LA TRADUCCIÓN: TRASLACIÓN, TRANSPOSICIÓN, TRAMPA Y TRAICIÓN

Letras Viviana Lombardi

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Una jugosa anécdota alrededor de la Antología Fantástica es el debate que sostuvieron Borges, Bioy y Ocampo, previo a la publicación de una primera edición de la obra en italiano. La editorial a cargo decidió rescatar los originales de los cuentos incluidos desde el idioma original de la escritura. Tal decisión irritó vivamente a sus compiladores, que reclamaron que todo el material seleccionado se tradujera desde el idioma argentino en el cual había sido publicado. Consideraban que sus traducciones habían sido concebidas como una recreación artística de los respectivos originales y como tal debían de ser respetadas.

Tan meticulosa atribución de El Triángulo Fantástico sobre sus derechos de autor y la competencia de sus traducciones, nos hacen reflexionar sobre la traducción como compromiso, vocación, especialización y arte.

La traducción es un ejercicio literario de índole afectiva, donde el autor original se convierte en personaje de un discurso que podríamos llamar amoroso –recordando a Roland Barthes– cuando la admiración por su talento y uso del lenguaje es superlativa. Y si, tal cual nos place tan a menudo, llevamos a un grado extremo de afectación al yo-traductor, ese personaje puede llegar a personificar a un amante imaginario, sin límites impuestos por la sexualidad y/o el género. El traductor se cuestiona constantemente si lo está traicionando. Y hasta qué punto podría hacerlo sin perder el buen nombre y honor de ambos.

Parte del trabajo del traductor incluye inmiscuirse en la vida y obra del escritor como persona y sujeto –o, si se quiere, objeto del deseo– hasta reconocer como propios no solo su lengua madre, sino las inflexiones del idioma originario, la coloratura de sus términos, su habla habitual, la reacción de su cultura ante el dolor y el gozo, y su pathos emocional. En definitiva, no ser solamente un detective de la lengua que traduce, sino graduarse además de espía lexical y etimológico. A veces, a la palabra más feliz se la encuentra en el origen mismo de su gestación.

La casi delirante ambición del traductor es realizar un ejercicio de traslación de un texto como si se tratase de un fragmento musical ejecutado en una tonalidad distinta. Y con respecto a la sintaxis de ciertas lenguas, el objetivo es asimismo la traslación o el hipérbaton del culteranismo gongoriano, cuando es conveniente alterar el orden sintáctico que se considera habitual y lógico en una oración, para transportarlo a la segunda lengua.

Es obvio que la interpretación o traducción oral es una habilidad humana probablemente tan antigua como las hablas articuladas de nuestra especie. Y se podría especular sin yerro que en tiempos iniciales podría haber sido usada como recurso de supervivencia. En castellano medieval solía emplearse el término trujamán, de origen árabe, referido tanto al traductor como al intérprete. Nos inclinamos a imaginar, además, cuántos intérpretes-mensajeros de facciones rivales hayan perdido la vida por un término mal empleado en el cumplimiento del deber. Sucedidos que aún son noticia cuando la así llamada “civilización” dominante de guerra continua y conflicto interminable nos anuncia que un intérprete o traductor fue muerto en una emboscada o raptado por la facción rival.

En el prólogo a la Antología de la Literatura Fantástica se hace notar la mención de escritos arcanos como el Zendavesta cuya inclusión, conjeturamos, es posible que se deba a la laboriosa erudición de Borges. Se trata de un corpus de antiguos textos sagrados de los parsis sobre la doctrina del Zoroastrismo, cuya traducción a lenguas más modernas ha causado no pocas tribulaciones a los eruditos. Uno de ellos fue el francés A. Grégoire quien acude a nuestra compasión de colegas en apuros cuando desespera sobre la posibilidad de descifrar la lengua avéstica: “Textos obscuros, mal conservados, de un pronunciado carácter fragmentario, arrastrando rastros de degradación de todo tipo. Escritos de quién sabe qué época desconocida sin duda de una lengua artificial, ya que el avéstico ya había muerto como idioma oral-, traducciones imperfectas, en principio en sí mismas indescifrables, que obstaculizan a priori toda esperanza de soluciones precisas, y, querríamos agregar, más de una vez la posibilidad misma de hipótesis verosímiles.” 1.

Otro texto antiguo mencionado en el prólogo visto que nuestros compiladores no escamotearon huellas de su erudiciónes el Sendebar, también llamado Syntipas o Libro de los Engaños, versión al castellano de mediados del siglo XIII, que reúne una colección de cuentos árabes a su vez procedentes de la tradición cuentística persa o hindú, y cuya traducción fue terminada en 1253 por iniciativa de don Fadrique, hermano de Alfonso X el Sabio. Hermoso ejemplo del efecto dominó que la traducción en distintas lenguas de nuestras civilizaciones puede aportar a la cultura universal.

Ya sumergidos en la biblioteca inmemorial y global, patrimonio dimensional del fantástico prefigurado como lectura infinita de pasaje e intercambio, no resulta ocioso incurrir en el anecdotario pertinente. La historia de la literatura da cuenta de numerosas gestas lingüísticas disputándose la competencia de interpretación de originales y su resultante en el lenguaje segundo de la obra.

Sin ir más lejos, hay arqueólogos, egiptólogos y lingüistas que están cuestionando la traducción de la Biblia, tanto del antiguo como El Nuevo Testamento, vertida a lenguas occidentales desde el griego y no desde el arameo original. Y existen modernas sospechas de plagio de ciertos pasajes que fueron tomados de textos de la antigua religión egipcia, y traducidos a instancias de los Tolomeo.

Un ejemplo de dicho cuestionamiento es la obra el Dr. Ashraf Ezzat, médico, investigador, escritor y cineasta egipcio, quien nos recuerda que en el siglo II AC la Biblia Hebrea se tradujo del arameo al griego, a pedido de la dinastía ptolemaica, para ser incluida en el corpus de la legendaria biblioteca de Alejandría.

Según su innovadora teoría sobre el tema, el investigador sostiene que los Tolomeo astutamente instigaron la corrupción de datos históricos fidedignos que ubicaban a los hebreos como una obscura tribu más de las tantas existentes en el territorio yemenita de la época, donde no existían “Faraones” sino simplemente un poderoso jefe tribal llamado Faraón, para situarlos en la majestuosa corte de Egipto, para gloria y beneficio de esa dinastía. Más aún, acusa a los setenta traductores judíos autores del Septuaginto, de haber confabulado con los soberanos ptolemaicos para producir una versión distorsionada y maliciosa de la historia antigua, que ha contaminado desde entonces hasta la actualidad la verosimilitud de la historicidad misma.

En tal caso, el Septuaginto, la más célebre versión antigua de la biblia, no sería sino una reproducción espuria que ha violentado tóxicamente no sólo la historia universal, sino también los dogmas religiosos de las tres religiones abrámicas monoteístas. De corroborarse la teoría, los italianos deberían renunciar nada menos que al Va pensiero” de Verdi, que cantan con orgullo como el himno no oficial de Italia. Se trataría de un fraude histórico de repercusión incalculable, pues nuestra percepción del presente se sostiene sobre la experiencia colectiva del pasado. Sea como fuere, nunca será excesivo el celo en corroborar la verosimilitud de las traducciones que forman el corpus conjunto de la historia mundial. El fantástico es un género apreciable en el arte y la literatura, no en la historiografía.

La TraducciónSi traducir se tratase solamente de trasladar palabras de un idioma a otro, no valdría la pena siquiera detenerse a cavilar sobre el tema. A juzgar por la airada reacción de los compiladores de la Antología, a su criterio sus traducciones de los cuentos elegidos resultaron en una óptima reescritura del original, pertinente en tono, género, estilo, atmósfera, significado y sentido.

El ejercicio del buen traductor consiste en conocer tan íntimamente el idioma desde el cual se traduce, como para ser capaz de captar el aliento de esa lengua, sus giros más enigmáticos, sus clichés, etimologías, lugares comunes y yerros, y en un sentido ideal, hasta la respiración del autor que escribió esas páginas. De hecho, el mismo Borges trabajó siempre en conjunto con sus traductores y Samuel Beckett se re-escribía a sí mismo cuando pasaba del inglés al francés, y viceversa. Es decir, el traductor tiene que ser imperiosa y pródigamente bilingüe. En defecto de tales virtudes, ya están los traductores electrónicos Online que nos han inventado idiomas para extraterrestres.

En definitiva, la operación cognitiva compleja que requiere una traducción feliz implica el recodificar el sentido completo del texto de origen para aplicar en forma escrupulosa un profundo conocimiento de la gramática, la sintaxis y por sobre todo, los campos semánticos con los cuales opera y la cultura de ambas lenguas y de sus hablantes. No es extraño que lo más difícil de traducir de una lengua a otra sean la poesía y el humor, dos factores intrínsecos de una idiosincrasia.

Reiteramos que el buen traductor tiene que tener vocación de investigador, detective y artista. Y por sobre todo, tiene que rendirse a la dura ley de transportarse del idioma original al del texto traducido con la competencia de un lingüista. En suma, operar de detective de etimologías, circunstancias ambientales, marco genérico, marco histórico e hipotexto originante del original si lo hubiere. En caso de traducciones de clásicos, por supuesto es menester un profundo conocimiento de la biografía, así como detalles personales del autor y su época.

Traducir es emprender un itinerario venturoso donde el traductor, viajero de dos mundos en sincronicidad, se ubica en un punto de partida y un punto de llegada como explorador de dos orbes lingüísticas a hermanar. Munido de su mapa semántico conceptual, debe intentar adivinar la energía y el ritmo inicial del texto, para componer una leal reexpresión y personal reimpresión de la obra. Porque solo así podrá rendir un equivalente en el segundo idioma que conserve el aura y arte del primero.

En ese movimiento unificador de dos cosmogonías paralelas a vincular, debe establecer un pacto de lealtad con el autor. Lo cual, como bien sabemos, no es equivalente a la total fidelidad que puede llevar a la traición. Nada más desdichado que una traslación idiomática donde una palabra que suena casi gemela a la otra en ambas lenguas es maltratada en un uso incomprendido de su verdadero tono, color, carácter, significado y hálito performativo.

A la palabra en cuanto soplo, debe tratársela en ambas lenguas como sonido primordial, y traducir de una lengua a la otra es escuchar una sinfonía re-significada por dos orquestas diferentes conducidas por un mismo director. En definitiva, dos orquestas tocando la misma pieza en distintas claves sonoras. La percepción emocional del receptor debe asimilarse en ambos casos.

En caso contrario, solo habremos realizado como traductores el trabajo de la maquinaria cibernética que ofrece tal servicio. Claro está, acaso se trate de un ejercicio de entrenamiento para la comprensión de futuros visitantes de otros planetas. Pero por ahora, las resultantes solo nos provocan risa o espanto.

El traductor debe además contribuir a preservar la riqueza de las lenguas ya que los peligros de una representación distorsionada por el lenguaje, afectan nuestra percepción de la historia, la tradición, la realidad presente y el reservorio cultural a preservar para generaciones futuras.

Notas Bibliográficas:
1-Traducción al español de Viviana Lombardi: “Des textes obscurs, mal conservés, d’un caractère fragmentaire très prononcé, portant les traces de dégradations de tous genres. Écrits on ne sait a quelle époque, par on ne sait qui – sans doute dans une langue artificielle, lors que l’avestique était mort comme idiome parlé, des traductions imparfaites, en partie elles-mêmes indéchiffrables, interdisent a priori l’espoir en des solutions décisives, et nous voudrions ajouter, plus d’une fois même en des hypothèses vraisemblables. A. Grégoire sobre la lengua avéstica en KZ 35 [1899], 79 s. Estudios sobre la traducción Páhlavi del Avesta. Tesis doctoral. Autor: Nicolás Alberto Cantera Glera. http://ada.usal.es/img/pdf/Estudios.pdf.

Fotografías cortesía de Horia Varlan