BERLINER LILI MARLEEN

Letras Viviana Lombardi


Berlin 2010 | Fotografías Vanessa Deschuyteneer

Los Invitamos a ver nuestra galería inspiración acompañados de una de estas dos versiones de Lili Marleen.

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  Lili Marleen: versión original en alemán.

     
  Lili Marleen por
Marlene Dietrich.

“Los hechos no existen. Sólo hay interpretaciones”
Friedrich Nietzsche
Ciudad hermana de Buenos Aires, Berlín acaso sea tan universalmente famosa como la canción Lili Marleen, o su intérprete insoslayable, Marlene Dietrich.
Metrópoli de las luces rojas y la lujuria entre las dos guerras mundiales del siglo XX, la canción que hiciera célebre a Dietrich pronuncia en su melancólica lírica el placer fugaz e hipnótico que un amor fugitivo ofrece y alucina, para languidecer como la luna con las luces del alba.
Sus versos refieren a la levedad de la existencia, al reclamo de destrucción y muerte de la guerra, a la dicha efímera de quien sabe que ha nacido para morir sufriendo la injusticia.
Te espero esta noche fuera del cuartel, para crear un mundo de dos. Clarín no llames a las armas aún. Dame otra noche de sus encantos, y después nos diremos adiós”.
En la secuela de la segunda guerra mundial, la propaganda política de posguerra indicó el castigo a todo un pueblo inocente -los pueblos siempre lo son porque se los conduce a la masacre por engaño- y Berlín fue conminada a encarnar el oprobio genérico común.
En una atroz práctica de negación de la responsabilidad humana compartida, Europa entera proyectó en ese Otro estigmatizado la sombra siniestra de culpa colectiva y devastación, al adjudicársela en exclusividad a un grupo humano que había padecido al igual que todos sus congéneres.
Como consecuencia, la misma cultura que inspirara tan bello lamento, sufriría luego la marca de una cicatriz tanática, la de un paredón que amuralló amores y vidas, sueños, esperanzas y propósitos.
Surgió así una ciudad con su doppelgänger, con sus gentes hablantes de una misma lengua con un inconfundible matiz dialectal, herederos de una idéntica desventura, desgarrados de sus vínculos como botín humano de la guerra fría.
Se estableció una réplica mimética de saberes, ideologías y normativas en una ciudad que se hizo doble por una decisión ilegítima con impronta imperial, la misma que articula la política globalizadora actual: mantener a la humanidad escindida para dominarla.
El infortunio acarrea siempre sus variables. La Berlín actual ha revivido después de la caída del muro con instalaciones dobles.
Varios aeropuertos, dos Óperas, múltiples museos, dos bibliotecas centrales, hospitales y edificios de la burocracia que proliferaron en ambos extremos para sostener el mendaz doble discurso de la política, hoy día los comparten todos los berlineses reunificados.
El numen berlinés también preserva su unívoca irradiación dual. La ciudad se viste de ropajes diversos con el devenir estacional.
Existe sin duda una Berlín de invierno, marcadamente germánica, cobijada bajo un paño blanco sin mácula que quizás sea un ritual de purificación espontánea.
El crudo frío se presenta como una aparición mítica de conquistadores de la tierra inhóspita.
Y alegoría de la resistencia a la desdicha forjada en el gélido yunque de la adversidad.
En esos días, sus habitantes se hacen reticentes a calles y paseos. Desde las ventanas se suelen observar luces encendidas en la tarde temprana, como linternas al amparo del viento polar.
Con el verano, Berlín se expande en gloria de verdor y flora. Un benefactor clima terrenal y social reverdece en la gente y el paisaje urbano.
Estalla junto a la aurora boreal que se desliza hasta las altas horas una vinculación de las gentes con madre natura. Y los elfos parecen impulsar a las personas a comulgar con el júbilo de una existencia renacida.
Parques, jardines, lagos y lugares de reunión se pueblan de voces amistosas y niños disfrutando de sus juegos. La gloria se reencarna en un arcoiris de flores en plazas y balcones.
Y con ello, una invencible Berlín le canta al mundo como una novia coronada de camelias.
Así y todo, cabe preguntarse si la idiosincrasia natural de la gente, después de veintisiete años de separación forzada, permanece similar.
Como en todo divorcio, algunas heridas profundas tardan en cicatrizar más que en la superficie de la piel.
Y tanto en der Ost como en der West se aprecian aún hoy huellas diferenciadoras que la cirugía ideológica de la globalización no logra sellar.
Quizás permanecerán indelebles como testigos silenciosos del daño, en tanto la memoria se haga ejercicio de aprendizaje existencial.
Es entonces, en tal contingencia de la condición humana, cuando Berlín se hace más universal.
Al manifestarse en símbolo imborrable donde el palimpsesto de las sangres derramadas que la fertilizan en vida nueva, nos indica un nuevo sendero de pacificación global.
Que así sea.

Nota de la autora: Se agradece el generoso aporte conceptual de Lara Freiria en la elaboración del presente artículo.