UN LIBRO, UNA ISLA | Las Voces del Silencio

Columna de Fernando Guibert

Ilustración Malraux eligiendo las imágenes para su libro.

Malraux eligiendo las imágenes para su libro | Foto de Archivo


Las Voces del Silencio de André Malraux

Hace muchos años una querida amiga y compañera de estudios de la licenciatura de arte en Buenos Aires me prestó un libro. “Las voces del silencio” de André Malraux, publicado por Emecé Editores, Buenos Aires, 1956, una traducción del original en francés de Les Voix du silence y con una estupenda encuadernación en tapa dura color verde inglés. Un libro en sí mismo es algo para atesorar, más aún si es el único ejemplar permitido en nuestra isla.

Este libro era parte de la bibliografía en nuestros estudios para la materia de historia del arte durante los cinco años de la carrera. Nunca se lo devolví a mi amiga Victoria, para mi vergüenza, y todavía lo tengo. Yo diría en este caso: un libro, una joya. ¡Además, qué mejor título para una obra dedicada a las artes plásticas que “Les Voix du silence”! Indudablemente, las artes visuales no tienen sonido pero la voz de una imagen artística se escucha en otro campo de nuestra percepción con una intensidad inaudible.

André Malraux (París, 1901 – Créteil, 1976) es un escritor esencialmente diferente, autodidacta, ecléctico, político (fue ministro de cultura de Charles de Gaulle), también excéntrico y bastante narcisista, pero su pasión por el arte lo define como escritor y como individuo. Fue un gran admirador de Nietzsche, también tuvo una especial fascinación por Thomas Edward Lawrence (Lawrence de Arabia), y supo relacionarse con casi toda la intelligentsia parisina de su época. En su momento abandonó la escena literaria surrealista en París para buscar la aventura en el Lejano Oriente (sobre todo Indochina y Camboya) emulando a Lawrence e incluso a Indiana Jones ya que en su búsqueda de tesoros artísticos terminó en la cárcel cuando las autoridades coloniales francesas lo acusaron de llevarse bajorrelieves de un templo budista en Camboya, aunque finalmente fue absuelto.

A su regreso a Francia, publicó La tentación de Occidente (1926), que confrontaba un Oriente de sabiduría y un Occidente en crisis, intercambio de cartas de dos jóvenes intelectuales desarraigados, un chino en Europa, un europeo en Oriente. “Ustedes han cargado el universo de angustia”, dice el chino a la “raza con vocación de poder, raza desesperada”. Y sigue: “Veo a los europeos; los escucho; creo que no entienden lo que es la vida. Han inventado el diablo; doy gracias por su imaginación. Pero después de que el diablo ha muerto, me parece que son presa de una divinidad del desorden más alta: el espíritu”. En este libro y también en su ensayo “D’une jeunesse européenne”, Malraux declara su cansancio por la bancarrota intelectual de Europa: “Los hombres quieren desembarazarse de su civilización como otros quisieron liberarse de lo divino”.

Pero volviendo a nuestro libro “Las voces del silencio”, aquí Malraux realmente define su modo particular de ver y entender la historia del arte abarcando todo sin distinciones, la cultura occidental, Oriente, el arte precolombino, los niños, los desquiciados, las “œuvres complètes’ de casi toda la humanidad con su curiosidad insaciable. Un esfuerzo personal único, caleidoscópico y notable, con algunas conclusiones discutibles, otras inexactas pero muchas originales, intuitivas, resplandecientes y exquisitas. Asimismo, sus sagaces cuestionamientos abarcan la razón de ser de la “obra de arte”, colgada en los museos como trofeos de guerra del poder colonialista, la afirmación de identidades nacionales o argumentos políticos o el simple comercio. ¡Y qué diría Malraux hoy en día sobre el arte en la ensalada mixta contemporánea y de los negocios globales! Cambalache, siglo XX (y XXI), problemático y febril. Seguramente le agregaría un capitulo brillante.

A más de sesenta años de su publicación, la actualidad de este libro corrobora el enorme “insight” (utilizando el término inglés) de Malraux sobre lo esencial y temporal del arte y su dinámica psicológica y metafísica. Reflexiona también con frecuencia, en anticipo a las artes comparadas, sobre la relación entre la pintura y el teatro, entre arte y literatura, con gran acierto. Desde los vasos griegos y sus escenas de tragedias y comedias a los frescos o mosaicos romanos. “El arte románico es ajeno al teatro”, sostiene Malraux, “en cambio el barroco es esencialmente, frenéticamente teatral”. Sobre el arte de la ilusión del Barroco, de Caravaggio y Rembrandt a la pintura indígena en las misiones jesuíticas, Malraux prosigue: “…de ahí el carácter furiosamente profano de este arte que se decía religioso. Esas santas no eran ni totalmente santas ni totalmente mujeres: se habían convertido en actrices. De ahí también la importancia de los sentimientos y de los rostros: el medio de expresión más importante del pintor no era el dibujo ni el color: era el personaje”. Cómo ésta y otras tantas agudezas y epifanías sobre el arte Malraux se convertirá también en un narrador teatral y un entusiasta de sus propias pasiones. Malraux es uno de los mejores ejemplos recientes de la inteligencia libre.