LA MAGDALENA

Letras Brunela Curcio

La Magdalena Fotografía Giulia Zucchetti AZAhAR literario

Fotografía Giulia Zucchetti


Raquítica la marioneta repite sin descaro aquello que ordena quien mueve la mano.

Escapar de su ignominia
es inútil e ineficiente.
Tal como escapar del dolor,
cuando se lleva apreso
inexorablemente.

Sus esferas grises mutilaban el firmamento apagado ante aquel fuego prohibido de inciensos afrodisíacos.
Sus pechos desnudos permutaban el pecado por la redención y la culpabilidad por la inocencia inculpable de gemidos pactados ante tanta poesía claudicante.
La campana de la gloria se enfurecía inquieta e insolapable entre sus piernas santas, que pulverizadas, insistían en donaciones oscuras de destierros benevolentes.
Los labios gruesos calcinaban errantes la suerte estremecedora de travesías y relámpagos. Fugaces las lenguas kamikazes se fundían entre insomnes encrucijadas de rosas marchitas, mientras la amnistía y la culpa incrédulas impugnaban increparse en placeres sexuales clandestinos.
Ella…
De todos y de nadie.
De todos y de ninguno.
Siquiera era para sí.
Él…
Vulnerable, buscaba atesorarla.
La sentía, la incendiaba, la apagaba…
El tiempo volátil se la arrebataba omnipotente cuando ya no le pertenecía.

Una noche sin luna ni sol. Él, inmutable y colérico defendió el honor de Ella. Honor agitado, punzante y discutido por ventas momentáneas de relaciones matrimoniales.

La bala desplomó un cuerpo abatido ante tal salvajismo etéreo, y condenó a aquel destino a coexistir inexistente y estafado. Él sería su amante.

Cuenta la leyenda, que todas las noches en la misma esquina donde perdió la vida, la vigila desde lo alto posando su luz en los rostros, injuriados, de tantas otras. Cuenta la leyenda que Él, ahora, es semáforo y que cada vez que prohíbe el paso recuerda su amor fuego, pasión, sangre.