LAGARTO NEGRO, un comienzo como tantos

Texto Viviana Lombardi

TORDO MACHO

 

Un gozne chirrió furioso de herrumbre y la puerta cancel cedió su madera enclenque de tanta inundación, aguacero y descuidos de la miseria.
Rufina se agitó en la cama angosta sobresaltando a un sueño impreciso, acurrucándose hacia el lado contrario sin despertar.
Un ronquido sordo de viento le acuciaba los oídos – entre tinieblas atinó a sentir un llanto de neonato.
Nítidas visitaciones mentales le diseñaron una manada de cabritos subiendo la ladera penosa de un monte en plena carencia de agua.
Desesperados de sequía, los chivatos montaban ágiles hacia la cumbre, a la espera de quién sabe qué prodigio de verdor.
Abrían las fauces resecas como críos huérfanos buscando un seno tibio de leche redentora.

La puerta rechinó otra vez, ella saltó de la cama aún medio atontada, y despertó del todo al sentir el agua fría de la marea alta mojarle las plantas.
Un anuncio de ruina le cruzó el pensar, haciéndole correr al teléfono sin saber por qué.

“Deme con la sala de maternidad” – exigió, vehemente.
No demoró en decidirse ante la imposibilidad de contacto.
Apresurada, se lavó la cara, los pies y las manos y se vistió con lo primero que encontró sobre el  sillón de mimbre donde arrojaba la ropa al regresar agotada de limpiar casas ajenas, y abrevió la marcha hacia el colectivo de la ruta bajando el sendero de tierra por un atajo. 

Rufina nunca esperó demasiado de la vida. Pero esta vez, se animó a rogar por un milagro.
Tal vez por eso al llegar a la parada, alzó la vista inopinadamente.
Un oleaje de efluvios grises cubría el cielo, dejando asomar tímidos islotes azul cobalto atravesados por partículas de polvo de oro.

Extrañada, recordó que en el sueño, había yacido junto a un hombre moreno de rostro anónimo, herido de gravedad en un costado, que le rogaba auxilio.
El recuerdo la sobresaltaba como un mal augurio cuando vio llegar al colectivo destartalado e inseguro que la llevaría al hospital.

Trató de solventar el recorrido mirando las nubes tallar destellos impresionistas al desplazarse hacia el horizonte. De pronto, el cielo era paisaje terrenal.
Rufina había sido siempre imaginativa. Había aprendido a completar su mundo escaso elevando el pensamiento.
Pero esta vez, el presagio de algún mal innecesario la desasosegaba.
Selene iba a tener a su primer nieto.
Y ella sentía que desde el nacimiento de un hijo de su hija única, ella, Rufina, mitad india, mitad guacha, le iba a deber algo al futuro.
Podría decirse entonces que la mirada dirigida a lo alto indicaba esperanza.

Observó serena cómo continentes brumosos esbozaban un mapamundi cósmico combatiendo con el azul cielo por la primacía en desafiar al rey sol.
Y se preguntó, sabia e inocente, si vivir significaba estar siempre en pie de lucha. Y rindiéndole cuentas a algún rey real o irreal.

Un barquinazo del vehículo le alertó que llevaba utensilios para el mate, llegado el caso de tener que acompañar la espera.
“El termo sigue firme sin volcarse” –rió, sencilla. “Económico y aguantador, como yo”.
Mirando avanzar la inundación se preguntó si todo terminaría, algún día, en  algún momento, bajo las aguas.
“Algunos dicen que está escrito”.
El colectivero esquivaba, diestro, las piedras sobre el camino de tierra, evitando barquinazos y cascoteo.
“Al menos el termo se viene salvando”.
Rió por dentro.
Le causaba gracia ser tan empecinada en su optimismo.

Un pájaro negro con alas extendidas in extremis irrumpió en la apatía de un cielo inerte pero cargado de tormenta.
Le convenía que no se desatara el temporal, al menos hasta haber llegado. Revisó el bolso de plástico tanteando el fondo.
“Puta, con el apuro me olvidé las botas ‘e goma”
El pájaro parecía también empecinado en desafiar al temporal, porque circulaba por sobre el colectivo en vuelo rasante, para luego tomar altura y hacer aeromodelismo natural.
“Qué raro”
Tosió sin propósito.
“Parece un tordo renegrido”
El pájaro le dedicó un trino chirriante.
“Pero nunca antes vi uno tan grande”

Llegaban y por suerte aún no llovía.
Tuvo una especie de escozor del alma cuando vio al tordo posarse en un sauce cercano. Le pareció que la seguía.
Se encogió de hombros y viró hacia la izquierda buscando la puerta principal.

El tordo se le adelantaba para esperarla en la rama de un lapacho púrpura, florecido en exceso.
Gigantesco e imponente, extendió las alas por delante del telón purpúreo y lanzó un graznido atroz fijándole la mirada con sus dos canicas fúlgidas del color de la antracita.
Perturbada, apuró la entrada al edificio, buscando refugio.

Como siempre que sentía la intuición bien afinada, dejó que los instintos marcaran el rumbo.
Un llanto quedo la detuvo.
Rufina supo que había encontrado el lugar.
La cuna estaba a un escaso metro de la cama donde Selene reposaba del esfuerzo de parir.
Al ver los surcos de lágrimas sobre la piel empañada de su hija, revivió los senderos ascendentes en el monte del sueño.
Y el corazón se le estrujó de pena. Supo sin querer saber. Porque se le pronosticaba una desdicha.

“¿Te duele mucho?” le  susurró al oído.
Selene negó con la cabeza. Los labios apretados en un gesto de rencor, murmuró.
“No tengo leche, no me baja”
“Es muy pronto, los pechos están duros. ¿No te pusieron paños tibios?”
Selene volvió a negar.
“Trataron. Pero yo no quiero”.

Rufina se acercó a una mesita destartalada. Apoyó el bolso y se quitó la campera impermeable.
Cuando se acercaba a la cuna, Selene interrumpió.
“Tengo mucho hambre. ¿Me trajiste comida?”
“No, m’ija. Salí corriendo de la casa. Estabas en fecha y cuando no me pude comunicar por teléfono, me vine directo por si había nacido.”
Le acarició la frente sudorosa.
“¿Qué le pasa, m’ija? Cuéntele a su madre.”
Selene ladeó la cabeza para esconder los sollozos.
“No lo quiero, madre. Es un monstruo horrible. No lo quiero ni ver, ni amamantar, ni cuidar”.

Rufina dio un respingo de agitación al sentir un gemido proveniente de la cuna. Luego irrumpió el llanto desesperado del neonato.
Tuvo que recuperar fuerzas en las piernas desfallecidas para acercarse a verlo.
Cautelosa corrió de lado el mosquitero que protegía al niño.
Al acercarse  pudo ver a una criatura enrojecida por la proeza de entrar al mundo, morocha, con mucho pelo tieso de color carbón.
Aliviada, permitió que una sonrisa le ganara el gesto.

Estaba por alzarlo cuando entró una enfermera con una mamadera de agua hervida y glucosa.
“¿Se la quiere dar usté? Parece que la madre está muy cansada”
Ella asintió con la cabeza y alzó al nieto en sus brazos por primera vez.
“Tengo que anotarlo para el registro civil. Después vengo con la libreta”
Selene dormía o fingía hacerlo.
Así que se empeñó en alimentar la fauce anhelante de ese crío indeseado al nacer que era su único nieto.
Lo miraba pujar por vivir, recordando las premoniciones sin angustia. La vida es lo que es.
Y tuvo claro, allí mismo, que en adelante, ella tendría que suplantar a esa madre confundida, esquiva, egoísta e inmadura que le había tocado en suerte. Estaba preparada.
Rufina había nacido para arrimar el hombro.

“¿Líbero Volpato?”–  decidió opinar con prudencia.
“¿Está segura, m’ija?”
Selene se estaba disfrutando el daño de darle ese nombre a su propio hijo.
“Segurísima”. Sonrió.
“Es el único nombre en la familia que no suena a indio patasucia.”
Chasqueó la lengua decidida a todo – a la madre le pareció un gesto triunfante.
“Fuiste vos la que me convenció de que ése es el nombre de mi padre. El único que se hizo cargo de darme un apellido”. 

Apoyó al niño dormido en la cuna deteniéndose en la seda de los párpados cerrados. Como quien busca la inspiración de un ángel.
Sintió en la tripa que éste era un primer desafío para que aprendiese a ampararlo.
Sabía que cuando su hija se creía acorralada por la vida, agredía a quien tuviese a mano.
“Claro. No lo había pensado. En eso tenés razón.”

Se acercó a la mesita.
“Traje todo para el mate. ¿Querés?
“Dulce” pidió Selene.
Al alcanzarle el mate dulce, se animó a una propuesta.
“¿Y si le ponemos también el nombre de mi viejito? Al fin y al cabo tu abuelo me ayudó a criarte. No sé, se me ocurrió en cuanto supe que era varón, y siempre pensé en pedírtelo.”
Selene volvió a chasquear la lengua. Mal pronóstico.
“No me jodas. Fue un cornudo contento. No es destino para un hijo mío.”
Al tomar el mate para seguir cebando, Rufina le acarició la mano.
“No sea tan dura, m’ijita, con su abuelo. El tata me crió como a una hija. Y a usté como a una nieta. Además Líbero es nombre de viejo”
“Ché, te dije que no me jodas.  ¿Qué?  ¿Para vos Gaudio es nombre de joven?”
Se sentó, desafiante, en la cama arrugada.
“Además llamarlo Líbero es darle permiso para que tenga carácter. Que nadie lo domine o le haga pasar la vida de mierda que nos tocó a las dos”.
Buscó un pañuelo de por debajo de la almohada. Se sonó la nariz.
“Vos de sirvienta.” Volvió el pañuelo a su lugar. “Y yo de copera. Cuando no algo peor.”

Cuando su madre le corrió un mechón de pelo de la frente, Selene no pudo contenerse de responder al abrazo, temblando con un pesar espasmódico que venía desde su infancia escuálida.
La madre le sostuvo la cara, mirándola fijo.
“Su abuelo postizo se llamaba Gaudencio Arata. Tenía nombre de gaucho. Le decían don Gaudio porque el nombre era muy largo. Pero a él le gustaba porque significa ‘el que está siempre alegre’”.
Le besó con ganas la frente.
“Mi tata le supo encontrar la vuelta a la vida, m’ija. Porque también tuvo el corazón gaucho. Todos lo querían porque él fue un maestro pa’ saber querer.”
Rufina respondió al impulso y la abrazó con toda la fuerza que pudo.
“No se haga malasangre, m’ija. Yo la voy a ayudar a criarlo. Como siempre, que nos ayudamos entre las dos”

“¿Decidido el nombre?”
La enfermera entró libretita en mano.
Le dio una ojeada distraída a la cuna, tal vez confundida al verlas con las frentes  apoyadas delicadamente, tomadas de la mano, llorando en silencio.
Respetuosa, esperó la respuesta que tardaba en llegar.
Selene musitó tres nombres por lo bajo.
Pero no respondió nada.