LA FUNDACIÓN Y LA EVASIÓN

Letras Alba Vila |

La Fundación Elena Mercado

Diseño Elena Isabel Mercado Chavarría


Reseña del libro La Fundación, obra teatral de Antonio Buero Vallejo.

Se requiere astucia en todo fenómeno evasivo. Evadirse, en su sentido intrínseco, requiere la habilidad de saber neutralizar algún tipo de dificultad, daño o imposición. Cada evasión es, además, una tensión voluntaria de todo nuestro ser, un brusco movimiento que lucha por dejar fuera de nuestro interior todo lo que nos imposibilita vivir, seguir hacia delante. Es, en muchos casos, una proeza, pero, ¿qué ocurre cuando alargamos esta fuga?.

La Obertura de Guillermo Tell, de Rossini marca el inicio de la obra. En un primer momento el escenario, la mise en scène se asemeja a una residencia de estudiantes. Pero algo hay, algún lúgubre factor que –a medida que avanza la obra- no nos deja sentirnos cómodos. Una especie de zozobra, de angustia mal digerida. Estamos dentro de La Fundación.

Esta fábula en dos partes, cuenta la historia de Tomás, un preso político que, después de haber sido condenado a las barbaries de la tortura, después de haber tenido que delatar a sus propios compañeros de celda, sufre un trastorno mental que le hace perder el sentido de la realidad. Así el lector/espectador comienza la obra adentrándose en lo que parece ser un centro de investigación dónde cinco compañeros comparten espacio en lo que se vislumbra cómo una soleada y cálida habitación. A medida que la trama avanza, el panorama no puede ser ni más opuesto ni más desolador: la fundación imaginada por Tomás es una cárcel y la realidad no es la que prima en la mente del personaje, sino la opuesta.

Corría el año 1974 cuando se estrenó en Madrid (España) la obra de teatro La Fundación, del dramaturgo Antonio Buero Vallejo. Estrenada en el Teatro Fígaro de Madrid, La Fundación tuvo un éxito intenso entre el público y pasó a ser considerada una de las mejores obras de teatro de su autor. La tensión admirativa del público, dominante en todo el estreno, se complementa con la tensión dramática que todo lo inunda en esta pieza. Hay magia y sueños en cada obra del dramaturgo, como también hay evasión, evasión soñadora y lucha ante la alienación dominante, lucha por huir de las cárceles del alma y ante las fundaciones que nos imponen cómo únicas vías de pensamiento en esta sociedad, que según Buero Vallejo: “ha perdido parte de su ser auténtico”. Y es que en el contenido teatral del autor, la búsqueda y consiguiente triunfo de la verdad, así como la obtención final de la autenticidad, han sido figuras claves.

En el año de estreno de la fundación, 1974, la expectación por el futuro político del país dominaba el ánimo general. España, por aquel entonces, estaba viviendo sus últimos momentos de la Dictadura Franquista. Con un Franco casi agonizante, la sociedad española danzaba entre un futuro de posible Democracia abogada por los partidos políticos clandestinos, o, por el contrario, de una continuación del Régimen Dictatorial, defendida a ultranza por defensores del régimen. No hay fecha exacta o tiempo determinado en La Fundación, pero se supone que es anterior a 1974, época en la que la pena de muerte todavía existía en el territorio español. La pena de muerte y la tortura son claves en el desarrollo de la obra.

En éste punto, la tortura que tanto afecta a Tomás es la misma que marcó a Buero Vallejo. Este factor unido a la represión, pautan la percepción y sentido completo de la obra que nos atañe: “¡Cualquiera sabe, si a uno le aprietan, lo que es capaz de hacer!” afirmó Vallejo en alguna de sus entrevistas relativas al relato teatral. El dramaturgo español, ganador del Premio Cervantes en 1986, fue detenido en 1939 y acusado de “adhesión a la rebelión”. Por este motivo permaneció en prisión hasta 1946, año en el que salió en libertad pese a haber sido condenado a muerte. Cómo el mismo dijo: “Qué duda cabe que La Fundación, además de ser otro Quijotito u otro Segismundo en pequeño, es la consecuencia directa de una experiencia fundamental de reclusión, vivida por mi”.

La mella que hizo la represión, el encarcelamiento y la abulia condensada que toda falta de libertad otorga, fueron los hilos que condujeron a la creación de La Fundación, fábula, dónde la libertad es tan ansiada que acaba desprendiendo angustia. Tal grado de libertad anhela Tomas que ésta lo enajena y evade, escapando poco a poco de sí mismo. Ello conduce a una deserción en el otro lado de la vida, cuando ya no nos quedan más fuerzas para soportar la realidad propia. La ficción impuesta por el mismo Tomás, donde éste se acurruca para no desvelar la culpa enterrada en su interior, puede parecer apacible, pero he ahí la cuestión: es falsa, y este hecho la destierra por completo de cualquier tipo de belleza. La realidad, en este caso, negra y abrupta, hay que asumirla siempre, aunque nos duela, aunque se nos atragante. En este punto, el personaje de Asel -líder del grupo de condenados, personaje clave en la trama y amigo de Tomás- juega un factor relevante en el desenlace de la obra. Él busca a toda costa que Tomás se cuestione su realidad paranoica, para que así pueda curarse. Busca que viva, que actúe: “¡Debemos vivir! Para terminar con todas las atrocidades y todos los atropellos. ¡Con todos! Pero… en tantos años terribles he visto lo difícil que es. Es la lucha peor: la lucha contra uno mismo.”