LA MULATA REBECA PONGUILLO

Letras Salomón Mosquera Rugel

"Mujer Florida" Collage Viviana Lombardi

“Mulata Florida” | Collage Viviana Lombardi


En esta historia ardida de pasión, narrada con trasfondo de sones caribeños y
aromas afrodisiacos, Salomón Mosquera Rugel aborda el género popular
con el talento del intelectual que relata con maestría.”
Editorial AZAhAR literario

Demóstenes Varas dejó de beber a las doce de la noche en el último bar que daba atención a esas horas de la madrugada: La Burrita de Ricardo, ubicado a pocos metros del río Daule, que navegaba dócilmente cuesta abajo en busca del vientre del océano Pacífico. Pensó de repente en su hembra, la mulata Rebeca Ponguillo. Tenerla, justo era lo que deseaba: la libido se le había alborotado a causa del alcohol.

La mulata Rebeca Ponguillo llegó un día al pueblo y puso una fonda en un local intermedio de un bloque comercial ubicado en la calle principal que permitía el acceso al pueblo. Tenía una nutrida clientela que a diario degustaba las exquisiteces hechas por sus manos. Era una mujer trabajadora y solitaria; pero sabía cuándo y cómo defenderse de los malos momentos.

Abandonada por el hombre que amó en otra latitud del país, armó una tarde su destino y llegó sin anunciarse como muchos, a echar raíces en tierras lejanas.

Para fortuna suya no tuvo hijos, y jamás, por el trago amargo probado a partir de ese desatino amoroso, se hizo del malhadado y cruel concepto, de que todos los hombres eran iguales.

Buenos hombres hay; el problema es saber encontrarlos ─decía.

Y lo encontró un día, después de varios meses de nadar en el interior de un mar de soledad. Se llamaba Demóstenes Varas, licenciado en ciencias exactas. Era alto, de fuertes espaldas y bien parecido. Todos los días, por las mañanas, iba a desayunar donde la mulata Rebeca Ponguillo. Llegaba a las seis en punto, y era como la bendición del día para Rebeca, tenerlo presente. Muy elegante aparecía con su buena forma de vestir. Demóstenes Varas vivía en soltería a sus treinta y más años de edad. Se desempeñaba como catedrático de Física y Matemática en un colegio fiscal del vecino municipio, y cuando aparecía en el comedor, Rebeca Ponguillo lo atendía como lo que era: su ardiente machucante.

La noche cuando tuvieron su primer encuentro, se dejó amar de aquel monumento de hombre que le privaba la existencia y le llenaba la atmósfera de pececitos de colores cuando la acaballaba sobre su canario en guardia. Pero su corazón tenía una puerta límite, y ella sabía a la perfección, hasta qué grado de locura era posible llegar.

“─¡Para que joderse la vida ─decía a veces para sí misma─, si amándolo de esa forma, me hace sentir feliz!” ─culminaba con su forma de pensar.

Todas las noches, a las doce en punto, cuando el pueblo dormía con el sueño de los muertos, llegaba a golpearle la puerta con su típico ¡tan… ta, ran, tan… tan, tan! Era una sola tonada, y Rebeca Ponguillo abría la pequeña puerta de seguridad de la cortina enrollable y lo hacía entrar, y como muertos de hambre de amor, se zarandeaban al derecho y al revés sin obstáculos de por medio. Si amarse de continuo en el mismo sitio resultaba a veces para ambos rutinario y tedioso, decidían mejorar la situación para sacarla de ese mar anegado por la cotidianidad, tirando sobre la mesa donde la clientela a diario degustaba las delicias de su arte culinario.

¡Qué rica es su comida! ─le dijo un día un cliente.
¡Es que en el lugar donde está su plato, existe la locura del amor! ─le respondió Rebeca embargada hasta las médulas de arrobo.

A las dos de la madrugada, cuando Demóstenes Varas la dejaba exhausta y complacida, Rebeca Ponguillo arrancaba en los preparativos culinarios hasta que el alba del nuevo amanecer la sorprendía tan llena de vida, como una flor que abre sus recientes pétalos para brindar todo su aroma.

La entera dedicación en los asuntos de su empresa, la obligó cierta oportunidad a buscar un lugar más amplio y cómodo, y terminó por alquilarle al dueño del bloque comercial, el local esquinero, porque su negocio, de acuerdo a los halagadores resultados, marchaba con el viento a su favor y, en su anterior trinchera, se posesionó como nuevo inquilino, el maestro de peluquería, Raymundo Ronquillo.

La semana de su cambio, el licenciado Demóstenes Varas no la había visitado. Se marchó del pueblo a vacacionar a la ciudad en disfrute de la semana de asueto, que los alumnos tenían en el colegio al final de los exámenes trimestrales.

Y aquel último sábado de vacaciones llegó a las diez en punto de la noche, y cerca de las once, decidió concurrir al bar La Burrita de Ricardo a tomarse con moderación unas cuantas cervezas. Quería darle la sorpresa a Rebeca Ponguillo después de seis largos días de plena ausencia y amarla con esa fuerza demoledora a la que ambos se entregaban como víctimas condenadas a sufrir los desenfrenos del amor.

Las casas dormían con las ventanas cerradas a esas horas de la madrugada y uno que otro borracho deambulaba por las calles sin rumbo. El parque central había cerrado sus puertas, y el último vendedor de comida nocturna recogía sus maritates.

Demóstenes Varas caminaba en medio del silencio nocturno aplastando con las suelas de sus zapatos las sucias entrañas de las calles echadas al abandono, y a los pocos metros de su arribo a la intersección de la calleja donde los comerciantes minoristas alborotaban el día con sus desaforados griteríos, decidió transitar por la acera oeste bajo la complicidad de los portales. Nadie lo observaba, y si lo hacían, cada quien con su mundo. Al doblar en la esquina de la estrecha calzada que se suicidaba junto al renegrido asfalto de la carretera principal, vio que un borracho dormía a piernas sueltas sin zapatos y con los bolsillos asaltados. Los camiones de carga transitaban de vez en cuando, y, el ronco sonido de sus motores, se perdía como un lejano eco en la inmensidad del silencio, mientras la luna, con el rostro triste de cuarto menguante, se asomaba a la ventana del espacio. De repente, en medio del sosiego, y sobre la superficie metálica de una puerta enrollable, se oyó un suave ¡tan… ta, ran, tan… tan, tan!, y nada. “¿Se habrá quedado dormida?” ─pensó Demóstenes Varas─. Luego otra vez: ¡tan… ta, ran, tan…tan, tan!, y se escucharon ruidos de pasos y la luz se encendió en el interior, porque las claraboyas de la construcción, que coronaban la parte alta de la cortina de hierro dejaron escabullir la iluminación.

El licenciado Demóstenes Varas, ansioso por las incontrolables ganas de amar, esperaba que la pequeña puerta de seguridad se abriera; pero, ¡oh sorpresa!, la cortina enrollable se levantó del todo, y apareció de cuerpo entero con un bate de beisbolista en la mano derecha, el maestro peluquero Raymundo Ronquillo que, al reconocer la figura del licenciado Demóstenes Varas, descartó de inmediato las posibilidades de un asalto.

¿Qué desea, licenciado? ─le dijo el maestro Raymundo Ronquillo.
Un corte de cabello, maestro ─le habló sin titubeos para no delatarse ante su error.
¿A estas horas de la madrugada, licenciado?
Perdone, maestro; pero no tuve tiempo de llegar más temprano y necesito ir con el cabello corto muy por la mañana porque se reinician las clases.
Bien, entre─. Y el licenciado Demóstenes Varas, entró.

Sentado en el sillón giratorio, el maestro Raymundo Ronquillo, que vestía con pijama de seda color verde pastel y pantuflas de dormir, puso mano al trabajo.

¿Qué tipo de corte desea? ─le preguntó el maestro luego de un breve silencio.
Normal, maestro ─le dijo el licenciado─. Y el maestro empezó con la tarea, al gusto del profesor.
¿Es la primera vez que le ocurre este percance, profesor… de cortarse el cabello en una hora inusual?
La primera… Siempre lo hago en horas tempranas y donde yo quiero ─le respondió algo irritado el licenciado al imaginar que habían sido descubiertas sus fallidas intenciones.

Al poco tiempo de concluida la inusual labor de peluquería, el licenciado Demóstenes Varas le agradeció al maestro Raymundo Ronquillo al pagarle el valor de la tarifa, y antes de abandonar la peluquería, el maestro, sin el ánimo de revivirle su mal momento, le dijo que la mulata Rebeca Ponguillo se había cambiado al local esquinero.

Gracias, maestro, y discúlpeme ─le respondió el licenciado educadamente, como queriendo remediar su anterior actitud.
No tiene de qué, profesor…, estoy para servirle.

Minutos después, de haberse cerrado del todo la puerta metálica de la peluquería, en el local de la esquina se escuchaba algo tardío el típico ¡tan… ta, ran, tan… tan, tan!, y la pequeña puerta de seguridad, se abría por primera vez.

Nota del Autor:Registro de autor: 031141 Cuento perteneciente al libro “La chica del Mall del Sol”