LA MANO DE DIOS

Letras Vita Salvatore

LA MANO DE DIOS - Collage VL 5

Collage Viviana Lombardi


 

“La entropía consume al ícono Pop así como el universo equilibra a los opuestos
desgastando al sol reinante en las galaxias. Soberanos y celebridades
siempre pagan esa deuda inexorable.”
Víctor Saya

La foto caía al agua solitaria, desamparada, como todo mal recuerdo. La dejó bajar aleteando entre la pedrera del acantilado sin atreverse a un sólo gesto de reparación. No era que no le importara. No podía mover siquiera un dedo. La cabeza le silbaba por dentro, como avisándole que debía sentir algo. Pero, nada. No sentía nada. Ni siquiera cuando se esforzó en evocar el gesto del Guille para la cámara. Canchero. Entrador, torcida la boca por el placer de haberse disfrutado todo lo que tenía a mano. Fuera lo que fuese. Lo que viniera en suerte o lo que hubiera podido conseguirse. Que nunca era poco. El Guille nunca se conformó con poco. Desde chicos, en la Fiorito. Cuando en año nuevo los viejos resignados a una pobre vida de muerte en cuotas tomaban la sidra recalentada por la resolana sobre el techo de chapa. El Guille le enseñó a zafar de esa. Y de la parrilla quemando grasa de falda en el suelo de diciembre cuarteado por el sol.

Sintió vertiginoso los pies descalzos en la tierra hervida, y ellos dos levantando polvareda para rajar al descampado a mirar las cañitas volar como pájaros de fuego que morían al nacer. Se fumaban un caño y se tomaban el champú que le habían afanado al portugués. Un lindo hijo de puta, el portugués. Los fajaba con el cinto, resentido por no poder pescarlos nunca, aunque ellos sabían que él sabía que le achacaban morfi y chupi. Para joderlo bien jodido, le afanaban el morfi que comía él. Nunca esa mierda que les vendía en la villa, la que les anotaba en la libretita. No, si nunca hay que confiar en nadie.

Cuando lo probaron en las inferiores el único que se enteró fue el Guille. Lo habían venido a buscar dos tipos gordos con traje, un día de invierno, cuando jugaba un picado en la canchita. Hacia un frio de cagarse pero los gordos traspiraban. Tuvieron que correr para alcanzarlo cuando el partido terminó y él salió rajando. Lo habían estado mirando y él corrió, por las dudas, nunca se sabe.

Desde pibe se sintió seguro con el Guille. Eran dos siameses. Estaban agarrados por un hilo, un hilo que nadie podía ver. Que nunca nadie vio.

Por eso fue que no se decidió a ir a Argentino Juniors hasta que él lo convenció. El Guille le tenía fé. ¨ Vos no tenés que pensar¨ siempre le decía lo mismo. ¨Para pensar estoy yo. Vos con ese par de gambas tenés suficiente. A ver si te avivás que entre los dos llegamos a campeones. Somos un equipo, vos y yo.¨

En eso siempre le dio la razón. Sin el Guille él ni hubiese llegado a jugar en primera. Ni siquiera a arañar un campeonato. Nunca se había atrevido a soñarse campeón. Aunque más de una vez había escuchado decir ¨Ese pibe es un fenómeno. Ni Pelé lo para, si lo dejan´´.

Él nunca lo había querido, a Pelé. Negro vendido. Un chupaculos entregado al oro blanco. Siempre pensó que si llegaba nunca lo iban a acostar. Nadie lo iba a tentar con esa pilcha careta con que se disfrazaba el negro para que los garcas de la FIFA lo llamaran rey. El iba a seguir siendo un villero y a mucha honra. Gente del palo, si. El Guille, el primero. Después los muchachos del campito. Los cabeza como él. Que no se comen ninguna.

La foto se enrolló en el espiral del viento y por un instante se sostuvo en vuelo. Planeando. Como un barrilete de la historia que se esfuma a la deriva. Entonces si la vio bien clara, las camisas de seda y las sonrisas anchas, blancas como el pelo del Guille, rutilantes en el resplandor del faro.

Que lo parió que tuvieron mala leche. La envidia, que da para todo. El morbo de los que no se juegan la vida acariciando la pelota con los muslos hasta sentirla tibia como al cuerpo de una piba. Y después, dejarla bajar, mimosa, hasta el empeine, y levantarla apenas con la punta de los dedos para ofrecerla, gloriosa, antes del gol de media cancha. Y esperar la apoteosis del canto de tablón. Como quien acaba en un polvo de oro ante la multitud enardecida.

Nadie nunca le entendió esa gloria de convertir un pedazo de cuero en un baluarte. La joya deseada por todos los ojos del planeta. El Ángel de la Salvación ofrecido a sus pies.

Nunca nadie entendió lo que es desmaterializarse y entregarlo todo, corazón y huevos, al vuelo rasante de los pies. Esa epopeya que no se comparte, que se respira a solas, sin pensamiento, con el alma transformada en alas para que Mercurio vuele antes del gol.

Por eso lo necesita tanto al Guille. Porque él lo hace sentir campeón en todas partes. Dentro y fuera de la cancha. Desde siempre.

El Guille lo entrenó para ser ídolo. Y se hizo a un costado para que el campeón aspirara el primer aliento de la gloria, y levantara la copa del honor en triunfo, apolíneo, sublime hasta dar vértigo.

La foto bailaba en el aire sin dejar que el abismo hondo como el cráter ceniciento de un volcán líquido se la tragara. El mar era un animal oscuro, incomprensible. Un monstruo preñado de salitre y furia.

Recordó su estreno de campeón. El pulcro baño del hotel de lujo contrastado con la memoria de la primera bailanta brava. La del mingitorio con el olor rancio del orín barato. Un agujero infame donde medir el tamaño de la calentura. Un refugio donde mitigar miserias con la audacia de cogerse a las dos minas juntos y pelear la duración del polvo, sincronizar por siempre el pacto de prestarse todo, triunfo, placer y pan. A muerte.

El hotel con las canillas de oro fue el primer escalón a otras alturas. Allí apareció la blanca para sellar el compromiso con una recta línea pura como la amistad.

Por eso mismo la traición lo mató en vida. Puta vida trapera, cuando ya habían logrado ser los hermanos corsos. Cuando ya habían aprendido a consumarse juntos. A regalarse líneas, minas, polvos. Sin avaricia ni pudor. Porque de irse, se habían jurado irse así, hermanos en la sangre. Y ahora, él, solo y con los pies cortados, sin el Guille, se sentía nada, no y nadie. Ninguno de los dos era nada más que un NN.

El Guille se desesperó. No había querido joderlo, dijo. Que él sentía que se la tenía que bancar bien solo cuando la mierda les llegaba el cuello. Que lo había querido librar de los demonios, de la ferocidad de los mediocres, los envidiosos que le decían enfermo al único campeón del mundo. Los que los querían separar. Y que no pudo.

No puede ser, hermano, vos también”, recordó cómo lloraba cuando le dijo eso. Y que el Guille le agarró la cara con las manos y que él también lloraba. El mismo buraco que sintió aquel día le agujereó el estómago otra vez. Lo atravesó hasta hacerlo transparente, vio la boca del Guille morada con la pintura que les había dado una puta para disfrazarse. Se vio desnudo, con el pito blando, frio. Recordó que sólo le ardía el agujero y que el agujero le quebrantaba el corazón. Sin quererlo volvió a ver dos lagos celestes en los ojos del traidor. Y las honestas lágrimas del judas que el destino le designa a todo héroe. Vio otra vez el temblor de los labios apretados en una borrosa línea color sangre. Volvió a sentir el mismo asco de morder la boca que le imploraba un castigo y un perdón.

Una gaviota con un ala partida se acercó al borde de la baranda rota que los años y el descuido habían pintado de óxido. Le faltaba un ojo y el hueco se abría oscuro como un túnel del infierno. La vio desafiar al temporal y a las olas borrascosas rompiendo contra la escollera. Vio el cuerpo del ave decidirse a lo imprevisto, arrojándose a la marejada con la dignidad de un kamikaze. Fijó la mirada en el agua, que en el hiato de la calma, convirtió la turbulencia en remolino para tragársela. El torrente se detuvo en tiempo congelado en el instante eterno. Miró el metal del agua reflejar su cara y sintió que le confesaba la soledad de los espejos. Se descubrió pensando, a su pesar. “Si nadie los mira, no tienen ni cuerpo ni alma”. Se alarmó. “Igual que nosotros”. Sintió idéntica pulsión que la gaviota, deseó que el agua lo devorara para cobijarlo. Sin pensarlo demasiado, se inclinó balanceándose graciosamente como el ave. “Yo también estoy quebrado”. Sintió un consuelo envolvente como un plumaje. Ya se rendía, al fin, al acto de arrojo, el que acompaña a la vida digna. Vivida con el cuerpo y la conciencia. La mano en el hombro se le posó suave y firme. Y la aceptó por curiosidad. No esperaba una voz, sino un pensamiento. Agradeció la caricia sin hablar, dejando que el fluido tibio de una luz azul le inundara el hombro hasta apoderarse de su ser completo. Y permaneció tan constante y anónimo como una roca más. Cuando se volvió para mirar quién era, la mano se aligeró como la foto y galopó en el viento. Comprendió que nunca vería el cuerpo.

Se subió el cuello del abrigo. El vendaval se había hecho ciclón. “El pampero”, se dijo. “seco y duro como yo”. Quiso seguir el vuelo de la foto, pero la perdió en un torbellino. “Como tantas otras cosas”, volvió a pensar. “A lo mejor, tendría que matarlo. Y descansar de una vez por todas. Descansar los dos”. Ahora si sintió algo. El fuego en el estómago. Una mariposa ardiendo hasta morir entre el corazón y el sexo. “Pero no. No voy a poder, hermano” se convenció, y un vahído le nubló todos los reflejos. Antes de deshacerse por completo pudo encontrar, él solo, sin el Guille, el por qué. “Una vida sólo la concluye la mano de Dios”.

Bajó la escalera hacia la ruta con los pies de piedra, marchitados de soñar en vano que podrían volar una vez más. Y se perdió, como la foto, en el ímpetu del viento, hundido en la negrura.