LA CARTA DE DESPEDIDA

Texto Susana Medina 

Still from Object Lessons, Paul Louis Arher & Susana Medina, Photo Derek Ogbourne

Still from Object Lessons, Paul Louis Arher & Susana Medina, Photo Derek Ogbourne

14 febrero 1992,
Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch.

 

Quizás como no somos nadie y como una dirección absoluta es un postizo conveniente para no enloquecer, he decidido situarme en el extravío, como camino certero, el caos que me encarna. Estar ida y estar de vuelta. En esta habitación de hotel campestre donde tantos viajeros han dejado sus sueños y algo de sus intimidades, ahora espacio limpio con pasado ajeno que probablemente me roza para empezar de nuevo, yo romántico escucho el mugir inodoro de las vacas obreras, pobres números que pastan, aunque los granjeros aseguran que cada una tiene nombre como nosotros también tenemos nombres y números y pastamos y damos leche por lo normal desnatada. Desde esta serenidad bucólica, no comprendo, yo confuso, porque no te querías ir con Cookie, si ella te quería hasta la muerte, insistiendo definitivo que nunca jamás encontrarías a alguien como yo, consciente que todo lo que yo deseo es abandonarme a la poesía, medicina que sana todos mis males, e insoportable tus celos hacia los poetas, hacia mis tardes con sus palabras, con el teléfono descolgado, cuando aparecías ante mi como un espectro implorando clemencia, sabiendo que todos querían estar con Cookie y Cookie sólo quería estar contigo y yo sólo quería estar con los poetas, yo soñador. Y ya sabes que siempre he apartado todo lo que me molesta como si no existiera, aunque contigo ha sido diferente, y si he cortado el hilo de tu vida, perdona haya dejado mi vagina dentata dentro de tu yugular, ha sido para sobrevivir, para protegerme, porque estabas intentando invadir todos mis intersticios. Ahora aquí, en esta aldea de Gales donde sólo se puede pasear por los senderos de las montañas, mirarse en los charcos que te devuelven reflejos sucios y entrever a los espíritus que por ahí vagan, el granjero cocina estofados y dice que los de la ciudad llegamos con mala cara y cuando me voy a mi habitación, yo solitario, el granjero no me molesta nunca y me adentro en la lectura, en los jabones de forma animal que he traído y cuyo rostro me gusta ir desfigurando con el uso mientras pienso en ti, yo malvado, hasta que no les quede ni ojos ni nariz ni boca un poco como si los aniquilara y ya me he establecido en esta habitación, yo nómada que salto de hotel en hotel, de identidad en identidad, de objeto de deseo en objeto de deseo, las perchas vacías ahora útiles con mis trapos negros, con mis kimonos, anónima aquí en medio, donde me puedo abandonar a la lectura que me llena la frente de palabras y mirar absorta por la ventana que da al jardín. Y ya sabes que incesantemente busco algo y no lo encuentro, porque tú no eras el tú que yo buscaba y quizá yo ya no sea el yo que desistió, porque el granjero será un mero souvenir erótico de mi estancia el día de San Valentin en este paraíso de Gales de increíble nombre:
Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch.¿Por qué no me dejabas hablar?

 

19 marzo 1992, Madrid

 

Porque con tu sonrisa telefónica bajo la que te escondes me estás ablandando la voluntad y cuando cuelgas o cuelgo, rebobino la cinta y escucho miles de veces los espíritus de tu voz hasta memorizar las pausas, las frases no acabadas, sobre todo tus silencios y entonces el vértigo de los ecos de tus silencios, porque me gustas, cariño, porque si he venido hasta aquí es sólo para escuchar tu voz desde más cerca, yo tímido.
    El hotel es un hotel de mala muerte, pues sólo un hotel de mala muerte puede ofrecer como vista un magrebí en llamas, olor a gasolina, un rapado corriendo con una caja de herramientas y una alfombra mercancía del ahora chamuscado, indiferente porque toda una vida las quemaduras en su fluctuar de condenado mientras la gente mira, y un grifo de baño que no funciona pero el señor asegura funcionará enseguida, cuando contemplo el grifo como si fuera un objeto de deseo, el agua corriendo espasmódica por las tuberías y cada vez que oigo una convulsión tengo miedo, yo neurótico, porque intuyo que me va a morder aunque por ahora permanece ahí impasible. Llamo a recepción por favor con el 547 9321 y pienso rápidamente en una excusa para escucharte de nuevo tan sexy tu voz y preparo la grabadora contestador que siempre llevo conmigo para grabarte porque siempre de todas formas grabo todas las conversaciones por si acaso para estudiar lo que la gente dice y no dice, y entonces contestas y te digo ocurrente lo que sigue: soy yo, yo amorfo, soy todas las posibilidades, incluso las eróticas, y tú incorpóreo como un eco al que persigo, te disculpas, lo siento se ha equivocado de número, mientras yo cariñosa paseo lenta la lengua por el auricular del teléfono como si fuera tu oreja, yo erotómano que sueña con lamerte hasta la disolución, y cuelgas, y rebobino la cinta y consumo extasiada miles de veces tus palabras como una droga, en tu entonación acabando por encontrar algo raro como si estuvieras cansado o algo y entonces tu silencio final. Y podría ir al Prado a ver El jardín de las delicias del Bosco, tríptico de espejos de lo que siempre está pasando, yo moralista que clama al orden, pero hoy lunes está cerrado, y pienso en el delirio de cuerpos solitarios en grupo que me he perdido, aunque estoy segura, yo obsesivo, que hubiera ido como siempre a visitar a los locos con coronas de oropel y a las brujas y sobre todo a Saturno devorando a sus hijos porque me fascina su parecido con mi padre y el cuerpo sin cabeza que supongo soy yo. Pero ahora el agua sale vehemente y dejo que corra y corra, sed de sequía ahora derrame cerebral: lo siento pero se ha equivocado de número y al rato llamo para comprobar si era verdad y cuando contestas cuelgo porque tal vez todavía no sepas que te estoy buscando desesperadamente y entonces rebobino la grabadora y escucho alelada: ¿diga?… ¿diga? … ¿diga?

 

1 mayo 1992, cerca de Tenochtitlán

 

¿Diga? Digo si no tiene una cama más dura, ésta chirría como una estridencia en la noche, una pena la ausencia de luz natural y … es la única habitación con cama doble, si la vais a romper prefiero que os vayáis a otra pensión, responde la señora para nuestra perplejidad. Y yo democrático te acabo de conocer en la autopista a 30 kilómetros de este pueblo abandonado, yo fogoso, y tú me miras y sonríes, y en un ejercicio preparatorio te observo, yo calculador. Me miras. Y pienso en los cientos y cientos de cuerpos que han pasado por esta habitación, los cientos y cientos de cuerpos que han pasado por mi cuerpo, ahora consciente de ser un hotel y una habitación de hotel con un cuarto de baño donde todos depositan sus mierdas, sus caricias inverosímiles, sus palabras aprendidas, repitiendo mi nombre en una cama donde todos dejan sus viscosidades, sus pelos púbicos y sus sarnas, esta vez la última vez, en esta cama demasiado blanda de sábanas rígidas y en esta negrura sin ventanas pienso que de ahora en adelante voy a cobrar, harta de estos cuerpos, tantos cuerpos que mueren contra mi como si yo fuera un cementerio. Harta de volar de cuerpo en cuerpo, es esa cicatriz en la mejilla la que me ha decidido, esta vez la última vez, pienso yo espiritual que llevo un vestido con un estampado de budas y digo soy enfermera, demasiado joven dices, y preguntas porqué, y lo siento en estas oscuridades que son nuestras vidas, porque ante lo desconocido acaece un estremecimiento al que soy adepta, y no quiero saber tu nombre, sólo observarte, sobre todo la cicatriz de la mejilla desde donde brotan algunos pelos, te respondo ahora segura que nunca me han gustado los hombres con uniforme, porque eres policía. Y miras cegado la sombra de un pez en el techo resultado de la lámpara y unos cables, y el cuadro encima de la cama es el mar, un mar absoluto que podría ser una ventana desde la cual huir muy lejos. Y yo infantil ya no sé si jugar a médicos y enfermeras, porque siempre creen que estoy loca, especialmente cuando como ahora saco el uniforme de enfermera del maletín e insistiendo violenta en ponerte un supositorio mientras te vistes corriendo, grito: MANOS ARRIBA. Porque con algunos hombres siempre me nace ponerles supositorios como si tuvieran una enfermedad invisible porque curar es mi misión.

 

9 octubre 1992, París

 

No me pienso despertar hasta que no vengas y me beses ardiente en los labios, pienso en mi sueño desde la cama solitaria, desde el caos que es mi vida, porque he de admitir que últimamente han habido ciertos desórdenes en mi vida, sobre todo desde que me tiraron de la revista por inventarme las exposiciones sobre las que escribía falsificando además la información visual mediante pequeñas maquetas que yo misma fabricaba, yo fraudulento, y ya no soy corresponsal ni nada y he decidido quemar el último cheque en este viaje por el mundo hasta que te encuentre, yo con lo puesto, sin equipaje, con mis zapatos amarillos de tacón, cuando de todas formas en todos los lugares me siento como una extranjera, sobre todo en mi cuerpo, y pensaba que tal vez tú me buscarías por el mundo, este mundo trastornado, aunque bueno si viene otro tal vez por esta noche cierre los ojos, aunque me gustaría que fueras tú, ya sabes que a veces tengo la voluntad debilitada y me es imposible mantener mis propósitos, sobre todo mis promesas, y como no venías, he salido a dar una vuelta y en recepción, el casillero detrás con tantas llaves para abrir tantas puertas, me han dicho  que permanecían toda la noche abiertos y he deambulado por las calles desiertas de París, desiertas como mi existencia y cuando he vuelto, el portero de noche parecía tan solo que le he invitado a tomar una copa en la habitación y ha aceptado encantado, pero tú sabes que sólo te quiero a ti, y así hablando, cuando le he dicho que me gustaba mucho Beckett, yo existencialista, me ha hipnotizado con un poema de Bécquer: el alma que ambiciona un paraíso buscándole sin fe fatiga, sin objeto ola que rueda ignorando porqué, y sabe si alguna vez tus labios rojos quema invisible atmósfera abrasada, que el alma que hablar puede con los ojos también puede besar con la mirada, y cuando me ha mirado, me he adormecido de nuevo, yo bella durmiente con un guisante bajo los colchones que me incomoda.

 

25 diciembre 1992, Los Ángeles

 

Y no recuerdo cómo he llegado a este hotel tan agradable donde por fin puedo arrastrarme por el suelo enmoquetado porque me nace reptar, con esta leucemia que me ha salido en las rodillas, confundiéndome con el olor a pino del suelo enmoquetado, cuando las camareras tan humanas, tan atentas, se precipitan a tomarme la tensión. Con la lengua seca, los labios resecos, porque las camareras me dan unos caramelos que dicen son vitaminas que trago sin masticar siguiendo las instrucciones, tan corteses las camareras cuando me invitan a sacar la lengua para ver si me las he tragado, yo la enseño, yo sumisa, lengua rosa con caramelo rojo que pone tinieblas en el exterior. Donde encuentro más bien simpatía en los ojos melancólicos de los viajeros que pasean por el hall en camisón o en pijama, ninguno preocupado por lo que pueda decir el otro, todos cavilando la solidaridad de los labios resecos y de la mirada perfectamente rota.
        Porque somos más libres de lo que creemos, me decías, contraseña para sustraerte brevemente en mi noche, y ahora que ya no quieres saber nada de mí, yo sueño en casarme contigo bajo el augurio de las campanas de iglesia, ahora difícilmente amable desde este cansancio perpetuo que se traduce en algún peso del mundo sobre mis espaldas que me marea en este barco que es este hotel. Las camareras tan humanas, extraña esta humanidad servicial del hotel, perfecto servicio que sin lugar a duda, yo inteligente, hace que siempre esté completo, cuando incluso el hotelero se pasa todas las mañanas por mi habitación para indagar sobre mi salud, extraña la discreción, porque después de vivir aquí pensión completa tanto tiempo, todavía no me han pasado factura, servicio estupendo. Aquí en este hotel, la sensación que algo va mal, yo hipocondríaco con sida, colesterol y malaria y además embarazada de ti que no vienes a verme, habiéndote ya dicho que es la residencia del Papa y de Michael Jackson, donde intuyo vagamente que el peluquero me ha practicado una lobotomía pero estoy tan mareada y la niebla es tan espesa. Extraña esta atmósfera densa, las habitaciones con cortinas en vez de puertas y en las habitaciones con puerta, una ventana para poder ver desde fuera todo lo de dentro y luego las ventanas dobles sólo se pueden subir unos centímetros como si en este hotel estuvieran preocupados por posibles suicidios como a veces sucede donde no hay nada que hacer. Luego en consecuencia, riego las plantas frenéticamente, porque después de tantas muertes, tantas muertes para vivir en este hotel que los demás confunden con un hospital, ahora de nuevo atravieso el final de las muertes para que nazca mi hija mientras te escribo una carta de despedida que espero que entiendas:

 

Estoy en la contradicción: un espacio cubierto de charcos indefinidos que continuamente me reflejan irrepetible en un punto donde todas las contradicciones se anulan erigiendo una unidad pasajera.

        Porque estoy obsesionada conmigo misma, siendo siempre el primer pronombre personal y en inglés el único que se escribe con mayúscula, coartada por tanto para lo que ellos llaman mi egocentrismo, ellos que cuando escucho como ejercicio invaden mi oreja con sus letanías.

        Y he llegado al otro lado del charco sucio y he encontrado la opacidad del yo que es la opacidad de la muerte sobre la que nada sabemos excepto que el cuerpo se pudre lentamente a no ser que haya un deseo expreso de incineración.

        Yo altruista que hago una apología del egoísmo para que no te sientas culpable porque estoy en tu piel.

        Porque yo quisiera quererme porque querer es soñar, porque el amor es lo único que nos redime y por tanto nunca jamás me cortaré las venas de nuevo porque es antiestético en las muñecas que ahora beso.

        Y tal vez tanto el alma como los charcos sean oasis que me desenredan de la vida y a pesar de todo mi apego hacia ella sigue intacto.

        Pero déjame soñar con falsas purezas, verdaderos paraísos perdidos, y sobre todo déjame desaprender y ser salvaje en este campo de vivos muertos.

        Espera, no te vayas: ahora me ha brotado en el cuerpo una lepra, como una película de ansiedad, y ahora la observo yo curioso.

        Y me asomé a mi misma y el vértigo de quitar, raspar, pulir, limpiar, editar, convirtiendo los monstruos en flores serenas y sólidas en un narcisismo sano que llevaba al conocimiento del reflejo como reflejo en una lucidez.

        Estoy perdida: pero no se lo digas a nadie.

        Y estaba sola: ¿por qué no te sumas a la danza de cuerpos hacia ningún sitio con música ambiental de fondo?

        Y a veces la impresión que en realidad no puedo salir de mi misma, impresión por lo demás pasajera.

        También sé que estoy en todos los objetos que me rodean y en todos los objetos que me rodearán como si ya fueran mis manos o mis pies, porque no hay objeto que entre en mi intimidad que yo no elija, porque hay objetos prohibidos que nunca traspasarán el umbral de mi ser.

        Y en el reflejo de la puerta de este coche negro soy una enana, las piernas muy cortas, muy gruesas: una enana a merced de un pedo ajeno, mi boca a la altura de sus traseros.

        ¿Te tuteas cuando te hablas? ¿O te hablas de usted?

        Y también estaba fatigada de inventarme, porque en la vida hay que inventarse.

        Y todavía soy un país desconocido: cuando me adentro en esta tierra ignota tengo que saltar un muro cubierto de botellas rotas, pero ahora estoy escarbando un túnel que me llevará al infierno y esa ansiedad sarnosa que me envuelve será mi vestido.

        ¿Te hablas en tercera persona del singular?

        Soy la nada amorfa pero en yo estamos todos ¿no? yo soy yo, tú, él, ella, nosotros, vosotras, ellos, hasta mi ritual desaparición.

        Explotar de yo: a través de una bomba que ha puesto yo la terrorista que me tiene en vilo, yo que aspiro al ensueño sereno, los pedazos ahora flotando en el aire con música cósmica.

        Sé que yo soy otra: otra que se evapora cuando está a punto de ser aprehendida.

        Y ya no me extraño cuando oigo las voces hablar a través de mi, como ahora que lanzan bendiciones a las almas condenadas, yo coral, coordinación desastrosa de voces y afonías.

        Siento luego soy, como mi perro que también siente y también es y como los animales en extinción.

        Y si soy muchos trozos e incluso extensiones deliberadas no sé por qué me obligan a dar una imagen de una pieza si sólo a través de la contradicción surge un resonar, por qué insisten en una verdad única que destierre todas las otras voces del mundo que me habitan ruidosamente, yo que no me aclaro.

        Siempre es yo la que se va con ellos: no soy yo.

        Ahora me paseo desde tu iris hasta tu pupila cambiando así el color de mi tez, mulata ahora, yo narcisista que sólo busco en tus ojos mi confirmación.

        Y en este charco no soy la única imagen: todo lo que existe alrededor también está reflejado, como ahora esta señal de prohibido el paso que me urge a repetir este viaje prohibido, cansada, cada vez más cansada de estos viajes, pues como el charco seré vapor y polvo.

        Soy eso que revolotea a mi alrededor y a veces se aleja a una esquina de la habitación del hotel.

    Renunciar a las ocurrencias: no pienso renunciar a las ocurrencias porque me excitan, pero aspiro a la pureza, pero la frivolidad tal vez sea una forma de traicionar el alma y traicionarse a sí mismo es una gran tentación para entretenerse.

       Quisiera caminar a través de este charco de agua podrida y romper los reflejos.

        Y ahora de nuevo la soledad, y esa sonda que como un cordón umbilical me une a la vida de nuevo se diseca.

        Y como todo lo que te he dicho hasta ahora es mera rapsodia de ahora en adelante sólo pienso, cansada de mentir por los codos, hablar la verdad.

       Continuación sobre el charco: los charcos son fieles porque no desvirtúan nuestra evanescencia, reflejo confuso de nuestra confusión que el espejo falsifica.

       En la copa transparente de cristal veo como mis mejillas se escurren hacia atrás, la frente mide ahora media cara, mis ojos son más grandes que mis mejillas, y mis orejas son más pequeñas que mis ojos, porque ahora soy un monstruo.

        El barro, y entonces el agua marrón que me refleja, dicen la verdad, mientras buceo y excavo y sé que al otro lado del charco la tierra mojada absorbe complicando la tierra seca.

        Porque quiero intuirme en vez de pensarme.

        Y el alma como una energía en los sitios más insospechados como en una brizna de césped o en una uña o en un aliento, hoy la he visto salir por el teléfono de la ducha después de haberla localizado en el sudor que envuelve mi cuerpo.

        Y son sobre todo los objetos opacos los que me devuelven mi yo, como ahora esta piedra erosionada o este detonador que no funciona.

        Y a veces la sensación de que me han reventado brutalmente la nariz y la cubro con mi mano en un ademán protector, pero por fuera mi nariz está intacta, pero nadie puede ver la sangre invisible que brota a borbotones consecuencia de un fuerte puñetazo.

        Y como mi otro yo me reflexiona, yo me siento al aire libre a admirar la vía láctea.

        Donde todas las decisiones ya están tomadas, me dicen las voces: acabas de caer de las nubes y de alguna forma no se te ha roto nada: has aprendido a caer sin torcerte el tobillo.

        Siempre desbordante este yo vacío y múltiple que protejo.

        Y ahora que los charcos se han evaporado y por lo tanto ya no existo me paseo tranquila por los abismos de lo tangible.

 

Red Tales Cuentos rojos, Susana Medina, Araña Editorial

 

Versión traducida al inglés: 

The Farewell Letter