LA PRIMERA ILUSIÓN & RUPERTO RIOFRÍO

Letras Salomón Mosquera Rugel

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Pintura Gustavo Quesada


 

El sufrimiento purifica el alma”
Fiódor Dostoievski

La Primera Ilusión

Se llamaba Gabriela Ramírez, y apareció en la vida de Luis Adrián Armendáriz a sus doce años de edad. Había llegado de un lejano recinto perteneciente a la jurisdicción de Santa Lucía, y era sobrina en primer grado de la esposa de don Miguel Sandoval, acaudalado hombre de negocios.

La guapa Gabriela, de vivos ojos negros y miradas profundas, pasó a formar parte de la novedad femenina y era galanteada por los chicos cuando la veían pasar. En Luis Adrián despertaba también ese mágico sentimiento, a pesar de que en él, varias interrogantes se interponían como especie de barrera a causa de sentir una desventaja social y económica frente a la chica de sus ilusiones. Y buscaba, en lo profundo del corazón, respuestas que lo tranquilizaran, y terminaba por extraviarse, al intentarlo, en medio de un mar de aguas borrascosas… ¿Qué decirle?… ¿Cómo presentarse?… ¿Acaso con la misma ropa del uniforme escolar y sus zapatos negros envejecidos por el uso y el abuso?… ¿Sin un centavo en sus bolsillos?, era el tipo de cuestionamiento que lo martirizaba.

Gabriela le vino a perturbar sus momentos de paz, sus horas de remanso y de sosiego; pero a pesar de esa contrariedad, también le hacía vivir la ilusión de poderla enamorar.

Cerca de las seis de la tarde, cuando Luis Adrián terminaba de trabajar como vendedor ambulante, se dirigía hasta el río Daule a proveerse del líquido vital con dos cubos cargados sobre sus hombros, y a una prudencial distancia, iba y venía sin parar. Cargaba el agua con un par de garfios que pendían de una resistente vara de madera, y a orillas del río, cuando se alzaba los cubos sobre sus descarnados hombros, veía llegar a la niña de sus ilusiones y su vida se alegraba a esa hora del crepúsculo.

Los Sandoval llegaron un día al pueblo. Aparecieron con un destartalado carro como comerciantes en la compra y venta de arroz. Muy regularmente realizaban ese tipo de actividad comercial en las piladoras de Santa Lucía, hasta que un día decidieron comprar una propiedad en remate y se instalaron a forjar su destino. A los pocos años de productivo trabajo, eran parte ya de ese círculo pequeño y poderoso conformado por costeños y serranos.

Luis Adrián buscaba con mucho afán en los ojos de su niña, el regalo de una dulce mirada. Era muy divertida y agradable, y cuando acudía por las tardes a bañarse, y las miradas de él chocaban con su figura, de inmediato aumentaba en el fondo de su alma el amor por ella. Todo en esos instantes le pertenecía a Gabriela, hasta la naturaleza misma, a tal punto que llenaba los cubos al disimulo, justo donde la niña de sus amores se sumergía. Ella sabía nadar a la perfección y jugaba con sus primos al cuche. Resultaba casi imposible atraparla bajo el agua: era como escurridizo pececito.

En seis trayectos llenaba el reservorio de su casa, y en aquel lapso de ir y venir, apreciaba a la niña de sus ilusiones. En la última cargada Luis Adrián hacía un descanso para entregarse por completo a las apacibles aguas del río, y, cuando Gabriela partía con sus primos embarcada en el balde de la camioneta, le quedaba el consuelo y la satisfacción de haber visto su encantadora presencia.

Al otro lado de la orilla, en la hacienda Chonana, los árboles que bordeaban la parte alta del barranco con la acción del viento mecían sus ramas y se abrazaban cual hermanos. Los verdes gramalotes bailaban muy armoniosos sobre la cresta de la playa que dominaba imponente el paisaje natural de agua dulce. En el cielo, la luna, con el rostro iluminado parecía un alejado faro en medio del universo, y ese día, como uno de tantos, luego de la partida de la niña de sus ilusiones, se puso al hombro la última carga de agua porque la obligación se lo exigía, y, al llegar al hogar, observó desconsolado como todas las tardes, que el fogón permanecía invadido por millones de partículas de cenizas frías.

Carlota Troya vio la descarnada figura del hijo en medio de la atmósfera del silencio, y sintió en el interior un profundo dolor que le debilitaba los huesos. Cerró fuertemente los ojos al entender, que si quebraba su fuerza de carácter ante la presencia de Luis Adrián, sería como alimentar aquel huracán de penalidades. La sopa de arroz no había sido suficiente en horas del mediodía, y en los años vividos comprendía, que los jugos gástricos, cual si fueran tabletas efervescentes, empezaban a convulsionar el hambriento estómago de su pequeño. Segundos después, de pedirle al Dios de las alturas, serenidad y sabiduría ante aquel terrible cuadro desconsolador, abrió los ojos, y llenándose de fuerzas a sí misma, le preguntó con serenidad:

¿Tienes hambre, mi niño?

Luis Adrián oyó nítidamente la celestial voz de su sabia madre y no se volteó con la intención de mirarla, sólo esperó que alguna frase satisfaciera a su afirmación, que ya venía en camino por su garganta:

Sí, mamá; tengo hambre.

La respuesta inocente del tierno hijo le desgarró las entrañas, y sintió que un mar de remotas aguas se agitaba con la intención de arrasar con todo; pero, amainándose ante aquella indómita galerna, volvió a responderle con aplomo:

Toma un jarro del guardafrío y llénalo de agua; bébelo todo, porque el hambre a veces es de agua─ le dijo casi con lágrimas en los ojos.

Él obedeció a la hacedora de sus días y bebió todo el líquido hasta sentir que las tripas se le reventaban. Saciado, se dirigió al cuarto y se acostó cerrando fuertemente los ojos hasta el siguiente amanecer; pero claro, pensando en su bella ilusión llamada Gabriela Ramírez.

Pintura Gustavo Quesada

Pintura Gustavo Quesada


 

Ruperto Riofrío

Ese día, llegó un nuevo alumno; apenas habían transcurrido quince, del inicio del año escolar. Era alto y robusto y tenía el rostro entristecido, como si arrastraba consigo alguna pena de por vida. Se sentó en una de las últimas bancas ordenado por la profesora de la clase, y el mobiliario crujió al sentir el enorme peso. Lucía impecable como muestra de aseo, y el olor del perfume desterraba de la encerrada atmósfera la pestilente transpiración, que los chicos cargaban consigo al aula de estudio, una vez finalizados los treinta minutos de recreo donde daban rienda suelta a sus correrías.

Junto a Luis Adrián compartió desde aquel instante la banca del salón de clase. La condición económica de Ruperto, el nuevo compañero, marcaba la diferencia en toda la escuela. Siempre iba con la mochila atiborrada de cuadernos y de cosas de comer, y sumada la mudanza diaria del uniforme, causaba una silenciosa envidia en los demás, especialmente en Luis Adrián.

Ruperto jamás salía a la calle a observar la diferencia del otro mundo. Él, meses anteriores, había hecho sus estudios en la capital de provincia con transporte y chofer a su disposición; pero una decisión inesperada de los padres, y que él mismo desconocía, lo enviaron hasta aquel centro de enseñanza.

En el interior de su casa había una persona que se hizo cargo de su cuidado personal a los cinco años de edad, y se llamaba Amalia Saona. Y aún, a los doce años de Ruperto, seguía cuidando Amalia de él. Ella dormía en un cuarto contiguo al suyo, y de madrugada, cuando se levantaba asustado con el temor natural de los niños por causa de la oscuridad, iba hasta el cuarto de su joven nana para que calmara sus temores. Cuando ella lo sentía profundamente dormido, lo llevaba de regreso hasta la cama, y muy cariñosa, como si fuera el hijo de sus entrañas, al abrigo del edredón, le daba un tierno beso en la frente.

A pesar de que Ruperto iba creciendo cada vez más, para Amalia seguía siendo su niño, al que cuidaba con dedicación y esmero en cada nuevo amanecer.

Pero a los pocos días del ingreso a su nuevo lugar de estudio, cuando los compañeros de aula se percataron de que a su edad era un engreído y que necesitaba de niñera para ir y regresar de la escuela, se rajó a puños limpios contra sus agresores morales y terminó con el uniforme roto y hecho un asco ante la presencia de sus padres, que se ponían al corriente en la oficina del Director.

Desde ese instante le dijo a sus papás que iría solo a estudiar, sin necesidad de nadie para hacerlo, y que la niñera podía encargarse de otros asuntos, menos de él. Y después de la trifulca, los padres de Ruperto, que vivieron la más grande vergüenza frente al Director, pusieron fin al trabajo de Amalia y la despidieron para siempre.

Con la partida de Amalia, la vida de Ruperto se volvió más sombría. Extrañaba su presencia y cuidado, aquel cuidado y afecto dejado a un lado por su madre.

Nota de Autor: Argumento de la novela “El fogón de las cenizas frías”. Registro de autor: 001186