A LIBRO ABIERTO | Ernesto Costa Perazzo

Letras Editorial

Ernesto Felipe Costa Perazzo - Viajero nocturno

Ernesto Costa Perazzo | VL


Breve antología al paso para lectores de buhardilla

Ernesto Costa Perazzo, poeta profusamente premiado y publicado en su Argentina natal, nos hace preguntarnos con su lírica reveladora del lenguaje sublime, si no es sólo mediante la poesía que la humanidad alcanza su idiosincrasia última.

Elegante en cuerpo y espíritu, Costa Perazzo es un frecuente viajero nocturno del orbe global y del universo literario. Un multinauta que desteje la urdimbre del mundo material para hilvanarla en los espacios poéticos generadores del Ser.

AZAhAR literario rescata hoy para nuestros lectores de buhardilla algunas de sus reflexiones sobre obra y oficio del poeta.

Mi tendencia creo que está en la manera de sentir o vivir un hecho existencial y luego expresarlo en versos.

No hay un rol determinado para el poeta en el tiempo inmediato. La gran poesía no abarca un tiempo fragmentado en su esencia.

Es la voz que marca siempre, en algún momento de su expresión, como decía Pessoa, el sentimiento grave de la vida. Coincido con estos conceptos. De esta manera incide a lo largo de los tiempos.

La felicidad se disfruta, es del momento. Los abismos en los que el hombre también está inmerso es lo que más debe preocupar en la creación poética. La existencia, en un tiempo que termina quizás para continuar en otras apariencias o al menos permitirnos el misterio, pauta mi propuesta poética.”

Como corolario, qué mejor cierre que una de sus poesías nombrando a su inseparable compañía, el poema.

OLVIDÉ EL POEMA

Cuando le contaba a los árboles
de este amor sólo mío,
solitario, ignorado.
Cuando le contaba a los altos árboles,
apenas mecidos en el día diáfano,
casi otoñal, sobre este amor siempre callado,
olvidé el poema.
Alguien gritó a mis oídos,
se detuvo una marcha,
miré el reloj.
Les contaba sobre este amor
resignado en el tiempo,
sigiloso por el sol arrebatando el cuarto,
el teléfono cruel también, que daba
ese sonido puntual sobre el final de la tarde;
una música rápida que humilla el corazón y lo anestesia
con tiernas voces para otros,
con dulces adioses ante el oído simulando no oír,
no escuchar;
perdiendo la mirada para disfrazar el amor.
Le contaba a los árboles
cuando avanzó el viento sobre mis islas
y perdí el dolor,
y abracé el silencio
para escribir el poema
que otra vez olvidé.