a aceptarnos variopintos, como los overos o tobianos que galopan nuestra pampa.

Continuando por el sendero del animus iocandi que –impensadamente– tiñe estas páginas, vamos a introducir un poco de cháchara ilustrada.

Para hablar de literatura fantástica podríamos recurrir al minucioso Todorov, al prestidigitador Cortázar, al imperdible Calvino, al erudito Steiner, incluso al lucidísimo Enzensberger para descubrir que toda buena escritura surge del siniestro, etc., los lectores juzgarán cómo completar la lista. Siendo tantas las críticas sesudas a disposición sobre el género, decidimos desafiar nuevamente a la cordura y mencionar a Freud.

¿A qué responde lo fantástico sino a emanaciones del inconsciente humano inagotable, atanor alquímico de entes mitológicos y sus tempestades? O llevado a un terreno resbaladizo de pastizal pampeano, a la pulsión de prefigurar la divinidad, correspondiente a la angustia existencial de nuestra especie.

El neurótico superlativo nos regaló varias obras, algunas de ellas estimables joyitas literarias. Entre tanta página ilustre menciona al heimlich/unheimlich, palabrejas si las hay, refiriéndose al “familiar desconocido”. Puesto en criollo y cortando la cháchara a tajos de facón reduccionista, digamos que es aquello que nos constituye desde el entorno familiar y supinamente ignorado, a menos que lo leamos a él, o paguemos el equivalente de un departamento de dos ambientes, vista al río, impecable a estrenar, a un sicoanalista argentino, literatos clandestinos todos ellos.

El heimlich/unheimlich de Segismundo es, diríamos holgadamente, la puñalada trapera del inconsciente, la siniestrada que viene desde el tiempo inmemorial de la historia personal/colectiva y –nuestra lectura– bebida con las primeras gotas de leche materna. Nada más aterrador que los fenómenos incógnitos que clausuramos en la tripa, o, al decir de los literatos clandestinos, “los objetos internos”. De allí al duelo de faca, al odio al inmigrante, a la apropiación de identidad, a la usurpación de poder y –qué tristeza– la guerra fratricida, como todas las guerras, hay pocos pasos.

O sea que lo siniestro, sea sobrenatural que razonado, no es sino una hipóstasis de ignotas entidades recónditas. La sublimación del pavor personal y el intento de sentirnos una especie elevada, quizás hayan sido los motivos fundantes para bautizarlo “fantástico”. No vamos al Trismegisto para no violentar el estoicismo de los lectores que llegaron al final, pero digamos que estos conceptos son más viejos que la injusticia, y si “como arriba abajo” nos sirve de guía, los platos voladores serian una proyección fantasmática de nuestro fervor del imaginario. Quizás.

Harto pasada la hora del adiós, sólo cabe agregar que la secuela a este introito serán escritos varios basados en los cuentos de la Antología de la literatura fantástica, adecuado título no sólo como indicativo del género de los relatos, sino como justificado encomio a la excelente compilación de estos tres escritores argentinos, que supieron leer y leerse con agudeza y creatividad. Los esperamos.